BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 2

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   ¡Le tenía! ¡El monstruo le había atrapado! Incrementando la presión sobre su tobillo, más y más. Se deja escuchar nuevamente esa risita cascada, enferma y malvada que le provoca dolorosos escalofríos, incluso sus dientes le aguijonean. Vuelve al rostro, desencajado, y esa cola le hala.

   -Vamos, pequeño, ven con mamá… -y la risa estalla poderosa, profunda, larga, gozosa mientras le arrastra hacia los matorrales más alto del patio posterior.

   Es cuando algo se rompe en la cabeza del niño. De haber tenido la edad y la comprensión suficiente casi lo habría sabido, y escuchado, el rasgado de algo en su cabeza. Una aterradora carcajada escapa de sus labios infantiles, ríe y ríe con los ojos bañados en lágrimas, el desolador alarido de un cachorrito herido en medio de la noche oscura. ¡Se había orinado encima! Como un bebé. Si los muchachos lo viera. Si Timoteo le viera en esos momentos, orinado. La idea le hace reír y reír de manera espantosa, pero aún así le sobra algo de instinto de supervivencia y se resiste, aferrándose a la maleza que corta sus manos gráciles. Siendo finalmente arrancado de su agarre por esa zarpa que le atrapa el tobillo y le apasta los huesos provocándole un dolor terrible, arrastrándole inexorablemente lejos de la entrada, de la cerca, de la salvación, internándole en la noche desoladora del patio posterior. Grita y ríe mientras se pierde. Notando algo sin registrarlo… la casona está a oscuras. Totalmente.

   Un lejano y único trueno se deja escuchar antes de que las pesadas gotas de lluvia caigan. Esa noche nadie saldría de su casa.

……

   Elena, mirando por la ventana de la cocina que da a su patio, saborea el primer café del día que comienza, pálido y algo umbrío por la torrencial lluvia de la noche anterior. Pronto comenzaría a preparar el desayuno, pero por ahora no hace nada más. Los otros duermen, era su tiempo. Como fondo, a lo lejos, escucha Radio Rumbos, todavía con su música llanera, que terminaba con la llegada del noticiero. Sale y comienza a abrir las ventanas de la casa, y al apartar las cortinas de una de las de la sala se congela. Frente a su casa está estacionada una vieja camioneta van, blanca algo escarchapelada, tal vez de golpes anteriores. Los cristales ligeramente ahumados, aunque no era legal llevarlos así en Venezuela. Seguramente jóvenes, piensa. La idea del culto, asesinos en serie o depravados sexuales no se le ocurre a esa dama de rostro en forma de corazón, mejillas algo rellenas, bonita en sus formas solidas de mujer aún cuarentona. Su cabello, corto y castaño, era muy parecido al de su hija. Esa que ve asomarse a la portezuela de la van, mirando hacia la casa, volviéndose como para confirmar que no despierta a nadie dentro del vehículo.

   Mayra.

   Con paso ágil y una mezcla de sentimientos en su pecho, la mujer va a la puerta, así como la joven, muy incómoda y envarada, se separa del vehículo después de recostar la portezuela sin lanzarla. Mayra parpadea rápidamente cuando Elena sale al primoroso porche, con cómodos muebles de jardín acolchados, cruzando el paso señalado con planas piedras anchas, islas para pisar rodeadas de una grama corta y muy verde. La mujer va a su encuentro.

   -Cariño, no sabía que vendrías. –comenta Elena, sonriendo a pesar de todo, contenta de ver a esa chicuela que una vez llevó en su seno, que de niña la buscaba siempre y luego la vida fue apartando. Le cuesta recordar, pero casi cree que la última vez que se habían reunidos había sido en casa de una hermana, en Caracas… casi ocho meses atrás.

   -Hola, mamá. –todavía se le nota tensa, pero, después de un ligero jadeo, sonríe y se entrega al abrazo cariñoso de la mujer. Cierra los ojos y por un instante se permite perderse en el pasado, el afecto presente aunque controlado, volver a ser la niña a la cual la mujer peinaba complicados moños, abrazándola al terminar, mientras reían felices y ella decía que sería una princesa de cuentos de hada. Se separan y se miran, y nuevamente la joven se siente algo cortada.

   -¿Cuándo llegaste? –pregunta Elena, mirando la van.

