EL PEPAZO… 6

EL PEPAZO                         … 5

De K.

sexy-muscle-boy

   -Tómalo.

……

   Por un segundo la mente de Jacinto queda en blanco, ¿pero qué coño le pasaba a todo el mundo ese día? Su pecho sube y baja agitado, de incomodidad y algo de ira. Rápidamente toma su camiseta de látex, maldiciendo en todo momento las oscuras miradas que el chico amanerado le lanza detallando cada centímetro de su cuerpo, el expuesto y el cubierto.

   -¡No, no puedes tocar! –casi ladra, dando un paso atrás, algo desacostumbrado. En un día cualquiera le diría cuatro  cosas bien desagradables después de mandarle a lavarse ese culo, pero no quiere pensar en culos en esos momentos.

   -¡Oh! –el joven parece genuinamente abatido.- Dios, te veo y quiero…

   -Basta, ¿okay?, no quiero escuchar nada. –estalla al fin su genio vivo. Le agrada saber que gusta, le producía cierto placer el que otros carajos se compararan, y perdieran, con su físico, pero esto era demasiado.- Sólo déjame en paz, ¿si? –entra con dificultad dentro de la camiseta, la cual se ajusta como un guante a su llamativa anatomía. Era insólito que ese marica pensara que podía interesarse en… en esas vainas.

   Va a pasar a su lado para poner distancia, bastante, pero todavía le ve llevarse el chupón de la botella de agua a los labios, succionando desagradablemente (o eso le parece). Y le sigue.

   -No te molestes, por favor. ¿Sabes?, me gusta chupar culos. –dice con morbo.- Mi lengua provoca sensaciones que… -comienza a enumerar virtudes pero se detiene y congela cuando el fornido joven se vuelve con la boca abierta, los cachetes rojos, la ira brillando en sus pupilas y las manos en puños.

   -¡Déjame en paz! –por un instante quiso gritar, empujarle, pero lo deja así. No quiere atraer las miradas, no hacía él junto al amanerado chico.

   Alejándose cruza el salón hacia las máquinas, consciente de las miradas que recibe, especialmente sus nalgas y espalda. Lo nota, la del chico, como dardos en sus glúteos, y las de otros. Y siente un ligero estremecimiento de inquietud, caminaba con cierto tumbado que… Dios, ¿estaría meciendo el culo bajo la ajustada tela blanca al caminar? Llega a una de las bicicletas fijas, se monta, acomoda sus audífonos y comienza a pedalear “en subida”. Es fácil, se dosifica, bota aire, aspira y resuella. Se siente bien, el esfuerzo físico le aleja de otros pensamientos. Su corazón comienza a bombear, la sangre a correr caliente por sus venas, transpira. Su trasero se amolda a la silla, pero… Subir y bajar, forzarse por mover los pedales, provoca que frote como más de la cuenta su culo contra el asiento, siendo muy consciente de ello, de una manera incómoda. La piel se le eriza, la siente sensible, el sudor le hormiguea de manera grata al correr sobre ella.

   -Bonito… estilo. –el chico amanerado dice de pronto a su lado, sorprendiéndole al no verle llegar.

   -Amigo… -jadea por el esfuerzo, pero inquieto por otras cosas.

   -Sólo miro. –se defiende con una mueca de súplica, llevando el chupón de la botella a los delgados labios, cubriéndolo y succionando del mismo.

   Molesto, aunque curiosamente halagado, va a gruñirle que se vaya para el carajo, pero ocurre algo inesperado, lo siente. De alguna manera sus nalgas parecen separarse un poco y queda con la raja directamente sobre el asiento, sintiéndolo, firme y duro contra su cuerpo a pesar de las ropas. Por un segundo no sabe qué es esa oleada cálida de sensualidad que le envuelve y marea, que le obliga a tensar los dedos de los pies dentro de los zapatos y a continuar su pedaleo. No puede detenerse. Va y viene… y su culo se frota completamente contra la barra.

   El frote contra la entrada de su culo es obsesionante. Cada caída o roce despierta ecos en sus entrañas. Sube un poco y baja, y cada desplome era eléctrico. Se eriza, su piel arde. Cada frote o golpe contra el asiento, sobre la entrada de su agujero, envía vibraciones extrañas, intensas y que parecen intensificarse. Aumentan, aumentan y le excita, era como cuando aquella vainita parecida a un dedal se le fue por el culo, subiendo, quemando, latiendo, pegándosele de la próstata. Ahora era igual, pedalea, subiendo, y al bajar le parecía que un largo, flexible e invisible dedo le llegaba a la próstata, acariciándole, rozándole, estimulándosela. Traga y jadea consciente de su enorme erección contra la elástica y reveladora tela, una que el chico amanerado mira con ojos brillantes y sorprendidos. Quiere detenerse pero…

   Sube y baja, arriba y abajo, perfectamente consciente ahora de lo que hace. No pedalear como ejercicio sino para experimentar aquello, esos golpes, esas vibraciones, ese sentir ese algo que frota y excita su próstata. Va y viene, y tiene que halar la franela que, aunque muy ajustada, era algo larga, intentando esconder la carpa de su verga erecta, pulsante, caliente, sintiéndola sabrosa contra su muslo derecho, frotándole al ir y venir pedaleando. Quiere detenerse, lo juraría por Dios, pero no puede. Cierra los ojos, y sigue. Suda, exhala bocanadas de calor, y quién sabe qué más.

   Lo próximo que sabe, sin que abra los ojos, es que una mano delgada cae sobre su pelvis, tanteándole la erecta verga, allí en el gimnasio, y aprieta y aprieta de una manera que…

   -Ahhh… -se le escapa un jadeo agónico, todo girando a su alrededor.

CONTINÚA … 7

Julio César.

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