LA NENA DE PAPA… 19

LA NENA DE PAPA                         … 18

De Arthur, no el seductor.

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   -¿Qué es lo que quieres de mí?

……

   El joven siente que un abismo se abre bajo su cuerpo, tragándole. El miedo, sin embargo, parece prestarle fuerzas para ponerse de pie; eso sí, camina  con pasos vacilantes y así se apoya contra la puerta.

   -¿De qué hablas? –intenta una sonrisa como si el otro pudiera mirarla.

   -¡En mi cuarto se oye todo! –le sisea con fuerza y determinación, pero en tono bajo no deseando sean escuchados por alguien más.- ¿Es…? ¿Tienes… algo con un hombre?

   -¡No! –grazna, pero a sus propios oídos suena fallo, agudo, demasiado vehemente. Hay un silencio del otro lado y ruega porque el amigo se vaya sin preguntar o agregar algo más.

   -Abre, tenemos que hablar. –eso era, precisamente, lo último que deseaba.

   -No puedo, tengo que…

   -Abre, coño. –se oye molesto y frustrado.

   -¡Vete al carajo! –es la réplica parecida. Y el silencio se instala, ominoso.

   -Imbécil. –oye casi el estallido y los pasos que se alejan.

   Brandon cierra los ojos, agitado. Necesita una ducha, o un vaso de whisky. Tembloroso reconoce que todavía tiene algo de hambre, sobre la mesa, esa donde había sido apoyado, doblado y explorado su culo por aquel hombre, todavía quedaban unas rodajas de pizza, pero no las podía comer en esos momentos. Sin cambiarse, sin desvestirse (de hecho llevaba muy poco), cae sobre la mullida cama nueva, con sus muchos cojines y escandalosa manta. Cierra los ojos e intenta aislarse, alejarse de todo lo que le ocurre.

   Pero no puede, porque la verdad es que aún saborea sobre su lengua el semen de Cole, y lo traga cuando deglute. Lo cierto es que tiene el pene muy erecto, muy pulsante y goteante dentro de la diminuta pero suave tanga de mujer que lo contiene, contacto que le eriza un tanto la piel. Desea, necesita como pocas cosas antes en su corta vida, desahogarse. Hacerse una paja y estallar en leche. Pero no lo hará, no sucumbirá a eso. No se masturbará pensando en… lo que le ocurrió. A pesar de lo que ese sujeto le hacía, y le decía, era un hombrecito, un macho. No podía perder eso de vista. Mañana… Si, buscaría a Nelly y tendrían tanto sexo que le dolería.

   Mañana…

   Corre e intenta agotarse en la pista, alejándose del entrenador que quiere saber de su patrocinador y amigo, agradeciéndole las contribuciones al equipo, pero mirándole de manera extraña, calibrándole.

   -Llevas el cabello un tanto largo, ¿nuevo look? –le preguntó de pasada, a lo que le respondió cualquier cosa, enrojecido del traje algo llamativo de colores que Cole le había dejado. Había algo en esa mierda que le molestaba, su trasero destacaba.

   En los vestuarios, donde no se quedó mucho, le parecía que otros chicos le miraban y susurraban cosas a sus espaldas. Saliendo llamó a Nelly, con cierta urgencia cuando no atendió de inmediato. La saludó, sonriendo tenso, cuando finalmente lo hizo.

   -¿Cómo estás, bonita? –preguntó.

   -Bien, ocupada con mamá, anda algo indispuesta.

   -Nada grave, espero.

   -No, es una cirugía, pero electiva. Quiere hacérsela, no hay riesgo. ¿Estás bien?

   -Extrañándote mucho. –aprovecha el momento, todavía algo jadeante por la práctica, sudoroso, las mejillas rojas.- ¿Podríamos vernos esta noche? No lo sé, ir a…

   -Lo siento, amor, pero no quiero dejarla sola. Anda nerviosa aunque no diga nada. Intenta ser fuerte ante papá, pero…

   -Pero Nelly, pero llevamos días sin vernos y…

   -No puedo, no se sentiría bien bajo estas circunstancias. Perdóname, ¿si? –se defiende, pero algo impaciente, como alterada por ese chico que no entendía que se preocupaba mucho por su madre.

   -Está bien. –acepta botando aire, cerrando los ojos y rascándose con una uña la transpirada frente.- ¿Hablamos luego?

