AMA DE CASA… 3

AMA DE CASA                         … 2

Por Leroy G.

velludo-y-sexy-tio

   Todo un macho… en apuros.

……

   -Estoy perfectamente. –fue tajante, abriendo la puerta y cerrándola de golpe. Molesto.

   Sintiéndose irritado consigo mismo, cruza la desierta sala hacia la cocina, donde toma agua. Luego se asoma al balcón, sintiendo la brisa de la tarde, intentando concentrarse en Ligia, pero al cerrar los ojos veía ese culo en shorts blancos con la silueta de la tanga. ¡Ese maricón!, gruñe entre dientes, frustrado. El güevo le palpita contra el pantalón. Duro, con ganas de… algo. Como un apretado y pequeño culo que lo masajeara y exprimiera en su vaivén hasta hacerle estallar en semen. ¡No! ¡No! Un culo de tío, no; se reprende, abriendo los ojos, angustiado. La tenía tan dura bajo el pantalón que le dolía realmente. Y ese joven fuerte, grande, machista y algo homófobo se agita por la idea, que quiere le resulte asquerosa, pero con lo duro que la tiene piensa que agradecería hasta la boca de uno de los maricones esos del taller.

   Hirviendo de rabia toma una larga, muy larga ducha con agua especialmente fría. Su cuerpo bonito y musculoso, cubierto de gotitas, se apoya contra las baldosas cuando, deliberadamente, deja que el potente chorro caiga sobre sus genitas, sobre ese tolete duro que no se baja. Cierra los ojos e intenta concentrarse en cualquier cosa, pero sólo ve manos que se lo tocan, bocas que le recorren la verga. Ve culos ofreciéndosele, a veces lisos como el de Ligia, que pronto se vuelve uno peludo de tío una vez lo ha penetrado, y de donde no puede o no quiere sacarla. Eso le agita. Casi trinando se medio mece tomando el asunto en sus manos, su tolete duro, masturbándose arriba y abajo, el puño recorriéndolo, dispuesto a soltar una buena carga de leche y dejarlo todo en el pasado. Pero la confusión de las ideas no le deja, de alguna manera, concentrarse se le imposibilita, y los minutos se alargan y sigue cascándosela sin que nada se resuelva.

   Lanza un grito animal, rabioso.

   Secándose con un pequeño paño, envuelto su apuesto cuerpo únicamente por una toalla en la  cintura, sale del baño. El tolete le forma una buena carpa contra la algo áspera tela. Así, sin vestirse más, va al dormitorio. Olvidada la cena arroja la toalla y enciende su laptop, buscando pornografía, mucha pornografía. Hay chicas tetonas y hermosas, algunas con rostro de gozo mientras acarician sus vaginas. Se da y se da, sobre el colchón inflable, sin que nada ocurra. No llega el liberador orgasmo. Su frustración e impaciencia crecen, tanta que se sobresalta cuando le parece, en alguna parte, escuchar una risita. Confuso, medio recostado, con el güevo en la mano, recorre el lugar con la vista, no hay nada. Pero la laptop parpadea, y el rostro de una bella, angelical y emocionada catira llena la pantalla. La chica tiene su boca exageradamente abierta sobre una enorme verga erecta que la llena, mientras otras tres, de otros tantos tíos, parecen flotar alrededor de su bello rostro. Son vergas inmensas, blancas, cobriza una, negra otra. Vergas que… Su tolete sufre un espasmo, muchos líquidos escapan y bañan sus dedos. La respuesta le asusta y se suelta, cerrando la laptop de golpe y poniéndose de pie de un salto, lanzándole una patada a un morral olvidado.

   -¡Maldita sea el coño’e la madre! –ruge fuerte, con ganas.

   El estallido le provoca algo de alivio, no sexual, claro, el tolete sigue erecto, bamboleándose en la nada, sufriendo pulsadas, botando sus jugos. Sale del cuarto, rascándose ferozmente la cabeza, bañándolo todo con sus líquidos. La frustración casi le hacía gritar. Y lo hace, cierra los ojos y con el cuello hinchado y tenso lanza un alarido feroz. El timbre de la puerta casi le hace pegar un bote. Desconcertándole.

   -Vecino, ¿está bien? Escuché gritos y… -era el tipo ese. Traga, sintiéndose de pronto abatido, inconforme. Frustrado.

