TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 61

… SERVIR                         … 60

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

dulce-chico-en-hilo-dental

   Esos chicos ni imaginaban lo que les pasaría.

……

   Mientras la lluvia, truenos y relámpagos hacen desistir a todos los del autobús de la idea de bajar y que lo mejor es esperar el reposte de combustible en la seguridad del vehículo, un hombre joven es atacado sexualmente en el sanitario. Prácticamente vestido, excepto por la corta y ajustada camisa que tiene desabotonada mostrando el fornido torso velludo, su panza dura, y la palpitante verga emergiendo de su bragueta, Robert Read se cansó de obligar al tembloroso y asustado sujeto a mamarle el güevo, atrapándole en un puño el cabello, con crueldad, haciéndole gritar, obligándole a caer sobre su barra de carne tiesa y chuparla, cubrirla totalmente con labios, mejillas y lengua, ahogándole, haciéndole tragar todo lo que de su pito salía. Sonrió entre dientes, con una mueca cruel, de pie, mirándole ir y venir bajo su control, metiéndosela hasta la garganta, dejándola allí para ver como esos ojos se llenaban aún más de lágrimas, ya no sólo de miedo o frustración sino de ahogo, con la cara muy roja, para retirarla, viéndola brillante de saliva.

   -Si, así chupa una verdadera puta. –le decía para atormentarle.

   Luego, y aunque el otro se negó y gritó, no oyéndole nadie, le desnudó a zarpazos, mareado de las ganas. El temor, lo desvalido del sujeto, le tenía caliente como predador. Bajarle el ajustado bóxer (seguro lo llevaba para sentirse sexy), le hizo arder. Su güevo goteó espeso líquido, listo para lubricar, como siempre, el apretado coño virgen de un mariquito reprimido. Uno como ese, al que pronto estaría reventándole el culo mientras lo usaba como a su puto. Con un “silencio, maldita zorra, o vendrán todos los del autobús a cogerte”, le atrapó la nuca, llevándosela hacia adelante, haciéndole caer en cuatro patas, posicionándose, de rodillas, tras sus nalgas.

   El tipo, todavía alucinado ante la realidad de lo que le ocurría, le gritó que no, que era una violación, ignorando cómo excitaba eso a Read, quien atrapándole el cabello nuevamente en un puño, haló dolorosamente haciéndole echar la nuca hacia atrás, gritando, y se la metió de golpe y porrazo. En ese momento si que el otro chilló. La cabeza de la gruesa, larga, tiesa y amoratada verga en un momento dado frotaba el redondo, cerrado y peludo culo para luego desaparecer dentro de él, con dureza. Y al clavársela así, indiferente a sus gritos y llantos, Read sonrió y lanzó un hummm, bajo y ronco, de puro placer al sentir las paredes de ese recto en llamas cerrarse violentamente sobre su tranca, combatiéndole. Se lo dejó clavado un segundo, no por piedad para con el otro, sino para disfrutar los temblores y espasmos de ese hueco virgen que ahora conocía del poder y dominio de un macho. Ese carajo ya nunca sería el mismo. Era un momento importante para toda marica reprimida que nacía a su verdadera naturaleza.

   Aspiró ruidosamente, eran extrañamente estimulantes los olores del baño que le llegaban mientras retiraba medio tolete, haciéndole gritar nuevamente. Le gustaban esos lugares aislados para sus juegos, ¡había tomado así a tantos sujetos! Desde sus quince años, como aquel amigo de la mierda aquella que fue su padre. En el patio que compartían las casas. En ese baño, en particular, por la hora de la noche y la tormenta, podía bombear todo lo que quisiera en ese coño recién estrenado, y ese tipito podía gritar, suplicar o llamar por ayuda todo lo que quisiera sin que eso le salvara de que su culo y su boca fueran usados. Sonríe diciéndose que era una pena haber tenido que matar a sus socios en aquella casa. De haberlos traído los tres harían fiesta con esa perra, se decía mientras le clavaba los dedos de una mano en la cadera y con la otra casi le aplastaba la frente contra el piso, mientras pintoneaba con fuerza su erecto y grueso tolete adentro y afuera del pequeño y ardido culo peludo recién estrenado. Los golpes eran sonoros, las flacas nalgas del otro se agitaban con las palmadas de su pelvis.

