LA DURA MANO DEL MENTOR

PROBAR

EL TRASERO AZOTADO POR EL JEFE

   -¡No, no puedes coquetear con las secretarias!

   Nada de lo aprendido en la escuela preparó a Joe Santana para la vida laboral real. Joven, atlético, guapo y bien preparado académicamente pensó que todo sería coser y cantar, como lo era consiguiendo amigos y chicas que abrían las piernas para él, hasta comenzar a trabajar con aquel conocido de su papá, donde pensó que todo sería fácil. Pero el hombre tenía sus… métodos de dirección. Pálido le ve al final del pasillo que lleva a su despacho, quieto, severo, haciéndole un gesto con un dedo para que se acercara. Tiembla todo mientras  se encamina, intentando ignorar la mirada burlona de su asistente. Recuerda la primera vez que le llamó para “discutir” su tercera llegada tarde. Todavía sonriendo, bullendo en escusas entró a la amplia oficina, para gritar al segundo siguiente cuando el hombre le atrapó el cabello engominado, halándoselo, guiándole hacia su escritorio. Exigió que le soltara, peleó con él, pero el puño en su cabello y la mano de hierro que atrapó su muñeca no le dejaron escape. Su hermoso, joven y vigoroso cuerpo no le ayudó en esos momentos. Aplastándole contra la mesa el hombre le explicó, en tono mesurado pero autoritario que había reglas a cumplir, pautas de comportamiento que esperaba de él, y lo decía nalgueándole, duro con su mano fuerte, que subió y bajó rítmicamente. Joe gritó más, se revolvió, lo llamó loco aunque el hombre le advertía que callara o lo lamentaría; no dejó de pelear pero no pudo despegarse de ese mesón mientras era azotado.

   Todavía gritó más cuando el hombre cayó en su sillón y le haló, obligándole a caer de pansa en su regazo. Y allí continuó palmeándole, cada vez más duro. Joe, que ignoraba cuando comenzó a sollozar, con lagrimas bañándole la cara, sentía que las nalgas le ardían y dolían, mucho… mientras su miembro estaba increíblemente duro bajo sus ropas, latiendo inequívocamente contra el regazo del hombre. No quiso aceptarlo, por ello luchó cuando este, con mañas y sapiencia, le bajó el pantalón y el largo bóxer, recibiendo en directo duras nalgadas y firmes sobadas, combinación que le hizo correrse sobre su jefe. Mareado, no sabiendo que pasó, salió de allí, deseando escapar y olvidar. Se quedó; dos afrentas más le ganaron otras duras tandas. Ahora, mientras entra le ve en su sillón, un hombre que tiene un gran parecido con su enérgico padre, apuesto, dominante, piernas abiertas, y que le espera. Espera sus inútiles escusas, que prometa que no sucederá de nuevo, que suba y su trasero sea expuesto. Y sabe que es lo que quiere, ¿o por qué si no habría cambiado su ropa interior por bikinis y tangas atigradas que hacían brillar los ojos de su jefe? La escuela de negocios no le dijo que en las firmes manos de un buen mentor podría convertirse en un asociado sumiso y caliente, siempre esperando “directrices”. La primera, la más esperada, es la que más duele y la que más le endurece.

TERAPIA DE CHOQUE

Julio César.

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