RELATOS CONEXOS… 9

RELATOS CONEXOS                         … 8

UN  LARGO  VERANO… 2

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   Sergio lo mira, lanzando un mental hummm; era justo lo que esperaba encontrar. La llave de entrada, se dice reparando, divertido, en que Antonio y Roberto se miran con disgusto, como muchachos que crecieron en la misma zona, pero tratándose con deferencia y diferencia. Para Antonio, Roberto era el ‘señorito’, tonto y algo caprichoso al que tenía que soportar. Para Roberto, el otro era un terco y maldito malagradecido que intentaba separar parte de la hacienda a pesar de toda la ayuda que le habían dado, ¿y quién sabe?, tal vez hasta venderla a alguien que pudiera perjudicarlos con lo del agua. Y las cosas entre los dos fueron más o menos como siempre.

   Roberto, molesto y hosco, sintiéndose totalmente hostil, le dijo que debía (así: debía) ir a la casona a hablar con su padre. Antonio (después de lanzarle una mirada evaluadora, intrigado de ese tipo, a Sergio), le replicó que don Noriega conocía el camino, y que sí quería verlo, que apareciera por ahí. Roberto le gritó que tienen que hablar con el abogado de la familia. Antonio responde que ya habló con un abogado. Y la cosa fue ganando calor, y fuerza.

   -¿Por qué coño no dices qué quieres y vendes de una vez la mierda ésta y te vas?

   -¿Quién carajo te dijo que quería irme? Lo que quiero es que tú y tu familia saquen sus patas de mis tierras y me dejen en paz. Tengo planes para toda esta vaina.

   -Esto no es tuyo, maldito ladrón. Es de mi familia. -le grita Roberto, y Antonio va acercándosele también, perdiendo los estribos.- Tu papá se lo robó, como robó muchas otras cosas, ¡maldito llorón! -le gritó sabiendo por qué eso alteraría al otro, como lo hizo. Sólo que Antonio fue más cruel en su réplica, lanzándole una mirada de odio (y otra, de refilón, de vergüenza, a Sergio).

   -Dicen que el viejo Noriega era un marico; a lo mejor por eso fue que le dio la tierra a…

   Y hasta ahí llegó la cosa, al menos en palabras; lo que siguió fue un intento de que la sangre llegara al río, o la quebrada, en este caso. Roberto, viéndolo todo rojo, se le arrojó encima, lanzándole un puñetazo a la nariz. Antonio chilló, sorprendido, retrocediendo, y cuando entendió lo que el otro hizo, se le iba a lanzar también; pero ya Sergio se interponía entre los dos, gritándoles que debían detenerse. Le costó separarlos, forcejearon con él entre ellos, empujándose, y el joven parecía un muñeco de esos del porfiado, el que no caía. Más tarde esa noche, en el balcón, echándole el cuento a Isabela, Sergio riente diría que la cosa fue horrible, que esos dos lo batuqueaban, gritándole al otro que iba a matarlo; haciendo una graciosa mímica de él entre ellos.

   A la joven la cosa le hacía gracia, pero al molesto y serio novio, no. Roberto se sentía mal, furioso. De buenas ganas le habría partido la cara al insolente al maricón ese, que se burlaba de él, riendo junto a Isabela. Y a ella, como que le gustaba. Después de una cena de la que disfrutó poco, no recuerda de qué se habló, si de algo se habló, la ira no le abandonaba. Decidido a leer, ver televisión o hacerse la paja, o muchas pajas, se disculpó y fue a su cuarto. A su papá no le agradó que dejara a la novia con el atildado muchacho de ciudad, pero ni eso le interesó. No pudo concentrarse en nada ni conciliar un sueñito para escapar de sus rabietas.

   Era tarde en la noche, y ni aún con todo lo pesado que fue el día de trabajo, y del agradable clima controlado que había dentro de las habitaciones, Roberto puede dormir. Estaba inquieto, rabioso, insatisfecho, y creía saber, en una parte profunda y secreta (que era como su culo, nunca le daba el sol), qué era lo que tenía. Pero era algo que no podía atender. No ahora. No en esa casa… y tal vez nunca más. Quería esa propiedad, esos reales, esa hacienda, esa vida; y para tenerlo, acallaría todo lo demás. Vendería lo que hubiera que vender. Pero era difícil porque se sentía amarrado, y a pesar de todo lo que tenía, y todo lo que soñaba con llegar a tener más adelante, era infeliz; amarga y rabiosamente infeliz.

   La noche era cálida, como lo era siempre, y larga al no poder dormir. Si su papá supiera eso, le diría que con una mujer al lado lo haría, pues ella lo agotaría. ¿Estaría así por exceso de energía sexual? No lo sabe; se para en medio del cuarto, incapaz de aguantar la cama, reparando en su figura en el espejo del closet, a pesar de la oscuridad. Era un carajo joven, fornido y atractivo; coño, debería estar gozando de los placeres de la carne y no allí, solo y miserable, ¿entonces…? Pero no entendía nada, y mientras se miran al espejo, sobándose la panza plana, y mirándose la cadera dentro del ajustado bóxer, (que le quedaba del coño, tiene que admitir), se siente más frustrado. En eso repara en un apagado silbido que cruza bajo su ventana. Qué raro, ¿quién andaría por ahí? Y con disimulo, aparta la cortina en su ventana, cerrado el cristal para impedir que saliera el aire frío. Su cuarto daba a los patios de la propiedad, hacia el lado de una piscina cuadrada, fea, que casi nunca nadie usaba. Pero ahora sí había alguien allí: Sergio.

   La mirada de Roberto se dilata y el aire se congela en sus pulmones. El otro hombre parece que va a ducharse, a esas horas, en la solitaria alberca, donde la luz era opaca, mala. Pero a pesar de la distancia, y de la iluminación, el joven repara en que el otro lleva una tanguita mínima, y sus ojos no pueden evitar correr sobre ese cuerpo masculino alto y musculoso, tetón. Los hombros eran anchos y la cintura estrecha, los brazos eran musculosos, así como las piernas y los muslos. El tórax era pronunciado y lampiño, y las tetillas eran pequeñas, más oscuras. Pero su mirada estaba perdida en la pequeña, putona y excitante prenda roja, chillona, con las tiritas que subían por sus caderas. El paquete tras él, se adivinaba en reposo, pero abultaba, colgando hacia abajo, contra la tela. Lo ve dejar una toalla en una silla plegable, y arrojarse al agua. Lo observa sumergirse y nadar con gracia. Braceando, subiendo y bajando el culo apenas cubierto por la húmeda tela. Con la boca seca, y los ojos doliéndole de los forzados que están por seguirlo en la penumbra, Roberto siente la respiración pesada, y el tolete ardiéndole dentro del bóxer. Se le había puesto duro, mucho, y le reclamaba mimos y atenciones.

   Lo ve nadar unos diez minutos, y con el tolete ardiéndole de deseos, de ganas de frotarse, de sobárselo, de… algo, Roberto dejaba salir lentamente el aire de su pecho. Por un momento considera la idea de tomar un calzoncillo chico, bajar y nadar con él, como si nada. Pero sabía que no podía. Sus padres estaban allí, y aunque no hiciera nada… malo, no podría oculta la erección de su tranca. Lo mira nadar hacia la orilla, apoyar las manos en el borde y alzarse con agilidad. Mira su cabello negro pegado a la nuca, la espaldota chorreando agua, y la telita de la tanga hundida entre unas nalgas plenas y turgentes. Y el deseo de bajar, tocarlo, sacándole la tela de allí lentamente con los dedos, casi lo hizo gritar. Lo ve caminar, con donaire, satisfecho de sí, hacia la silla plegable. La tela estaba metida en las nalgas, como si también la prenda quisiera acariciarlo y mimarlo allí, en su raja que debía estar caliente.

