BIENVENIDOS A RÍO GRANDE

   Llevo años deseando escribir esto desde que lo vi en Expedientes Secretos X. Lo había comenzado en otro blog, el que me cerraron.

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   El declinante sol de la tarde lanza largas sombras sobre las casas, campos y arboles dentro y fuera del pueblo, tiñéndolo todo de tintes melancólico con sus colores naranja que oscurecían las nubes, cosa que no logra alterar la alegría y gritería de los niños que persiguen el viejo y remendado balón de futbol en aquella calle despejada. Los “dale, dale”, “cúbrelo”, “páralo, muchacho gafo”, no dejaban de escucharse de parte de los animosos y transpirados niños de rostros arrebolados. Las edades varían de nueve a doce años de edad, obligados estos por falta de material acorde a echar mano de los menores para practicar la caimanera. No llevan uniformes, y todos conservan sus camisas, se conocen, todos, de la cuadra, la escuela, la iglesia. Muchos no son amigos, ni cercanos, incluso discutían en los patios del colegio, pero ahora jugaban futbol y todos eran necesarios. Eso explicaba el que Antonio Liscano, con sus siete años, estuviera allí. Alto para su poca edad, deseaba encajar con aquellos niños que le llamaban bebito y culo cagado.

   Se empujan sin ceremonias, meten zancadillas, golpean disimulada y no tan disimuladamente. Y todos parecen necesitar darle un toque técnico a Antonio, quien grita, se queja, pero aguanta al grito de “ya va a llorar, ya va a llorar”. Se esfuerza demasiado por complacer, por cumplir. Por encajar. El balón sube, baja, revota, recibe cabezazos, patadas y disimulados manotazos. Contra una pared, golpea con fuerza, sin importarles mucho el anuncio propagandístico de: “Venezuela saluda a su santidad Juan Pablo II por su visita, ¡por primera vez un Papa en nuestro territorio!”. El rostro sonriente del pontífice recibe los balonazos, cosa por la que han sido reprendidos varias veces. El Papa había causado una enorme impresión cuando les visitara ese comienzo de año.

   -¡Cuidado! –grita en un momento dado Timoteo Zabala, notando como el negro Cruz chuta descuidadamente. Una patada enorme.- ¡No! –ruge colérico, el balón, viejo y todo, era suyo, y este describe un arco pronunciado que se eleve y eleva, cruzando sobre una cerca alta, conformada por tablas, una al lado de las otras, recubiertas con enredaderas.- Coño, mira lo que hiciste. –le encara con furor, peligroso con sus manos en puños, ya que era alto para sus doce años, y por ser hijo de quien era.

   -Se me fue. –se defiende el otro, aunque bastante indolentemente. Era muy frecuente que las peloticas de goma y esos viejos balones tomaran el camino de la villa y jamás reaparecieran. Aunque en este caso…

   Los ocho niños sudorosos, jadeantes y molestos miran la verja.

   -Se acabó el juego. –comenta uno, el gordo Rubén.

   -Podríamos entrar y… -comienza Antonio, silenciándose cuando Timoteo le mira feo, como si acabara de decir una tontería.

  -¿Entrar en la propiedad de la bruja? ¿Quién lo hará? ¿Tú? –es casi grosero, molesto como está.

   La verja es alta, pero entre las tablas hay suficientes aberturas para que se vea lo que hay más allá. Todos, atraídos como por un imán, se acercan y miran. La casa de la vieja bruja. Bruja, así llamaban todos a la dueña de la destartalada vivienda de dos plantas, estrecha pero alta, de colores desvaídos, paredes manchadas de musgo, con ventanas rotas cubiertas con cortinas. La casa de la señora Soledad Contreras, vieja beata de la iglesia que insistía en el uso de la regla para con los chicos que no se aprendían los rezos, a quienes acusaba de no hacer lo suficiente para acercarse a Dios. Apenas entrando en los cincuenta, a esos niños les parecía una anciana, una obesa, alta y desagradable anciana de voz profunda, con su sombra de feo bigote sobre el labio superior, y tres pelos, tres, que adornaban su mandíbula inferior. Era una mujer de mano pesada.

   Los jóvenes ojos buscan en el patio delantero y la vereda que lleva al posterior, indicios del balón, pero es difícil. El monte le ha ganado la partida a la mujer, creciendo y floreando en cada centímetro no cubierto con cemento, tragándose las flores y el césped. Hay un aire de abandono en él, de ser demasiado ancho y basto, de que los matorrales ocultan demasiado de aquel piso, de la vista mientras se intenta ver más lejos. El viento mece las espigas del monte con un siseo seco, duro, como deseando derribar la maleza, la cual se resiste, ocultando lo que hay debajo. La trampa. Ese patio era una trampa peligrosa. Eso piensa Antonio Liscano, imaginativo como es, con un poderoso escalofrío recorriendo su piel. Para él, que ama los buenos cuentos de misterio de su padre, no hay ninguna duda, la mujer era una bruja, su casa estaba embrujada y el patio también.

   -Aquí hay unas tablas sueltas. –anuncia triunfal, el gordo Rubén. Antonio siente un ramalazo de temor intuitivo. Timoteo sonríe.

   -Ve por el balón. –dice.

   Y comienza un “ve tú”, “no, tú”. “Que vaya el negro, que fue quien lo lanzó”. Nadie quiere entrar.

   -Ve tú, Liscano. –ordena, frío, Timoteo, mirando al alto, cobrizo y bonito chico de siete años, quien parpadea con ojos húmedos y traga en seco.

   -¡No!

   -¿Tienes miedo? –le reta.- Creí que eras de los grandes.

   -No tengo miedo, pero… -tiembla violentamente al ser cuestionado, no sabe qué hacer.

   -Gallina, gallina. –comienzan a canturrear, únicamente para mortificarle, seis de los siete niños presente, con crueldad. Timoteo sólo le mira, resentido, duro, entendiendo, intuitivamente, que a veces los silencios y desaires espoleaban más que las palabras.

   -¡Vayan ustedes! –se defiende Antonio casi al borde del llanto ahora, con un enorme puchero.

   -¡Esperen! –grazna alarmado, y asustado, el negro Cruz, mirando sobre la cerca. Todos le imitan.

   La casa sobresale, es alta y feamente descuidada. Ese aire de abandono del patio también la recorre, pero en una de las ventanas del segundo piso, tras las cortinas, distinguen una silueta alta, maciza, que parece vigilarles, quieta, paciente, dejando caer en ese momento la cortina levemente sostenida. Pero sin apartarse de la ventana. Esperando que alguno de ellos entrara a la propiedad.

   -Hey, ¿qué hacen aquí? –brama tras ellos una voz fuerte, que les sobresaltan, obligándoles a volverse para encontrar al dueño del taller mecánico de la esquina, quien los mira con desconfianza.- ¡Busquen oficio o llamaré a sus padres! –trona.

   Como puestos de acuerdo, todos corren y se alejan. Les falta malicia para hacerlo gritándole “bruja” a la mujer en la ventana, o “métete en tus asuntos”, al obeso hombre de la camisa ajustada que dejaba ver su ombligo velludo. Era mejor evitar problemas con los adultos, y especialmente con la bruja. Evitarla a ella, su fea casa y su patio umbrío. Y habría sido lo mejor, que allí terminara el asunto, pero a veces la suerte quedaba echada desde mucho antes de que un niño saliera una mañana cualquiera de su casa.

   Corren y no notan como el obeso y desagradable hombre de cara congestionada y ojillos porcinos fija la mirada en uno de ellos, el más chico, el bonitico y tierno. El más vulnerable.

……

   La misma noche que un imprudente niño corría hacia su destino, un viejo vehículo se internaba por los desiertos y oscuros llanos orientales. Era una van, el vehículo preferido por las sectas y los depredadores sexuales. Pero, en este caso, transporta a un grupo de cinco jóvenes actores. Mientras en la parte posterior tres de ellos cantan acompañados por un no mal del todo rasgueo de guitarra, aliñado el ambiente con uno porro compartido y que provoca la hilaridad de las dos bonitas jóvenes que acompañan al guitarrista, en el asiento delantero iba Mayra Lezama, una hermosa joven de cabellos castaños, labios llenos y buenas curvas como se adivinaba bajo el feo y algo suelto vestido blanco. Del lado del copiloto, la joven no sonríe, mucho menos ríe. Inquieta fija los ojos en la carretera desierta. Sería tan fácil sufrir un percance, la batería agotada o una perforación en el radiador, y quedar varados sin que nadie les ayudara. Nadie pasaría hasta el día siguiente. Si acaso. Por no hablar de un accidente real. Tragando se esfuerza por alejar las imágenes de la van volando de lado, descarrilándose y rodando en la suave pendiente que adivina en las sombras. Todos heridos, lastimados, asustados. Sin ayuda.

   -¿Estás bien? Vas muy callada. –la voz a su lado le sobresalta, pero sonríe.

   -Estoy bien. Es… -no encuentra palabras.

   -¿Nostalgia por el regreso al hogar? –le pregunta el otro, con una bonita sonrisa.

   -Ni por casualidad. –es la réplica algo fría, volviendo los ojos a la ventanilla cuyo cristal mantiene arriba a pesar de lo cálido de la noche. Agradece que el atractivo chico, y compañero de actuación, ese que le provoca escalofríos de emoción, guarde silencio. No sabía qué otra cosa decir.

   En esa noche oscura (intuye que pronto lloverá), muchos peligros los asechaban. Pero es algo que tampoco puede compartir. No lo entenderían. No era corriente que una joven de apenas dieciocho años sintiera ese temor fatalista, la certeza de las calamidades, pero así era. A su edad, la bonita muchacha sabía que las desgracias podían ocurrir. Un mal giro en el camino y todo acababa en llanto, en gritos de acusaciones, en un odio momentáneamente demencial brillando en los ojos de un ser amado. Se podía intentar, pretender, luego, que nada había ocurrido, pero siempre estaba allí el recuerdo del odio. Como los monstruos. Una vez uno se cruzó en la vida de su familia, un ser horrible y malvado había surgido de las sombras y había vuelto a ellas robándoles la alegría. Destruyéndoles. Erizada de pies a cabeza se estremece y se abrasa a sí misma.

   Odia regresar. Odia ese pueblo de mierda.

……

   Los relámpagos anuncian tempestad, no siempre, pero en esta ocasión sí. El niño había cenado con su familia; con su hermanita menor había luchado con el papá sobre el sofá; este, riendo los venció a fuerzas de cosquillas. Se quejó como cada noche, a las ocho y media, cuando su mamá anunció la hora de dormir, pero había que ir. En eso era inflexible. Como con las oraciones. Sobre su cama, el niño de siete años, alto para su edad, espera en medio de las sombras. No les temía especialmente. Su padre le contaba cuentos de miedo, pero siempre le aclaraba que eran eso, historias, que los monstros no existían, que jamás temiera a la noche. Que se cuidara de los vivos. Aunque a veces se sintiera miedo, creía entender que era su imaginación, que nada era real. Espera y oye la puerta del cuarto de sus padres cerrarse. Su mama reía con aquella entonación divertida de cuando su padre contaba un chiste grosero. Eran felices cuando se retiraban juntos a descansar. Espera y mira hacia la ventana, el cristal abajo. Un relámpago le recuerda que pronto llovería. Debía darse prisa. Mete la mano bajo la almohada y encuentra la linterna de su padre.

   La calle, solitaria, está pobremente iluminada por las farolas, el cielo nublado empeoraba todo. Si llueve, que llovería, lo haría con viento. Por un segundo, Antonio Liscano se detuvo, frío, aferrando la linterna con sus pequeñas y gráciles manos, los ojos castaños muy abiertos. Lo que veía de la casa de la bruja estaba oscuro, quieto de una manera ominosa. No conocía la palabra, pero sintió que la vivienda era peligrosa de alguna manera. Traga y va al lado de la cerca donde sabe que las tablas se separan. Lo hace y el oscuro hueco parece simplemente un agujero sin nada más, sólo hay negrura del otro lado. Tiembla de miedo, lo reconoce algo avergonzado, pero las palabras de Timoteo regresan para espolearle, para herirle. El quería ser amigo de ellos, de Timoteo, no que le llamaran niño llorón. Las palabras de su padre también le llegan, que no tema a lo oscuro, que no había monstruos.

   Armándose de valor cruza, con ese último pensamiento en su mente para infundirse valor. No podía concebir a sus pocos años que su padre pudiera estar equivocado. El patrio parece aún más oscuro y amplio, le parece que está en un páramo infinito, una llanura sin fin, donde la maleza le llega casi a la cintura, agitándose con la brisa. ¿Cómo iba a encontrar nada allí? Busca por unos minutos, llenándose de agitación. Ya se imagina apareciendo al otro día con el balón en la mano, con una enorme sonrisa donde se notarían los dos dientes que le faltan, todos aclamándole; pero, por otro lado, se desespera, cada segundo le parecía una eternidad. Revisa los matorrales y no lo encuentra… mientras se acerca al lúgubre porche de la oscura casa. Tiembla de manera convulsa. Ojalá la bruja esté muy lejos. El rayo de la linterna va diligentemente de aquí para allá pero el éxito no llega. De pronto nota una mayor claridad en el patio, alza la vista y la luna, azulada, llena, deja colar su luz entre las negras nubes. Es cuando lo ve. Entre la cerca que colinda con otra propiedad, hay un pasillo de jardín, de matorrales, que ladea la casa. Allí estaba el esférico, casi parecía que un rayo de luna lo iluminara especialmente, haciéndole sonreír, guiándole. Pasa al lado de la casa intentando no pensar en ella. Y la luna queda cubierta otra vez. El resplandor termina y el viento parece agitarse con más fuerza.

   Corre los pocos pasos que los separan y lo toma, apretándolo contra su agitado pecho, sintiendo toda la felicidad del mundo. ¡Mañana sería el gran héroe! Timoteo… Se vuelve y se congela, los ojos levemente desorbitados. Dentro de la casa se encendió una luz que ilumina una ventana del primer piso, del lado del corredor, y nota una figura tras ella y las cortinas. Alta y maciza. El chico lanza un jadeo de infantil horror, su corazón latiendo con tanta fuerza que se marea por un segundo. Estaba en ese pasillo de jardín que llevaba por detrás a un patio trasero que se veía aún más amplio, y por delante, donde estaba el hueco en la cerca, esa luz parecía cortarle la huida. Tiembla preguntándose si la mujer le ha visto. Apaga la linterna y vigilando ventana y figura se mueve cautelosamente despacio, lo  más cercano de la verja que separa las propiedades. No podía permitir que lo viera, que ella supiera que estaba allí o… No sabe qué, porque no puede o no quiere pensar en ello. Como no puede apartar la vista de esa imagen quieta, la cual, sin embargo, parece seguirle mientras se mueve dentro del jardín, aferrando el balón y la linterna.

   -Hola, pequeño amigo, ¿has venido a verme? Que agradable. –la cascada voz, cruel como un viento capaz de derribar árboles, le llega sorpresivamente a sus espaldas.

   El chico grita infantilmente, volviéndose, no sabiendo qué encontrará, qué le dirá a quien quiera que estuviera allí, al tiempo que la ilumina con la linterna. Y grita otra vez, voz horriblemente aguda cuando los delgados y desusadamente largos brazos se tienden hacia él, como intentando darle un abrazo, unos dedos de uñas largas agitándose como llamándole mientras esa voz cruel y chirriante se deja escuchar nuevamente en una carcajada terrible, la de todas las pesadillas donde se sabe que uno morirá. Pero es el rostro… Cuando la linterna lo enfoca, el erizado y lloroso niño sabe que los monstruos si existen, y que está frente a uno. Abre su boca y grita de manera desesperada, el tronar de “mamá”, se deja escuchar. Toda una corta vida de oraciones y catecismo lo alcanza, el diablo había aparecido para llevarle al infierno, y estaba solo frente a él y nadie podría ayudarle.

   Sin embargo se vuelve, mirando la ventana iluminada, sin la figura en ella; corre soltando la linterna y el balón, gritando de manera aguda, como una sirena policial, sintiendo el dolor en su garganta, sabiendo que llora y babea mientras cruza la maleza. Alta, para ocultar sus secretos. Sus trampas. Tropieza de algo, una rama, una raíz (¿otro monstruo?) y cae cuan largo es, amortiguado todo por la vegetación, pero sabiendo que… No, no quiere pensar. Patalea mientras grita, para ponerse de pie, para correr hacia la no muy lejana abertura que adivina más adelante porque dejó las tablas separadas. Estaba cerca, pero se había caído y…

   Su grito resuena agónico en la noche cuando siente que una mano de dedos largos se cierra alrededor de uno de sus tobillos, con fuerza, hiriéndole de manera intensa, las uñas arañándole la piel y el pantalón kaki, el puño cerrándose casi hasta apretarle los huesos unos contra los otros.

   ¡Le tenía! ¡El monstruo le había atrapado!

CONTINÚA … 2

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: