¿QUE POR QUÉ UN HILO?… 9

¿QUE POR QUÉ UN HILO?                         … 8

MACHO EN TANGA

   Sonríe notando la reacción del hombre joven, estaba acostumbrado a ella. Muchos lo sabían, que bajo sus ropas de acuerpado hombre de la construcción, maduro pero activo, usaba aquellas pequeñas tangas que se perdían entre sus nalgas peludas, y que quienes las miraban mientras las llevaba puestas no podían apartar los ojos. Eso era lo público, con lo que todos fantaseaban al verlo llegar; lo que no promocionaba ni los otros contaban, era que al verle el tamaño impresionante del bulto todos caían rendidos. Porque todos querían comprobar si era tan grande como parecía, pidiendo tocar sobre la suave tela, luego sacándolo. Y en cuento este se alzaba, no importa que sólo medio duro, todos deseaban probarlo… para ver si sabía tan bien como se veía. Ahora, sonriendo, el hombre se lo enseña al novio de la hija, y el chico, enrojecido, tan sólo puede mirar. “Señor, ¿puedo…?”, comienza tímidamente. “Claro, ven, tócalo si quieres. O comételo entero”.

TIO EN HILO DENTAL

   Reía, saltaba y jugaba mientras el resto de los hombres del yate, todos acuerpados y masculinos machos alfas con bermudas por debajo de sus rodillas le sonreían, le siseaban y silbaban, todo eso al tiempo que sobaban con las manos sus entrepiernas, sabiendo que más pronto que tarde terminarían en fila haciéndole gritar de emoción en el camarote del capitán. Era el regalo de cumpleaños para el puto que su macho había acordado por ser tan buen sumiso y entregado. Claro que no le fue difícil al ladino sujeto llevarle a eso, sabía que los tipos como él, algo acomplejados por el tamaño o el físico, deseaban encajar, ser aceptados así fuera respondiendo a palabras como: “te ves bonito, amigo, con pinta de putico; ponte este hilo dental y todos te amarán”. Era todo lo que necesitaba, jugar con su inseguridad, con su deseo de agradar. Y el putito se entregaba, orgulloso de sí caminaba arqueando la espalda, echando su redondo culito hacia atrás mientras pasa entre sus calentorros y algo ebrios amigos de fraternidad, volviendo la mirada, alegre al comprobar que todos los ojos se clavaban, codiciosos, en su retaguardia que se tragaba la tirita de tela dorada. Sonriendo, su macho le dice a un pana, que está a su lado: “no es difícil ponerlos así, putos y frenéticos, sólo alimenta esa necesidad que tienen de gustarle a los machos de verdad”, luego, alzando la voz, grita: “oye, haz esa danza donde meneas las caderas como Shakira, pero dándonos la espalda”. Y hay pitas, risas y aplausos cuando el otro, sonriente y con el hilo dental bien clavado, lo baila.

CONTINÚA…

GENESIS

Julio César.

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