EL PEPAZO… 2

EL PEPAZO

De K.

tio-sexy

   -¿Se te antoja un pedazo de esto, imbécil?

……

   La cara le enrojece de furor, ¿un supositorio? ¿Un maldito supositorio? Se siente engañado, estafado. Así como la cabeza se le llena de sangre, que no de ideas, el dolor en el hombro se le intensifica, como en burla al remedio encontrado. Arroja la caja con el fulano dedal calmante en la mesa y cae sobre la silla de la computadora, sintiéndola de pronto fría bajo su cuerpo, lleva tan sólo un bóxer corto, como le gusta en la intimidad de su apartamento. Se siente lindo así. Ceñudo mueve el cursor sobre la pantalla y cae en aquel ícono que ha guardado por lo interesante de la página hasta ahora. Le engañosa y traicionera Fuckuyama. Parpadea, desconcertado, algo alarmado y más molesto. La página no aparece. Lo intenta e intenta, nada. Gruñendo entre dientes lo busca con Google. Nada de nada.

   -¡Malditos estafadores! –grita poniéndose de pie, le habían robado su dinero.

   No le quedan dudas de que el dinero ya fue debitado de su cuenta, y tan magra como ya andaba. ¡Los denunciará!, piensa, aunque el mismo sabe de lo poco probable que sería que algo así prosperara. Venezuela era un caos. Le da una patada a la silla cegado de rabia y buscando desahogo, la cual gira y cae estrepitosamente. Lastimándose el pie en el proceso. Ahora tenía un doble dolor, el hombro, palpitante, y uno en el pie, en el empeine, frío y desagradable.

   Va hacia su cuarto, por alguna crema o una pastilla, cosa que odia, pero se detiene. Casi trinando de rabia toma la caja y sigue su camino. El dormitorio se encuentra determinado por la gran cama donde cree realizar sus proezas sexuales, un closet lleno de vainas informales que destacan su cuerpo (fuera del espejo de cuerpo entero de una de sus puertas), y algunas otras cosas; hay mucha ropa y zapatos amontonados de cualquier manera. Fotos de nenas bellas, enmarcadas, adornan las paredes. Le gustan así cuando está solo y se masturba, y porque puede retirarlas cuando lleva a alguna damita. Así de exquisito era Jacinto Contreras. Entra y arroja la caja en la cama. Joder, ¡cómo le dolía el hombro y el pie!

   No encuentra nada qué aplicarse, y cayendo de culo sobre su cómodo colchón, mira la caja, considerando por un segundo lo intolerable: colocarse el maldito supositorio. Seguro que era un fraude pero lo vendían como relajante. La cara le enrojece, aunque sabe que, técnicamente, es una tontería. Algunos medicamentos eran recetados en tal presentación, por no hablar de aquel médico maricón que una vez quiso tomarle la temperatura con un termómetro rectal. Ah, ¡las cosas que le dijo!, aunque lo comprendía, viendo a un caramelote como él…

   Vuelve a tragar al tomar la caja y sacar el dedal, encontrado que venía firmemente unido a un delgado hilo tipo nylon, de unos quince centímetros de longitud. Imagina que para halarlo en caso de emergencias. La cara le enrojece otra vez, y la rabia le aumenta igual. Botando aire se tiende de panza; sintiéndose increíblemente idiota, bajando un tanto el ajustado bóxer, deja al descubierto unas nalgas redondas y musculosas, duras y velludas. Tomando aire nuevamente lleva el pequeño objeto a la entrada de su culo peludo, tanteando, sintiéndose padecer el colmo de la iniquidad. Duda, lo tiene allí, a tiro de pichón, pero no se anima aún. A la mierda, se dice, era un hombre, tenía un dolor, no había nada más y nadie lo sabría jamás. Lo empuja, sintiendo la incomodidad, subconscientemente apretaba el esfínter y se obliga a relajarlo (como seguro le dicen los maricas a los más maricas en un montarral, piensa mortificado). Lo mete, empujándolo reacio, y parpadea. ¿Qué diablos?, ¿qué mierda era esa?, se pregunta con ojos muy abiertos, como la boca. Siente un alivio instantáneo; su hombro deja de protestar, su pie también.

   -Ahhh… -se le escapa un profundo gemido de alivio. Nada sexual, tan sólo por la cesación del dolor.

   Deja caer el rostro sobre la cama, casi sonriendo. Bueno, si, era una mierda, un supositorio, pero mira que funcionaba. Queda así, de panza, pies fuera del colchón, el bóxer algo bajo, su peludo culo dejando ver el hilo blanco de aquella vaina que tiene metida. Como sea, por su cama, el alivio o la reciente rabia padecida, el joven va adormilándose, sintiendo un calor benéfico, relajante. Claro, no le gusta pensar en ello, pero…

   -¿Qué coño…? –brama alarmado, alzando el rostro y los hombros de la cama, sorprendido.

   ¡Esa mierdita estaba deslizándosele por el recto! Se le estaba metiendo más y más adentro, halando del cordel en el proceso. Alarmado lo toma, decidido a detenerlo y sacarlo, viendo ante él la horrible imagen de llegar a un hospital teniendo que explicar que tenía algo metido allí. Lo hala para sacarlo… y el cordel queda en su mano.

   -Pero, ¿qué coño’e la madre…? –grita con furor, viéndolo todo rojo.

   Lo siente metiéndosele, calentando por donde pasa. No lo duda, realmente no piensa en ello, ni con asco o como algo extraño a su hombría, tan sólo lleva uno de sus dedos a la peluda y cerrada entrada, metiéndolo, reptando con él, buscando aquella maldita cánula, frotándose en el proceso. Ceño fruncido, respiración pesada de rabia y preocupación (¿cómo todo se había jodido así?), hurga en su culo. Y lo siente, la cánula, calentita, al alcance; intenta afincar el dedo sobre ella y extraerla, pero se desliza, se mueve. Rugiendo de rabia saca el dedo, el índice, y lo regresa con el dedo medio. No sabe cómo le entran, cómo su agujero se abre así, seguramente era por la necesidad, pero lo hace, siente la presión del esfínter sobre ellos, pero los desliza. Busca y la siente, casi la tiene. Pero se desplaza, se mueve otra vez. Y mientras la caza, subiendo y bajando las nalgas para ayudarse, cae en cuenta de algo.

   Mira su reflejo en el espejo, mejillas rojas, su culo agitándose arriba y abajo, los dos dedos metidos en su culo, hurgando…

CONTINÚA … 3

Julio César.

2 comentarios to “EL PEPAZO… 2”

  1. iv77 Says:

    Está muy bueno el relato, pero agradecería que los capítulos fueran más largo😀
    Graciaaaas!!!!!!!!!!

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