LOS CONTROLADORES… 34

LOS CONTROLADORES                         … 33

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Pero mientras llegaba, y por ahora, esos tres hombres, mientras le insultaban llamándole negrito puto y mariconcito, le usaban para darle alivio a sus duros güevos, los cuales, aunque ya se han corrido, no parecían agotarse, no con aquel rico y tierno bocado encontrado en la cocina de aquella casa. Cogerlo, escucharle gritar y gemir, los autoalimentaba. Los toletes salían, en un momento dado de su culo urgido, el cual palpitaba y chupaba necesitado, para azotarle las turgentes nalgas negras, antes de volver a clavársele, metiendo primero la cabecita en forma de nabo y clavándole el resto con un seco golpe de cadera después. Provocándole estremecimientos por la fuerza de la embestida y roncos gemidos de gozo. La cara del chico era una máscara de saliva espesa y jugos, y aún de semen ya regado, cuando con desesperación ahora, mamaba de una verga a la otra, y era azotado también por estas, con dureza. Esos hombres parecían encontrar el mayor de los placeres tomándole, sí, pero también degradándole, humillándole, diciéndole cosas mientras cogían su boca y culo al tiempo que le azotaban con sus güevos.

   -Mira qué sucio, como chupa, parece que quiere más. –gruñía uno, riendo, metiéndosela hasta los pelos por la boca, lanzando un gemido cuando esas mejillas y lengua lo chupaban.

   -¿Te gusta más por el culo o por la boca? –preguntaba el otro, riendo de manera cascada, emocionado por ser parte de la horda (nada como coger así con un amigo), dándole en la frente con su tolete tieso.- Ahora yo. –casi apartó al compañero para enterrarlo entre esos gruesos labios de mamagüevo.

   -Calma, niños, que este negrito tiene para todos. –asegura el hombre que aferra la cintura delgada del muchacho, macheteándole con fuerza el ávido agujero. Sus bolas lo golpean incansablemente, no puede detenerse. Las apretadas que esas entrañas le daban no le dejaban pensar. ¿Sería así cogiendo a todos los maricos?, se preguntaba con vicio. Y es que ideas extrañas cruzaban su mente de hombre maduro, ideas que otro chico, más allá de Petare también consideraba viendo a su primo. Ideas que no parecían suyas, o tal vez sí, pero tan escondidas que nunca consideró siquiera que existieran.

   Mientras coge al muchacho que gime y se estremece, indudablemente amando los güevos en su culo, dado el cómo lo agitaba y llevaba de adelante atrás, atrapando y halando, ordeñando con sus entrañas, el chofer del camión de agua piensa que con tiempo, y la ayuda de sus dos colaboradores, podría terminar convirtiendo a ese muchacho, que seguro eso no lo hacía de diario, en el perfecto mariconcito necesitado de hombres. En un juguete sexual, en una amanerada princesa en busca de reyes calientes. Que los hombres, todos los hombres, gozaran de sus agujeros de putico, como todo macho merecía para desahogar las ganas. La idea, perversa, inflamaba su pecho que sube y baja con esfuerzo mientras mira sus pelos púbicos y su tolete cobrizo claro, entrando y saliendo del negro agujero, provocándole gemidos al muchacho. Si se lo llevaran, él y sus compañeros, podrían cogerlo a gusto durante horas enteras, días completos, empujándole, a fuerza de güevazos en sus entrañas y garganta, a ser cada vez más marica y entregado. Un perfecto regalo para los hombres de verdad. Ese muchacho nació para eso, se notaba en lo mucho que gemía, en lo duro que estaba su verga aún dentro del bóxer (no querían vérselo), mojado de líquidos pre eyaculares. Uno de los chicos le había dado un manotazo cuando intentó masturbarse.

   Y era parte de la tortura de Emilio Nóbregas. Algo se había encendido en sus entrañas y necesitaba de esas tres vergas que, por tunos, se le habían clavado por el culo haciéndole delirar de gusto; porque tiene que reconocerlo muerto de vergüenza, que casi se corría mientras esos hombres lo cogían. Aún mamar güevo ya le gustaba, aunque sospechaba que era por las palabras de los hombres que le dominaban, la manera de tratarlo, de reducirlo a ser sólo dos agujeros ávidos de drenar semen oloroso y caliente. Cierra los ojos mientras succiona de un güevo a otro, esos chicos parecían no desinflamarse, siendo azotado en la cara por el que no mamaba. Su culo era abierto y llenado por la pulsante, gruesa, ardiente y apasionada pieza de un macho que despertaba aún más sus urgencias… y, dejando escapar una lágrima, reconoce que le gusta eso. Era un puto, se dice, para torturarse, pero la definición le pone caliente. Y desespera, porque a pesar de todos esos hombres dándole güevo, llenándole, no alcanzaba el dichoso clímax, el desahogo. Y, por alguna razón, pensó en Tony Moncada. En sus extrañas palabras que… más bien parecían una maldición.

   -Vamos, muchachos, aún tenemos mucho trabajo si queremos dejarlo todo chorreado de esperma de pies a cabeza. –anuncia el chofer, riendo, dándole una fuerte nalgada al chico negro.

   Extrañada, la doctora Elisa de Nóbregas repara en el camión de agua mineral estacionado frente a su casa. Estaciona el auto nuevo y, llaves en mano, se congela al ver la puerta de la calle abierta.  Alarmada entra, silenciosa, temiendo encontrar a un intruso, pero sin haber tenido el sentido común de llamar antes a la policía. Oye unos sonidos ahogados, unos pujidos, y a la extrañeza sigue la confusión. Parecían sonidos de sexo provenientes de la cocina. Por un segundo piensa en su marido con alguna tipita, pero acababa de hablar con él por teléfono. Luego recuerda a Emilio, su joven, guapo y saludable hijo. Oh, mierda, andaba en eso. En sexo con alguna carajita y…

   -Emilio Nóbregas, ¿se puede saber con quién carajo…? –comienza al empujar la puerta, molesta por el abuso de confianza, congelándose al ver a su muchacho, efectivamente allí, ensartado entre dos chicos que le metan dos güevos por el culo mientras mama  a un tercero. El grito de horror que lanza congela a todos los presentes.- Pero, ¿qué coño’e la madre le están haciendo a mi niño, pila de sádicos? ¡Policía! –grita, buscando su teléfono.

……

   Los toques se oyen lejanos, y al joven le cuesta un mundo abrir los ojos, enfocar sus alrededores. Sobresaltado mira hacia la entrada cuando la puerta se abre.

   -Cariño, ¿estás bien? Llevo rato llamándote. –hay preocupación en el tono.

   Dios, ¿quién es esa mujer?, por un segundo, mientras se sienta en la cama de un salto, echándose hacia atrás, no sabe dónde está, o quién es. O ella, reconoce alarmándose. La mira.

   -¿Mamá? Estoy… Dormía. –Tony se oye confuso, mirando la cama, sus manos. Ese cuarto. A esa mujer.

   -¿Seguro? Pareces… -la mujer se muerde el labio inferior.- Cariño, ¿hay algo de lo que debamos hablar? Llevas días actuando… distinto. Y esto, te encierras y duermes siestas, ¿desde cuándo? ¿Está todo bien? –pregunta otra vez, con una palabra dando vueltas en su mente. El joven sonríe y eso casi la alivia, ¡era tan él!

   -No estoy consumiendo drogas, mamá. Es… -bota aire recostando la cabeza de la pared.- Estoy bien. Agarre una arre… una rabieta en el liceo. Gracias por despertarme.

   -Bien. –sonríe aliviada. En partes. ¿Problemas en el liceo? ¿Una arrechera? ¿Encerrarse enfurruñado? Sonaba a cosas del corazón… o de lo que se le levantaba dentro del pantalón. Tal vez por eso la visita.- Alguien te busca.

   -¿Quién? –ha perdido interés.

   -Un compañero de clases, un chico Santana, Rubén Santana. –y la información deja al otro con la boca abierta, moviendo los labios sin emitir sonidos. ¿El idiota ese allí? ¿Qué querría?- ¿Quieres verle o le digo que…?

   -¡Lo veré! –exclama con prisa, poniéndose de pie, pasándose los dedos por el cabello, acomodándolo.

   -Bien, te espera en la sala. -Oh, Dios, si era un problema de esos, se dice la mujer.

   -Mamá, ¿puedes decirle que suba? –pide permiso, sintiendo el corazón acelerado, y sospechaba que no era por rabia hacia el otro como quería pensar.

……

   -¿Lo quieres ver para comprobar si es todo tolete o no? –reta Jóvito, con voz ronca, risueña, algo burlona, mirando a Benito sentado a su lado, respirando sus aromas, llegándole su calor. Este ríe nervioso.

   -¡Maricón! –le acusa, la clásica respuesta, una que hace sonreír torvamente al otro, porque este sabe mejor en qué puede terminar todo.

   -Creí que te daba curiosidad todo esto. –comenta como si nada, cerrando la mano sobre la tela y el tolete, que parece especialmente largo, duro y grueso. O así se lo parece a Benito, quien no puede despegar los ojos; y aún así, presentía algo, un problema. Un peligro.

   -Déjate de vainas y cuéntame, ¿qué fue eso tan increíble que te pasó aquí y que es mejor que ver a una caraja en traje de baño? –pregunta sentado en la cama de su primo Jóvito, dentro del pequeño cuarto, algo oscuro en esa casi noche, en lo más alto de aquel cerro que veía hacia abajo la cara fea de Petare, en el oeste capitalino. Se siente ligeramente inquieto, casi desnudo en bóxer, sentado junto al otro, semi chino también, con una clara y muy evidente erección deformándole el calzoncillo. Una erección que se veía sospechosamente grande en su puño, uno que movía levemente… como masturbándose. Cosa que han hecho antes, con una revista o una película, pero no de esta manera. Había algo nuevo.

   -Cogí culo. –informa, sorprendiéndole.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.- ¡Mentiroso! –acusa sintiéndose levemente ofendido, que el otro la pasara de manera interesante mientras estaba encerrado allí no era justo.

   -Cogí culo. –reitera con una sonrisa torcida, cerca del rostro del otro, notando como se estremece.- Metí mi güevo en un agujerito cerrado, chiquito, que me lo apretó duro y sabroso mientras se lo enterraba y sacaba. Adentro y afuera, primo. Me lo exprimía. –se medio muerde la lengua con lascivia.

   -Pero, ¿por el culo? Parece sucio y… -Benito respira pesadamente.

   -Fue rico, era caliente, apretado y suave, mejor que una mano, eso sí. La metía y la metía y los gritos de puta se le escapaban, porque con mi güevo le hacía gozar. Con esto. –y agita el puño sobre el bóxer, nuevamente.

   -¿A quién…? –se agita, quiere saber qué chica se había dejado encular, con la respiración pesada, los ojos bajando a ese tolete grueso que moja un poco el bóxer.

   -Al marico de la grúa.

   -¿Qué? –estalla Benito, incapaz de asimilar aquello.- ¿Te cogiste a un carajo? ¿Se la metiste por el culo lleno de mierda? ¡Qué asco! ¿Que eres, maricón? –reclama.

   -Nada de maricón, lo cogí duro, como un macho, y gritó como puta.

   -¿De qué coño hablas? Siempre nos burlamos de… -intenta recuperarse. No entiende, siempre se han reído de los gay, en todas partes. Especialmente de ese. Especialmente Jóvito. ¿Cómo era que ahora…?- ¿Cómo dejaste que se te acercara? –casi acusa.

   -Me lo rogó. Mucho. Quería desesperadamente que le metiera mi güevo duro y caliente por el culo. –aclara mirándole a los ojos, sobándose más, la silueta del tolete muy visible, atrapando los furtivos vistazos de Benito.- Necesitaba desesperadamente tener un güevo en su culo, llenándolo, latiéndole contra las paredes de las entrañas. Y este lo volvió loco. –termina bajando un poco el bóxer, mostrando un tolete cobrizo claro muy erecto, grueso y largo. Mucho más de lo que Benito, que ya lo ha visto (y jamás le ha impresionado), recuerda. Queda con la boca abierta.

   -Jóvito, guárdate tu vaina. –grazna, ronco, la respiración más agitada.

   -Lo vio y se le mojó el culo, el coño como él le dice a su agujero. –le insiste, atrapando el tolete por su base, agitándolo, goteando, emanando calor y olores a sexo joven.- Lo tocó y… Ahhh, ese carajo cayó rendido. –se le acerca un poco más, respirándole pesado al rostro.- ¿No crees que es bonito? ¿No quieres tocarlo un poco, primo? –se acerca más, Benito es todo ojos, respiración pesada, aire cautivo. Los labios casi se rozan.- ¿No se te moja el coño, primito?

CONTINÚA … 35

Julio César.

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