SIGUE EL DILEMA… 4

SIGUE EL DILEMA                         … 3

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

boy-thong

   Muchos sueñan con entrenar chicos…

……

   Le parece que siguen hablando pero no les oye, hay un pitido desagradable que llena sus oídos, incluso la realidad pierde claridad; sin embargo intenta enfocarse porque le miran, algo ceñudos. Esperaban una respuesta.

   -Yo… no sabía… -traga angustiado, sintiendo la rabia y el miedo arder en partes iguales en sus entrañas.- ¿Es cierto lo de ese viaje? No me habían dicho nada.

   -Eres un campeón olímpico, cariño, claro que serás requerido en convenciones, exhibiciones y competencias en el continente. ¡Derrotaste a los norteamericanos! –sonríe la mujer.

   -Tu entrenador y tú hicieron una buena dupla, una triunfadora, le debes mucho; dinos, ¿qué le dirías? –pregunta el hombre.

   Aquello era irreal, no podía estar pasando, se dice tragando con esfuerzo. La rabia va ganando, así como algo amargo sube de su estómago, envenenando su lengua: las palabras quieren salir, ser expresadas. Denunciar al monstruo aunque toda su vida se fuera al caño.

   -Señores, señores, ¿qué hacen? Saben que no pueden entrevistar al joven Saldívar sin la directiva, o en ausencia de su entrenador. –interrumpe en esos momentos uno de los encargaos de la pileta, viéndose afanado al venir a toda prisa. Daniel se vuelve a mirarle, desconcertándole encontrar a Román un poco más allá, en segundo lugar. ¿Le habría avisado?

   -¿Es cierto lo del viaje a Los Ángeles? –su voz sale ronca, casi dolida. El hombre mira con disgusto a los representantes de los medios locales.

   -No debían decirle nada aún, ¡sería una sorpresa en el recibimiento oficial al campeón! –les reclama, luego mira al joven y apuesto atleta.- Hablaremos de eso luego, hijo; tu entrenador…

   -¡No lo haré! –estalla, desconcertando a todos.

   -¿De qué hablas? Es algo protocolario, claro que no siempre ganamos una medalla olímpica pero existen estos convenios que…

   -No iré. No con Franco. –es tajante.

   -Saldívar, no es hora de divismos. –gruñe el hombre, confuso y algo irritado. Todos esos muchachos eran iguales. Seguramente ahora se creía una estrella que no necesitaba de nadie. Ambos van a decir algo más cuando Román se acerca, atrapando un brazo de Daniel, halándole. Este se libra, algo brusco, y se miran.

   -No es el lugar, Saldívar, y tú lo sabes. –le gruñe bajito, entre dientes, sonriendo al resto.- Esperamos esa celebración de bienvenida con muchas ganas, señor. –mira a la pareja de la prensa local.- Dañaron la sorpresa, amigos. –y vuelve a tomar al otro del brazo, halándole, alejándose.

   La mente de Daniel es un torbellino, la ira había ganado en su alma, el miedo estaba en segundo lugar, y sin embargo no podía reaccionar. ¿Dos semanas con ese hombre, lejos, bajo su supervisión? ¿Estar obligado a continuar junto a él? ¡Jamás!

   -Suéltame. –gruñe cuando están algo alejados de los otros.

   -¿Qué diablos pensabas decir? ¿Estás loco? ¡Ibas a joder tu vida! –ladra Román, y eso enferma más a Daniel.- No le des ese placer a ese hijo de puta.

   ¡Román lo sabía! La idea es aterradora y vergonzosa. ¿Cuantos más, dentro del equipo?

   -Aléjate de mí. –grazna resentido cuando una idea penetra su mente; si lo sabía, si sabía lo que le ocurría, ¿por qué no dijo nada? ¿Por qué no le ayudó?

   -Saldívar… -con frustración, Román le ve alejarse con pasos rígidos.

……

   -Jejejejeje, te gusta hacerte el machito ofendido, pero no es cierto. –comenta Franco, sobre la espalda de un Luis Saldívar que tiene las manos atadas a las espaldas, inmovilizado de panza sobre la cama, frotándole con su peludo cuerpo.- Y el mundo lo sabrá… si no te portas bien. –se agita sobre el otro, y Luis, confuso por sus palabras, le ve colocar sobre la mesita de noche una pequeña cámara digital que enfoca su rostro.

   -¿Qué haces? ¿Qué planeas? –ruge asustado, revolviéndose para escapar.

   -Será nuestra gran noche, me sentirás como tu hombre sin estimulantes sexuales, jejejejeje. –se tiende y enciende la cámara, tomándose su tiempo para torturarle.

   Ríe ronca y siniestramente mientras le ve desesperar, agitándose sobre la cama, imposibilitado de escapar. ¡Cuánto lo odia!, reconoce Franco con un profundo estremecimiento de placer sexual. Luis Saldívar le había robado en el pasado su momento de triunfo, su gloria deportiva, ahora lo pagaba. Someter al hijo fue bueno, tomar la virginidad de su atlético y hermoso muchacho, pero esto era todavía mejor. Romper y someter al padre. Ambos le pertenecían ahora, eran sus juguetes. Sus esclavos. Destinados, padre e hijo, a servirle como sus putos. Daniel se resistía, creía haber escapado, ni imaginaba lo que se le venía encima. Y esa idea, recuperar al muchacho, continuar con su poder sobre él, le repite el temblor de lujuria oscura y enferma. Y mientras Luis se revuelve, oponiendo el rostro en contra de la cámara, y él le obliga a volverlo, el hombre sueña con sus dos juguetes. Los imagina sobre una cama, ambos en cuatro patas, uno frente al lado otro, mirándose mientras eran tomados por sus culos de ex machos.

   Fantasea con invitar a otros carajos, camioneros apestosos de un bar, marineros borrachos antes de volver a sus bases, todos caliente y necesitando desahogar sus bolas de alguna manera, especialmente en un buen culo apretado y disponible. Los imagina llenando ese cuarto donde padre e hijo esperan, todos enloqueciendo de ganas con el deseo de saltarles encima, de destrozar sus culos a fuerzas de cogidas. Para eso estaría él, para imponer orden y garantizar que todos y cada uno de ellos tuviera su turno con las perras; y lo haría riendo, mirando a sus esclavos mientras eran embestidos, uno frente al otro, sus ojos reflejando humillación, vergüenza, miedo. Odio. Luego sumisión. Les rompería de tal manera el alma que terminarían entregándose por su cuenta.

   Bien, era hora de comenzar a “amar”, de nuevo, desde el principio; que el puto entendiera de qué iba el asunto. Alza su cuerpo, separándole las piernas y quedando arrodillado entre ellas, con el rasurado culo a su alcance. Sonríe al notar como Luis cierra a cal y canto su dulce agujero, temiendo el ataque.

   -¿Recuerdas lo que sentiste ese día cuando te hice mío?

   -¡Aléjate de mí, hijo de perra! –es el grito destemplado de un Luis que se estremece de asco y rabia, mientras su cuerpo brilla de transpiración.

   -Oh, qué cosas dices. Pero pronto esa cámara filmará cuánto te gusta esto. Te daré una copia para que la estudies luego. Y me lo agradezcas, jejejejeje…

   Y lo dice mientras mete un dedo, con esfuerzo, en aquella cerrada raja interglútea. Cuesta pero lo introduce, oyéndole gruñir y sintiéndole tensarse más. La recorre de arriba abajo, una y otra vez, pasando sobre su ojete rasurado. Lo frota, sonriendo con lujuria oyéndole gemir que “no”, meneando el trasero de manera convulsa. Sin retirar aquel dedo le da una sonora nalgada, fuerte, el sonido llena el cuarto, los dedos se marcan. Le hace gritar.

   -¡Quieto, puto! –le ruge, esperando. La sorpresa por la agresión consigue que el trasero se relaje y aferrándole una nalga la mantiene apartada, dejando expuesto el agujero cerrado, el cual acaricia ahora con mayor felicidad.- Joder, se ve tan estrecho y cerrado; es difícil creer que ya gozó de una buena gruesa verga masculina.

   Con rabia y frustración, Luis entierra el rostro contra la almohada, mordiendo la tela; los roces a su culo son desesperantes y desagradables. Tiembla, frío, cuando siente la yema de ese dedo sobre su ojete como si el otro se dispusiera a oprimir un timbre. No puede evitarlo, es automático, un reflejo, lo cierra y se tensa de manera total mientras escucha como la respiración del otro se espesa más. Arruga la frente y aprieta los dientes, impotente, sintiendo una presión cada vez mayor sobre su ojete, el empuje de ese dedo, sabiendo que no podría detener finalmente esa invasión.

   -Por Dios, Franco, no, detente. –la desesperación le obliga a gritar, a suplicar.

   -Pensar que pronto estarás jadeando de placer, jejejejeje… -ni aunque quisiera, podría detenerse, no teniendo los ojos clavados en la punta de su dedo pegado al arrugado ojete, empujando los pliegues hacia adentro, metiéndosele lentamente.

   -¡NO!

   El grito es la música ambiental perfecta, le parece a Franco, sonriendo torvamente mientras se lo clava muy despacio, saboreando el momento, disfrutándolo plenamente.

   -¡Ahhh! –es una exclamación de placer que le escapa del alma, como a todo sujeto que logra clavar su dedo en un culo masculino que no se lo esperaba. Lo mete lentamente, deslizándolo con presión ya que Luis cierra aún más su esfínter y los canales de su recto, irónicamente brindándole más gozo mientras aumentaba su propio malestar.

   -Aaaggg… -ruge Luis, casi lloroso de frustración, mordiendo nuevamente la almohada, sintiéndose más humillado que adolorido, sensación que aumenta cuando aquel demente comienza a agitar el dedo dentro de sí, arriba y abajo, a los lados, rotándolo.- No, no, no…

   -Ahhh, si, qué rico culo tienes, puto.

   -Te mataré, lo juro por mi vida. –solloza Luis, de rabia e impotencia, al tiempo que ese dedo comienza a salir, flexionado, frotándose contra las paredes de su recto y luego entra otra vez, con fuerza, sintiendo el puño contra sus nalgas. El dedo va y viene, adentro y afuera, una y otra vez, cogiéndole, y la idea es sencillamente atormentadora.

   Esas palabras de amenaza provocan una enorme sonrisa en Franco, que sigue cogiéndole con el dedo. Lo había roto, ahora, plenamente consciente de lo que ocurre, Luis sabía que podía hacerle lo que quisiera, que su culo le pertenecía, que podía tomarlo cuando lo deseara, sin que pudiera resistirse o defenderse. Era el principio, así lo doblegaría y lo convertiría en su sumiso esclavo sexual. Como también haría con su maldito hijo.

   -Si te viera Adriana ahora, ¿eh?, con mi dedo en tu culo, tú dejándote…

   -Hijo de… -comienza un grito que se interrumpe por un involuntario sollozo de rabia.

   El hombre no puede dejar de pensar, en parte, que era cierto, estaba dejando que Franco le hiciera todo eso, que tomara su masculinidad, su hombría. Sentía, estremeciéndose, compadeciéndose de sí mismo, que dejaba de ser un macho viril para convertirse en el esclavo del otro. Tan apesadumbrado, y casi resignado está a la idea, que la retirada del dedo le sorprende, aunque despierta nuevos temores. Alza el rostro y le mira sobre su hombro.

   Franco sonríe, la lengua afuera, su ancho pecho velludo subiendo y bajando elocuentemente. En una mano, alzada, muestra un delgado y largo juguete sexual. Algo que, con un estremecimiento, Luis entiende dónde va a enterrarlo. Es delgado comparado a una verga, tal vez del grueso del dedo del entrenador, pero largo, y con cierta curvatura en su tercio distal que termina en una punta roma.

   -¿Listo para jugar con tu culo, puto?

   -No, aléjate de mí, aleja eso. –ruge otra vez, recobrando la rebeldía, casi despegando el torso de la cama, algo sumamente difícil con las piernas extendidas y las manos atadas a la baja espalda como está. Pero lo intenta, para caer con un quejido ahogado cuando una manota de Franco cae sobre él, derribándole.

   -Cómo te resistes, puto, y pensar que pronto estarás gozando, jejejejeje…

   ¡No, Dios mío, no!, rogó mentalmente Luis, transpirado, jadeante, frío de temor y humillación cuando siente la roma cabeza lisa contra su esfínter ya chupado y luego penetrado por un dedo. Se resiste, no es algo racional, tan sólo se cierra.

   -¡Aaah! –la ruda nalgada llega, la piel le arde y pica, y su esfínter se relaja por distracción.- ¡Hummppp! –la cabecita del juguete vence la resistencia y se clava, empujando hacia adentro los labios de su culo.

   Totalmente consciente de lo que ocurre, Luis aprieta los dientes casi al límite del crujido cuando siente el algo curvo instrumento abrir su esfínter y penetrar su recto, lentamente, indetenible. Lanza un chillido de furia y frustración mientras es consciente del roce de la cabeza de eso contra las paredes de sus entrañas, porque Franco lo rota mientras lo mete.

   -Si, así, qué bien se ve tu culo abrazando con fuerza un vibrador, cabrón. –le dice con voz ronca de lujuria, los apasionados y predadores ojos fijos en ese redondo anillo que efectivamente aprieta el juguete, pero no por placer sino buscando detenerlo.- Ahora…

   Lo mueve de arriba abajo, frotando, rotando, buscando, sabiendo que no ha llegado al ver las manos cerradas en puños feroces de Luis, su cara roja, las venas llenas en sus sienes, los dientes apretados. Pero él sabe de eso, ha domado a muchos machos, a muchos carajos heterosexuales que se creían mejores que el oscuro entrenador deportivo. Aferrando el juguete por la punta, consciente que la torsión del mismo da hacia abajo, hacia la pelvis del hombre al estar boca abajo, lo clava y revuelve hasta que Luis lanza un bufido desconcertado y alza sus nalgas, sorprendido.

   ¡Lo tenía!, se dice con una sonrisa cruel, mirando hacia la cámara, sabiendo que enfocaba a Luis del rostro a los muslos. Con paciencia y experticia saca y mete centímetros del juguete, en el mismo punto, provocándole escalofríos y temblores al confuso hombre sobre la cama, estimulándole la próstata.

   -No, no, detente… -la voz de Luis suena angustiada, sus apuros son ahora de otra naturaleza.

   -Jejejejeje, ¿qué, algo qué te gusta acaso? –le pregunta, afincando la mano que le retiene por la baja espalda, metiendo el cilíndrico juguete, atrapándolo entre su índice y pulgar, rotándolo como quien frota un pezón, plenamente consciente de que la punta roma de juguete se roza una y otra vez contra la poderosa glándula sexual masculina.

   -Detente, por favor. –suplica el recio hombre atrapado en semejante calvario. Sabe, en teoría, de la estimulación a la próstata, así como es superficialmente consciente de que es uno de los motores placenteros del sexo anal entre homosexuales, como lo es el roce y estimulación a las paredes del recto, por lo que muchas mujeres guastaban de practicarlo. Pero no él. No Adriana. Aquello era…

   El hombre se revuelve sobre la cama, nunca imaginó que la manipulación de la próstata pudiera producir una sensación tan intensa. Intenta apartar su trasero, meneándolo, cerrar su culo, pero eso, de alguna manera le hace consiente ahora del roce del aparato contra las paredes de su recto, incrementando las sensaciones sobre la próstata. Rojo de vergüenza lanza un alarido, maldiciéndose y maldiciendo a Franco, al sentir algo parecido a la excitación sexual. Al placer, uno que se mezcla con dolor, culpa y humillación.

   -Se te está parando la verga, puto; se nota que lo gozas, jejejejeje. –se burla el otro.

   Luis quiere negarlo, oponerse a la idea, es cuando la presión de la mano sobre su baja espalda se intensifica, y el juguete deja de entrar y salir, quedándose quieto en sus entrañas.

   -¡Ahhh! –se le escapa un agónico gemido que no es para nada dolor, es sorpresa, es excitación, frente a esa cámara que lo capta. Dejándole el juguete sexual apoyado contra la próstata, Franco enciende la batería con el botoncito en la base y este comienza a lanzar suaves olas de impulsos, vibrando en su interior.- ¡Hummm!

CONTINÚA … 5

Julio César.

7 comentarios to “SIGUE EL DILEMA… 4”

  1. Apolo Says:

    ¡Qué emoción! No puedo esperar la continuación. Jeje

  2. Maximo Says:

    k le espera a daniel?? muy bueno!

  3. iv77 Says:

    Ojalá esta continúe!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: