EL PEPAZO… 8

EL PEPAZO                         … 7

De K.

chico-sexy

   -Hola, vecino, ¿puedo pasar?

……

   -Por Dios, ¡deja de hacer eso! –grazna con cara de angustia y asco cuando le ve hundir la lengua en la gelatinosa y olorosa mancha.- ¡Eres un cerdo!

   -Es rico. Si vamos a…

   -¡Vete a la mierda! –comienza a gritar pero mirando aterrorizado en todas direcciones, se controla, cubriéndose con la camiseta, que no tapa un carajo, y arrancándole la toalla que el otro lleva a un hombro se medio tapa y escapa… No sin antes, después de bajar del maldito asiento de la bicicleta, de llevarse una mano al trasero y asegurarse de que no tiene ningún hueco en las ropas. Nada. Perfecto. Y escapa a la carrera.

   -Pero… pero… -oye al otro, pero eso no le detendría nunca.

   Mientras cruza el salón, bañado en transpiración, recibiendo las usuales miradas dado su hermoso  y trabajado cuerpo, a Jacinto le parece que todos saben lo que acaba de ocurrir. Y aquello le preocupaba más que el por qué había ocurrido o cómo lo permitió. No era un chico muy profundo la verdad sea dicha. Le es difícil cubrirse, su miembro todavía abulta demasiado contra aquellas prendas. ¡Y el olor, Dios!

   En los solitarios vestuarios va a un lavamanos y refriega su cara, y después de asegurarse de que nadie le mira, se medio lava las bolas. No, no iba tomar una cucha, no allí, con ese mariconcito dando vueltas. Por primera vez en su vida se siente inseguro. Llamaría al Indio y… Cierra los ojos, respirando agitadamente. ¿Qué había hecho? ¿Cómo dejó…? Los abre y se mira al espejo, el cabello húmedo pegado a su cráneo, un mechón en su frente. No, la cuestión era, ¿qué le pasó? El recuerdo sobre aquella bicicleta…

   Rato más tarde, eludiendo cuidadosamente al catire que saboreó su esperma (algo que, de por sí, debía hacerlos como conocidos al menos), sale del gimnasio. Llama al Indio y le dice que está enfermo. A este le irrita, lo saben cuentero y flojo, pero ante la duda de un malestar real le deja ir. Pero no va Jacinto a su apartamento a practicar el autoanálisis, a una introspección esclarecedora. No, llama a una de sus amigas, sonriente su voz melosa, y casi la obliga a invitarle a su casa. Pasará sus exasperados ratos intentando una charla cuando únicamente quería pasar a la cama y quemar las ganas. También… probarse. Cuando esta entiende, finalmente, que lo que busca es un polvo, le deja entrar a su cama, aunque un tanto molesta. A la larga, habría sido mejor si le hubiera mandado al coño… Jacinto, abrumado y avergonzado, escapa poco después.

   -Tranquilo, dicen que eso les pasa a muchos hombres al menos una vez. –todavía le consuela ella, en la puerta de su casa.- Bueno, nunca conmigo, pero imagino que estás muy presionado y…

  Con el rugir de la moto ahoga cualquier otra nota y se aleja. Furioso… y asustado.

   Así de alterado regresa a su edificio, encontrando el ascensor dañado, otra vez (si estuviera al día con el condominio se habría molestado todavía más); sube a paso rápido por las escaleras cargando con su bolsa de gimnasio. Va distraído, una pesada pisada le sobresalta, vuelve la mirada y encuentra que tras él viene subiendo otro vecino, un tipo de mala cara que jamás hablaba con nadie, quien en ese momento le sonríe… Y que le tenía la mirada clavada en el culo, donde algo de la tela del jeans, que lleva desde el gimnasio, se mete entre sus nalgas. Eso le azora, igual el guiño que el otro le lanza.

   -Vecino. –este se detiene en su piso y desaparece.

   ¡Jo-der!, piensa y sigue su rumbo. Entra al apartamento arrojando la bolsa, y por la fuerza de la costumbre se despoja de la franela algo ancha, el jeans, los zapatos y medias, quedándose en bóxer, otro, no el manchado de esperma, aunque ese también apestaba por no haberse bañado. Va a la nevera, su rostro nublado de preocupación. Bebe directamente del cartón de jugo, y se encamina hacia la laptop. Se deja caer en la silla con abandono.

   -Ahhh… -se le escapa con sorpresa. Ha hecho eso un millón de veces, ese año, sin esos resultados. Al caer sobre el asiento su culo pareció enviar una oleada a todas sus entrañas. No era desagradable, pero si inquietante.

   Resistiendo el impulso de refregar el trasero del mueble, intenta encontrar la página de Fuckuyama. Nada. Busca sobre problemas de supositorios y próstata y entra, invariablemente, en páginas de sexo gay. Frustrado se dice que tendrá que hablar con alguien. La cara le arde de vergüenza, ¿buscar un médico? El marido de su hermana, el urólogo… ¡Dios! La llama y se auto invitará a cenar. Metiéndose en el baño, el agua templada recorriendo su atractivo cuerpo, piensa en cómo plantear el asunto del supositorio, lo sentido y lo ocurrido en el gimnasio… ocultando muchos de los datos. Intenta buscar un giro que le favorezca, que no le deje quedar tan mal pero que el problema sea evidente. No iba a contarle un poco de vainas al coñe’e madre ese para no recibir respuesta acertada.

   Cavilando, la mano llena de espuma y gel, la mete entre sus nalgas, frotándose vigorosamente la peluda raja del culo como hace siempre. No es consciente, no cabalmente, del temblor de su capullo, la manera que pulsa y titila.

   Parece abrírsele como una boquita y el dedo, todo él, se hunde con suma facilidad…

CONTINÚA … 9

Julio César.

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