TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 60

… SERVIR                         … 59

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN OSO Y SU CHICO

   Cuando los osos atacan…

……

   Llueve feamente, de manera copiosa; tanto que a pesar de las altas horas de la noche, algunos rostros reflejan preocupación. O tal vez era por los lejanos truenos que iluminaban momentáneamente la escena. La mayoría les temía de manera subconsciente. Aunque no todos parecen preocupados por el clima, o el temor a un rayo cayendo del cielo. Un hombre sonríe levemente mientras parece dormitar, aunque tan sólo lo parece. Está atento a todo. Su mente, notable como pocas, no lograba alcanzar nunca un grado total de confianza, de paz. Y menos ahora, sonríe de manera fría al pensarlo, cuando estaba a punto de moverse. Lo necesitaba. Actuar. Las pelotas le hormiguean y la verga le endurece bajo las ropas, de anticipación.

   Esforzando la vista en las penumbras, abre completamente los ojos bajo la visera de la gorra de los Yankees de Nueva York, volviendo el rostro hacia el sujeto dormido.

   Y, así, Robert Read contempla a su próxima víctima…

   El cómodo y moderno autobús sigue su marcha a pesar de la lluvia por aquella interestatal, alejándole de sus perseguidores… acercándole a su venganza contra la primera en su lista (no la única), Marie Gibson, la muy habladora. Sabía dónde encontrar a la pequeña basura maricona y travesti, y pensar en lo que le hará le hace tomar aire pesadamente, de manera casi sensual, volviendo la mirada nuevamente al compañero de asiento, del lado del pasillo, el cual dormita. Es un tipo delgado, alto, treintañero; un sujeto que cruzaba medio país para asentarse en otra ciudad y comenzar de nuevo. Iba a responder a un anuncio, buscaban un profesor de historia en un colegio semi internado para chicos problemáticos. No tenía lazos en ninguna parte, una prometida de años había terminado con él, y se había largado. Eso le contó. Pero a Robert Read todo le sonó como era, y se lo pareció, cuando se conocieron. Ya ese carajo estaba allí cuando subió, sentado del lado de la ventana cuando se detuvo frente a él.

   -Creo que compartiremos asiento… -su voz fue profunda, deliberada, y le vio la sorpresa al volverse, por su tamaño y fuerza. No le extrañaba, era un hombre grande, sólido, fuerte y mucha gente, generalmente mujeres y tíos potencialmente sumisos, lo notaban. Y este lo hizo, sonriendo con cierto embarazo.

   -Qué bien. Me llamo…

   -Quiero la ventana. –le cortó en seco, viéndole tragar, dudar, no conforme, pero asintiendo.

   -Bien. –accedió, y en ese instante supo que podía hacerle lo que fuera.

   Sentados, emprendiendo el viaje, le oyó hablar de su vida hasta ese momento, y comprendió que escapaba de quién era, que la mujer se había hartado del marica reprimido que no terminaba de decidirse, abandonándole. Cosa que seguramente le alivió, y asustó al dejarle el problema de tener que enfrentar a familia, colegas, vecinos y conocidos, el ¿por qué todo acabó? Seguramente supuso, acertadamente, que muchas conjeturas se harían sobre su vida, su sexualidad, y ese cerco le impulsó a escapar. De las habladurías, de las miradas. De sus temores.

   Sin ningún interés en particular en ese momento, Read le escuchó, divertido como siempre al comprobar que había gente que les contaba tanto a otros en lugares apartados. La secreta fascinación del otro que intentaba disimular, le divirtió. Rozarle con la rodilla, dejarla contra su pierna y verle tragar, excitaba su vena de cazador. Para ese momento quería atraparle, asustarle, verle retorcerse bajo su control, hacerle perder el suyo. Eso le distraía de sus frustraciones. Había tenido que huir empujado por el temor real a la pena de muerte. Estuvo cerca, y no había sido divertido. No su muerte. Le habría gustado quedarse un poco más en la ciudad, visitar de manera sorpresiva a su abogado, Jeffrey Spencer, para verle angustiado. También al maldito de Owen Selby, para matarle como a un perro, pero el carajo era peligroso, había sabido llegar al sótano aquel, como siempre temió. Ya le vería, cuando bajara la guardia. Sonríe cruel en las penumbras, pero a quien más habría querido ver, y decirle palabritas de amor, era a Tiffany…

   El vehículo pierde empuje después de cuatro horas ininterrumpida en la vía, de noche, y enfila hacia la derecha, disponiéndose a aparcar cerca de una gran tienda cafetería, junto a una gasolinera con sus baños. La lluvia y la hora parece jugar contra la idea de bajar, pero el hombre a su lado parecía esperarlo.

   -Por fin, necesito estirar las piernas, un café y… -informa, sonriendo nervioso ante la mirada de Read.

   -¿Una meada? Estos baños son molestos… -señala con el dedo hacia la parte posterior del vehículo.- Por mi parte, me quedo. –bosteza y se acomoda, sonriendo leve, sabiendo que obliga al tipo a pasar casi sobre sus piernas.

   Habría sido tan fácil extenderlas manos, atraparle la cintura y sentarle en su regazo cuando lo hizo. La sorpresa que se llevaría, por la acción, pero más por la dura verga erecta bajo su bragueta.

……

   Después de una corta carrera bajo la lluvia, el sujeto llega al baño, todavía sintiéndose algo turbado por la presencia de ese hombre grande y fuerte, dominante, a su lado en el autobús; un sujeto que no se inquietaba por la cercanía, como sus piernas rozando. Mea, largamente, casi lanzando un suspiro y sonriendo beatíficamente.

   -Mierda, que polla tan pequeña, con razón te dejó tu novia. –oye la poderosa voz a su lado; sobresaltándose pega un bote y las últimas gotas de orina le mojan el zapato.

   -¿Qué dices? –exclama abriendo mucho los ojos, turbado por la sorpresa y las palabras, no le oyó acercarse. Allí estaba ese oso, meando también, a su lado en el largo urinario de pared, con una tranca larga, gorda, blanca rojiza y medio dura. Una buena pieza, reconoce con un estremecimiento que no desea admitir.

   -Esta si es una buena verga. –acota Read, continuando su exposición.- Con eso no puedes satisfacer a ninguna mujer; con una como esta la puedes hacer gritar de lujuria, y que los tíos sumisos se vuelvan putas gritonas cuando se las metes por el culo.

   -¿Qué…? –inquieto, presintiendo el peligro comienza cubrir su pene y alejarse. El otro, verga afuera, llenándose, le encara.

   -¿Nunca has querido saber lo que siente una zorra siendo bien follada? ¿Lo que es tener para ti la verga de un hombre de verdad?

   -No, yo… Lo siento, amigo, creo que me confundes y… -intenta alejarse, sabiéndose amenazado.

   -No estoy confundido para nada, sé que eres una perra tragona, y vas a chupármela. –puntualiza con el tolete totalmente erecto de emoción; alzando las manos cual garras se le va encima, atrapándole los flacos hombros y estrellándole de espaldas contra la pared.- Es hora de adorar la polla, puto, ¡de rodillas! –le ruge, haciéndole gritar alarmado, obligándole a caer.

……

   Desde que había sido transferido a esa celda, la vida de Daniel Pierce había cambiado mucho, sin que una sola palabra se hubiera expresado al respecto. Al tiempo que compartía la estrecha cama con Geri Rostov, continuaba dejándose crecer el cabello, el cual colgaba lacio y hermoso sobre su rostro y espalda; cuidaba la suavidad de su piel y se depilaba. El otro tampoco decía nada, pero le encantaba recorrer con las manos fuertes y callosas del trabajo en el taller su cuerpo blanco lechoso, atrapar con los labios sus pezones grandes, siempre erectos, y chupar de ellos, oyéndole y viéndole gemir y estremecerse. Y las tangas. Pequeñas, diminutas, bien metidas entre las turgentes nalgas. Sin embargo…

   Esa noche en cuestión, el rubio ex amante de Robert Read se encuentra solo en el catre, inquieto y asustado. Geri estaría cuarenta y ocho horas encerrado en aislamiento, y le faltaban todavía treinta y seis horas, por una violenta pelea en los patios. Alguien se había burlado del “muchacho que mantenía a la querida de Read”. Eso hizo que el hombre lo viera todo rojo y golpeara a dos antes de ser reducido entre varios, pero salvados por los guardias, quienes les llevaron a aislamiento por comenzar la pelea.

   Lo que inquieta a Daniel es que aquello no había sido casual. Lo supo, en la cocina, al recibir la visita de un guardia joven, latino, el cual le miraba de forma lasciva cada vez que se cruzaban. Intentó ignorarle mientras lavaba una enorme cazuela, pero el tipo le llegó por detrás, pegándosele de la espalda, empujando la pelvis contra su culo. Eso le hizo gemir, de sorpresa y disgusto.

   -¿Qué hace? –gimió, encerrado entre el lavaplatos gigante y ese tipo.

   -Tu marido está en aislamiento, así que pensé que andabas solita, princesa. ¿No te gustaría que te haga compañía? Puedo hacerte lo que él te hacía en ese baño. Oh, sí, los vi. Te vi como la puta que eres.

   -No, yo… -se asustó, una cosa era luchar con otros reclusos, pero un guardia…- ¿Qué hace? –bramó, porque el tipo, fuera de comenzar un leve mecer de caderas, elevó una mano que metió dentro de la braga color naranja, acariciándole el torso sobre la camiseta.

   -Mierda, qué tetas. –le oyó gruñir, al tiempo que apretaba. Y reía.- ¡Se te puso dura, mami! Mira que eres puta. –le gruñó junto a una oreja semi cubierta por el gorro con el cual ocultaba sus rubios cabellos.

   -No, déjeme. –bramo y se apartó, rojo de cara.- No quiero problemas con usted, yo…

   -Pero los tendrás si no eres amistosa, mami. Puedo enviar a tu marido al foso todas las veces que quiera. Aunque no creo que sea necesario, ¿verdad? No quieres que le pase nada, así que podemos arreglarnos. –le sonrió, tocándose el bulto sobre el uniforme.- Sé que te gusta esto, mucho, no hay que pelear. Piénsalo. Te conviene. Y te va a gustar. –y se alejó.

   Tragando en seco sobre la cama solitaria, el rubio supo que estaba en un problema. Otra vez. Y ahora Geri podía sufrir por su culpa.

……

   Mientras la lluvia, truenos y relámpagos hacen desistir a todos los del autobús de la idea de bajar y que lo mejor es esperar el reposte de combustible en la seguridad del vehículo, un hombre joven es atacado sexualmente en el sanitario. Prácticamente vestido, excepto por la corta y ajustada camisa que tiene desabotonada mostrando el fornido torso velludo, su panza dura, y la palpitante verga emergiendo de su bragueta, Robert Read se cansó de obligar al tembloroso y asustado sujeto a mamarle el güevo, atrapándole en un puño el cabello, con crueldad, haciéndole gritar, obligándole a caer sobre su barra de carne tiesa y chuparla, cubrirla totalmente con labios, mejillas y lengua, ahogándole, haciéndole tragar todo lo que de su pito salía. Sonrió entre dientes, con una mueca cruel, de pie, mirándole ir y venir bajo su control, metiéndosela hasta la garganta, dejándola allí para ver como esos ojos se llenaban aún más de lágrimas, ya no sólo de miedo o frustración sino de ahogo, con la cara muy roja, para retirarla, viéndola brillante de saliva.

   -Si, así chupa una verdadera puta. –le decía para atormentarle.

   Luego, y aunque el otro se negó y gritó, no oyéndole nadie, le desnudó a zarpazos, mareado de las ganas. El temor, lo desvalido del sujeto, le tenía caliente como predador. Bajarle el ajustado bóxer (seguro lo llevaba para sentirse sexy), le hizo arder. Su güevo goteó espeso líquido, listo para lubricar, como siempre, el apretado coño virgen de un mariquito reprimido. Uno como ese, al que pronto estaría reventándole el culo mientras lo usaba como a su puto. Con un “silencio, maldita zorra, o vendrán todos los del autobús a cogerte”, le atrapó la nuca, llevándosela hacia adelante, haciéndole caer en cuatro patas, posicionándose, de rodillas, tras sus nalgas.

   El tipo, todavía alucinado ante la realidad de lo que le ocurría, le gritó que no, que era una violación, ignorando cómo excitaba eso a Read, quien atrapándole el cabello nuevamente en un puño, haló dolorosamente haciéndole echar la nuca hacia atrás, gritando, y se la metió de golpe y porrazo. En ese momento si que el otro chilló. La cabeza de la gruesa, larga, tiesa y amoratada verga en un momento dado frotaba el redondo, cerrado y peludo culo para luego desaparecer dentro de él, con dureza. Y al clavársela así, indiferente a sus gritos y llantos, Read sonrió y lanzó un hummm, bajo y ronco, de puro placer al sentir las paredes de ese recto en llamas cerrarse violentamente sobre su tranca, combatiéndole. Se lo dejó clavado un segundo, no por piedad para con el otro, sino para disfrutar los temblores y espasmos de ese hueco virgen que ahora conocía del poder y dominio de un macho. Ese carajo ya nunca sería el mismo. Era un momento importante para toda marica reprimida que nacía a su verdadera naturaleza.

   Aspiró ruidosamente, eran extrañamente estimulantes los olores del baño que le llegaban mientras retiraba medio tolete, haciéndole gritar nuevamente. Le gustaban esos lugares aislados para sus juegos, ¡había tomado así a tantos sujetos! Desde sus quince años, como aquel amigo de la mierda aquella que fue su padre. En el patio que compartían las casas. En ese baño, en particular, por la hora de la noche y la tormenta, podía bombear todo lo que quisiera en ese coño recién estrenado, y ese tipito podía gritar, suplicar o llamar por ayuda todo lo que quisiera sin que eso le salvara de que su culo y su boca fueran usados. Sonríe diciéndose que era una pena haber tenido que matar a sus socios en aquella casa. De haberlos traído los tres harían fiesta con esa perra, se decía mientras le clavaba los dedos de una mano en la cadera y con la otra casi le aplastaba la frente contra el piso, mientras pintoneaba con fuerza su erecto y grueso tolete adentro y afuera del pequeño y ardido culo peludo recién estrenado. Los golpes eran sonoros, las flacas nalgas del otro se agitaban con las palmadas de su pelvis.

   -Ahhh, mierda, qué culo tan rico, cómo aprieta, cómo chupa… se ve que lo tenías hambriento de macho. –le ruge mientras le embiste con mayor rudeza y brutalidad, casi derribándole sobre el piso, mientras el otro solloza y gime.- Llamemos a alguien, a quien sea, tu culo necesita de más de lo que un sólo hombre puede darle. Vamos, grita, llama a alguien, que venga, que el olor a zorra que emana de tu coño lo vuelva loco. –le urgía entre dientes, azotándole con duras palmadas, intensificando los gritos ahora contenidos de ese carajo sometido a su bestialidad.- ¡Grita por ayuda, puta!

CONTINUARÁ … 61

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: