RELATOS CONEXOS… 11

RELATOS CONEXOS                         … 10

UN  LARGO  VERANO… 4

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   -Oye… -se confunde, algo frustrado, ¿por qué Antonio hablaba en lugar de mamar?

   -No puede venir a mi casa y ordenarme que le mame el güevo, señor. –le aclara con retintín, echándose un tanto hacía atrás, su joven y hermoso cuerpo destacando sobre el heno. El otro podría haberle dicho algo, algo fuerte, pero… Coño, se veía tan…

   -Me la chuparías, ¿por favor?

   Antonio le mira, algo exasperado por el tono, pero echándose hacia adelante y atrapándole la cabezota del inflamado tolete, lo verticaliza pegándolo del pubis, y su lengua cae entre las dos bolas, lamiéndolo lentamente, subiendo a lo largo de la gran vena. Lo saborea, llenándose con su calor y dureza. El güevo tiembla, como Roberto, que gime mirándolo con deseo. Cuando la lengua llega a la cabezota, Antonio ladea el rostro y besa, lamiendo, el rojo nabo, provocándole espasmos y corrientazos al otro joven por todo el cuerpo. Agarrando el tolete por la base, deteniéndolo, la boca de Antonio cae sobre esa tranca, comiéndose la mitad de un golpe, bajando sobre él con esfuerzo. Sus mandíbulas parecían no poder, pero lo hacen, y sus labios delgados se curvan tragándolo. Pero no está acostumbrado a mamar güevos, por lo que no puede abarcarlo todo. Esa boca atrapa y aprieta lo que puede, chupándolo con ansiedad, deseando sacarle todo. Y el miembro tiembla sobre su lengua, mojándosela con gotas ardientes que salen de su ojete; y eso, que al principio le pareció horrible, poco a poco fue llenándole la boca de agua, de sabor, y lo traga, gimiendo ante el rico calor que despierta en él al bajar por su esófago.

   La boca va y viene pero muy poco, lo único que hace Antonio, es becerrearlo, chupándolo ruidosamente, queriendo más de esas gotas deliciosas que manan del manduco caliente. Roberto lo mira desde arriba, detallándole la nuca cubierta por el cabello negro, acercándose y alejándose de él, mientras esa boca muy abierta iba tragando y mamando su tranca, roja y cilíndrica. Repara en los ojos muy abiertos de Antonio, en sus mejillas afiladas y ahuecadas mientras lo mama. Con un jadeo de gusto, el joven hombre comienza a bombear sus caderas de adelante atrás, sintiendo la presión de los tibios labios, el roce sutil de los dientes, de las lamidas que daba la lengua caliente y mojada contra la cara posterior de su tranca, mientras las mejillas lo enmarcaban, abrazándolo y frotándolo.

   Y a Roberto, todo eso le parecía maravilloso. Su güevo erecto y grueso va y viene contra esa boca abierta, de donde salen gemidos ahogados y saliva. El tolete iba y venía con furia, cogiéndolo, metiéndosele cada vez más adentro. Mientras la boca abierta va tragando más, llegándole a las amígdalas y la garganta, los gemidos de Antonio son más ahogados, y arruga la cara. Parece que quiere apartarse, pero, ah, no, eso no. Ha esperado demasiado por ese momento. Moviendo una manota, le atrapa la nuca, sobándolo, metiendo los dedos entre los cabellos húmedos de sudor, acariciándole, y Antonio lo mira, con anhelo, adelgazando la garganta para que el tolete lo coja más hondo en la boca, rindiéndose a viril amante. También la espera había sido larga para él.

   Mientras le embiste la boca, el joven señorito de la hacienda recuerda todas las veces que se metió con él, burlándose, hostilizándolo ferozmente. En esa época tenía que ser malo con Antonio, porque lo veía suave, dulce y bonitico. Había algo delicado y tierno en el otro, que ya era visible cuando muchachito, y Roberto era malo con él, porque le afectaba esa delicadeza en el otro. Cuando lo vio llorar en el cementerio, por su madre, se sintió mal; tanto como se sintió después en la escuela, cuando lo volvió a ver llorando, porque todos se metían con él, llamándole llorón. Todos eran malos con él en esa época, y Roberto también tuvo que serlo, para alejarlo, para mandarlo al quinto coño, para distanciarse de esa debilidad que sentía por dulce niño que a veces ocupaba sus pensamientos cuando estaba quieto.

   En el momento en que le saca el güevo de la boca, mirándolo con una sonrisa afectuosa, y arrojándolo otra vez de espaldas sobre los sacos y cayéndole nuevamente encima, a punto de caer los dos en el suelo cuando los sacos se movieron (y rieron nerviosos, alterados por todo lo que pasaba de pronto entre ellos), ignoraban que Sergio, en short, sin camisa y en zapatos de goma, los miraba con divertido disimulo por la ventana. ¡Vaya con ese par!, podían ser nudistas en el club.

   Los dos jóvenes hombres acomodan cómo pueden los sacos, sin que Roberto se quite de encima del otro, que ríe nervioso, con ojos nublados. A Roberto le parece que se ve hermoso y bajando el rostro, vuelve a besarlo. Se besan lentamente, lengüeteados, mordelones, paladeando cada uno el sabor del otro. Mientras se besaban con pasión antigua, sus cuerpos se frotaban. Bajando su rostro, el señorito va lamiéndole la mejilla a Antonio, lamiéndolo y mirándolo, lamiéndolo otra vez, con lengüetadas largas, viéndolo para que notara cuanto lo adoraba. Y mientras que con las manos le retenía el rostro, para que no evitara sus besos y mordiscos chupados, el hombre piensa en todo lo que habían pasado para que llegaran a este momento. Su rostro se oculta en el cuello de Antonio, lamiéndolo, besándolo y mordiéndolo; pero también buscando su olor, un olor que había buscado en otras partes y en otra gente. Un aroma que una vez se le había metido en los huesos y que le tuvo enfermo de calenturas por días.

   Recuerda lo odioso y perverso que era con Antonio, al que llamaban llorón y niñita. Recuerda una tarde, después de hostilizarlo en la escuela, que al pasear por la quebrada, el chico salió corriendo del gallinero de su casa, desde donde debió verlo, y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Roberto era más fornido y lo empujó, adolorido, pero rabioso, y se le arrojó como un toro, enlazándose con él, sudando los dos al tiempo que peleaban; derribándole finalmente, cayéndole encima con todo su peso y dándole dos coñazos en la cara, creyó vencerlo, pero seguiría para que le quedara muy claro. Pero tuvo que detenerse cuando Antonio chilló con rabia, apartando el rostro, mirando hacia el monte con arrechera al ser vencido, y Roberto, jadeando como un torito de trece años, vio sus ojos llenos de lágrimas, otra vez.

   -¡Deja de llorar, maricón! –le gritó, con autentica ira. Una que no entendía.

   Con rabia, una rabia horrible, le gritó llorón. Fue cuando Antonio volvió el rostro, mirándole, cuando todo se fue al carajo. Era una mirada dura y llorosa, digna y resentida, una que lo desarmó. Se quedaron quietos, silenciosos, sus respiraciones pesadas, uno caído, el otro sentado sobre él. El viento agitando las ramas de los árboles sobre ellos.

   -Deja de llorar. –repitió, aprensivo, demandante. Casi rogándole.

   Había algo poderoso y oscuro dando vueltas alrededor de ellos, y Roberto, agitado, montado sobre sus caderas, aplastándole e inmovilizándolo, se sentía bien, poderoso, lleno de fuerzas, y al mismo tiempo, débil. Increíblemente débil. Tanto que apoyó una mano en el flaco pecho del otro, al que le había roto la vieja y barata franela, y sintió el calor del chico y el corazón bombeándole feamente bajo su palma. Ya no discutían, se gritaban o insultaban. Ni se movían. Sólo se miraban, con Antonio apartando el llanto de su rostro. Roberto no sabía… no entendía nada… tan sólo que deseaba continuar así, quería estar allí para siempre, inmovilizándolo, reteniéndolo contra él, sintiéndolo agitarse cuando respiraba, percibiendo su olor a leña y a sudor, y a maíz, y a gallinas…

   Pero alguien llamó a Gregorio diciéndole que su hijo estaba peleándose, y cuando este llegó, los vio así. No había pasado ni un minuto y medio desde que Roberto había dejado de golpearlo, paralizándose; pero al hombre, que los miró con un temor viejo y feroz en los ojos, los separó, gritándoles, como si hubieran estado… Pero no dijo nada más. Roberto sentía que su padre andaba molesto, pero no entendía nada. Poco después envió este a Antonio a Mérida, y a él, para Caracas, separándolos. A estudiar, a prepararse bajo la atenta mirada de su tío, un duro guardia nacional de los viejos.

   Siempre que regresaba a la hacienda, Roberto sentía la mirada vigilante de su padre, y ahora lo entendía. Y entendía por qué al hombre mayor no le agradaba Sergio tampoco. Su padre sabía que… Pero mientras besa ese cuello y clava sus dientes de manera suave, al hombre joven ya no le interesaba nada de eso; no mientras lame el cuello del otro carajo, al que siente estremecerse y agitarse bajo él, mientras gemía. Esos ruiditos de pasión, de Antonio, era todo lo que le importaba en estos momentos. Su lengua ávida baja por el esternón del joven, encontrándolo salobre y delicioso, llenándose la lengua y boca con su sabor, tragándolo con su saliva. ¡Qué rico sabía Antonio!, se dice, entendiendo lo profundo de su pasión maricona por el otro.

   Cuando su lengua cae sobre una de las erectas tetillas del otro, lamiéndola y ensalivándola, para finalmente atraparla con sus labios y mamarla, sonrió gozando cuando el otro se arqueó contra él, gimiendo agónicamente, sometiéndose, ofreciéndose todo, traspasado de placer por sus atenciones, por sus caricias y sobos. ¡Antonio era realmente suyo ahora! Y la idea, egoísta, posesiva, era mágica y maravillosa. Mientras mordisquea y chupa de aquel pezón, casi siente ganas de llorar de felicidad, algo que nunca antes le había ocurrido.

   Cerrando los ojos se deja llevar, sin querer pensar o analizar nada, gozando el sabor de esa joven piel, su calor y latidos. Roberto mama y chupa la tetilla, atrapándola con sus dientes y dándole leves tirones mientras pellizca la otra. Le gusta oírlo gemir enloquecido, y le gustaba darle placer, aunque lo que buscaba era ablandarlo más para lo que iba a hacerle luego. Lo quería todo, todo de ese carajote bello, y no se iba a parar por nada. Mientras becerrea en una de sus erectas tetillas, su mano grande y algo callosa le acaricia y soba la panza plana, la cual muestra una leve pelusilla que baja y sube desde el ombligo. Baja más y finalmente la atrapa el güevote, tieso y palpitante, apretándolo.

   Dejándole la tetilla, enrojecida, baja el rostro, decidido y sin detenerse, contra el güevo, rodeándolo con sus labios y tragando la punta con la inexperiencia de la primera vez; pero atrapa un buen bocado y gime al sentirlo temblar dentro de su boca. Pero eso no fue nada comparado con el gemido y el temblor del otro. Gemidos que deseaba volver a escuchar. Con la boca muy abierta traga un poco más del pulsante instrumento que se calienta hasta la locura sobre su lengua, golpeándose las amígdalas. Esa barra que parecía de fuego, y manaba gotas agridulces, le llenó la boca, y al tragar los líquidos jadeó, encontrándolo embriagador. Joder, mamar güevo como que no sería una tortura, se dice, cierra los ojos y su boca sube y baja con ganas y entusiasmo, mamándolo con fuerza, chupándolo, como hace poco, Antonio hacía con él.

   Sergio, desde la ventana, con la boca seca y los ojos muy abiertos y fijos mira a Antonio acostadote sobre los sacos con los ojos cerrados, gimiendo agónicamente como hace todo carajo al que otro tío, por la razón que fuera, le mamaba el güevo; temblando y agitándose, mientras Roberto, desnudo también, con el tolete como una lanza blanco rojiza, recostado de él, le mamaba con ganas, con hambre, dejando escapar gemidos de gusto. Era un espectáculo tan caliente, dos jóvenes y atractivos machos amándose, dos toletes tiesos soltando sus jugos, que aún Sergio siente unos desconcertantes zarpazos de interés. Le fascina ver como los labios de Roberto, delgados y crueles casi siempre, suben y bajan frenéticos, hambriento de güevo, o tal vez sólo de Antonio, tragándose la dura barra canela del otro con una expresión de total felicidad, y de lujuria suprema en su rostro.

   Mientras da una feroz chupada, y le atrapa las bolas con un puño al otro, halándolas para oírlo gemir, y Antonio lo hace casi ronroneando como un niño que sufriera un delicioso dolor (un ruido que estimula al otro), Roberto recuerda todas las veces que buscó a Antonio. Al conocer tipos jóvenes como él, delgados y algo más bajitos, siempre buscaba algo que le recordara a Antonio, aunque jamás llegó a nada con nadie. Recuerda una noche en que un amigo de universidad se quedó a celebrar algo con él, no recordaba ya qué, y bebieron mucho. Rieron y bebieron, y sentados en un sofá tontearon y se besaron, ebrios, calientes, jóvenes y traviesos; pero aún en ese momento buscaba el olor de Antonio, ese que sintió a los trece años cuando pelearon en el patio de la hacienda y lo aplastó con su cuerpo. Cuando se miraron a los ojos y se asomaron a pozos profundos y enigmáticos que jamás entendieron.

   -Oh, Dios… -el lloriqueo que lanza Antonio sobre el heno le eriza hasta las uñas, haciéndole sonreír.

   Coño, amaba ese sonido casi tanto como amaba al otro. Y al planteárselo, al pensarlo de esa manera, con medio güevo del otro clavado en su boca, se congela. De miedo. ¿Qué carajo estaba haciendo jugando con su destino?

CONTINÚA … 12

Julio César.

4 comentarios to “RELATOS CONEXOS… 11”

  1. marcos Says:

    Si, si, si!!!!! Vamos por más!!! Porfa, no lo termines pronto, sigue con mas capitulos!!!! Los espero con ansias!!!
    Al igual que el de Brenda!!!! Actualizalo please!!!

    • jcqt1213 Says:

      Épale, amigo, en eso ando, quiero terminarla antes de comenzar con otros proyectos, aunque ya adelanté uno, Río Grande, que también aparece en este. Además, al terminarlo voy con lo que tenía de Luchas Internas, la segunda parte, la que no terminé.

      • marcos Says:

        Pero no la termines aún… Deverias darle unos… Diez capitulos más para empezar… Rio Grande la tengo en mi lisra de lectura,
        Y luchas internas, Eduardo me recomendó esa historia pero aún no lo leí

      • jcqt1213 Says:

        Le falta un poco, porque quería mostrar a otros personajes de otros relatos. Sobre Río Grande, mencionado en Relatos Conexos, siempre fue mi idea, mi primer amor, pero cuando quise escribir y asegurarme de ser leído, en una editorial, me fui por lo único mío que había gustado, el porno gay. Salúdame a Eduardo, cosa que me recuerda que no he visto Supernatural, ya debe estar el episodio subtitulado.

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