RELATOS CONEXOS… 10

RELATOS CONEXOS                         … 9

UN  LARGO  VERANO… 3

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   -¿Ir? No voy a ninguna parte. –gruñe molesto, y no lo finge, le irrita el haberse perdido así pensando en lo que podría intentar el mariconcito ese de Sergio.- Vamos, a trabajar, señores, hay que ganársela paga del día. –intenta sonar como siempre, pero está muy rojo de cara.

   Evitar mirar a los presentes. Casi teme que alguno piense que… iba a seguir al culón ese, o que estaba celoso, o algo así. Bien, ¿a quién coño debía importarle su vida?, especialmente cuando no haría nada para complicársela. Por comodidad, o cobardía, había decidido hace tiempo el rumbo a seguir. Nada le haría arriesgar la herencia, su puesto, su lugar en la vida. No abandonaría esa meta aunque no resultara satisfactoria o… No, no debía pensar en derrotas, sino en éxitos.

   Pasó la hora siguiente llevando un sol implacable sobre su tórax desnudo mientras clavaban unos postes para otra alambrada; pero continuaba de malhumor a pesar de lo mucho que intentaba racionalizar su vida, gritándole a todo el mundo y no encontrando nada bien hecho. No podía dejar de pensar… ¡El maldito culón ese!

   ¡No lo aguanto más!, se dijo, arrojando con disgusto la pequeña mandarria que usaba. Con paso rápido, tomando una franela azulada de un poste, fue hacia el garaje de la vivienda. Imágenes sensuales y perversas cruzaban su mente, donde dos hombres se abrazaban, desnudos sobre la grama, sudando, uniendo sus lenguas en apasionados y mordelones besos, gimiendo cada uno, soñando con lo que vendría luego, con jadeos de éxtasis anticipado.

   Encontrando la camioneta de Gregorio, entró, sin ponerse la camisa, arrancando a toda máquina. Sentía que cada minuto contaba, y que algo horrible e inimaginable (“¡hummm, cógeme…!”, gemía el puto ese) podía ocurrir si no llegaba a tiempo. ¡Maldito y sensual Sergio! Como una tormenta llegando a La Florida, entró en la propiedad del vecino, casi atropellando a las viejas  y flacas gallinas. ¿Cómo podía tenerlas fuera de un corral, con tanta gente que quería comer sin trabajar por allí, asechando las buenas tierras, ya trabajadas y con viviendas para invadirlas según la revolucionaria filosofía del hombre nuevo? ¡O con los maizales tan cerca!, este tipo era un imbécil.

   Repara en que el Jeep está detenido cerca del gallinero, el cual está ¡cerrado! Y una certeza terrible, y dolorosa, se instala en su pecho: allí estaba. Sergio debía… Sin querer pensar más en eso, apretado los labios y los puños, se dirige al vetusto edificio, poniéndose la franela, reparando en dos samanes enormes que daban una buena sombra, más allá, cerca del lugar donde la quebrada formaba un pozo, que él sabía era de agua dulce y fresca. Esa tierra era buena, al abuelo se le había pasado la mano cuando la regaló. Bueno, tal vez no tanto, reconoce con algo de pesar, incómodo al sentirse mezquino. Pero no era hora de ablandarse; y pensar en eso, lo hace imaginar lo “duro”, y eso tampoco le gusta.

   Cegado por una rabia que no sabría explicar jamás, ya que ningún derecho tenía, Roberto pensó en patear la puerta del gallinero. Ah, no, no iba a darle tiempo al mariconcete ese a esconderse (e imaginarlo desnudo, en otros brazos, con otras manos recorriéndolo con pasión, lo hacía trinar de arrechera). Abre con sigilo, recibiendo un vaho oscuro. El gallinero era apenas algo más que un tarantín de madera, zinc y hasta cartón piedra (como algunos ranchos, donde la gente tenía, sin embargo, celular y parabólica, regodeándose en su marginalidad). Olía a las aves de corral, a alimento podrido, y a mierda de las gallináceas. Recorre el lugar con la mirada, buscando algo (a dos carajos abrazados y amándose; el mariconcete ese, al que le dolería ver así), acostumbrándose poco a poco a la relativa oscuridad del recinto. Ya, iba a encontrarlo mamando, o siendo cogido, y le gritaría ¡maricón de mierda, maldito sucio!

   Y si, frente a una cuadrada ventana, abierta totalmente, sin una reja siquiera (¿cómo no se escapaban las tontas gallinas?) estaba él, desnudo…

   ¡Totalmente desnudo!, mirando algo por esa ventana (¡maricón!, se dice Roberto, temblando), masturbándose fieramente al agitar su mano derecha contra su pelvis. Tan joven, musculoso y atractivo, ese culo… Roberto fue acercándosele sigilosamente. Detalla sus nalgas plenas y jóvenes, redondas; la boca se le seca y las manos le pican por las ganas de atraparlas, apretándolas, para finalmente meter dos dedos entre ellas, acariciando esa raja que debía estar calentita. Medio ladeándose, acercándosele desde atrás, pero alejándose hacia el lado derecho, lo va cercando. Le mira el tolete erecto, sobado por esa mano acariciante. Lo ve agitado, concentrado en lo que hace (¿quién coño se desvestía totalmente para masturbarse?), con el labio superior perlado de sudor. Sin hacer ningún ruido, intrigado y molesto todavía, pero resistiendo la tentación de saltarle encima y arrojarlo sobre los sacos llenos de maíz almacenados ahí, Roberto mira por la ventana; ¿qué coño veía con tanta fascinación? Y la vaina fue un shock, que le molestó grandemente.

   -¡Maricón de mierda!, ya sabía que no eras más que un grandísimo recontramaricón. -grita feamente, realmente ofendido, traicionado (aunque eso no lo reconocería jamás ante nadie).

   -¡Ahhh…! -chilla el carajo, atrapado en tan mala hora, sintiendo un calambre en el tolete, enredándose con los pies y cayendo de culo, desnudo, sobre unos sacos de maíz apilados, desparramado.

   -¿Te estabas haciendo la paja mirando a ese carajo? –Roberto le grita rojo de rabia, acusándole con la mente nublada, incapaz de pensar en algo lo suficientemente feo qué decirle.

   -No… No es lo que tú crees… -jadea, con los ojos muy abiertos, asustado de haber sido sorprendido así, masturbándose mirando a otro carajo. ¡Todos iban a saberlo y estaría jodido!

   -“No… No es lo que tú crees…”. -repite, entre molesto y burlón, Roberto; sentía la mente caliente, pero en medio de todo, veía una pequeña luz.

   -Roberto, por favor… no se lo cuentes a nadie… -pide realmente angustiado el otro, con el tolete encogiéndosele entre las piernas, echado sobre los sacos. Roberto respira con pesadez, mirándole fijamente, llenando su mente y sus sentidos con la imagen de ese joven hombre desnudo, sintiendo el güevo ardiéndole dentro del muy ajustado jeans.

   -Tendrás que pagarme… y caro. -le ruge, bajito, con una mueca terriblemente cruel.

   -¿Qué…? Sabes que no tengo nada que…

   Pero calla, sorprendido, cuando Roberto echa sus manos hacia atrás, agarrándose la gruesa franela y halándola, quitándose, mostrando su torso musculoso, finamente velludo, y su panza plana; lo mira quitarse las botas con golpes vehementes. Finalmente el pantalón vuela. Lo ve quedarse con su bóxer rojo, que mostraba una erección granítica. Y el joven sobre los sacos, con la boca abierta y el cabello sobre la frente, mira esa tranca voluminosa tras el bóxer, y ese cuerpo musculoso y viril frente, y sobre, él.

   -Me vas a pagar con el culo, Toñito. -le ruge ronco, con los ojos brillantes de lujuria, cayendo sobre Antonio Pavón, ese odiado vecino de toda su vida.

   Tomado por sorpresa cuando ese carajo se le arroja encima, Antonio cae de espalda sobre los sacos de granos, algo no muy cómodo, y queda prensado por el cuerpo del otro, que lo aplasta, lo inmoviliza y arropa. Era pesado, caliente y vital, y su piel era recia pero suave… y Antonio, quien se masturbaba viendo a Sergio nadando en la quebrada, con una tanguita blanca mínima, que se le metía entre las nalgas, abrió los brazos recibiéndole, aceptándolo. Los dos carajos se encontraron uno con el otro, y la boca grande y cálida de Roberto, cubrió y aplastó la de Antonio, quien pela los ojos. Nunca lo habían asaltado así, ni besado, pero su cuerpo se calentó y se frotó del de Roberto. Su lengua aceptó la del señorito de la hacienda, que lo lamió, mamó y chupó todo, con sonidos de succión y de aggg, cuando las lenguas luchaban, tragando cada uno la saliva y el aliento del otro. Sus cuerpos estaban calientes, eran sólidos, musculosos y jóvenes, y se frotaban sin cesar uno del otro, mientras las manos tocaban y recorrían como necesitadas de sentir.

   Roberto era plenamente consciente de la erección de Antonio, y Antonio de la suya, ambos güevos muy cercanos a pesar del bóxer de uno, a veces rozándose entre sí, entre sus panzas, despertaba unas oleadas de lujuria increíbles. Se besaron y besaron durante largos minutos, ahora lenta y profundamente, casi con sentimientos, saciando una vieja urgencia, una necesidad no resuelta, que hablaba de años perdidos, añorados y no afrontados. De un deseo no satisfecho entre ellos.

   Las manos cálidas y callosas de Antonio recorrían y sobaba la espaldota de Roberto, lentamente, deleitándose en tener al alcance lo que tanto había esperado, y mientras lo hace gime con los ojos cerrados, agitándose y meciéndose de pies a cabeza para rozarse mejor con ese machote que lo enloquecía con sus besos lengüeteados, mordelones y salivosos, porque sí, el señorito de la hacienda tomaba el control, exigía lo suyo. Cuando sus manos llegaron a esas duras nalgas sobre el bóxer, apretándolas, clavando los dedos en ellas, los dos sintieron que iban a morirse de gusto y de lujuria. Buscando aire, Roberto dejó la dulce y fresca boca, pasándose la lengua por los labios, saboreando la saliva del otro, y vio como Antonio gemía largamente, estremeciéndose todo, buscando aire también.

   Las manotas de Roberto bajaron y se metieron entre Antonio y los sacos, apretándole también las nalgas. Y así se miran a los ojos, largamente, jadeantes, totalmente pegados uno al otro, puntos de contacto donde la temperatura subía horriblemente. Roberto baja el rostro con más calma, sonriendo casi amable, viéndose sencillamente hermoso y sus labios atrapan los de Antonio, con suavidad, y sus lenguas volvieron a unirse, con la pasión de todo eso que deseaban y necesitaban.

   Antonio había sido un niño, y luego un joven callado y suave al que le gritaban indio maricón en la escuela. En unos meses durante los cuales su padre no estuvo presente (algunos decían que estaba preso por robarse unos cochinos, otros decían que por cogérselos como a unas putas), un perro mordió a la india reservada y seria que el chico tenía por madre. La mujer silenció eso obstinadamente, aún a su hijo. Día a día, Antonio, el niño, la vio enfermar, empeorar y finalmente morir; nada más y nada menos que de mal de rabia. El abuelo de Roberto, don Noriega como le decían todos, les regaló la tierra donde vivían, según porque había sido él quien metió preso al papá de Antonio. Otros decían que el perro infractor, uno de raza, era suyo, y el viejo no tuvo ánimos para sacrificarlo antes, provocando así la posterior tragedia. Como fuera, la tierra pasó a manos de ellos; pero para Antonio, no fue suficiente. Él extrañaba a la mujer, y lloró mucho durante su sepelio, y los muchachos en la escuela le pusieron un sobrenombre: el llorón. Y Roberto fue uno de los peores. Era grande, bonito, rico, mimado y protegido, era un bendecido, lo tenía todo; y fue uno de los que más se metió con el muchacho. Y Antonio le odió mucho.

   La pareja jadea mirándose intensamente y Roberto se pone de pie, con el bóxer casi metido en el culo y la tranca a punto de reventarlo. Respirando pesadamente, sentándose en los sacos (que picaban un poco en el culo, así era el maíz), Antonio mira hacia arriba ese tolete. Luego a Roberto, como asustado aún, sin saber qué hacer; pero la cálida sonrisa del otro, respirando también con esfuerzo, le da confianza. La mano del joven atrapa a lo ancho el falo, apretándolo duro, sintiéndolo palpitar y quemar contra su palma, y acercando el rostro, roza los labios de esa cabezota que se adivinaba bajo la tela. Cuando pega los labios jadea sintiéndola tibia y vital, llenándolo de ganas. Roberto también jadea largamente, sintiendo unas cosquillas horribles. Esos labios rodean la cabezota, chupándola y lamiéndola con su lengua, ensalivándola, y sintiéndola salobre y dulce. Las manos suben, luego bajan lentamente el bóxer y Antonio sonríe fascinado ante la barra que cae horizontalizada, bamboleándose en el aire frente a sus ojos.

   -Por favor… -pide Roberto, mientras comparten una mirada.

   El otro lo atrapa, cerrando los dedos sobre él, casi provocándole un cortocircuito en el cerebro al señorito de la hacienda, sobándolo, masturbándolo, sintiéndola vital y fuerte. El tolete se ve grande, largo, grueso, rojizo y surcado de venitas. Antonio lo agita frente a sus ojos, totalmente maravillado. Se veía tan apetitoso que… Acercando su rostro frota la cabezota con sus labios húmedos, ensalivándolo, lamiéndolo sutilmente. Y Roberto lo agradece gimiendo. Antonio, ocioso con su nuevo juguete, se golpea los labios y la nariz con él.

   -Cómetelo. -le ordena ronco, el otro. Sus miradas vuelven a cruzarse.

   -¿Y si no quiero hacerlo, señorito? –reta.

CONTINÚA … 11

Julio César.

2 comentarios to “RELATOS CONEXOS… 10”

  1. marcos Says:

    JC!!!! Actualiza esta historia!!! Please!!! Lo necesito!!! No sabia que estaba esta, no la habia visto…

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