EL PEPAZO

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 

   Como saben, soy increíblemente flojo para llevar, después de un tiempo, un relato largo, por eso doy cabida a cuentos de otros, como este amigo quien me recuerda, al enviarme el trabajo, que subo los de Leroy y Arthur. He leído varias páginas y me he reído bastante. Dios, qué imaginación. Un tío cae víctima de esas corporaciones que venden lo que sea, así tengan que crear la demanda, por lo tanto hay interferencia; es decir, es un relato de malditos. Me hizo este amigo, dos señalamientos, no usar su nombre, y lo entiendo, cometí el error de usar el mío (aunque lo identificaré como K), y respetar en lo posible lo que llama la extensión de cada entrega, lo que por mí está bien porque es corto. Presento a consideración, El Pepazo. El título es de mi inventiva y luego se explica:

De K.

tio-sexy

   -¿Se te antoja un pedazo de esto, imbécil?

……

   Gruñendo de manera oscura y casi sexual, Jacinto Contreras flexiona y extiende sus brazos, presionando sobre las barras que intentan mantenerse abiertas y que cierra para forzar el trabajo sobre sus redondos y duros bíceps, bañado en transpiración, una que moja la camiseta azul, y la adhiere a su cuerpo joven y musculoso, bien labrado en gimnasios y en su apartamento. Abre los brazos con un jadeo de placer y con un  gruñido cierra las pesas frente a sus ojos, sentado sobre el aparato de ejercicio de la fastuosa quinta donde trabaja como guardaespaldas y chofer ocasional. Lleva el pantalón oscuro de tela suave del traje y unos zapatos negros lustrosos.

   -¿Contreras? –ladra una voz, su supervisor; el gilipollas de Requena, entra acompañado de la esposa del jefe.- La señora Irma lleva rato esperándote para salir. –acusa.

   -Lo siento. -el joven lo mira con altanería, sin sentirlo en absoluto, sabiéndose protegido de la señora (nada sexual… aún), soltando las pesas y poniéndose de píe. Mentalmente sonríe. Nota la envidia de Requena en su mirada, y la admiración (todavía platónica) de la señora, una cuarentona bonita. Toma la camisa y parece que va a ponérsela.

   -No puedes ir así. –regaña Requena, preguntándose hasta cuando consentirían a ese hijo de puta; un vago total que molestaba a los compañeros.

   -Llevo prisa. –intercala la señora, complaciente como siempre, y cuando Jacinto se le acerca, colocándose la camisa, ríe y gime.- Ay, muchacho, apestas, necesitas un  desodorante más fuerte. Mejor quédate y come algo. –le dice sonriendo divertida.

   -Gracias, señora. –total, no quería ir de todas maneras, así seguiría con su rutina. Sueña con un cuerpo espectacular, forrado de músculos, sin caer en lo de los culturistas.

   -Eres un inútil. –le gruñe Requena, realmente molesto, cuando la señora se aleja. Pega un salto cuando el joven, sonriendo, abre un brazo casi exponiéndole la axila de pelos recortados y empapados en sudor.- ¡Maldito cerdo! –ruge, alejándose oyéndole burlarse con unos “oing, oing”, sabiendo que se había salido otra vez con la suya.

   Esa era la vida de Jacinto Contreras, un hombre joven y guapo que se acercaba a los veinticinco años, padre, divorciado de una mujer a la que decepcionó, con una hermana que no le hablaba porque nunca se ocupaba de los padres, y cuya vida social apestaba en lo general. Tenía cita, montones de ellas, con mujeres que se encandilaban con su apariencia antes de notar que era un vago funcional, sin ambiciones más allá de verse bien, que gastaba más en ropas, artículos deportivos y juegos propios que en una chica.

   Esa tarde, al regresar a su apartamento, diminuto, masculino y lleno de implementos de ejercicios, Jacinto iba rotando el hombro izquierdo, sintiendo un ramalazo de dolor. Llevaba dos días padeciéndolos al hacer flexiones. Quitándose las ropas en la sala, queda en un ajustado bóxer gris, corto, que le gusta porque lo hace sentirse sexy. Es un hombre atractivo de piel clara, ligeramente cobriza, cabellos castaños y ojos almendrados que brillaban verdosos al sol, haciendo perder a muchas chicas el buen camino. Sus facciones son armoniosas, una frente despejada bajo el espeso y fino cabello, una nariz corta, unos labios carnosos que sabían engañar en muchos sentidos, y un mentón cuadrado. Sus hombros anchos y cintura estrecha eran un logro de la rutina física sobre la inercia que mostraba en todo lo demás. Brazos y piernas son musculosos. Y está orgulloso del paquete entre sus piernas. Le gusta usarlo, aunque a veces las mujeres se quejaran de lo “breve” de sus batallas, terminando feliz y desahogado mientras ellas parecían molestas.

   Todavía rotando el brazo va a la nevera y saca un cartón de jugo de naranja, que bebe directamente del embase, cayendo en la silla de su computadora. Cree recordar algo. Busca y lee: “¿Dolores después de la rutina diaria?, Livet le produce el relajamiento que necesita, un producto natural que favorece el alivio, el sueño y la recuperación de fuerzas”. Sonaba increíble, pero la página le gustaba, a pesar de lo extraño del nombre, Fuckuyama. Alguna mierda japonesa. Si, no sonaba nada mal, era caro, pero necesitaba algo para el dolor, y que no fuera un opiáceo. Suspirando con un dolor diferente saca la tarjeta de crédito, se conecta a Ventas, donde lo saludan, se interesan en lo que necesita, toman sus datos y le dan las gracias por la compra.

   Si, una mierda japonesa.

   Al otro día, al regresar de la quinta, nuevamente con dolor, encuentra en paquete pequeño y cuadrado en su buzón. Sonriendo sube, toma una ducha, cena y lo desempaca. Hay una nota en letras góticas. Fuckuyama le felicitaba por tomar el control de su existencia en la búsqueda de un cambio para mejor. Frunce un tanto el ceño y sigue leyendo. “Livet iniciará el cambio hacia esa nueva y placentera vida que merece, una de satisfacciones intensas”. Ah, cuántas bobadas, se dice apartando la nota y tomando el contenido.

   -¿Qué coño? –gruñe, desconcertado y molesto. Dentro hay una pequeña cánula envuelta en papel sedoso, más pequeño que un dedal para un meñique. Y se lee en dicho papel: Supositorio.

   ¿Tenía que meterse eso en el culo?

CONTINÚA … 2

Julio César.

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