COLOMBIA, EL TORTUOSO CAMINO A LA PAZ

FEBRERO EN VENEZUELA

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   Un sueño, un anhelo.

   Aunque había decidido desde hace algún tiempo no hacer comentario tajantes sobre la política interna de ningún otro país que no sea Venezuela, el mundo se extiende mucho más allá de nuestras fronteras, y (cosa que a veces muchos no entienden) siempre conviene estar pendientes cuando algo pasa en la casa de al lado, o en la primera de la esquina del barrio (como el quién puede llegar a ser presidente de Estados Unidos y lo que significaría para los latinos). ¿Imaginan que a una buena cuadra, o que a un lugar medio vivible se mude gente con mañas, como resolverlo todo con pistolas o vendiendo drogas en las aceras recostados de su puerta? Y lo que ocurre actualmente en Colombia si arroja luces y sombras sobre nuestra historia.

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   Antier, lunes 26 de septiembre, en ese territorio ocurrió un hecho histórico, se firmó el fin del conflicto armado. Ante el mundo aparecieron las partes en conflictos, la guerrilla de las FARC aceptando la paz, el gobierno colombiano las condiciones para tal, es un compromiso ineludible. Ya no se pueden echar para atrás. Ayer terminó una de esas últimas escaramuzas de la Guerra Fría, la que nos tocó a nosotros en el continente, la lucha armada para lograr cambios, cuando bajo la bandera del martillo y la oz mucha gente alzó la mano y siguió ese camino. Ocurrió romulo-betancourten Colombia, pasó aquí. Aunque en Venezuela, que venía de pasar una dictadura, la gente no prestó oídos a esos cantos de sirena, al contrario, apoyaban a Rómulo Betancourt cuando los partidos socialistas iban a las empresas y fábricas a pontificar contra la incipiente democracia y el capitalismo. Y aquí fue, en Venezuela, derrotada la insurgencia e invasiones armadas llegadas de Cuba, siendo detenidos famosos militares antillanos. rafael-calderaLlegándose luego, bajo el gobierno de Rafael Caldera, a la llamada “pacificación”, aceptándose que la insurgencia podía hacer vida política, a pesar de lo que habían hecho en los campos y de trabajar para un dictador que ya desde entonces quería ponerle las manos a los recursos venezolanos, rodeándose de una satrapía nacional a la que armó para que le hicieran el trabajo (la gente que fue “perseguida por la democracia, los mercenarios a sueldo de los Castro). Como terminó ocurriendo en la actualidad, pero eso es harina de otro costal. Una solución salomónica el intentar, en los casos posibles, un perdón, un borrón y cuenta nueva. Repito, dónde se pueda. Un país no puede vivir en guerra contra sí mismo, se desgasta, se degrada con los años, como ocurrió con la guerrilla que comenzó con tantas simpatías, y su contraparte, los paramilitares.

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   En estas dos últimas semanas, en el planeta, especialmente en la sede de la Organización de las Naciones Unidas, horror-en-sirialo único buen que ocurrió fue esto, La Paz Colombiana. Las tensiones en todas partes del mundo se han incrementado, no ha habido una sola guerra que se haya impedido o terminado en una década, la guerra siria entró en una fea fase que aleja toda ayuda terrorismo-en-nueva-yorkhumanitaria, por no hablar del fin de semana de horror que Estados Unidos, y especialmente Nueva York, padecieron. Antes de la reunión de la ONU, en esa ciudad, estallaron bombas, hubo atentados y francotiradores, quién sabe en qué terminará todo eso (si fuera gente menos pragmática uno temiera que se lanzaran en brazos de un falso talibán como lo es el señor Trump). Pues bien, Juan Manuel Santos contándole al mundo cómo Colombia se unificaba y ahora todos irían por el mismo camino, fue noches-de-tension-en-nueva-yorkrecibido como una grata llovizna en una sabana quemada. Aunque, la cosa es preocupante, esa gente es organizada, trabajadora, el desastre de la guerrilla no terminó con una oligarquía responsable. Su vieja política expansiva, de no haber contado con ese tumor de la insurgencia, quién sabe dónde habría terminado. Era exitosa y alarmante. Tan sólo el morbo de la guerrilla les hundía las alas y esta ya no existe.

   Quise referirme a esto hace tiempo, cuando pocas semanas atrás, del territorio neogranadino llegó la noticia, el señor Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko, líder histórico de lo que una vez se llamó la insurgencia en Colombia y que luego derivó hacia el terror (uno al que el país le dio la espalda finalmente), decretó un alto categórico al fuego. Ya no eran treguas estratégicas, sino que las FARC bajaban sus armas definitivamente. Ni gobierno ni guerrilleros se enfrentarían más, comenzando un largo y tormentoso tiempo de reconciliación, si se puede, de camino a una sociedad en paz consigo misma. Terminaba, ahora sí, el conflicto interno más largo de todo el continente, un viejo reducto de un mundo bipolar que ya no es, la muerte de una idea: alcanzar el poder y comenzar las transformaciones sociales mediante golpes de estado, empleando la violencia. No más bomba, tropas y ametralladoras, los únicos vehículos posibles para este tipo de intentonas golpistas, por mucho que hablen quienes quieren excusar su violencia y satanizar a otro cuando les dicen que ya estamos hartos ya.

   Aunque con reservas, y algo avergonzado, debo confesar que no puedo apoyar completamente la postura que sobre el tema muestra el señor Álvaro Uribe Vélez, un carajo a quien admiro y respeto. Un hombre que prometió acabar con la guerrilla y la violencia en su país, y casi que lo cumple, dejándoles como les dejó para que Juan Manuel Santos, aunque aflojó negligentemente en la tarea, pudiera coronar el éxito. Pero la paz, que ese morbo termine, está por encima de todo. Colombia es un país estable y sólido a pesar de esos grupos violentos, imagínense a dónde pueden llegar como un sólo pueblo trabajando en metas comunes sin tener que perder el tiempo y recursos con estos sujetos perdidos en el tiempo. Hay mucho resentimiento, fueron muchos los crímenes de la guerrilla, y del brazo contrario que se alzó para enfrentarles cuando muchos sintieron que el estado era narco insurgentemente complaciente (ahí están los tenebrosos días de Ernesto Samper).

   Asesinato de gente inocente cuyo crimen era desear vivir en paz, negarse a secundar la violencia, oponerse a entregar el sudor de sus frentes para mantener a un parasitario grupo delictivo, los secuestros como negocios, el rapto de niños para adoctrinarlos, los collares bombas, las fosas comunes. Y sin embargo la reconciliación hay que comenzarla por algún lugar, como lo hizo España después de Franco, como los irlandeses y los chilenos. Como ocurrió en Venezuela cuando se derrotó a esos militares cubanos y se llamo a compartir el país a la insurgencia armada, que tampoco duro mucho. Ni esa gente quería estar en el monte matando a otros. Al menos no todos.

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   ¿El plebiscito del próximo fin de semana, domingo 2 de octubre?, no diré nada al respecto, es cosa de los colombianos. El gobierno supo amarrar y vender la idea, no fue un “no logramos vencerlos así que negociamos esto y esto para que todo quede en paz”, sino que asociaron directamente la idea del evento comicial con la paz. El plebiscito es la paz. Es una descarada manipulación a la que se han prestado muchos sectores, satanizando de entrada a todo el que no acepta las condiciones (se ha llegado a decir que quien no está de acuerdo, o diga que votará “no”, está contra la paz), pero tal vez fue lo mejor que se pudo negociar. Repito, es asunto de los colombianos. Que vayan con los ojos bien abiertos y no se descuiden, perro que come gallina nunca olvida la maña, y la guerrilla, sus líderes, llevan demasiado tiempo disfrutando de un poder al que es posible que algunos no quieran renunciar, o que busquen otra manera, no legal, de ejercerlo. Pero si, en principio, y aunque me cueste por el señor Uribe Vélez, la paz debe ir primero. Cada vida que se salve de aquí a quien sabe cuándo, es razón más que suficiente. En mi opinión.

   Aquí en Venezuela, mis amigos colombianos eran fervientes revolucionarios chavistas, como que muchos venían de sus coqueteos con el movimiento M19, pero padecer este calvario, constatar por la prensa (nunca lo escondieron) la convivencia del Difunto con los jefes guerrilleros, terminó haciéndoles a ellos lo que el “proceso chavista” le hizo a la revolución cubana en nuestras universidades, donde se les adoraba y ahora se les escupe. Estos amigos odian todo lo que aquí ocurre e idolatran a Álvaro Uribe Vélez, el hombre que enfrentó a los enemigos de Colombia, los internos y externos, y ahora se vuelven contra Santo, su plan y el plebiscito sobre aceptar el plan de paz o no. La frase que se repite es: Santos fue un gran ministro, un pésimo presidente. Y a ellos les digo, sin embargo…

   Aunque cueste y sea doloroso, aunque cause rabia, frustración, depresión y aún llanto en quienes padecieron directamente ese cáncer terrible, Colombia merece amanecer sin temor a una bomba en una plaza, en un oleoducto, sin que secuestren niños, que no se les dispare a nadie más por su forma de pensar o hablar, sin que otra persona aparezca encadenada como a un animal sin dignidad a un árbol o con un collar explosivo en su cuello. Colombia merece que lo que queda del narcotráfico pierda a este aliado armado. La gente merece la paz. Eso sí, vigilen a los actores involucrados.

¿CLINTON? ¿TRUMP?, LOS SIMPSON SE PREOCUPAN

Julio César.

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