   -Esta madrugada, viajé… con mis amigos toda la noche. –confiesa.- Llegamos como a las tres, no quisimos molestar. –la estudia buscando señales de desaprobación. Elena era buena, su rostro era casi inexpresivo al respecto, pero allí estaba el ligero ensanchar de fosas nasales.

   -¿Hacen eso mucho? ¿Viajar así… todos en esa camioneta? –no quiere criticar, o censurar, pero era una madre cuya niña de apenas dieciocho años, que en cuanto pudo se fue lejos a hacer su vida, volvía en una camioneta con otros chicos y chicas, todos amontonados en un reducido espacio. La idea de drogas, alcohol y sexo, mucho sexo joven, es decir, descuidado y promiscuo, la altera.

   -A veces, cuando estamos de gira. –enderezando los hombros, responde. No quería ocultar cosas.

   -¿Pasarás… pasarán unos días con nosotros? –pregunta esperanzada, tenía tantas cosas que contarle, preguntarle, escuchar; pero, lamentablemente, cree conocer la respuesta. Mayra odiaba el pueblo, su vida allí. Los recuerdos.

   -No, mamá, tengo prisa, se nos presentó… -duda, tal vez era mucho hablarle de esa gira, pasaría meses y meses en carreteras que ni ella conocía.- Vine por tu firma, para lo del dinero que el abuelo me dejo en ese fideicomiso. Me hace falta. –y se prepara al verla tensarse.

   -¿Quieres el dinero? Bien, bien. ¿Para estudiar, comprar una casa o para… invertirlo en tu compañía teatral? –la mujer no quiere discutir, pero le sonaba tan irresponsable, tan arriesgado. Su padre le había dejado dinero a cada uno de sus nietos, y el corazón le duele al recordarlo, para cuando cumplieran los dieciocho. Siempre esperó que, para cuando llegara el momento, Mayra recapacitara en sus planes de vida, ahora…

   -No lo sé todavía, mamá. Sólo deseo la oportunidad de disponer de él. –responde serena, resistiéndose a perder los estribos. Un sonido las distrae, una puerta que se abre y se cierra. Ambas miran hacia la camioneta.

   Del lado del conductor sale un joven delgado y ligeramente atlético, de espeso cabello castaño que cae sobre sus cejas y ojos, piel blanca algo bronceada. Guapo, muy guapo, se dice Elena, mirando a su hija, quien enrojece un poco. Oh Dios, viajaba con un chico que le gustaba. ¿Qué estaría pasando entre ellos? ¿Qué ocurriría en esas largas noches cuando…?

   -Hola. –el joven se detiene y cruza los brazos sobre el pecho, jovial, sereno, mirando con interés a la mamá de su amiga.

   -Acércate. –le pide Mayra.- Mamá, este es Clemente, un amigo; también actor. Clemente, mi mamá.

   -Mucho gusto, señora. –le sonríe ese joven de no más de veinte años de edad, tendiéndole la mano, su apretón es suave pero firme. Y a Elena le irrita un poco encontrarle tan agradable.

   -Mucho gusto, puedes llamarme Elena. –se vuelve hacia su hija.- ¿Por qué no pasan y toman algo? Un café con leche. O un negrito. Y desayunen. ¿Cuántos…?

   -Somos cinco, mamá; Clemente, Reyna, Andrea, Jairo y yo. –informa la joven,  con tono firme.

   Y Clemente, quien no deja de mirar fijamente a la mujer, admira el temple y las maneras compuestas de esta. Su padre gritó una barbaridad cuando les presentó  al grupo de esa manera. Había mucho de la dureza de carácter de la joven en ella. O Mayra lo había heredado.

   -Bien, siendo así mejor comenzamos a cocinar, no lo haré sólo yo. –intenta Elena una sonrisa, mirando hacia la van, temiendo sus peligros pero ocultándolo. Y entran.

   Madre e hija, y seguramente Clemente, sabían que la tormenta llegaría en algún momento de esa mañana que apenas comenzaba.

……

   La emoción que todo niño, hembra o varón, al decirle adiós a la escuela y comenzar el liceo, mudarse a otro edificio lejos de su niñez, en ese pueblo se veía mitigada por el hecho de que el instituto de secundaria quedaba justo al lado del de la primaria, compartiendo, una tela metálica de por medio, un patio de juegos y todo. Allí, en los límites, donde parte de la reja se abría, se encontraban unos y otros en jornadas como las caimaneras de pelota y futbol. En medio del griterío de los críos reunidos, Timoteo Zabala y sus amigos conformaron dos equipos y disputaban un encuentro, después de que perdieran cierto tiempo buscando a un jugador.

