LOS CONTROLADORES… 33

LOS CONTROLADORES                         … 32

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   Ni por un segundo, mientras considera contarle lo del marica de la grúa, piensa que el otro pueda juzgarle, llamarle homosexual o algo por el estilo. Porque no lo era, era un macho que les macheteaba los culos a los maricones de verdad. Están en su cuarto, donde tanto hablan de pajas, de mujeres, de tomar cervezas y fumar a escondidas. Aunque, fuera de las masturbadas, del resto hacían muy poco, no con su padre, Onésimo, por ahí vigilándoles, no obstante si exageraban. Sentado en su cama, en shorts a media pierna y camiseta, Jóvito mira a su primo, que entra transpirado.

   -¿Una tarde divertida? –le pregunta mientras se plantea cómo contarle a Benito que se cogió al carajo ese, callando, por supuesto, la participación de su padre en la escena. Algo que le agitaba el güevo bajo las ropas. Quiere convencer al otro de que salgan a cazar mariconcitos de culos paraditos y someterlos.

   -¡De bolas! –reconoce Benito sonriendo.- Mariana tenía una tanga que casi se le salió en las piscina comunal, eso fue lo locura. Todos estábamos malucos. –informa emocionado el otro, quitándose la franela, disponiéndose a tomar una ducha. Tiene cosas allí, se queda muchas veces, especialmente desde que su mamá, la tía de Jóvito, se había casado con un hijo de puta que gustaba de gritar e insultar cuando se emborrachaba.

   -Aquí también hubo novedades. –comenta el otro, sonriendo sibilino. Qué tonto era Benito, calentorro por una chica en tanga a la que no puede tocar, lamer, oler o coger. Mirar, desear, eso era algo idiota, se dice convencido, con su tolete alzándose un poco al recordar esa tarde de locuras, calenturas y corridas calientes en aquel culo vicioso y hambriento de semen.

   -¿Qué, encontraste otra pantaleta tirada en la basura? A lo mejor es de tu mamá, otra vez. –le recuerda y ríe, el esbelto y joven cuerpo brillante de sudor, arrojando los zapatos y bajando el pantalón, quedándose en un bóxer ajustado.

   -¿Y esa mierda?

   -Por si una chica quería dar una mirada quedara emocionada.

   -¿Con tu culo flaco? –se burla. Pero no, no era un culo flaco para nada. Al contrario.

   -Te sorprendería lo mucho que me lo miran. –ríe Benito, tomando la franela y secándose con ella, especialmente las axilas.

   -Claro, claro. –se burla, pero le cuesta apartar los ojos de ese cuerpo joven y compacto en bóxer. Notando los hombros que prometían ser anchos, los brazos y piernas con la esperanza de ser musculosos. Pero era su trasero… ese culo.

   El sedoso material amarillo, barato y algo brillante del bóxer, lo cubría, dos buenos pedazos de carnes duras. ¿Qué diablos…?, pensó alarmado. Nunca antes se había fijado en su primo de esa manera, pero… ese culo redondito y paradito parecía llamarle. Y él sabía muy bien lo rico que se sentía tenerlo atrapado dentro de un redondo anillo y masajeado por las paredes de un recto.

   -Tienes un bonito trasero que enmarca un buen coño, putito. –susurra como ido, como si las palabras no fueran suyas.

……

   Lejos, en una casa solitaria que poco antes recibiera la visita vigilante de algunos que le odiaban, el maestro de Bartok sonríe echado sobre un sillón, perfectamente consiente de lo que ocurre. La infección, la suya, se propagaría indetenible.

……

   -¿Qué dijiste? –dejando de frotarse con la franela, Benito se vuelve a mirar a su primo, sobre un hombro, reparando de pasada en la silueta contra la tela del shorts.

   -Yo… nada. –con la respiración agitada, Jóvito sufre el espanto de sentir como el tolete le crece, se le llena de sangre caliente y endurece, visible. Mirándole el culo a su primo, su casi hermano, su mejor amigo. Mierda, si se parara y le bajara ese bóxer baratón sería capaz de encontrarle y tocarle el coño que seguramente tenía entre las nalgas. Un coñito virgen y apretado, urgido de ser estrenado. Un coño joven y caliente. Un coñito mojado y delicioso.

   -Algo te pasa. –insiste Benito, mirándole sobre un hombro. Ojos en su regazo.

   -Nada. –grazna otra vez, los ojos volviendo una y otra vez a ese traserito respingón, las palabras girando en su cabeza, recordándole al maricón de la grúa, quien también las repetía como letanías. Un coñito. Un coño de chico. Un coño listo para ser usado por los hombres de verdad. Si, estaba convencido, no sabía cómo pero lo sabía, que Benito tenía un coño listo a ser usado. Y él lo necesitaba, lo sabe por las pulsadas contra la tela del shorts que se alza, algo que parece desconcertar y atrapar la mirada de su primo.

   Mierda, si, necesita el coño de Benito, abriles los labios de la vagina que tenía por culo con la cabeza de su verga, refregar una y otra vez su crica, llenarle de espermatozoides la concha. Ahora quiere saltar sobre el otro muchacho, controlarle, dominarle y arrojarle de panza sobre la cama, luchar mientras le arropa con su cuerpo, no detenerse por mucho que el otro grite y se moleste hasta que cabalgue su culo virgen. Y lo increíble para el propio chico, que poco antes se sintiera alarmado por admirar el joven cuerpo del primo, era que ya no se sentía extraño con la idea. Lo necesitaba, le urgía sacar el güevo y enterrárselo, encularlo una y otra vez hasta hacerle entender que ese era su lugar, su papel.

   -Mierda, primo, me estás asustado. –le llega la nerviosa voz de Benito. ¿Qué le pasaba a Jóvito?, ¿acaso se estaba sobando sobre el shorts mientras le miraba el culo?

   -No pasa nada, primo, ven, siéntate aquí junto a mí para que te cuente qué hice esta tarde.

   -Debo ducharme, apesto y…

   -No, ven, siéntate. –invita jovial pero en tono algo autoritario. Sonríe cuando Benito, todavía franela en las manos, cae a su lado. Si, apesta a sudor, exhala una gran cantidad de calor; y ese aroma y esa temperatura le hacen temblar visiblemente la verga.

   -Oye, ¿qué tienes ahí? ¿Te metiste una media acaso? Se te nota mucho machete y no tienes tanto.

   Algo hace clic en la mente de Jóvito, quien sonríe predador y aspira un poco del aroma del otro joven cuerpo. Esa era la solución, todo se arreglaría en cuanto Benito…

   -Claro que lo tengo más grande, ¿quieres verlo?

……

   Los jardines posteriores de la enorme, solitaria y lóbrega casona se ven descuidados, la grama ya parece un montarral y los arbustos arboles. El viento cálido de aquella noche que se inicia barre las muchas hojas secas dándole un aspecto aún más descorazonador. Era como si nadie viviera allí, como si la propiedad hubiera sido abandonada. El joven alto y delgado, pálido y de ojos mortecinos tras los finos cristales de los anteojos se pasea con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Una ráfaga especialmente fuerte de viento le hace alzar los ojos hacia el cielo oscuro. Los cierra.

   Lo siente. O presiente. No tiene las habilidades de Sabrina, le es imposible entablar conexiones empáticas con otros. Pero no lo necesita, lo que ocurre es lo suficientemente grave como para que le llegue. La oscuridad, lo malo, ese era su elemento. Ese pensamiento le hace sonreír levemente, casi en mueca. Qué increíble era Gea, lo que la mujer le había mostrado había sido horrible, tanto que tuvo que intervenir haciéndola olvidar, fue peligroso pero corrió con suerte. No se podía jugar con ella, y, para colmo, sospechaba que la bonita mujer lo sabía. Lo que le había mostrado fue sencillamente horroroso, tanto que tentado estuvo a desconfiar de sus ojos, de su mente, incapaz de poder asimilar que los controladores llegaran a tal grado de irresponsabilidad, negligencia… y locura.

   La noche de los muertos vivientes… eso fue lo que pensó cuando la mujer le mostró lo que el futuro inmediato guardaba para toda la Gran Caracas. Pero, por terrible y amargo que fuera aquello, todo debía darse de cierta manera. Corría un riesgo enorme, y no estaba totalmente convencido de su propia cordura, ¿acaso no actuaba con tanta irresponsabilidad como los controladores? El fin justificaba los medios, por errado, o amoral que aquello fuera, siempre le había guiado. No era una buena persona, ni decente. No podía serlo, no dada su naturaleza. Pero esto era, quizás, lo más peligroso que había hecho (sonríe otra vez, caminando lentamente, sabiendo que se miente), pero era necesario. El problema era que sólo él lo sabía… Lo inevitable de aquello. Era su carga, una que se podía decir que cobraba peso por la manera en que hunde sus hombros.

   Piensa en Joanna, en su secreta duda sobre el poder, quién de ellos era más peligroso. No le cabían dudas a ese joven hombre que tal honor lo ostentaba, por ahora, Gea. Hasta que llegara el próximo. Y de ese todavía no se podían calcular todas las variables. De saber lo que planeaba, lo que pensaba invocar, el resto se uniría a los controladores para combatirle. Para detenerle. Y no podría culparles.

……

   Han pasado horas, ¡horas!, y un camión de agua mineral sigue detenido frente a una casa de clase media alta, en cuya cocina hay prácticamente un reguero de fluidos. Tres hombres, dos muchachos y un sujeto adulto, con sus vergas afuera, enculan una y otra vez a un chico negro, quien se retuerce bajo sus manejos. Emilio Nóbregas era tratado como una joven perra caliente, como a una putica total. Cosas que le decían, riendo, con vozarrones, disfrutando tanto el cogerlo, llenarle la boca, como insultarlo y soltarle de vez en cuando un manotazo sobre esas duras nalgas redondas y negras. Había algo en ese ataque en jauría, en ese control, que excitaba a esos hombres.

   Mientras clavaba los dedos de sus manos grandes y velludas en la estrecha cintura oscura, arrodillado tras él, el chofer del camión penetraba una y otra vez al muchacho con su grueso y nervudo tolete de hombre hecho y derecho. Macheteándole ese culo con ganas, disfrutando de las apretadas y salvajes haladas que ese vicioso agujero joven le daba. El glande casi aparecía entre los pliegues de aquel orificio, para luego volver a enterrarse con ganas, estremeciéndolo con la fuerza de las embestidas. Porque cada enculada era violenta, dura, tanto que casi le estremecían los glúteos. Y mientras era cogido por aquel macho, el cual alimentaba y estimulaba sus entrañas de una manera tal que le tenía nadando en endorfinas de placer y lujuria, Emilio se ve obligado a algo que si no le gusta tanto, sus gruesos labios están totalmente pegados a una verga joven y tiesa que brilla de saliva cuando va y viene sobre ella.

   Su rostro reluce con un sudor oleoso, también de saliva, mientras succiona del tolete del tal Maikel, chupando y tragando saliva y jugos masculinos, reconociendo a cierto nivel que no sabían tan mal, mientras el otro joven, Saúl, le frota y golpea el rostro con su tranca mojada de saliva de una mamada previa. Los dos muchachos, frente a su rostro, mientras lo insultan llamándole mamagüevo, negrito mamagüevo, le obligan a ir de una a la otra verga, dejándolas bañadas en espesa saliva, y al tragar una la otra le azotaba con fuerza la cara.

   -Eso es, negrito mamagüevo, usa tu sucia boca maricona para comerte los güevos que quieres. –insulta y ríe Maikel, mordiéndose la lengua y atrapándole la nuca, obligándola a llevársela a la garganta.

   -Cómo te gusta chupar güevos, cabrón. –gruñe Saúl, sonriendo, apartando al amigo, necesitado de esa boca golosa.

   -Ahhh, no, a este negrito maricón lo que le gusta es que le den por el culo; ordeña que da gusto. –interviene el chofer, el hombre hecho y derecho mientras cepilla con su nervuda barra las entrañas sensibles y estimuladas de un muchacho que gime en la gloria.

   Y, justo así, les pillaría la madre del muchacho.

CONTINÚA … 34

Julio César.

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