AMA DE CASA… 2

AMA DE CASA

Por Leroy G.

JOVEN, SEXY Y VELLUDO

   Sueños de perdición…

……

   Pero bueno, ¿qué coño le pasa?, se pregunta, pero no puede detenerse, aunque si aleja la idea sobre los desagradables maricones. Sigue frotándose las tetillas, primero una, luego la otra, con una mano, mientras baja la otra por su abdomen velludo, casi ahuecándolo por la increíble sensación que lo recorre al paso de su palma. La mano cae sobre su tranca, por encima de la tela del holgado y masculino bóxer, y aprieta. Cierra los ojos con fuerza otra vez, echando la nuca un tanto atrás, dejando escapar un jadeo que parece aullido. Mierda, nunca se había sentido tan caliente ni consciente de su cuerpo. Nunca tocarse así… Rodea con el puño su dura mole de carne joven y vigorosa, sobre la tela, y se masturba. Arriba y abajo, arriba y abajo, ganando en intensidad y goce, uno que le hace gemir queda y roncamente. Despega la espalda del colchón cuando imagina a Ligia haciéndoselo, su manita… El corrientazo de placer que siente es indescriptible.

   -¡Ahhh! –de la boca del joven hombre escapa un largo gemido.

   Su corazón bombera furiosamente, siente las bolas pesadas, las tetillas demasiado sensibles, un simple roce le produce toques eléctricos. Su verga es una pulsante masa de ganas que escupe espesos y olorosos líquidos. Casi pateando sale del bóxer, viéndose joven, guapo, caliente, velludo, musculoso y varonil. Desnudo. Sus bolas cuelgan con una pelambre castaña, su tolete es de buen ver. Y más ahora, casi rojo de ganas, tieso, babeando copiosamente por el ojete. Se lo toca con las dos manos y le babea aún más por la fuerte contracción que sufre. Aferrándolo así, comienza a subir y bajar su culo del colchón, gimiendo de lujuria. Arriba y abajo, su verga contra las palmas que aprisionan y soban. Cierra los ojos otra vez y se siente más embotado de los sentidos, hace calor y su cuerpo se baña de transpiración, cosa curiosamente sensual; deja caer su culo y se masturba con la mano derecha mientras se recorre el transpirado torso, su cabello se adhiere a su cráneo, de sus labios salen gemidos de placer y ansiedad. Se soba, el puño sube y baja, pero no era suficiente. Le parece oír siseos, jadeos que no son suyos, y sonríe. La vieja fantasía de muchacho sabiéndose guapo, masturbarse en el vestuario del colegio y que los otros miraran lo bueno que estaba.

   Sigue haciéndose la paja mientras la otra mano baja y baja, se atrapa las bolas con ella, aprieta y arquea la espalda nuevamente. Su puño sube y baja indetenible sobre el güevo cada vez más duro y rojo, los líquidos bajan al igual que el sudor bañándole los nudillos velludos de una pelambre clara. Se da otra buena apretada en el pulsante tronco y sus caderas suben, la otra mano deja sus bolas y de manera independiente de su voluntad se acaricia la raja que lleva a su culo. No quiere hacerlo, nunca lo hace, pero no puede parar. Todo él esta erizado mientras lo se toca. Cuando el dedo se hunde en los pliegues, y soba de pasada su ojete cerrado y virgen, su verga estalla en semen. Se corre brutalmente mientras grita con la boca muy abierta. Disparos de hirviente y espesa leche le bañan el abdomen y el torso. Chorrerones abundantes y olorosos que parecen llenarlo todo.

   Y después de esa ola cálida infinita de placer que recorre su cuerpo y adormece de manera dulce y gloriosa su mente, flotando en ese instante divino sin preocupaciones, temores, angustias, rabias o frustraciones, se soltó, el tolete todavía babeando cayendo contra su abdomen. Con las manos recorre su torso y panza, bañados de sudor y ahora también de semen, untándose de manera inconsciente. Su mente fue cayendo en ese poderoso sopor que sigue a una buena descarga, en la cual un hombre podría quedarse fácilmente dormido. No lo nota, pero la temperatura desciende rápidamente, enfriando su cuerpo y secando el sudor, apelmazando la esperma, brindándole una grata sensación de comodidad. El sueño le atrapa. Gloriosamente desnudo, la verga morcillona, una expresión de felicidad en su rostro. Las luces se apagan, incrementando la comodidad. La temperatura aumenta un poco, siendo grata, y la piel de gallina desaparece de sus músculos jóvenes y protuberantes.

   Duerme y sueña. Está en los vestuarios del taller, hace calor, mucho, suda copiosamente, está rodeado de todos esos carajos jóvenes y maricones que le miran con deseo mal disimulado mientras se quita la camisa, su torso llamando la atención, sus tetillas erguidas, los vellos brillantes con gotitas de transpiración. No le gustan las manos que parecen limpiar sus hombros y espalda de toda aquella humedad, pero los maricones parecían necesitarlo, tocarlo. Pero, a pesar del mal cariz del sueño, no despierta, de sus labios entre abiertos escapa una pesada respiración, duerme como un bendito… ajeno a las sombras que parecen moverse a su alrededor.

   Impaciente, en el sueño, aparta bruscamente a los maricones, viril y fuerte. Debe trabajar, así que se quita las botas y medias, luego su pantalón, congelándose. Debajo lleva una de esas prendas putonas que ellos usan. Es una vaina barata de licra rosa, pequeña, un triangulo que apenas contiene su verga por el frente, con tiritas que aprietan en sus caderas, pero no como la que se hunde entre sus nalgas turgentes, contra su culo, produciéndole una sensación extraña. Ceñudo sobre su colchón, se mueve, como disgustado con el sueño. Ahora hay luces parpadeantes, de discoteca, y allí está, desnudo, bailando, saltando, sonriendo a todos, sintiéndose sobrado, su verga agitándose de aquí para allá, chocando de otros cuerpos que bailan alegremente a su alrededor, entre risas y gritos de juventud desafiante. Otros carajos desnudos también. Y ese sueño, que no recordaría cuando despertara, le acompaña, con variaciones pequeñas toda la noche, como el estar clavado entre dos chicos desnudos que se frotaban de él, con sus toletes suaves y calientes.

   Una risita siniestra parece flotar en el oscuro cuarto ante la visión de su verga nuevamente dura.

   Al otro día despierta con cierta pesadez, casi se sorprende de encontrarse desnudo. Y manchado de un semen casi cristalizado. Confuso mira la hora en el reloj, eran casi las seis de la mañana. Joder, había dormido de corrido. Lo curioso era que se sentía algo cansado, como si hubiera regresado tarde de una fiesta. Levantándose con desgana, y algo malhumorado, cruza el apartamento y monta la cafetera metálica que dejó armada durante la noche, enciende la radio y va al baño para mear y enjuagarse la boca. Antes de hacer algo más necesita su taza de café. Es cuando repara que ha hecho todo eso, comenzando por andar por toda la casa completamente desnudo. En realidad no le avergüenza para nada su cuerpo, pero no era del tipo exhibicionista. Sabía de la gente que, accidental o no, miraba por las ventanas de otros apartamentos. Confuso regresa al dormitorio, toma su bóxer holgado y regresa a la cocina donde bebé su brebaje.

   Se ocupa de sus asuntos en el baño, terminando en la ducha, enjabonándose. Empalmándose. Tocarse le hizo endurecer la verga en segundos. Mortificado no quiso tocársela mucho, le costó lavar su prepucio. No bajaba ni con el agua helada. Bufando, sabiendo que se queda sin tiempo, se masturba, la espalda contra los azulejos. Su puño va y viene. Imagina a Ligia bailando eróticamente para él, quitándose una faldita de esas de porristas de películas americanas, también la blusa, el pequeño sostén era una nadería, como la pantaletica. Cosa que se quita quedando desnuda, sus tetas duras, los dedos de su manita entrando entre los labios de su vagina. Gregorio gruñe, ojos cerrados, sintiéndose a punto de correrse, viendo y oyendo en su mente a su chica masturbándose para él. Lo siente, la leche saliéndole de las pelotas, quemándole… Momento cuando en su mente unos dedos masculinos retiran los de joven de su coño, un índice y un pulgar cayendo sobre los labios vaginales, separándolos, una verga gruesa, blanco rojiza, la penetra profundo, con fuerza, haciéndola gritar. Esa verga iba y venía, poderosa, estremeciéndola, dándole placer, haciéndola pedir más, lloriquear de gozo entregada a esa verga… ¡La de un hombre que no es él!

   Cuando esa idea penetra su mente, horrorizándole, se corre abundantemente. Maldita sea, ¿qué le pasaba? Disgustado consigo mismo, y con la novia por alguna oscura razón, termina su baño. El semen gira hacia el desagüe. No tiene tiempo de prepararse nada, comería algo fuera. Si tan sólo no estuviera tan caliente. Si tan sólo Ligia…

   No quiere pensar en ella, no recordando cómo se agitaba, estremecía y suplicaba restregándose contra ese hombre que le metía y sacaba el güevo de lo más profundo de su coño, haciéndola gozar tanto. Llega al cuarto, vistiéndose, descubriendo, con disgusto, que vuelve a endurecerse un poco. Su bojote abulta contra el bóxer que es holgado y no contiene tanto. Mortificado se viste, tendría que llevar ropa de calle, con la braga sucia no podría disimularla, se dice consciente de que su miembro es visible contra el jeans. Se pone una de sus camisas más largas para ocultar cuanto fuera posible.

   Fue un infierno salir del apartamento, cruzar el pasillo, alejarse de la residencia sabiendo que estaba endureciéndose por segundos. ¿Qué diablos?, se pregunta. Está bien, era joven, tenía la sangre roja y caliente, pero esas cosas nunca le habían ocurrido. Podía pensar en sexo cada treinta segundo, endureciéndose, y le gustaba, pero esto parecía distinto. Y era molesto. Por no decir penoso. Se imagina entrando al taller lleno de maricas con una erección. Teniendo que cambiarse, justo ese día, en ese vestuario lleno de locas.

   Llegó y saludó como siempre, ligeramente mortificado de verlos tan jóvenes, atléticos algunos, atractivos… y tan maricas. Con rabia apartó los ojos de uno de ellos, Román, de piel canela oscura, que reía en los vestuarios cuando entró, con el pantalón en los tobillos, aprovechando justo ese momento para desamarrar las trenzas de sus botas, doblándose y mostrando sus nalgas redondas y lampiñas, totalmente expuestas al usar una mierda de esas, un hilo dental blanco. Oprimió los labios y se retiró porque su verga pareció pensar que sexo era sexo, agitándose. Eso le mortificó y alarmó. Aunque, claro, andaba como ruin, tal vez por eso respondía a toda clase de estímulos.

   El resto del día no fue mejor. Aunque intentaba agostarse trabajando, de alguna manera todo ese esfuerzo, el sudor, la presión, tan sólo parecía hacerle más consciente de su erección. Joder, necesitaba de Ligia… Y dejar de ver a todos esos maricones con sus exhibiciones y coqueteos. Fue un alivio cuando la jornada llegaba a su final.

   -¿Estás bien, muchacho? Pareces atormentado. –le preguntó, con su vozarrón, Morales, el jefe, acercándosele.

   -Estoy bien, señor. –jadeó diciendo lo primero que se le ocurrió para evitar más preguntas.- Mi novia anda algo… molesta conmigo. Y la extraño. –no le gustó su sonrisa.

   -Si, lo sé. Problemas con la verga. Necesidad de usarla, ¿eh? Se te ha notado todo el día. –y ríe de su cara de vergüenza.- Los muchachos andan apostando qué dirías si alguno te ofrecía una buena mamada para ayudarte. –y riendo aún más de su cara totalmente enrojecida y escandalizada, se aleja.

   Si, una mamada sí que aliviaría, se dice con disgusto, pero primero muerto a dejarse tocar por uno de esos sucios maricones. Por muchas mamadas que dieran. Cierra los ojos para luchar contra la imagen de unos labios rodeándole el güevo con ansiedad, una boca tragándoselo entre ahogados “hummm”, una lengua caliente acariciándoselo, unas mejillas cerrándose sobre él y masajeándoselo en un ir y venir liberador. Casi ruge de frustración y vuelve a su trabajo. Y al fin dan las cinco.

   Todo el día ha sido una tortura, pero ahora podría escapar. Necesitaba llegar a su apartamento y masturbarse. Si tan sólo Ligia quisiera quedarse esa noche… La llamó por teléfono, pero esta, aunque le invitaba a salir, a comer, no quería ir al lugar. No podía explicar por qué, pero le tenía verdadera aversión. Irritado, sintiendo que no podría soportar continuar fuera de su piso, no con esa erección, compró algo de cenar y se dirigió a su pieza. Todavía mal encarado, insatisfecho (frustrado), subió las escaleras y se dirigió a su puerta, deteniéndose al escuchar la de al lado, que se abre, y sale su vecino, un tipo detestable al que ha visto algunas veces (detestable para él, no porque el otro hubiera hecho algo malo).

   Era joven, delgado, menudo… y totalmente maricón. Todo afeminado y afectado, terminaba en lo grotesco. O le parecía a él. Como ahora, que, descalzo, salía medio bailando con unos audífonos al oído, rumbo al depósito de la basura. Lleva una franela holgada pero muy corta, sin mangas, y unos shorts blancos cortos, totalmente ajustados, la tela algo metida entre las nalgas, y… mierda, debajo llevaba una tanga roja intensa que se destacaba perfectamente contra la tela clara sobre el turgente trasero. Le ve arrojar los desechos.

   Sintió escalofríos mirándole, entre molesto por lo estrafalario, y lo maricón, pero fascinado por el sujeto que salía de su piso vistiendo eso. Era ese un culo redondo, paradito, en tanga. Enrojece feamente, mientras frunce el ceño, cuando el chico, Albín algo, se vuelve como si le presintiera y se congela, sorprendiéndole en la miradera. Bajando los ojos a su entrepiernas.

   Gregorio enrojece más, oh, mierda, ¿creería que era por él que andaba empalmado?

   -¿Todo bien, vecino? –le pregunta con esa voz afectada, íntima, sacándose uno de los audífonos, acercándosele, ojos brillantes y labios húmedos… labios de mamagüevo.

CONTINÚA … 3

Julio César.

4 comentarios to “AMA DE CASA… 2”

  1. iv77 Says:

    Este historia es la que más al pendiente me tiene después de “Oscuro amor” y, siendo que es el mismo autor, ojalá continúe y que Gregorio se convierta en una musculoca sumisa y pasiva total❤

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