DE AMOS Y ESCLAVOS… 39

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 38

UN CHICO Y SU CALIENTE HILO DENTAL NEGRO

   Lo necesita, lo pide a gritos.

……

   Roberto Garantón, con rastros de semen frío en su rostro negro, de rodillas y desnudo como el día cuando nació (exceptuando por una coqueta correa alrededor de su cuello), vio salir de esa habitación a tres hombres, comenzando por su amito blanco, quedándose allí con ese sujeto extranjero, alto y robusto, calvo y fuerte. Comiéndole el güevo blanco rojizo, brillante de saliva. No podía detenerse, por alguna razón tener ese tolete pulsante y ardiente aplastándole la lengua era el colmo de lo lujurioso. Tan sólo podía ir y venir sobre él, sorbiéndolo con deseo. Alza la mirada y la incomodidad regresa, hay burla y desprecio en esos ojos eslavos.

   -Si, negro, me hace gracia verte tan necesitado de hombre. –parece adivinarle.- Pero no estás aquí para saciarte, puede que te encante comer pollas, beber semen y todo eso, pero estás aquí para aprender tu lugar. –le indica, meciendo sus caderas, cogiéndole la boca.- Lo primero es quitarte esta tontería. –con manotazos lo despoja el coqueto collar. Se tiende hacia una mesita, abre la gaveta y saca otro, rojo, delgado, inequívocamente de perro.- Este es el que debes llevar, el de perra barata, negro maricón. –el arrastre de las erres es notable, así como lo seco del tono y la mala acentuación; aparta sus caderas sacándole el güevo de la boca.

   -Oye, no sé si… -duda, de rodillas, jadeante, la espesa saliva rodando por su barbilla.

   -No, maricón, tu tiempo para decidir pasó, ahora será un negro putón lo quieras o no. –le ruge, mirada muerta, sonrisa peligrosa. Rodea el cuello con el collar y lo fija con un candado pequeño, ante cuya visión el corazón de Roberto late con fuerza, incapaz él mismo de decir qué siente exactamente. Traga y lo nota, contra su cuello.

   -Está muy ajustado. –dice tímidamente, no reconociéndose él mismo por el tono lastimero. La leve bofetada le sorprende, aunque no tanto.

   -Cierra el hocico, las perras no hablan, ladran, y sólo cuando sus amos se lo consienten. Aprenderás a guardar silencio hasta que alguien te pregunte algo o te permita hablar. Y tus respuestas deben ser siempre, “sí, señor”. –le silencia.- Escucha bien esto, chico negro adorador de pollas blancas, por todo este fin de semana estarás bajo mi tutela, fue el trato que tu hombre hizo, lo escuchaste. Él te lo ordena, pero aunque no fuera así, como hombre blanco tengo ese poder sobre ti. El derecho a tratarte como una perra de la que se espera total entrega y sumisión. Conmigo aprenderás que tu posición, tu lugar, tu estado natural será estar de rodillas mamando a un macho; o en cuatro patas, de panza o sobre tu espalda siendo follado por cualquier hombre blanco que se antoje de tu coño negro y grande. Por este fin de semana me llamarás maestro, y el resto de los hombres de la casa serán para ti señores, excepto otros negros o cualquier pobre chico blanco confundido con un collar al cuello, negritos que nacieron con otro color de piel por voluntad del buen Dios. ¿Entiendes?

   -Eh… -Roberto traga, asfixiándose por las palabras y el tono dominante y degradante, pero embargado por una emoción extraña que quema su cuerpo y hace responder a su tolete.- Si. ¡Ahhh! –otro leve bofetón.

   -No pareces entender, ¿eh? Los negros siempre me han parecido que no son muy listos. ¿Qué te dije?

   -Yo… Si, maestro. –responde sintiendo que se ahoga en vergüenza y rabia interna; una llama que no prende, no tanto como el escalofríos que lo recorre mientras se somete.

   -Mucho mejor, perra negra. –sonríe torvo, nada tranquilizador.- Ahora debes adoptar la posición que nos gusta a los hombres que acostumbramos a disfrutar de los coños negros de los sumisos. Viéndote en ella, no habrá polla blanca que no se empalme. –se burla caminando a su alrededor, las manos a las espaldas.- Separa más tus rodillas y pega la frente del piso, con las manos al lado de tu cabeza. ¡Ahora!

   Temblando efectivamente de excitación, aunque también de inquietud y molestia, Roberto lo hace, separando sus piernas, sus negras y musculosas nalgas abriéndose y mostrando ese culo depilado, la espalda cayendo, la frente en el piso alfombrado. Aguardando con el corazón latiéndole locamente en el pecho, traga otra vez; el collar de perro le molesta la manzana de Adán… y le parece que eso se siente bien.

   -¡Alza más tu culo, negrito maricón, que aquí está un hombre blanco! –le ruge, sonriendo cuando Roberto obedece, de alguna manera, levantando más su trasero.- Bien, muy bien. Puedes mejorar, pero es un buen comienzo. –las palabras le llegan al hombre negro arrodillado como una lección escolar.- Te sientes confundido, ¿verdad?, con todo eso que sientes, la excitación al escuchar cómo te degrado y controlo reduciéndote a un papel pasivo de sumiso sexual. No sé si Hank te lo dijo ya, pero es algo tuyo, tu naturaleza, la real; no esa de macho negro grande que intentaste proyectar toda tu vida. En realidad debes haberte sentido sumiso antes, en algún momento durante una discusión con otro macho, en una pelea debes haberte excitado imaginándote derrotado, de panza en el piso, y el otro sobre ti, gritándote marica, puta… sumisa maricona; controlándote con su peso y su cuerpo, aunque fuera más bajito que tú. –sonríe al ver el tensar de los hombros, el amoratar de las orejas.- Ah, lo imaginas ahora, ¿cierto? Las imágenes que evoco te afectan, pero no me engañas, negrito culón.

   Roberto cierra los ojos, no queriendo escuchar, no deseando recordar sus días de bachillerato cuando practicó la lucha por un tiempo. Ni el por qué lo intentó, le gustaba, ni el por qué tuvo que dejarlo, escapando de miradas y de sí mismo. No, no era cierto. ¡No era un sumiso reprimido! Se sobresalta por la nalgada que le llega, dura.

   -Tu culo lo pide. –es la explicación, retomando nuevamente su disertación.- Debes haber sentido esos deseos, como fantasías. Sueños sucios y prohibidos que te asustaban en su momento, contra los cuales luchabas cuando te masturbabas. –lanza una corta sonrisa.- De hecho todos las tenemos, en algún momento, pero los machos alfa las varían, somos quienes seducen o acosan, quienes tomamos y controlamos, quienes obligamos a responder como hiciste hace poco cuando tres buenas polla blancas borraron toda idea de tu mente. Las deseabas, pero en algún nivel pensabas que no, que eras tomado contra tu voluntad. Que te obligábamos a hacerlo. No es así, esa ansiedad, ese hambre de pollas es parte de ti, tu fantasía, tu deseo que ocultas en esos sueños oscuros. –se inclina, la voz cargada de sarcasmos y certezas.- Cuéntame, negrito… en tu cama, con la mano sobre tu inútil polla, tal vez acariciando tu agujero caliente, tu verdadero órgano sexual, ¿no soñabas con las cosas que Hank podía hacerte, gritándote en un pasillo delante de tus vecinos y obligándote a caer de rodillas y mamarle? ¿Follarte en el ascensor, con la gente entrando y saliendo, viéndote? ¡Responde! –ruge, alzando una bota y colocándola sobre su cabeza, presionando un poco.

   -Si… -casi confiesa contra su voluntad, y gime cuando el pie oprime más.- Si, maestro.

   -No olvides nunca tu lugar. –le advierte.- Así debes esperar siempre por la llegada de un hombre. Es tu posición básica, por decirlo así. De pie. –ordena recreándose en el magnífico, joven y musculosos cuerpo negro agitándose bajo la piel mientras obedece.- Piernas separadas y brazos a tus espaldas. Es la posición de espera cuando el macho está en el cuarto, tú siempre presto a obedecer lo que se te ordene. –el hombre negro mirando al frente, de manera natural, espera mientras el otro le rodea nuevamente.- Alza las manos tras la nuca. –en cuanto lo hace, las callosas y grandes manos recorren y palpan sus hombros, brazos y torso.

   Tragando en seco, el collar molestándole de manera vaga, Roberto resiste la inspección. Se tensa cuando el Ruso queda a sus espaldas y las manos sutilmente recorren sus duras nalgas abiertas, los dedos entran sobándole la raja.

   -Bonito culo… estrecho. Apretado. –le gruñe con voz algo ronca, metiéndole media uña.

   El otro lucha contra un doble deseo, apartarse… y el de separar aún más sus piernas. No sabe que contiene la respiración hasta que el otro saca el dedo y se aparta. Bota el aire de sus pulmones y le ve tomar una cadena de la dichosa gaveta, fijándola a un aro en el collar.