   -Claro, quiero saber cómo te va. –le manda un beso y corta. Así de fácil. Cuando abre los ojos se desconcierta, a su lado en la acera que le lleva de la cancha a la residencia, hay un auto detenido y un tipo treintón, guapo y masculino, lo recorre con la mirada.

   -¿Necesitas que te lleven a alguna parte, chico guapo?

   ¡Oh, Dios!

   No quiere recordar lo rápido que caminó de regreso, rogando al cielo no encontrar a nadie en los baños de la pensión, tomando una ducha larga y profunda… y repasanso su afeitado. No quería que el otro le molestara y se lo ordenara, teniendo que hacerlo luego, derrotado. No quiere recordar la discusión con Mark, su amigo, ni verlo, por lo que sabe que debe regresar lo más pronto posible a la seguridad de su pieza, esa trampa donde Cole juega al gato y al ratón con él. Se coloca cualquier cosa por encima, no puede arriesgarse a nada de ropa interior allí, y cruza casi a la carrera el espacio hasta su cuarto, temiendo lo que vaya a encontrar al abrir la puerta, especialmente porque al final del pasillo se encuentran dos de los chicos de la casa, dos mocetones del quipo de lucha, que lo observan, acercan sus rostros y uno dice algo al otro, vehemente, burlón, con una mirada cruel en los ojos. ¿Mark habría contado algo?, se pregunta con el corazón adolorido. Abre y…

   No, Mark no había dicho nada. Seguramente eso fue lo que vio y le causó extrañeza a Fulton, el capitán del equipo de lucha de menos de noventa kilogramos, una mole a pesar de la edad. Seguramente vio a la gente entrando y saliendo de su pieza, cargando cosas. Ese cuarto… El aliento escapa de sus pulmones y siente ganas de gritar.

   La nueva cama, en una esquina, muestra una de esas sábanas satinadas color pastel, con una gran colección de cojines estampados, algunos en rojo y en oro otros. Las paredes, aunque no puede olfatear resto de pinturas, muestran nuevos tonos, dos son de un furioso color naranja, las otras dos color arena, el techo es de un tono violeta claro. De la pared que sigue el largo de la cama, pegada a ella, un abanico de abalorios se abre, sostenido seguramente con ganchos. Sobre el colchón, donde descansan los peluches de animalitos de caras amistosas y un estuche de delicado color rosa (una laptop), un cubrecama atigrado hace juego con una alfombra que sale de debajo de la cama. Justo frente a la “pata” de esta, un espejo muy pulido, enmarcado en plata, ocupa buena parte de una de las puertas del closet, enfocándola perfectamente. Para mirarse mientras tiene sexo, piensa con el corazón todavía más agitado.

   Su mesita de noche ha sido ocupada por una lámpara esbelta y femenina, con una pantalla satinada color vino tinto, a su lado, algo desparramadas para que se vea la mayor cantidad, hay algunas revisas y las detalla, son de culturistas de grandes musculos y diminutas treusas, de ejercicios y salud, de cine y farándula, todas mostrando guapos y viriles hombres sonriendo desafiantes, sensuales. Al lado de la misma hay un nuevo mueble, una peinadora de coqueto armado, con tres espejos convergentes para quien sentado frente a ellos se acicale. Hay cepillos, un secador de cabello nuevo y una caja de cosméticos, lo sabes sin necesidad de abrirla, aún más grande que la anterior. Una de las gavetas está abierta y una suave y estampada telita color rojo sobresale. La toma y es, cómo no, una tanguita tipo hilo dental indudablemente del tipo femenino. Abre un poco más la gaveta y hay varias, nuevas, así como medias altas, de colores claros y oscuros. Traga con esfuerzo.

   La mesa donde come y estudia, pegada a otra pared, está cubierta con un colorido mantel esfaralado, de toques delicados. Una bolsa con viandas, estofado, descansa con una nota encima: “Llego tarde, cena”. Sobre el saliente en la pared, de una hoja de madera, donde guarda sus libros y otras cosas, descansa una estatua plateada, de un torso masculino perfecto, musculoso y armónico, sin brazos o cabeza, un claro reconocimiento a la belleza del macho. De las paredes cuelgan posters, no de equipos deportivos o autos. Son actores sin camisas, modelos en poses no sexuales pero sin sensuales. Tipos bonitos en jeans que dejaban ver ciertas protuberancias contra las telas de sus jeans o el nacimiento de sus pelos púbicos.

   El cuarto de un gay, eso es lo que era todo aquello. O, peor, el de una chica. Una colegiala…

   Con pasos débiles camina hacia la cama, mirando todo, todo dándole vueltas. ¿Cómo pudo hacerlo? Cole, a solas, no podría, debió traer gente, sujetos que sabían que un chico vivía allí, un chico a quien ese hombre grande, exitoso y viril… Un calor se agita en su pecho, sus ojos brillan, rebeldes, pero también fascinados, ¿qué clase de sujeto era el papá de su novia? Es cuando repara en la nota sobre la rosa coraza de la pequeña laptop nueva. Claro, la orden:

   “¿Te gusta, Brenda? Lo hice con amor, lo vales. Espérame arreglada y vestida para la ocasión. Esta noche te amaré como mereces, te correrás en mis brazos, y sobre mi tolete, gritando mi nombre”, lee con ojos empañados. Hay una oración final. La amenaza, por supuesto, velada pero presente: “Siento que algunos chicos notaran tus mudanzas, ¿no crees que debería llamarles para que vieran tu cuarto y te felicitaran?”.

   Tan simple, tan sencillo, se dice dejándola caer. Cierra los ojos y traga; Dios, ¿qué debía hacer?

   La pequeña tanga roja, estampada y sedosa, se desliza por sus musculosas piernas de corredor. La sensación es acariciante. Atrapa sus bolas y pene dentro del saco triangular delantero, y por alguna razón lleva su miembro hacia abajo, pisándolo con la suave prenda. Pero es entre sus nalgas donde es más consiente de ella, presionando sutil, casi sobándole. Sentado ante el mullido y cómodo asiento de la peinadora toma una de aquellas medias, le cuesta entrar, no está acostumbrado. Pero parpadea al sentirla abrazando su piel, sus muslos. Alza y extiende una de sus piernas, sintiendo el roce eléctrico. Se soba y casi jadea. Porque era extraño, nuevo, no porque le gustara en realidad. Y así, con medias y tanga, se seca y peina el cabello, suave y lustroso. Pinta sus ojos, sus mejillas y labios con un tono rosa pálido, sorprendiéndole parecer una hermosa chica. Sintiéndose sucio y perverso, en medias, tanga y maquillado, va al clóset y toma una franela corta de talle, que apenas cubre más abajo de sus pectorales. Se mira al espejo del closet y arde. ¿Qué le haría Cole? ¿Le penetraría con rudeza y a fondo? ¿Llenaría su culo con fuerza despertando todas esas extrañas sensaciones ya vivisdas? ¿Le provocaría aquellos intensos orgasmos que, aunque le avergüence admitirlo, sufrió sobre su güevo duro teniendolo bien metido?

   No quiere pensar en su ansiedad, el su temblor. No sabe qué hacer mientras espera, aunque tiene exámenes cercanos no puede concentrarse en nada. Espera, vestido como una nena, a un hombre que le ha “prometido” cogerle esa noche. La idea hace que su corazón lata con fuerza, que su respiración se espese. Toma la laptop para tener algo que hacer y la abre, la pantalla se ilumina con una imagen poderosa. Un chico joven y delgado, rubio y hermoso, de cabello bien peinado, rostro maquillado y labios pintados, abiertos en una salvaje mueca de gozo y de lujuria, de realización teniendo clavado un en su lampiño agujero, que asoma al lado de una tanga tipo hilo dental blanca, un grueso y tieso güevo negro, el cual, evidentemente, le provocaba todas aquellas emociones.

   Con un jadeo la cierra, rojo de cara, ardiendo con un fuego inexplicable. Es cuando escucha los pasos acercándose a la puerta de su pieza. Cole venía para darle lo suyo, para cogerle y hacerle gritar su nombre cuando se corriera. Traga en la espera con los ojos sobre el picaporte de la puerta.

CONTINÚA … 20

Julio César (no es mía la historia).

4 comentarios to “LA NENA DE PAPA… 19”

  1. iv77 Says:

    En mi cabeza, debería entrar un compañero de equipo bien fortachón y follárselo con ganas dejando la puerta abierta, que luego llegara la novia y los pillara atravesado por la pija de un sujeto grande y terminara con él al ver que estaba pintado y con habitación de mujer y, luego de todo eso, que llegue Cole a follárselo duro (Todo lo anterior planeado por Cole, obviamente). Muy nasty mi imaginación?

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