   -Ahhh, mierda, qué culo tan rico, cómo aprieta, cómo chupa… se ve que lo tenías hambriento de macho. –le ruge mientras le embiste con mayor rudeza y brutalidad, casi derribándole sobre el piso, mientras el otro solloza y gime.- Llamemos a alguien, a quien sea, tu culo necesita de más de lo que un sólo hombre puede darle. Vamos, grita, llama a alguien, que venga, que el olor a zorra que emana de tu coño lo vuelva loco. –le urgía entre dientes, azotándole con duras palmadas, intensificando los gritos ahora contenidos de ese carajo sometido a su bestialidad.- ¡Grita por ayuda, puta!

   -No, no, déjeme… ¡Ahhh! –ruge cuando el oso casi le cae encima, clavándoselo todo.

   -Este culo bien merece un premio, ser bien atendido y llenado, al primero que entre por esa puerta te voy a ofrecer; por cinco dólares dejaré que goce de tu cuño caliente y vicioso. –le dice cruel, aterrándole.- Sé que te parecerá poco, pero así más machos vendrán y los tendrás. Y si, eres una puta barata, lo supe en cuanto te vi meciendo tu culito respingón frente a mí, retándome a tomarlo, a usarlo. Se te mojaba de las ganas. –le ruge feo casi sobre una oreja, confundiéndole, alterándole, manipulándole. Su culo sube y baja, empujándosela hondo.- ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta sentir mi verga llenando tu vulva? –le grita sorpresivamente, cogiéndole más suavemente, metiendo una de sus enormes manos y acariciándole el flaco torso poco velludo, la panza y la verga, la cual está morcillona pero late. Sonríe, otro que amaba la degradación, que disfrutaba bajo el control de un hombre. Otra perra necesitada de un amo. Se alza sobre sus rodillas, cogiéndole con fuertes golpes.

   Bien, le haría gritar por más verga… Sabía, a cierto nivel, que ese tipo terminaría sometiéndose, por miedo, dolor o fascinación. La degradación tenía su encanto en mentes débiles, piensa mientras le hala el cabello. Haciéndole gritar, al tiempo que le dice cuánto le gusta la manera en la cual su culo/coño le aprieta la verga, notando, con una sonrisa cruel, como aquel agujero efectivamente parece sufrir espasmos, amasándosela. Y que el tipo solloza de manera abierta, desolada, mientras su culo era penetrado una y otra vez por aquel sujeto que le forzaba en un baño de carretera.

   Halándole aún más el cabello, provocándole un agudo alarido, le obliga a despegar las manos del piso, alzándole, abrazándole contra su torso velludo y fornido, sin dejar de cogerle, teniéndole ahora casi sentado sobre su regazo. Las embestidas son menores pero el grueso tolete parece llenarle más las inflamadas paredes del recto. Teniéndole así, todavía cogiéndole, le monta una mano en la nuca y lo obliga a ladear el rostro surcado de lágrimas, y comienza a lengüetearle bajo la oreja, el cuello, de manera lenta, reptante, provocándole nuevos gemidos de repulsa a ese tipo, que se resiste pero no puede alejarse. Esa lengua recoge algo de su llanto, los dos lo notan, y el oso deja escapar un gruñido de satisfacción, subiendo y bajando sin detenerse su tolete dentro de aquel culo apretado y ardiente por la agresión, agregándole ahora el llevar su otra mano grande, fuerte, de dedos velludos, al torso, apretándole feamente una tetilla.

   El infortunado sujeto grita de dolor y la lengua de su violador penetra su boca, llena de saliva, recorriéndolo todo, atrapándole, chupando de manera ruidosa y asquerosa. ¿Gritaba? ¿Respondía? Read no lo sabe cuando la otra lengua sale a su encuentro, ni le importa. Ha decidido que ese sujeto gusta de eso, que es un marica reprimido y está teniendo lo que merece, ¿o es lo imagina su mente perturbada?, a quién le importaba, se dice sonriendo, sacando su lengua y agitándola soez, vuelve a metérsela en la boca mientras fantasea que entran otros sujetos que se reirían y burlarían de ese carajo, que sacarían también sus güevos y con ellos le llenarían todos los agujeros. Que entre todos le darían la enculada de su vida, con sus vergas aún más duras y goteantes, todos llamándole asqueroso puto sucio, marica de porquería, con los “ven y llena tu culo maricón de güevo”. Esas y otras linduras. La idea le pone tan duro que sube y baja más sus caderas, enculándole a fondo, teniéndole retenido contra su cuerpo de oso, besándole, amasándole de una tetilla a la otra.

