LA SEXY SUPERVILLANA… QUE CAE POR UN HOMBRE

DE PERROS Y OTRAS MASCOTAS

LOS MIL OJOS DE SUMURU

   ¿No odiaban la debilidad de Diana Prince por el capitán Trevor?

   Cómo me molesta cuando mi sobrino Daniel dice, cuando enciendo el DVD, que no quiere ver una película vieja. Tiene el gusto un tanto atrofiado, poca edad, poco criterio. Cree que toda cinta vieja es mala o aburrida al no contar con efectos especiales, como quienes consideran que todo libro con más de quince años no vale la pena leerlo, y este punto lo ostenta gente mayor. Pero cuando un tema es bueno, las interpretaciones convencen, hay química y un objetivo claro, toda cinta es un éxito. Amo una llamada Cuando los mundos colisionan, y es vieja de las viejas, los efectos de catástrofe hoy hacen reír, pero la manera de presentarlos todavía eriza un poco los pelos en la nuca.

BELLAS Y PELIGROSAS

  Sin embargo, de los ochenta y noventa hay cintas que realmente son una parodia de sí mismas. Como coincidían en el tiempo con las llamadas luchas del rating en Venezuela, momento cuando los canales de televisión sacaban los cuchillos para ganar las mediciones de audiencia, disfrutábamos de cosas buenas, osadas otras… y de esos programas difíciles de catalogar. Vi muchas películas tipo policiales de mujeres tetonas y tipos mazacotudos, siempre sin ropas, incluso peleando en bikinis (y con un arma en las manos, ¿de dónde las sacarían?), que eran increíblemente malas, aunque contaban con ese encanto, la gente bonita y sexy.

   La banda de chicas malas, por alguna razón la idea no prende tanto en estos momentos, pero en los tiempos de la Guerra Fría, el Este contra el Oeste, con sus sociedades secretas, conspiraciones y ejércitos privados era fácil imaginarlo y creerlo. Veíamos esos enfrentamientos de los viejos James Bond, que siempre contaban con una tropa que les ayudaban en la última escena (luego no, bastaba únicamente Pierce Brosnan y ahora Daniel Craig), y era sencillo aceptarlo, ¿no amaron a las villanas en Octopussy? Hércules Poirot enfrentó una vez a los terribles e implacables Cuatro Grande, siendo uno de ellos una francesa genial y demente. Eso por no hablar, llegando al caso, de Diana Prince, la Mujer Maravilla, y su madre encabezando a las féminas guerreras que enfrentan a los nazis cuando invaden la isla Paraíso.

   Ah, un ejército de hermosas mujeres con planes diabólicos para dominar el mundo… y esclavizar a los hombres. Suena tan horrible, ¿verdad? Nada más ya eso hace reír. El amigo que lleva el blog La Caja Negra, siempre muy interesante, se refirió a una cinta de este tipo, algo más antigua, que no he visto ni por casualidad en televisión. Me gustó lo que escribió, así como su punto de vista sobre este planteamiento. La reseña me hace desear buscarla, debe valer la pena verla. Conozcamos, de su mano, a una villana que soñaba con el control.

El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru

SUMURU - LA CAJA NEGRA

Pocos supervillanos con vocación de dominar el mundo pueden comparársele a Sumuru, la Reina del Mal, que con su ejército de chicas sexys planea una y otra vez acabar con el dominio de la testosterona e implantar un mundo utópico regido por mujeres de buen ver.

El personaje nace en un serial radiofónico para la BBC en los años cuarenta. Su creador, Sax Rohmer, lo transformó luego en una serie de folletines de aventura e intriga. Pero es en el cine, donde Sumuru se transforma en carne, concretamente en la carne de la actriz británica Shirley Eaton, en donde alcanza su máxima dimensión. Hay dos películas sobre Sumuru y su ejército: Los mil ojos de Sumuru (Lindsay Shonteff) de 1967, y Los siete secretos de Sumuru, estrenada en 1969 y dirigida por Jess Franco (después de esta experiencia, Shirley Eaton, que había alcanzado la fama como la chica pintada de oro en Goldfinger, se retiró del cine…) Bueno, hay una tercera película, ya con otra protagonista, rodada en el 2003, pero de esta mejor ni hablar.

La maquiavélica Sumuru cuenta con armas dignas de Fu Manchú: una pistola que convierte a los hombres en estatuas de piedra, por ejemplo, o un rimmel que quema a la pobre víctima que recibe un beso. También cuenta en cada caso con un cuartel general a la altura de un genio del mal: en Los mil ojos de Sumuru es una isla tecnológica frente a las costas de Hong Kong. En Los siete secretos, una ciudadela llamada Fémina en el corazón de la selva amazónica, que parece proyectada por Oscar Niemeyer después de un corte de digestión.

El héroe y varón que se enfrenta a la Reina del Mal es un espía-detective, un carácter construido a imitación del célebre James Bond, una especie de 007 de Todo a 100 encarnado en la primera película por George Nader (acompañado por Frankie Avalon) y en la segunda por Richard Wyler. Ninguno de los cuales le llega a la altura del tacón de aguja de la bota a nuestra diabólica y carismática Maestra del Mal.

Eso sí, Frankie Avalon tiene el acierto de lograr que los espectadores nos pongamos de parte de Sumuru, y que deseemos fervientemente su total aniquilación.

Hay que decir que la línea argumental de las dos películas no da demasiado de sí: todos van y vienen en persecuciones sin ton ni son, hasta que al final vencen los buenos, derrotan al ejército de chicas y Sumuru consigue escapar hasta la siguiente guerra. Lo mejor, lo maravilloso, está en ese mundo de amazonas con trajes de plástico y cuero negro, con largas botas y cortas faldas, armadas hasta los dientes y listas para derrotar al Hombre, así en general, e instaurar su utopía feminista radical, un reino de chicas bajo el implacable látigo de Sumuru, que dirige las operaciones sin despeinarse desde su cama redonda y fumando un cigarrillo (mentolado, suponemos) con una larga boquilla de nácar.

El ejército de Sumuru, a su imagen y semejanza, es también un ejército hermoso, sofisticado y chic. Claro que eran los años sesenta, y el estereotipo de mujer fuerte aún no había hecho acto de presencia. Las chicas-soldado de Sumuru parecen reclutadas de un desfile de David Delfín en la Pasarela Cibeles: lucen atractivos modelitos, con mucho cuero, minifaldas y tacones; cuidan su maquillaje y son increíblemente torpes en el combate (van armadas con ametralladoras, pero da la impresión de que desconocen dónde está el gatillo, tal es la desconcertante facilidad con que acaban desarmadas y reducidas en cada encuentro con los hombres) y, sobre todo, pierden la cabeza a la velocidad de la luz ante el atractivo varonil de sus oponentes masculinos. En una palabra, parecen mejor preparadas para el amor que para la guerra.

Y aquí está la clave: la kriptonita que desactiva una y otra vez los planes de dominación mundial de Sumuru y sus chicas guerrilleras es, justamente, la tentación de los hombres a los que tanto quieren combatir. Nunca falta la soldado que, rendida de amor o de deseo, se pasa a las filas del enemigo y traiciona a su reina y a la causa. Hasta la propia Sumuru parece a veces al borde de traicionarse a sí misma.

Al final, la utopía feminista de Sumuru se nos acaba antojando enternecedoramente quijotesca, pues descubrimos que la verdadera utopía está más bien en pretender construir una sociedad sin hombres con mujeres tan enamoradizas. Para su próximo ejército, Sumuru, Genia del Mal, debería plantearse seriamente el reclutar lesbianas.

Etiquetas: Sumuru, eurospy, supervillanos, utopía, y, feminismo

21/01/2013 11:50 wilbur mercer #. El ejército de mujeres desesperadas de Sumuru Hay 1 comentario.

KENDOR

   De muchacho leía un suplemento semanal (la de dinero que gasté en eso, mamá siempre sospechó, aunque no pudo probarlo, que hurtaba algo), Kendor (el Hombre del Tíbet), una especia de Kalimán (descarada copia lo llamaron algunos), pero más occidentalizado, moviéndose en el mundo de los espías. Enfrentaba nuestro héroe a una siniestra organización secreta de alcances mundiales, La Luna y Las Siete Estrellas. Un genial del mal, de identidad desconocida, y sus siete asociados, ricos y poderosos, también en las sombras. Dos de las estrellas eran mujeres, una secreta y sorpresiva, que movía los hilos a través de los hombres, la otra si era una reina amazona, jefa de un ejércitos de guerreras, la pintaban como luego presentarían a la Baronesa, en G.I. Joe, la comiquita. Bien, la lugarteniente de esta, Tigrella, creo recordar que se llamaba, se enamoraba de Kendor y traiciona a todo el mundo, haciendo caer a su jefa.

   Se podría argumentar que tras todo esto hay una mirada claramente chauvinista; suponer que una mujer poderosa necesita de un hombre para poder funcionar (hasta el insulto existe, “debe ser que el marido no le hizo el favor anoche”). O que es una idea machista el saber que este prevalecerá contra las amazonas porque, bueno, sí, es un hombre. Nada de eso, en nuestra cultura la mujer cría a los hijos, ellas hacen al hombre que desean para ellas, sus amigas y sus hijas.

   ¿Qué sería de Kendor? ¿Y de Kalimán? Por lo menos la Mujer Maravilla ha resurgido, y dentro del cine, cuando la vi hace poco al lado de Batman y Superman, fue la más aplaudida por la chiquillería.

EL CHIGUIRE Y FIDEL

Julio César.

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