EL PEPAZO… 7

EL PEPAZO                         … 6

De K.

chico-sexy

   -Hola, vecino, ¿puedo pasar?

……

   Fuera lo que fuera que le provocaba todos esos estallidos de lujuria cuando su abierto trasero caía en el acanalado asiento de la bicicleta fija, al golpearle la entrada del culo (ese que notó como más protuberante esa misma mañana), se le sumaba la presión de aquella delgada mano sobre sus ropas, apretándole el tolete… en medio de gente no muy apartada, en el gimnasio.

   Sabe que debería apartar a ese marica, no dejar que le tocara, no así, pero…

   -¡Oh, Dios! –casi grita, sin abrir los ojos. Lo siente, ese tipo le alza un poco la camiseta, aparta el borde del pantalón de látex, y el bóxer, y mete la mano delgada, atrapándole en vivo y en directo el erecto, pulsante y caliente güevo. ¡En medio de aquella sala!

   El joven y amanerado catire tampoco entiende lo que ocurre, o cómo puede atreverse a tanto, pero ese hermoso hombre joven, fornido y fuerte le había excitado con tan sólo verlo, haciéndole soñar con enterrar la cara entre sus nalgas, esas nalgas redondas y magnificas. Y ahora estaba allí, excitado, transpirado, jadeando, intentando controlarse para no gemir de manera sexual en medio del local. Por eso, mirando en todas direcciones, rojo de cara, casi frenético, despejó las ropas y le metió la mano, el güevo del muchacho estaba duro, pulsante. Si nada más al tocarlo sobre el pantalón supo que no podía dejar pasar la oportunidad, ahora teniéndolo quemándole contra la palma y los dedos entendía que no podría soltarlo ni aunque la vida le fuera en ello.

   Sudando copiosamente, boca muy abierta y jadeante, la cabeza algo echada hacia atrás, Jacinto continúa pedaleando mientras es manoseado por aquel muchacho raro. La bicicleta, más específicamente su asiento, le marea. La frenética mano del joven le había enderezado el tolete y le masturbaba arriba y abajo, mientras él seguía “ejercitando”. No podía detenerle, no encontraba fuerzas para pararse a sí mismo.

   Una idea, una imagen aterradora llena su mente, casi obligándole a abrir los ojos con alarma, temeroso de que otros la perciban, lo juzguen y lo condenen por ella. Pero allí está el joven, masturbándole, teniéndole el güevo bien agarrado, apretándolo al ir y venir al pedalear, mojándole con sus líquidos los dedos. Nota como este tensa el cuerpo, colocado de tal manera que cubre buena parte de la vista de lo que allí ocurre a quienes pasan hablando no muy lejos. Eso le impone el silencio, pero le cuesta, porque esa maldita imagen…

   Tiembla al evocarla, porque si, mientras más intenta alejarla con más fuerza le ataca, llenando su cerebro poderosamente. Pedalea, y mientras lo hace su culo sube y baja sobre aquel asiento, frotándose, rozándose, estimulándose. Pero lo que imagina es que de alguna  manera su pantalón de látex, y su bóxer, se rompen en la raja entre sus nalgas, por el roce de las telas contra el sintético material del equipo, y que la punta del acanalado asiento, con su forma de banana, pega, empuja y abre su esfínter, enterrándose un buen pedazo en su culo. Sin dolor ni problemas, tan sólo haciéndole arder de ganas. Se muerde con fuerza los labios porque esa idea le hace temblar todo, caliente como nunca en su vida. Se imagina, o se sueña, o no sabe qué es, pero puede verse subiendo y bajando, siempre pedaleando, sobre el maldito asiento, su punta, bien metida en su esfínter, abriéndole, separándole los hinchados labios que viera esa misma mañana. Iba y venía sobre esa punta, que entraba y salía cogiéndole como un inanimado amante bien dotado.

   -Oh, Dios. –casi grita, rojo de cara, congestionado, oyendo a lo lejos el siseo del chico que le masturba, para que no llame la atención.

   Puede verse, pedaleando y pedaleando, sin el chico masturbándole, su culo abriéndose y cerrándose sobre la punta del asiento; llevándolo de adelante atrás, cada vez más atrás, forzando su entrada con ese asiento que se ensanchaba al alejarse de la punta. Piensa, imagina o sueña que se lo mete, que puede con eso, que sube y baja sobre eso, llenándole, frotándole y estimulándole, pegándole de la próstata. Ya no puede contenerse y casi grita, pero una mano delgada cubre su boca. Los ojos, turbios, enfocan al muchacho, al caer, sintiendo el puño sobre su güevo que sigue haciéndole la paja. Tenía un hueco en sus ropas, ¿verdad? El asiento lo tenía clavado, era consciente, podía experimentarlo al apretar y soltar sus entrañas, ¿no es así?

   -Huffff… -ruge contra esa mano, siendo lanzando a la gloria, corriéndose en medio del gimnasio. Es un orgasmo poderoso, intenso, que casi le hace levantarse aunque sabe que no tendría fuerzas para sostenerse. Se corre copiosamente, lo siente, bañando sus ropas de ejercicios, con lo incómodo y molesto que era, pero sin que le importara, no en ese momento de intensa magia.

   Pero ahora, al terminar, jadeando contra esa mano, bañado en sudor, pareciéndole que todo olía a semen a varios metros a su alrededor, le llega el ratón moral. Aparta la mano del chico. Este le sonríe.

   -Amigo, estás loco de verdad.

   -Yo… yo no…

   -¡Vamos a las regaderas! –le pide vehemente.- Sé cosas que… -promete con lujuria, caliente por la escena vivida.

   Y, horrorizado, Jacinto le ve mostrar la mano llena de blanca y espesa esperma, una que lleva a sus labios delgados, y lame, allí, en pleno gimnasio.

CONTINÚA … 8

Julio César.

3 comentarios to “EL PEPAZO… 7”

  1. marcos Says:

    De verdad quieres matarme cierto!!! Esto cada vez se pone mejor!!! Quiero mas please!!!

  2. marcos Says:

    Ya lo vi!!! Cielos!!! Es genial!!! Me encanta el fic! Es tan… Woowww solo espero que a Jacinto se lo follen mucho jejejejje

    Ya quiero saber como sigue, eso en el gimnasio estuvo increible!!! Quiero más si??? Please..?

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