   Lo mira echarse sentadote en la silla, relajado, mojado y brillante. El chico monta un pie en la silla, flexionando la rodilla, la otra pierna está en el piso, y Roberto se recrea admirando el cuerpo de ese hombrecito que tanto le repugna. Había algo untuoso, de reptil en él. No parecía un… macho; pero ahora debía admitir que se veía regio, que lo tenía excitado, y que tampoco él era muy macho si a ver íbamos. Siente que los pies se le cansan y que tiene la boca seca, sabía que ya debería dejar esa vaina; pero no puede retirarse de esa ventana hasta que ve al joven sentarse erguido, mirando hacia la casa (¿hacía su cuarto?). Se alarmó, apartándose un poco. Pero siguió viéndolo, o adivinándolo tras la cortina, y lo observó tomar su toalla y marcharse. Sintiéndose frío y caliente, tembloroso, el hombre va a su cama y se sienta. Entiende que está mal, sí Sergio no se hubiera retirado, habría seguido toda la noche en esa ventana, buceándolo. Y deseaba eso, su carne quería eso. Cierra los ojos y lo ve saliendo del agua, joven y poderoso, con la tanguita metida entre las nalgas. Esas nalgas tan redonditas y maravillosas… Jadea de repente, ¡siente pasos en el pasillo!

   Debía ser Sergio que volvía a su dormitorio. Y un estremecimiento poderoso lo estremeció. ¿Y si el otro joven estuviera dirigiéndose a su habitación? ¿Y si tocaba, llamándolo y diciéndole que quería hablar? Mira hacia la puerta y un nuevo temblor lo recorre, ¿y si venía a preguntarle por qué coño andaba buceándole mientras se bañaba? El corazón le latía ferozmente en el pecho y su respiración era pesada. No importaría a qué fuera, ¡él abriría esa puerta!, halándolo por un brazo y lo arrojaría en la cama, donde lo sobaría, acariciaría y lo cogería toda la noche. Le tenía asco, pero en ese momento se lo pegaría de mil amores, se le montaría en la espalda, mordiéndole el cuello, apretándole las tetillas mientras su güevo entraría y saldría con fuerza de ese culo apretado. Pero no, los pasos se alejaban y él cayó sobre la cama, sintiéndose dolorosamente despierto y consciente de sí; el güevo le palpitaba salvajemente dentro del bóxer, pero no iba a hacerse una paja pensando en ese güevón. No, no lo haría… Aunque su mano traidora acariciaba su panza; y sí bajaba sólo un poco más…

   Al otro día, sintiéndose rabioso, molesto, y creía que hasta un poco enfermo (estaba afiebrado), Roberto intentaba concentrarse en sus labores; pero no podía. El sol era agobiante y tenía que supervisar el tendido eléctrico que presentaba una falla hacia los generadores de agua de la zona este, y no podían llamar a la compañía eléctrica ya que (así eran) parte del cableado estaba conectado ilegalmente. Transpiraba como un perro, un sudor que bajaba caliente de su nuca, por las sienes y espalda, y muy salino, como comprobaba al entrarle en los ojos. Y los peones andaban como más tarados que nunca, dos veces picaron un cable donde no era, y tres de ellos recibieron un fuerte corrientazo por agarrar donde no debían.

   Pero la verdad era que Roberto andaba insufrible, y ni él mismo entendía el por qué. Tal vez se debiera a que el condenado Sergio parecía dispuesto a molestarlo, y de paso a más de uno. Lo vio salir de la casona, a las diez de la mañana (dormía como puta, decía su padre cuando alguien dormía hasta tarde; a él tampoco le agradaba Sergio, aunque por motivos diferentes a los de su hijo), vistiendo un short jeans a medio muslo, unos zapatos de goma y una camiseta que dejaba al descubierto sus hombros; coño, era un carajo atractivo, tuvo que reconocer viendo como el otro iba hacia él, sonriendo amistosamente (como un marica, pensó con odio y veneno); seguido por los ojos de más de uno de los carajos allí reunidos. Algo en su culo atraía las miradas.

   -Hey, Bobby. -dijo jovial, sonriéndole plenamente, burlándose cruelmente para sus adentro. Sabía de las miradas y calenturas que el otro pasó la noche anterior.- ¿Podrías prestarme un jeep o algo? Quisiera llegarme hasta la parcela del chico forzudo que conocimos ayer. -lo dice con simplicidad.

   -¿Para qué? -grazna; los celos y la demanda estaban implícitos, aunque intentaba controlarse.

   -Sólo quiero hablar. -se encoge de hombros.- Me parece que está muy solito por allá. -responde evasivo, intencionadamente, recreándose en los maizales, evitando deliberadamente la mirada del otro, clavada en él, con furia contenida. Peor para él, se dice el joven bailarín exótico.- Creo que él y yo podríamos tener… intereses en común. Al menos voy a intentar tantearlo…

   -No creo que tengamos ningún vehículo disponible para…. -suena turbado al mentir.

   -Me voy a pie. -lo interrumpe el otro, sonriendo levemente, mirándolo sereno a los ojos, como retándolo a que le diga que no.- Es por allá, ¿verdad? -da media vuelta.

   -Está lejos. Usa mi Jeep. -dice opaco, sintiéndose miserable. Sergio le sonríe, alejándose.

   -Eres un encanto, Bobby, no importa lo que diga el resto del mundo. -le dice mientras se aleja.

   -Si quiere, yo lo llevo, patrón. -dice torvo, uno de los carajos a su lado, y el otro repara en que tiene los ojos clavados, codicioso, en las nalgas del ex bailarín.

   -¡A trabajar! -ladra con rabia y todos se movilizan.

   Roberto sigue con la mirada a Sergio, con un profundo resentimiento, y sin embargo repara en su porte, en la ancha y musculosa espalda masculina, en su trasero, paradito y mordiendo algo de la tela jeans entre las nalgas. Siente un ramalazo de celos, unos celos tan horribles y atormentadores que le sorprenden y enloquecen al reconocerlos como tal. Sí, estaba celoso porque quería estar con él. Lo había deseado desde que lo vio llegar; aunque luchó contra eso. Contra sí mismo. Pero también quería seguir la corriente de lo que era, y debía, ser su vida. Gregorio no iba a perdonarle nuevas idioteces, y era un hombre implacable. Él lo sabía. Quería a su padre, quería la plata, la propiedad y la posición; pero mirando hacia la tierra desconocida, hacia el futuro, a lo que sería su vida dentro de unos años, sintió temor.

   ¿Se podía vivir toda una vida queriendo algo, tanto que dolía pensar en eso, y no tenerlo jamás? ¿Podía un ser humano resistir eso hasta el final? ¿Renunciar a sentir, a ser? No lo sabía. Era consciente de que habían carajos con dos y tres vidas secretas (su padre mismo tenía una india viviendo en Cantaura); pero, ¿podría él?

   Años atrás había decidido la vida que quería, que era buena; lo demás podía controlarse. En esa tierra de sol, de trabajo, de problemas que nunca faltaban, era fácil pensar que las cosas podían enderezarse… o mantenerse en el carril. Veía su vida de años y años con Isabela, y le parecía tolerable. En Araure podía someter otros apetitos. La vida aquí era más dura, no tendría tiempo ni fuerzas para pendejadas. Mierda, eso sonaba horrible.

   ¿Y a quién coño intentaba engañar?, se preguntó sintiendo un escalofrío a pleno sol. Nada más la noche anterior vio a un carajo bañándose en tanga, y sintió ganas de olisquear su calzón, deseándolo. Besarlo le pareció, y le parecía aún ahora bajo ese sol, la experiencia de su vida. El reto. Pero, ¿no había decidido ya renunciar a todo por su ambición, lo que debía ser su vida? Mira el camino por donde se marchara el carajo culón y quiere correr, detenerle, muerto de ganas y celos.

   -¿A dónde va, patrón?

   La pregunta le sorprende, no había notado que había dado varios pasos alejándose. Mira al empleado de la finca, luego el otro camino. Ese que quería seguir como pocas veces antes en su vida ha deseado hacer algo.

CONTINÚA … 10

Julio César.

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