   -Estoy bien, yo… eh… tropecé con la pata de una silla.

   -¿Seguro? ¿No quiere que llame a alguien?

   ¿Por un dedo golpeado?, se pregunta rodando los ojos. Ese maricón como que buscaba… El tolete le pulsa, mucho, latiéndole con unas ganas desesperantes.

   -No, eh… estoy bien.

   -¿En serio? –todavía insiste el sujeto, provocándole ganas de gritar otra vez.- Se veía algo alterado cuando llegó. Si tiene un problema, si recibió una mala noticia… no haga nada mientras esté furioso o deprimido, ¿eh? –le desconcierta, ¿acaso le creía suicida o algo así?

   -¡Estoy bien! –ladra regresando a la habitación y tomando la caída toalla, cubriéndose. Imaginaba en dónde terminaría todo, abriendo la puerta y encarándole.

   -Pero… -inicia el otro cuando abre la puerta, ocultándose un tanto tras la madera, erecto como estaba no iba a mostrársela.

   -¡No pasa nada! –suena irritado, molesto, impaciente y desconsiderado. El otro lo estudia, claro, recorriendo desde sus anchos hombros a su fuerte brazo, pasando al torso levemente velludo, musculoso. Y la toalla… alzada. La sonrisa le enferma.

   -¿Luchando contra sus demonios? Ya veo.

   -Oye, amigo, no necesito… -quiere cerrar la puerta, regresar a la cama e intentarlo otra vez. O echarse adormir esperando que todo, de alguna manera, se resolviera.

   -Creo que necesita una mano con ese asunto. –le interrumpe el otro, más menudo, color oscuro, sonriendo divertido, alargando una mano y atrapándosela, apretándole el tolete sobre la toalla.

   -¡Oye, no! –exclama sorprendido y horrorizado, ¡un tipo estaba agarrándole el güevo en la puerta de su apartamento! Va a retirarse pero… su tolete pulsa con ganas, con fuerza, soltando sus jugos y bañando la toalla.

   -¡Guao! –exclama el muchacho, sorprendido por el entusiasta recibimiento.

   -No, no, déjame, yo… -azorado, rojo de cara alza las manos, como para alejar la situación. Las baja para apartarle la mano de su güevo, pero no le toca.

   -Vamos, estás en un apuro, en un duro aprieto. –bromea, masajeándole suavemente de adelante atrás, allí, en plena puerta.

   -¡No! –croa asustado dándole un fuerte empujón por el flaco torso, casi derribándole. Cerrando la puerta jadea contra la madera, temblando, débil y caliente, asqueado y excitado. Su verga, al descubierto cuando la toalla cae, parece quejarse.

   Hirviendo literalmente de frustración, entre el deseo sexual que no discrimina y sus reparos como hombre heterosexual, se dirige nuevamente al cuarto. Con disgusto cae sobre el colchón, la verga erecta golpeándole sobre el abdomen, en dirección a su ombligo. Conecta la televisión e intenta adormilarse, despejarse por un rato. Le cuesta, no puede apagar su mente, sólo piensa en una cosa, solo una desea: sexo. Traga en seco, ojos cerrados, le parece que la temperatura aumenta, que su cuerpo se baña de transpiración y que hay un olorcillo como a duraznos, algo que debía ser grato pero en el fondo se percibía algo más, algo que le hizo pensar en hospitales. En enfermedad. Sin embargo, va a modorrándose, adormilándose. Abre los ojos y parpadea pesadamente, notándose algo mareado. No sabe qué o cómo ocurrió, pero en la pantalla de su televisión hay porno, del duro, de una bonita mujer que es culeada rudo por tres tipos que la tienen en cuatro sobre una mesita y se turnan para clavársela duro por el pequeño anal.

   La escena, los gemidos de ella, las risas burlonas de los hombres al tener en sus manos a semejante puta, todo le pone el tolete más tieso… y jugoso. De su glande manan espesas gotas que cualquier marica desearía tomarse mientras aliviaba la presión. La idea le llega, pero frunce el ceño. ¿Acaso lo escuchó? Mira, de manera incierta, en todas direcciones, pero está solo. Se lleva una mano al güevo y lo aprieta, recibiendo ese rico calambrazo de lujuria. La escena cambia, un impresionante güevo blanco rojizo, surcado de muchos vasos, se entierra con fuerza en unos labios abiertos al máximo, de donde escapa algo de saliva, ruidosas chupadas y algunos jadeos… en un tono que no desentona con la leve sombra de bigote rasurado. ¡Era un tío comiéndose con muchas ganas un güevo!

   Apretando los dientes, rechinándolos, se deja caer de espaldas, la faltaban fuerzas para tomar el control un poco más allá y apagarlo. Cerrando los ojos, escucha perfectamente las chupadas, los jadeos del maricón, las órdenes autoritarias del macho que le somete a su verga. Y su mente divaga mientras se masturba prácticamente contra su deseo. El tolete le responde con espasmos deliciosos.

   Con los ojos cerrados se imagina en la puerta de su apartamento, la toalla en el suelo, gloriosamente desnudo y al vecino mariconcito chupándosela como hacía el de la película, moviendo sus labios con ganas. Cubriéndole el güevo mientras lo succiona, le daba lengüetazos y lo apretaba con sus mejillas. No quiere, intenta alejar esa imagen y sustituirla con el de alguna tía, pero no puede. El olor a durazno, a esos duraznos que intentaban ocultar un olor a problemas, se intensifica y su tolete derrama un mar de líquidos pre eyaculares que le mojan los dedos, quedando nadando en endorfinas y perdido de ganas.

   Cerró los ojos con más fuerza, intentando alejar de su mente aquella imagen, el deseo de sus carnes, pero este no hizo más que volverse más intenso. Luchó por evocar imágenes de mujeres, de tías, no la de ese tipito al que veía soltando su tolete que se bamboleaba como una lanza mojada de saliva, y que sacando la lengua se lo recorre desde las bolas a la punta. Clavándole los ojos con deseo y sumisión, el mariconcito recorre su tranca muy lentamente, demostrándole cuánto le gusta chupar así un güevo de macho. Cada intento de alejar esa imagen atornilla en su mente la lujuria.

   Con un vozarrón fuerte, de macho, le gruñía a ese carajo, en la puerta de su apartamento, que se tragara su verga como deseaba. Y a cada “trágatela toda, cabrón”, “cométela hasta los huevos, maricón”, dichos con insolente burla y desprecio, ese mariconcito gemía con el de la película, notándose que disfrutaba ser tratado así. Su boca, de la que manaba saliva espesa y gemidos, subía y bajaba sobre su tolete con un hambre que le excitaba. Sobre el colchón, Gregorio se arquea, sintiéndose tan cerca de terminar con esa calentura que se obsesiona más. El vecino la tragaría toda, hasta la base, resollándole en los pelos púbicos, congestionado de cara, ahogado, y lo retendría allí con una mano, riendo, tan sólo para verlo sometiéndosele. Le dejaría retirarse un poco, para que respirara, para verle más de esa hambre en los ojos.

   -Haz como les gusta a los hombres a quienes les mamas el güevo. –le diría en voz alta, sin importarle que estuviera de cara al pasillo.

   Y gruñe en esa sucia fantasía como hace sobre la cama cuando “ve” al vecino lengüetear sobre su glande blanco rojizo, dejándolo empapado de espesa baba mientras daba golpecitos al ojete. Y allí chillaría como los maricas hacen (piensa), al encontrar sus jugos pre eyaculares, que atraparía y de los cuales tomaría como un chivito hambriento. Como un buen becerro. Se miran, el macho de pie, sonriente, dejándose mamar, de rodillas el otro, sumiso y entregado, cubriéndole con la boca toda la barra caliente…

   Y aunque no quiere, Gregorio se estremece sobre el colchón, masturbándose sin detenerse, casi disfrutando de esa mamada. La boca iba y venía, golosa, sintiendo las pulsadas, los calorones, los jugos salinos del macho cayendo sobre su lengua.

   De rodillas en ese pasillo, totalmente desnudo y entregado al dios güevo, Gregorio mira al vecino putico mientras le come aquel inesperadamente enorme tolete. Ahora era él quien mamaba. Y succionaba soñando ya con tomar leche espesa y caliente.

CONTINÚA … 4

Julio César.

3 comentarios to “AMA DE CASA… 3”

  1. AMA DE CASA… 3 — TÍOS XXX | gustyman_70 space Says:

    […] a través de AMA DE CASA… 3 — TÍOS XXX […]

  2. Luis Rojas Says:

    Saludos Julio! No abandones esta historia! Llevo días esperando por más de ella! Saludos…

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