   -Bien, comencemos la fiesta de fin de semana. –le sonríe de manera maligna.- Hank no te lo dijo, pero todo cambiará a partir de ahora. Estás a punto de comenzar tu nueva vida como un coño negro, caliente y mojado, hambriento siempre de pollas blancas. –la mirada es burlona y dura cuando le ve tragar.- Vamos…

   Emprendiendo la marcha, con la cadena sobre un hombro, el Ruso hala del hombre negro, totalmente desnudo, rumbo a los pasillos.

……

   ¿Qué diablos estaba haciendo?, ruge una molesta vocecita en la cabeza de Gregory Landaeta, una a la que en verdad no le presta mucha atención, no cuando está de panza sobre su sofá, los atléticos brazos doblados bajo su cabeza, apoyado sobre el lado derecho de su rostro; y sentando a su lado, está ese carajo bajito, flaco y blanco que le recorre la espalda con las manos como si le masajeara, pero aquello era una descarada y erótica sobadera. Las delgadas manos se cerraban sobre sus recios hombros, apretando, bajando abiertas, produciéndole escalofríos. Su piel estaba muy sensible por aquel aceite… y la verdad es que después de que el otro le chupara las tetillas, poniéndole al borde, y le medio metiera un dedo en el culo, sin que se lo impidiera, era poco lo que podía hacer. U oponer.

   Las manos bajan y bajan, Esteban sonríe con ojos nublados mirando la tirita de la tanga, las redondas y firmes nalgas que la tragan. Sus dedos blancos contrastan sobre la oscura piel.

   -Baja los brazos. –pide, y desperezándose, como si tal cosa, Gregory lo hace. Parecía calmado, pero bajo su cuerpo, contra el mueble, su verga palpitaba con fuerza. Y más cuando sus bíceps vuelven a ser recorridos por aquellas manos que le ofrecían adoración.

   La sonrisa de Esteban se ensancha, volviendo la mirada hacia ese trasero que lo obsesionaba desde que conoció al tipo. Las manos regresan, tienen que hacerlo, acariciando, enterrando los dedos, produciéndole gemidos al otro. Separa los glúteos, la visión del hilo dental cubriendo la raja es enloquecedora. Gregory se tensa y traga saliva, asustado y emocionado, cuando nota que el otro acerca el rostro, caliente, a su trasero, soplándole sobre el ojete cubierto. El cual sufre espasmos. Lo sabe, tenso sobre el mueble como está. Esteban le vigila con el rabillo de los ojos, su rostro cerca de ese culo, y vuelve a soplar, llevando los pulgares prácticamente a cada lado del hilo, sobre el ojete, y halando. Gregory se muerde el labio inferior y aún así se le escapa un ronco gruñido, mientras su culo se alza un poco y la verga le babea de manera copiosa sobre el mueble.

   -Amigo… -inicia una batalla que la sabe perdida hace rato, pero la defensa de su hombría así lo requiere, cuando siente un dedo del otro meterse, en su baja espalda, en la tira que desciende entre sus glúteos.

   El pálido dedo baja, halando la tela a un lado, rozándose de la piel, y el negro culo queda al descubierto. Gregory no sabe qué esperar, en serio, tal vez un soplo, o un dedo (le sorprende no alarmarse más al imaginarlo), pero no aquello…

   Lo primero que sintió fue la barbilla, caliente, acercándose, impactando contra su piel, raspándole con la barba, luego el aliento en directo contra su ojete, y el toque de algo suave, caliente y húmedo que frotaba y se pegaba de su culo expuesto. El roce, la sensación era tal que se erizó; arqueando la espalda y mirando sobre un hombro, se encuentra con los nublados ojos del otro, que le estaba pegando la lengua del culo, sin reparos, lamiéndolo, azotándolo con la punta, con rapidez y salivándolo.

   -Oh, Dios, ¿qué haces? –jadea, ahogándose, alzando más la nuca cuando los delgados labios rodeados de barba y bigote se cierran sobre su agujero en un beso sucio y prohibido.- ¡Ahhh! –grita sin poder o querer contenerse. Eso era muy…

   Se siente mareado, asuntado e impactado, tal vez es por eso que no reacciona cuando el hombre le atrapa una mano con la suya, flaca, alzándosela, guiándola, llevándola a su entrepiernas, donde abulta un güevo erecto bajo el pantalón de tela suave. Los dedos de Esteban se cierran sobre los suyos, y mientras su culo era lamido y chupado, Gregory es consciente de que su palma y dedos se cierran por la presión sobre el duro tolete del otro… y que sus dedos comienzan a moverse sutilmente, apretando, sobándolo.

CONTINÚA … 40

Julio César.

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