   Lo coge, lo lengüetea, le hala los pezones mientras con voz ronca, fuerte, decidida y autoritaria le va diciendo que se quedará allí, de pie, con un marcador en la mano anotando en la puerta de ese privado el número de hombres que enterrarían esos toletes duros y nervudos, calientes y babeantes en su culo, llenándoselo, haciéndole gritar como la puta que era. Hombres rudos, sucios, jóvenes y viejos, gañanes, tal vez algún policía o un militar, y que todos, absolutamente todos tendrían su oportunidad de arar en su agujero vicioso, de llenarlo de güevo y leche. Le oye gemir ahogadamente, al tiempo que esas entrañas se abren y cierran espasmódicamente, ordeñándosela. En un momento dado, fuera por lo que fuera, ese hombre de aire extraviado lleva una mano a su delgado miembro rojizo, muy erecto.

   -No, nada de jugar con tu clítoris, pequeña puta. –Read se lo impide de un manotazo, arrojándole hacia adelante, obligándole a caer sobre las manos, aferrándole las caderas e incrementando sus embestidas.

   El sujeto chilla, grita, arquea la espalda, suda, se estremece, y en todo momento Read habla, de cómo lo filmará mientras es cogido por todos, le grabará su culo goteando un mar de leche masculina antes de que otro güevo tieso lo penetre, y que revisando su teléfono le enviará copias a todos sus familiares, amigos y conocidos, y todos entenderán que siempre fue un marica reprimido.

   -Ahhh… -grita ese tipo, fuerte, ¿rabia?, ¿miedo?, ¿deseo?

   -Y mientras te filmo le diré a todos esos carajos que deberán correrse, finalmente, sobre todo tu cuerpo. Te dejarán bañado de esperma de pies a cabeza, y así, sin secarte o limpiarte regresarás al autobús. Todos olerán tu degradación, tu putez; todos sabrán lo que eres. Tu aroma asqueará a las mujeres que saldrán con sus hijos, pero enloquecerá a los hombres presentes, gay o no, y te cogerán otra vez, entre todos. –sonríe ante el violento tirón de ese culo, sabe lo que pasa, aferrándole un hombro y halándole del cabello le alza otra vez, justo a tiempo para ver el delgado miembro del tipo lanzar sus chorros de leche, sin tocarse.- Eres tan marica. –le gruñe al oído, lo que provoca otro gemido y otro disparo. Perfecto, así se convertiría en un sumiso sexual más rápido.- Óyeme bien, puta barata, nos quedaremos aquí, buscaremos una pieza y nos divertiremos… por un tiempo. –impone.

……

   El seco sonido de la cerradura metálica descorriéndose hace que Geri Rostov eleve su rostro hermosamente varonil, encanto acentuado, curiosamente, por la sombra de barba y bigote de los dos días en detención. Sus ojos, nublados, miran entrar a ese vigilante latino que lleva rato molestándole. Como le molesta su sonrisa sardónica.

   -Se cumplió el castigo, presidiario, puedes salir. Imagino que estás loco por llegar con tu putico, que bueno que ya sea de noche, ¿no? Pero creo que antes debemos hablar muy seriamente tú y yo. Tenemos un problema.

……

   Dentro de la celda que comparten, un agitado Daniel Pierce espera por su compañero. Sus mejillas están algo rojas, lleva el feo uniforme de la prisión y el cabello recogido en un gorro de igual color. Su respiración se detiene cuando la cerradura de la reja se activa y una mano separa las rejas, allí estaba Geri, con el cabello húmedo de la ducha, sonriente, con su sombra de barba y bigote, y a Daniel le duele algo en el pecho: era tan guapo. Eso se dice, entendiendo lo mucho que ha cambiado su vida. Sin que le importe en esos momentos.

   -Adentro, convicto. –gruñe el guardia, casi empujando al paralizado Rostov, cerrando y alejándose.

   -¿Estás bien? –la pareja dispara a un tiempo.

   Y Daniel va a su encuentro, rodeándole el cuello con sus brazos, besándole. Geri responde de manera casi hambrienta al beso, atrapándole la lengua, rastrillándosela con los dientes, chupando ruidosamente de ella. Hay pito y chillidos, y rojos de cara se separan. Volviéndose hacia el corredor, sacándoles el dedo medio, Rostov corre una cortina. La pareja, jadeante, se mira y vuelven a besarse. Daniel gime atrapado por esa boca y esas manos que acarician su baja espalda. Se pega más del otro, estremeciéndose excitado al sentir la dureza de su verga. La extrañaba, la quería. La necesitaba. Se separan, labios rojos, húmedos, hinchados. Daniel parece suplicante, y aún más cuando Geri le quita la gorra, metiendo los dedos en la sedosa, brillante y hermosa melena de cabellos dorados.

   -Me gusta… un poco. –Daniel le acaricia una mejilla. El otro ríe.

   -Tenía tantas ganas de verte que me bañé pero no tuve paciencia para afeitarme. Dios, eres tan hermoso. –gruñe ronco, doliéndole el tolete dentro de la braga.

   Y Daniel ya no piensa, todo él se estremece y calienta con una felicidad desconocida. Sonríe al tiempo que le besa otra vez y abre su braga. Con un jadeo de lujuria, las manos de Geri caen sobre sus hombros suaves, bajo la braga, obligándola a caer, descubriendo el torso esbelto, las tetillas erectas, unas que habían sido manipuladas por Read con hormonas. Dejando aquella boca, el joven besa el cuello, y al paso de sus labios, de los besos mordelones y chupados que deposita, Daniel se estremece, y el gemido que escapa de sus labios cuando uno de sus pezones es cubierto y chupado, eriza a Geri y a quienes escuchen afuera, aunque no lo reconocieran. Y esas manos recorren esa espalda, despojándole del mono, y cuando caen sobre las turgentes, lisas y duras nalgas, casi descubiertas a excepción de aquella prenda pequeña, sensual y putona que se pierde entre ellas, ya el apuesto convicto babea.

   Cegado de lujuria casi obliga al rubio a caer sobre el camastro, al cual se le desparrama su larga cabellera, gimiendo ante la fuerza de su hombre, abrazándole el cuello, reteniéndole, esa boca succionando de un pezón a otro, despertándole oleadas de lujuria y placer, provocándole gemidos, y una buena erección bajo el hilo dental rojo que lleva. Casi sobre él, Geri reparte sus besos entre la boca y esas tetillas, mientras las manos recorren ese cuerpo que lo hace arder. Sentir bajo sus palmas el roce de los contornos de la diminuta prenda en las caderas o perdiéndose en las nalgas le enloquece.

   Quiere ser gentil, amable, llevaban dos días separados, estaban juntos al fin y no todo era sexo, o no únicamente, pero no puede pensar. Acaricia al rubio, lo besa, le lame las tetillas, y de alguna manera, mientras aparta su propia braga mostrando su cuerpo esbelto, levemente velludo (gustándole el brillo de placer en los ojos del otro), se las ingenia para acariciarle la entrada del culo del rubio, clavándole un dedo. Al sentirlo, Daniel se tensa y gime, ardiendo de ganas. Quiere ser tomado por Geri, penetrado, necesita ser poseído por su hombre. Y la idea le hace casi delirar. Geri baja su braga, no lleva ropa interior, su erección rojiza y goteante queda al aire libre, los hambrientos ojo de su chico posados en ella. Ya habría tiempo para que se acariciaran, para que Daniel comiera y chupara de él, para que él mismo enterrara su lengua en aquel depilado “coño” antes de llenarlo de güevo, pero ahora no.

   Con las bragas anaranjadas en el piso, las botas aún puestas, así como Daniel aún lleva la pantaletica hilo dental, de frente, teniéndole de espaldas en el colchón, Geri le entierra lentamente el glande en el ojete, abriéndoselo, y va penetrándole, llenándole con su ardiente y pulsante pieza, centímetro a centímetro, obligando a rubio a gemir de deseos, sintiéndola rozándole y llenándole las paredes del recto. Y comienza un frenético mete y saca, un vaivén de deseos mucho rato negados. Mientras le besa y come la lengua, atrapando en un puño el brillante cabello rubio, Geri lo penetra una y otra vez, haciendo rechinar un tanto los viejos muelles del colchón. Y respondiéndole, bebiendo de su lengua, de la cual chupa con sed, Daniel le rodea la baja espalda con sus piernas, las botas molestando un tanto, pero halándole con ellas, casi obligándole a ir más y más profundo, sintiéndose nadar en endorfinas mientras su macho lo cabalga con bríos y ganas.

   Más tarde, esa noche, hubo tiempo para hablar. Daniel, preocupado, le comenta sobre ese vigilante mientras reposaran en medio de las penumbras, abrazados, Geri todavía acariciándole el cabello mientras le veía adormilarse, asegurándole que todo estará bien porque estaban juntos.

   Y lo estaría. El joven recluso jamás permitiría que ese vigilante de mierda, o ningún otro hombre tocara a su dulce amor, no después de todo lo que esperó por él. Por ese carajo conspiró con Robert Read en los patios, cuando la oportunidad del nuevo juicio se abría ante los ojos de Daniel, el escapar de ese infierno; por ello el convicto y él dejaron saber que al rubio nadie le protegería, azuzando a aquel hombre a atacarle. Por eso le dio el chuzo, para que lo matara, para que le condenaran en un nuevo juicio por asesinato y nunca pudiera irse. A cambio usó su red, fuera de prisión, para que los cómplices de Read contaran con una camioneta modificada para la fuga y un refugio provisional para ocultarse, uno donde, debajo de una mesa, el recluso encontraría un arma para atar cabos matando a los socios. Nada le unía a Read, este, y él, se habían encargado de eso; ni siquiera ese monstruo deseaba enfrentar a los “hermanos” de la supremacía blanca, se dice sonriendo con tranquilidad, recorriendo con un dedo el apuesto perfil de Daniel, quien sonríe suavemente a pesar de estar casi dormido, feliz de estar entre sus brazos. Delinea esos labios, caliente otra vez, deseando tenerlos cerrados alrededor de su verga como en otras ocasiones.

   No, no había nada que temer. A ese vigilante, con el cual se reunió a solas en los patios, donde el otro le propusiera una convivencia con el recluso, algo ilícito y prohibido, le asesinó rompiéndole el cuello. Hubo algo que vio en sus ojos que le ayudó; si, ese tipejo deseaba a su Daniel, pero también más. Aparentemente les había visto follando en los baños, así que no le costó mucho incitarle a tocarlo, algo que el otro hizo con nerviosismo, bajando la guardia cuando cayó de rodillas tembloroso por lo que sentía, ante la posibilidad de dar la primera mamada de su vida a aquella mole joven y dura de carne que le era ofrecida. Fue cuando le mató. Que investigaran, sonríe, a nada llegarían. Ya convencería al rubio a su lado de que nada tenía que ver con eso.

   La gente siempre terminaba creyéndole, reconoce con una enorme sonrisa, besando con ternura esos labios rojizos; muchos consideraban imposible que hiciera ciertas cosas, como matar a esos chicos en Iowa. Aunque le atraparon y condenaron a cadena perpetúa. Pero eso era pasado, ahora estaba bien. Muy bien, se dice acurrucándose al lado de Daniel, el hombre al que nunca dejaría ir, aunque, por suerte, el otro nunca lo sabría ni lo intentaría.

……

   -Debo decirle que… no es exactamente como le imaginaba por la entrevista telefónica, señor Miller. –sonríe tras su escritorio el señor Sanders, un cuarentón delgado y atildado, de pálidos ojos azules saltones tras sus lentes de montura fina. So oyente, sentado del otro lado de su escritorio, le impresionaba un poco. Era tan grande, fuerte, tan… masculino, reconoce con cierto embarazo, sonriendo nerviosamente.- Así que… ¿quiere trabajar con nosotros? –la oferta flota, y casi un subconsciente ruego para que acepte.

   Robert Read, cabello casi al rape, lentes del tipo intelectual, rasurada la barba no así el bigote, embutido en una camisa manga largas, bonita y cara, increíblemente ceñida a sus hombros y brazos, sonríe calibrándole, estudiándole. Detectándole. Le habían gustado las instalaciones del caro y pretencioso colegio semi internado para chicos ricos y problemáticos, algunos de los cuales le vieron con altanería al entrar.

   -Nada me gustaría más que quedarme aquí, señor Sanders. –responde con una sonrisa afilada, un vozarrón propio para impresionar al otro; súbitamente se pone de pie, lamiéndose el pulgar y tendiéndose sobre el escritorio, y con ese dedo le recorre la barbilla, sorprendiéndole, haciéndole jadear y tensarse.- Tenía algo allí. –explica como si nada, cayendo en su silla, dejándole temblar de sentimientos encontrados. Seguro que su mujer, la apagada rubia que vio poco antes, no le provocaba aquello.

   Oh si, se quedaría allí. Después de encargare de Miller en aquel apartado cuarto de motel, seguro de que nunca aparecería su cuerpo, se le ocurrió la idea, perversa, ¿buscaría a Marie Gibson y volvería por Owen Selby, o iría a ese colegio para ver qué ocurría? Mira por un ventanal, dejando que el otro, todavía turbado, respirara, observándole. Seguramente caliente bajo el pantalón. Y mira los patios verdes, los muchachos agresivos, bonitos, mala conducta… Oh, sí, ya imaginaba lo que haría con todos ellos, comenzando por el marica ese, todos entregados a sus juegos, sometidos, sirviéndole. La verga se le llena de sangre y ganas, ¡la cara que pondría Sanders cuando se pusiera de pie para despedirse!

   Su venganza bien podía esperar un poco más.

……

NOTA: Este final, tan desgraciado, me encantó. Read, aunque el principal, no era el único monstruo. Y ahora una confesión molesta, cuando descubrí el mundo de los porno relatos en la red, y leí este, lo copie, en hojas, y encontré el inicio de la continuación, de Read en ese colegio pervirtiendo muchachos. No lo copié, siempre dije que volvería, había tanto porno por ver, que lo dejé pasar. Y la página cerró. Una pena, era bueno.

Julio César.

6 comentarios to “TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 61”

  1. Valar Says:

    Este es el final final…? Harás una continuación o lo dejarás aquí…? La revelación de Geri me reventó el estómago… No me lo esperaba para nada…

    • jcqt1213 Says:

      Efectivamente, Rostov sorprendió. Cuando lo leí la primera vez me reí bastante, aunque quedé ligeramente molesto, pero luego me pareció perfecto. Eran criminales, ninguno estaba ahí por regalar galletas… y nada más peligroso que un tipo que reparte golosinas. Desde que la transcribo, a la mala, leyéndolo de una hoja mal traducida que imprimí, vengo diciéndoles que este es un relato de malditos, que no se ilusionaran, que sólo al abogado le iría bien. Y si, esto tenía continuación, pero no con los presos o la prisión, al autor le gustó su personaje y comenzaba ese relato en el colegio, algo sucio, que bordeaba la relación entre, y con adolecentes, pero no lo imprimí. Siempre pensé que podría volver a esa página, pero la eliminaron, cerraron o no sé qué pasó. Tengo otro relato de ese autor, o autora, el nombre es extraño, pero no la historia de Read. Lo siento.

  2. DarioDavid Says:

    Pero… nos dejas así?…

    • jcqt1213 Says:

      Hey, esa era la historia, la torcí un poco, pero es todo. Ese giro maldito al final me encantó, por eso la imprimí… y por fin puedo botar toda esa basura. Una lástima que no leí toda la continuación, Read era como siempre, horrible.

  3. Lito Says:

    Bien jugado x Rostov, no esperaba mejor final. Aunque me hubiera gustado conocer los delitos d Read.

    • jcqt1213 Says:

      Pienso igual, creo que el autor lo comenzó como simple porno pero terminó “queriendo” a su personaje y le dio otra historia. En aquella había un tipo que le seguía los pasos, pero no leí todo.

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