JUAN MANUEL SANTOS Y EL NOBEL A LA PAZ

ATENTADO, CLINTON, KEIKO, CARIACO Y FUTBOL

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   Ah, ese Santos pa’ sortario…

   El premio Nobel de la Paz, año 2016, ha sido entregado sorpresivamente a Juan Manuel Santos, presidente de la vecina república de Colombia, por sus decididos esfuerzos (realmente decididos, tanto que se le pasó la mano), para lograr un alto total al fuego y la paz en el territorio neogranadino, acabando oficialmente con más de cincuenta años de una irregular guerra civil con las guerrillas de las FARC. Y lo de la sorpresa fue total, no creo que ni el mismo señor Santos pensara que podría resultar electo después del resultado del plebiscito del domingo pasado, y no estando acompañado en esa fórmula por el señor Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenco (a quién carrizo se le ocurrió). Sin embargo, ocurrió.

   Noruega le hace así un guiño de simpatía a un hombre que creyó tener amarrado ya ese acuerdo, como lo pensábamos todos, y que se llevó el baldazo de agua fría dado por un país que quiere paz pero no a cualquier precio. Que se pudo hacer de otra manera, o al menos intentarlo, se sobreentiende ahora cuando llama a todos los que excluyó la primera vez, formando un frente “más amplio”, cosa que antes no hizo. Creo que era la intensión de esa fundación, que el premio le incentive a continuar con la tarea, porque es cierto, al final lo que se desea es que se oficialice la paz.

   Creo que, fuera de toda otra consideración, si, que Juan Manuel Santos lo merece, porque, por fin, puso en marcha, en palabras y acciones, los pasos necesarios para que tal decisión se tomara. Reunirse con sus enemigos alrededor de una mesa y comenzar a proponer un escenario probable donde todos cupieran. Decisión que iba a ser difícil, cuestionada y criticara de cualquier forma, pero más como se hizo, prometiendo el oro y el moro a un grupo para que aceptara desmovilizarse, en una isla presa de una vieja dictadura, identificándose mucho con el devaluado socialismo que como infección partió del siniestro Foro de Sao Paulo y Caracas.

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   Muchos nos preguntábamos por qué hizo las cosas como las hizo. Tal vez porque creyó que todos entrarían por el carril de que “decir que no es decirle si a la guerra”, infortunada campaña en la cual le acompañó buena parte de la prensa colombiana y la internacional. Hay que reconocer la presencia de ánimos para la mitad, al menos del electorado vecino para resistir la desproporcionada presión para que aceptaran algo con lo que no estaban de acuerdo. Siendo mal pensados uno podría decir al señor Santos lo único que le importaba era su legado, la manera en la que sería recordado, de cara a la historia interna y externa, y en prestigio político. El hombre que consiguió la paz. Pero debió preguntarle a Colombia primero.

   ¿Será el premio Nobel de la Paz un aval, un cheque en blanco para continuar como iba? Muchos parecen creerlo, pero no lo parece. Más bien es una carga que ponen sobre su espalda, ahora está más obligado a negociar, a pactar, para alcanzar ese fin, o el año que viene su nombramiento sonará vacío. El mundo espera por eso, los colombianos quieren el fin del conflicto (pero no “cómo sea”), aún sus adversarios (el formidable señor Uribe Vélez) acerca la brasa a sus sardinas, las FARC fueron derrotadas cuando Colombia los percibió como un cáncer del cual deben librarse (cualquier justificación pasada para su existencia se anuló con sus terribles delitos de lesa humanidad contra la gente común y corriente) y hay muchos jóvenes cantando y pernotando en las calles esperando por el acuerdo. Es un buen augurio.

   Por cierto, todos esos jóvenes y universitarios que marchan y hablan del error del “no”, ¿dónde carajo estaban el domingo? ¿Por qué no fueron a votar en lugar de quejarse luego? Deben haber estado ausentes, formando parte de los abstencionistas, porque si fueron a votar por el “sí”, y ahora se quejan del resultado de manera sentenciosa por la opinión de los demás, tampoco ellos entienden lo que es la decisión personal y soberana de cada quien, no saben lo que es la democracia real. La opinión de los otros, les guste o no, es tan válida como la de ellos. Cuando no hay dudas de fraude sobre el ente que cuenta los votos, y no he escuchado al señor Santos, a su partido o a ningún otro actor del mundo político neogranadino diciendo algo en contrario (en Caracas si, aquí muchos creen que saben mejor que los colombianos lo que pasa allá), lo que expresa la mayoría es ley. Les guste o no, porque cada voto cuenta y no sólo el de la idea o decisión que nos gusta.

   Es el juego de la democracia.

DONALD TRUMP, EL GRAN JEFE…

Julio César.

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