DE AMOS Y ESCLAVOS… 40

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 39

tios-en-tanga-brillante

   Feliz, saboreando lo que le dejan encima, les sirve…

……

   ¿Qué diablos estaba haciendo?, ruge una molesta vocecita en la cabeza de Gregory Landaeta, una a la que en verdad no le presta mucha atención, no cuando está de panza sobre su sofá, los atléticos brazos doblados bajo su cabeza, apoyado sobre el lado derecho de su rostro; y sentando a su lado, está ese carajo bajito, flaco y blanco que le recorre la espalda con las manos como si le masajeara, pero aquello era una descarada y erótica sobadera. Las delgadas manos se cerraban sobre sus recios hombros, apretando, bajando abiertas, produciéndole escalofríos. Su piel estaba muy sensible por aquel aceite… y la verdad es que después de que el otro le chupara las tetillas, poniéndole al borde, y le medio metiera un dedo en el culo, sin que se lo impidiera, era poco lo que podía hacer. U oponer.

   Las manos bajan y bajan, Esteban sonríe con ojos nublados mirando la tirita de la tanga, las redondas y firmes nalgas que la tragan. Sus dedos blancos contrastan sobre la oscura piel.

   -Baja los brazos. –pide, y desperezándose, como si tal cosa, Gregory lo hace. Parecía calmado, pero bajo su cuerpo, contra el mueble, su verga palpitaba con fuerza. Y más cuando sus bíceps vuelven a ser recorridos por aquellas manos que le ofrecían adoración.

   La sonrisa de Esteban se ensancha, volviendo la mirada hacia ese trasero que lo obsesionaba desde que conoció al tipo. Las manos regresan, tienen que hacerlo, acariciando, enterrando los dedos, produciéndole gemidos al otro. Separa los glúteos, la visión del hilo dental cubriendo la raja es enloquecedora. Gregory se tensa y traga saliva, asustado y emocionado, cuando nota que el otro acerca el rostro, caliente, a su trasero, soplándole sobre el ojete cubierto. El cual sufre espasmos. Lo sabe, tenso sobre el mueble como está. Esteban le vigila con el rabillo de los ojos, su rostro cerca de ese culo, y vuelve a soplar, llevando los pulgares prácticamente a cada lado del hilo, sobre el ojete, y halando. Gregory se muerde el labio inferior y aún así se le escapa un ronco gruñido, mientras su culo se alza un poco y la verga le babea de manera copiosa sobre el mueble.

   -Amigo… -inicia una batalla que la sabe perdida hace rato, pero la defensa de su hombría así lo requiere, cuando siente un dedo del otro meterse, en su baja espalda, en la tira que desciende entre sus glúteos.

   El pálido dedo baja, halando la tela a un lado, rozándose de la piel, y el negro culo queda al descubierto. Gregory no sabe qué esperar, en serio, tal vez un soplo, o un dedo (le sorprende no alarmarse más al imaginarlo), pero no aquello…

   Lo primero que sintió fue la barbilla, caliente, acercándose, impactando contra su piel, raspándole con la barba, luego el aliento en directo contra su ojete, y el toque de algo suave, caliente y húmedo que frotaba y se pegaba de su culo expuesto. El roce, la sensación era tal que se erizó; arqueando la espalda y mirando sobre un hombro, se encuentra con los nublados ojos del otro, que le estaba pegando la lengua del culo, sin reparos, lamiéndolo, azotándolo con la punta, con rapidez y salivándolo.

   -Oh, Dios, ¿qué haces? –jadea, ahogándose, alzando más la nuca cuando los delgados labios rodeados de barba y bigote se cierran sobre su agujero en un beso sucio y prohibido.- ¡Ahhh! –grita sin poder o querer contenerse. Eso era muy…

   Se siente mareado, asuntado e impactado, tal vez es por eso que no reacciona cuando el hombre le atrapa una mano con la suya, flaca, alzándosela, guiándola, llevándola a su entrepiernas, donde abulta un güevo erecto bajo el pantalón de tela suave. Los dedos de Esteban se cierran sobre los suyos, y mientras su culo era lamido y chupado, Gregory es consciente de que su palma y dedos se cierran por la presión sobre el duro tolete del otro… y que sus dedos comienzan a moverse sutilmente, apretando, sobándolo.

   Toda la negra piel se eriza como de gallina cuando Gregory entiende lo que hace, y lo ve, que agita sus dedos sobre el tolete erecto de otro hombre, sobre sus ropas, algo que le parece terrible, insólito… y excitante, tal vez por lo malo que le parecía. Y, además, reconocía con vergüenza, tampoco era la primera que sentía, experimentaba o tocaba; debía recordar lo del Metro. Como sea, sus dedos se cierran inequívocamente sobre la mole de carne dura del otro hombre, quien doblando de cintura y pansa, sigue comiendo de su culo, lengüeteando, azotándole con la punta, cerrando los delgados y rojizos labios en su orificio y chupando, aprovechando sus espasmos. Porque, mientras respira pesadamente y jadea, sabe que su orificio sufre espasmos, abriéndose y cerrándose sobre la lengua hábil de aquel sujeto.

   -Hummm… -ahogado se le escapa, plenamente consciente de que sube y baja sus tersas y musculosas nalgas negras contra ese rostro delgado, blanco, con la rala barba que rasguña sutilmente su piel. ¡Quiere esa lengua penetrándole el culo!, aunque era la verdad, todavía no se atrevía a pensarlo de esa manera. O que estaba masturbándole, entusiastamente el güevo, sobre las ropas. Sus dedos cerrados iban y venían sobre la tiesa carne de joder y no podía detenerse. Estaba atrapado por la lujuria, las ganas de sexo, una necesidad que generalmente no dejaba ni pensar a los hombres. Al menos no con claridad.

   Apartando centímetros sus labios húmedos y brillantes del ensalivado culo, que titila salvajemente como reclamándole volver, Esteban sonríe, separando esa entrada con sus pulgares, manteniendo la telita de la tanga aparte. Sus dientes mordisquean, recorren y rayan sobre la tersa piel que lleva a la raja, sopla el ojete peludo que se estremece, con la punta de su lengua recorre los pliegues, y ese orificio parece paralizarse, abierto, necesitado de más. Y lo satisface, hunde su lengua en aquellas entrañas olvidado toda prevención, asco o repulsa. Comerle el culo, escucharle gemir, verle tensarse y arquear la poderosa espalda oscura, sentirle estremeciéndose al agitar el culo frente a sus ojos, o su boca, era todo lo que el tipito necesitaba en esos momentos. Le mete la lengua decididamente, tibia, mojada, reptante, y Gregory se tensa contra el mueble.

   -Ahhh… -es el grito que escapa de sus labios, algo que parece totalmente involuntario.

   Pero Esteban quiere más.

   Su mano delgada y caliente cae sobre la de Gregory, ambos estremeciéndose, y con justa razón de parte del tío negro, ya que el otro era el dueño de la verga que acariciaba sobre las ropas. Apartándole un poco los dedos, no alejándole, tan sólo obligándole a retroceder un tanto sobre la barra, Esteban se las ingenia para manipular la cremallera de su pantalón, bajando el cierre lentamente, sin dejar ni por un segundo de agitar su lengua dentro de aquel culo que echaba candela, pero con ojos de halcón mirando al otro. Ante esa bragueta abierta, la mirada de Gregory oscurece, su respiración se espesa aún más al estar acostado boca abajo sobre el mueble.

   ¡Si!, se dice Esteban al verle, sonriendo como el propio gato aunque besa de manera chupada aquel agujero. La mano oscura suelta la barra y como poseída por otra voluntad, una que no dependía para nada de la de su dueño, se acerca a ese cierre, los dedos tantean metiéndose, su piel muy erizada, todo él gritándole que se detuviera pero no deseándolo. Las puntas de los dedos toquetean la barra del tipo blanco sobre el bóxer, y le parece que late con fuerza, que quema a pesar de la tela. Lo atrapa y exhala un gemido, cerrando los dedos sobre el otro güevo, sobre la pieza de vestir íntima, apretando y sobando, apretando y sobando más, palpándolo, luego aferrándolo y masturbándolo otra vez. Y le encanta notar y escuchar como el tipo ese se agita, como su respiración se hace superficial. ¡A la mierda!, piensa, poseído de fiebres, y mete la mano dentro del bóxer, cerrando la palma y sus dedos sobre el tieso güevo de otro chico.

   Quema contra su palma, agitándose, y le parece la cosa más increíble del mundo. Sabe lo rico que es tener el güevo en la mano, se hace pajas desde los trece años, y lo mágico que es cuando una tía te mete mano, pero aquello… Sentir en vivo y en directo la de Esteban era… Lo aprieta, fuerte, no puede evitarlo, agitándolo lentamente, de arriba abajo. No aguanta más, maniobra para sacarlo, quedándose helado al verlo, el rostro de lado, erizado por aquella boca que incrementa sus chupadas, besitos mordelones y succiones en su culo, aquella lengua que se le metía hasta el alma, reptándole como un animalillo planeado para dar placer. Le parece una pieza magnifica, no tan larga o gruesa como la suya, pero si nervuda, rojiza azulada de vasos. Ver su mano grande, de oscuros dedos recorriendo la blanco rojiza barra con las puntas, viéndola estremecerse, le parece el colmo de lo caliente. Cierra su puño alrededor de ella y los dos lanzan un gemido, es un choque eléctrico poderoso. Y lo masturba, su puño va y viene sobre la pieza masculina erecta, haciéndole la paja mientras la lengua de ese carajo ya casi le llega al estómago.

   Si, se dice el joven hombre blanco, lamiendo, dándole lengüetazos salivosos, también chupetones ruidosos. Eso le gustaba, lo que le hacía con su lengua… pero especialmente lo que el guapo hombre negro le hacía con la mano, el puño cerrado sobre su tolete blanco enrojecido. Pero quiere más…

   Gregory, por un segundo no entiende lo que ocurre cuando Esteban se pone de pie, siendo lo notable que no le suelta el güevo, parecía no querer, o poder. Se vuelve a mirarle, este sonriéndole, guiñándole un ojo, tendiéndose así sobre su trasero, llegándole otra vez al agujero, pero ahora con la peluda barbilla pegada a su baja espalda. Así regresa esa lengua a su culo… pero frente a sus ojos se encuentra ahora la verga pálida de este, a escasos centímetros, irradiando calor, exhalando un salino olor, una gota espesa escapando del ojete… Muy cerca de su boca. Una que se le seca y luego se le hace agua mientras traga con esfuerzo.

……

   Yamal Cova llega molesto a su casa después de tomar una larga ducha en aquel motel, donde ya estaba que trinaba de rabia. ¿Estaba así porque aquella mujer le había usado de esa manera, exponiéndole frente a unos desconocidos? Tal vez, aunque la verdad fuera dicha eso le tenía sin cuidados, era de los firmemente convencidos de que el mundo era tan grande que nunca más les vería. Lo que le irritaba eran las palabras del maricón ese, reconoce, sintiendo un nudo desagradable que no puede controlar en sus entrañas.

   Ese carajo le culpaba de traicionarle, le imputaba el tenderle una trampa. No quiere seguir por ese camino, no desea caer en que le altera el que el otro estuviera molesto con él, tanto que le corrió como a un perro; eso cuando… Camina a paso vivo hacia la cocina, donde la mujercita, rostro avinagrado, le ve entrar sin alegrarse. No la saluda, no dice nada.

   -¿Vas a cenar? -pregunta ella, sin emoción.

   Sin mirarla le gruñe cualquier cosa y abre la nevera, saca una cerveza y la toma casi de un trago, lo que ensombrece más y más la frente de la mujer.

   A Yamal le molestaba que su perrita emocionada, siempre golosa de su verga negra, se le hubiera revelado así. Era eso. Bartolo Santoro no tenía ningún derecho a tratarle como si no fuera nada, ¡era su puta, carajo! Decidido, muy molesto, se dice que lo llamaría y… El último buche de cerveza le sabe amargo. La putica se le había alzado. Necesita… se vuelve a mirar a la mujer, camina lento tras ella, olisqueando tras su nuca.

   -¿Terminaste con eso? ¿Estás desocupada? –le pregunta. Ella encoge el hombro, alejándole.

   -¿Vienes maluco? Déjame en paz, estoy cansada.

   Traga con rabia, deseando gritar, pero se aleja. La mujer no era así, generalmente sumisa se alegraba cuando la buscaba. Pero entendía, se había comprometido a acompañarla al hospital a visitar a su madre y no lo hizo. Cosa que esta no olvidaría fácilmente.

   -¡A la mierda! –gruñe frustrado, toma otra cerveza y sale. No nota la mirada dolida de la mujer, ni su puchero desdeñado.

   Bebiendo regresa a la sala, cae de golpe en un sillón y toma el teléfono fijo. Marca y espera, impaciente, molesto. El peor de todos los consejeros. Al escuchar el “aló”, se lanza.

   -Quiero que nos reunamos, que hablemos. –demanda, hay un silencio.

   -Yamal, estoy con…

   -No me interesa. Te espero en el trabajo, ¿okay? –es firme, casi malvado.- No tengo que recordarte lo caliente que te pones cuando quieres que te encule, ¿verdad?

……

   Aunque no hace nada más, nada pide o exige, Gregory Landaeta es totalmente consciente de lo que Esteban espera de él, de pie, inclinado y ladeado en una postura que no debía ser cómoda para nada, comiéndole el culo… la verga blanco rojiza erecta muy cerca de su rostro. Una verga que todavía acaricia y mira fascinado.

   No podía tratarse de un accidente, ni por un segundo lo cree. Ni lo que siente.

   Ese güevo caliente, pulsante y goteante llena su mente, quiere… desea tanto tocarlo con la punta de su lengua y recorrerlo que la piel le arde casi dolorosamente. Se imagina separando los labios y atrapando el liso y blanco rojizo glande, y sabe que gotea sobre el mueble. Pero si cedía, si lo hacía… sería un mamagüevo en la definición más literal de la palabra. Estaría chupándole el tolete a otro hombre, lo tendría en su boca, sobre su lengua, latiendo y mojándosela y eso ya nunca cambiaría. El miedo a la imagen le ata, pero de igual forma le excita. Un mamagüevo… algo que sólo un marica…

   La gota cuelga en la nada y cae cuando le da otro apretón al duro miembro. A la mierda, ¿qué le importaba lo que cualquiera dijera? Estaban a solas allí, si alguien le preguntaba si mamó güevo lo negaría hasta el fin de sus días, y si el otro contaba algo ya le arreglaría cuentas a golpes. Eso se dice alzando el rostro, llevándolo hacia el tolete, sacando la lengua y tocando el glande. Siente como Esteban se estremece, le oye contener el aliento mientras le mordisquea de manera erótica y sensual una nalga, cerca de su raja, soltándole una buena cantidad de saliva espesa. Pero es poco a lo que siente él mismo.

   Algo se apodera de su cuerpo, es lo único que puede pensar cuando con ansiedad comienza a recorrer el blanco rojizo glande con su lengua, cada lado, borde y resquicio, casi metiéndole la punta en el mojado ojete. Y siente el sabor sobre su lengua, salino y algo amargo, nada agradable. Por eso no entiende sus propias ganas al continuar lamiendo, no cuando Esteban deja su culo, enderezándose, frente a él, mirándole pasar la lengua sobre el miembro. Se miran, el otro sonríe de manera amable, casi dulce, y sin quitarle los ojos de encima, ardiendo de vergüenza, los negros labios se cierran finalmente sobre esa cabecita lisa, apretándola, sintiéndola gotear contra su lengua, estremeciéndose al notar que tragaba sin detenerse.

   -Vamos, siéntate. –Esteban le indica, atrapándole el rostro, obligándole obedecer, demasiado manso piensa él, quedando de culo, uno mojado de saliva sobre el mueble, sin dejare salir ese pedazo de güevo.

   El hombre de la barba nada dice, pide u ordena, incluso le suelta. Tan sólo se miran. Gregory siente que su corazón le cabalga con fuerza en el pecho; este, ancho y recio, sube y baja con esfuerzo. Y cerrando los ojos, posiblemente no soportando mirarle al hacerlo, lentamente va cubriendo más y más del cilíndrico tolete, aprisionándolo con sus gruesos labios, pegándole la lengua, estremeciéndose al sentirlo pulsar.

   -Oh, Dios… -escuchar el jadeo de Esteban, ojos cerrados, le eriza. Había sorpresa, gozo y lujuria. Una que comparte mientras va devorándolo cada vez más.- Vamos, chúpame el güevo. –le oye, ahora si exigente como todo hombre que encuentra a quien se lo haga.- Vamos, comételo un poco. Luego… -el tono le hace abrir los ojos, alarmado, más al verle la determinación, la sonrisa casi de compartida picardía.- …Quiero coger tu culo. Deseo ser el primero en tu vida.

CONTINÚA … 41

Julio César.

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