   -¿Dónde está Liscano? –había preguntado, ceñudo, a uno de sus compañeritos, y este tragando inquieto, por su tamaño y por ser hijo de quien era, le respondió que Antonio no había asistido a la escuela.

   Pronto olvidaron el hecho, el recreo de las nueve de la mañana debía aprovecharse bien, y a eso se dedicaban los chiquillos con sus helados, caramelos, a conversar, a retirarse para estar a solas, pero para utilizarlo especialmente en esos grupos de chicos que se encontraban en su ambiente gritando en medio de un numeroso grupo. Sin embargo, el muchacho pronto le recordaría, jadeando, transpirado, sus mejillas muy rojas por el esfuerzo, viendo el vehículo policial, a los dos uniformados y una llorosa mujer que hablaban, en la entrada del colegio, con los maestros, quienes parecían alarmados.

   Desentendiéndose del juego, Timoteo avanza hacia la cerca metálica que delimita las canchas dando hacia la calle. Sentía que ocurría algo delicado, y la señora llorosa le parecía conocida; es un muchacho intuitivo, claro, de mente ágil. O tal vez porque, subconscientemente, reconoce que el pequeño Lizcano (grande para sus pocos años), era bueno en el juego y le gustaba tenerle de su lado. Y esa era su mamá. La señora que lloraba. Con las manos en la reja mira al hombre cuarentón, alto y recio que llena una chaqueta policial. Este se vuelve, como presintiéndole, haciéndole un leve gesto de cabeza, acercándosele.

   -¿Ocurre algo, señor? –inquiere el joven, preguntándose si le contestará. El otro se quita el sombrero gris que gusta de llevar, mostrando un cabello corto al estilo militar.

   -Uno de los niños anda desaparecido. Desde anoche. Se fue a la cama y esta mañana no estaba. Sus padres le buscaron y no le encontraron. –responde, y el muchacho siente un escalofrío recorriéndole la columna.- ¿Conoces a este niño, Antonio Liscano? –lo sabía, reconoce estremeciéndose.

   -Lo conozco, juega con nosotros. ¿Dónde…? ¿Qué…? –no encuentra las palabras para expresarle al jefe de la policía lo que piensa. Tomas aire, recomponiéndose, quiere ser de ayuda- Jugamos ayer, en la tarde. En la calle de la lavandería. –el otro asiente.

   -Daremos una vuelta por ahí, ¿ocurrió algo en especial?

   -Nada. El señor Joaquín nos hizo correr. –medio sonríe, una mueca que no comparte el otro, al contrario, frunce un tanto el ceño, anotando algo en una librera que saca de un bolsillo de la chaqueta.

   -Bien… -la guarda nuevamente y da media vuelta, deteniéndose y mirándole otra vez.- Ten mucho cuidado, ¿okay? Regresa del colegio a casa. –recomienda, algo inquieto como suele estarlo todo jefe policial cuando un niño desaparece, y aún más si es un padre.

   -Si, papá. –responde Timoteo. También muy serio, viéndole alejarse, hacia su oficial ayudante y la mujer llorosa.

   No, la mamá de Antonio Liscano, un chico alto para su edad. Un niño que se había perdido. Había ido a su cama y… ¿Qué pasaría? Muchacho al fin, apenas tiene doce años, las historias de su generación le alcanzan. Ni por un segundo considera que el otro escapó por una ventana en una noche de lluvia para unirse a un circo y recorrer el mundo comiendo perros calientes, algodón de azúcar y tomando refrescos. Algo malo paso. Lo sabe. Tal vez los monstruos… Uno de los hombres malos que se llevan a los niños para “hacerles maldades”, como le advertía siempre su madre.

   Y los otros. Los de los cuentos y pesadillas, se dijo recordando de pronto algo más. Mira a lo lejos, en la calle extraña e inquietantemente solitaria. En dirección a otra, la calle de la lavandería, donde la tarde anterior jugaron al futbol hasta que el baló se perdiera.

CONTINÚA … 3

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: