BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 3

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 2

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   No fue fácil la reunión de Mayra con su familia, llevando a sus amigos, ni la de esta con la muchacha. Hubo sonrisas educadas, el caminar con cuidado, guardando la calma y las apariencias. Para un observador externo, y fascinado, como lo era Clemente Martínez, sentado a la enorme mesa del comedor donde desayunaba con apetito (mientras viajan comen poco y mal, ninguno es muy bueno en la cocina… ni quieren encargarse de ello), era realmente interesante mirar de la joven a su padre, sentado el hombre en una de las cabeceras. No entendía a ese señor. Era Raúl Lezama un hombre relativamente joven, posiblemente no llegaba a los cincuenta años, alto, recio, fuerte, de cara cuadrada. Extrañamente silente y… ¿complaciente? No sabe decirlo. En su caso, si se apareciera con todas esas personas, aún siendo hombre, su padre habría gritado hasta sufrir una apoplejía, ordenándole que fuera su cuarto mientras corría a todos, de manera vergonzosa. Allí no ocurría eso. El hombre, Raúl, miraba a su mujer, Elena, de manera casi desvalida, buscando alguna guía sobre qué hacer o decir, aunque parecía genuinamente afectado.

   Tristán (a quien se le ocurriría ese nombre), el hermano menor de Mayra, indolente y apático al principio, con esa capa de desprecio e indiferencia de un chico de quince o dieseis años para con los propios y extraños, sólo se animó en cuanto vio a Andrea, envuelta en una toalla blanca, saliendo de uno de los baños, bonita, mojada y relajada, con sus redondos y morenos senos abultando y casi saliendo del paño. No le culpaba, la morenaza tenía un cuerpo de infarto, ¡y unas tetas!; más de una vez se le habían ido los ojos tras ellas, para encontrar su sonrisa sardónica. Su cabello grueso, rizado, era el marco perfecto para un  rostro alargado y sus enormes ojos castaños oscuros. Sus labios eran llamativos, ella los destacaba en rojo, y el joven cree, de corazón, que cualquier hombre que los mire por primera vez, y se deje llevar por la imaginación, los vería y sentiría rodeándole el miembro. Bien, desde que la viera así, el joven no se alejaba mucho de esta, ni de Reyna, quien, aunque menos llamativa, también tenía su encanto. Ambas parecían, al otro lado de la mesa, reírse de sus aires de don Juan. Era Tristán un joven delgado y alto, como su padre, pero le faltaba… chispa. Se veía algo apagado.

   Elena llevó la voz cantante durante el desayuno, después de hacer las presentaciones de todos, lanzándoles una mirada de advertencia a Raúl y Tristán. Quería saberlo todo y hacía preguntas hábiles. Clemente no dejó de notar que Mayra interrumpía a veces una respuesta, dándola ella, con monosílabos. También entendió que a la mujer no le agradó Jairo, el joven gañan con aire pícaro y atrevido que les acompañaba. Su cuento sobre una novia que le llegó llorando una noche no fue el éxito que esperaba.

   -Viéndola así, empapada en lágrimas y berreando como una burra casi me cagué, creí que estaba preñada. –acotó, sonriendo, mirando a todos alrededor de la mesa.- “¡Tengo gonorrea!”, me gritó. Maldita sea, pensé. –y continuó contando aquello, que fue un feo impacto para él. Como lo fue escucharle a casi todos alrededor de la mesa. Casi.

   -¿Y era? –preguntó Tristán, con una mirada casi de diversión.

   -Bien, teníamos que averiguarlo. Siempre me cuido de eso, pero tuve que ir a hacerme pruebas. Fuimos a un hospitalito lejos, en Caricuao, y tuvimos que llenar una carpeta con nuestros datos bajo un letrero, por encima de las sillas, donde se leía: Enfermedades Infecto Contagiosas. Fue horrible, todos pasaban y nos miraban. Y no fue hasta estar allí que pensé: ¿Y si a este hospital es que viene mamá por sus antibióticos? –agregó, indiferente, al parecer, a las miradas que cruzaban Elena y Raúl.- Por suerte, fue falsa alarma. –le sonrió a la mujer.- No tiene nada que temer, suegra.

   -Ni que estuviera loca. –acotó, algo incómoda aunque lo disimulaba frente a sus padres, Mayra.

   Si, a la mamá de su amiga no le gustó el chico; bien, a él tampoco le agradaba Jairo. Finalizando el tenso desayuno, todos se pusieron de pie de un salto, agradeciendo y escapando como si las sillas hubieran estallado en llamas. Tristán de primero, y hasta Mayra. Él también se levanta, aunque toma sus platos.

   -Puedo… -piensa en ayudar, algo molesto por la actitud de los otros que comieron y salieron. Elena le sonrió, tensa.

   -Tranquilo, Raúl me ayudará. –informó lo que en toda casa era la clave de: los padres necesitamos hablar.

   El joven sale de la vivienda, sintiéndose incómodo, estaba así desde que llegaron a ese pueblo, tal vez porque Mayra se comportaba también extraña, nerviosa, intranquila, casi huraña. No era así en Caracas; en clases y en los ensayos era la sensata, la suave, la lista. En el patio delantero bordea la casa, reparando en el cielo despejado e intensamente azul, lo verde de la grama y las hojas de las acacias, lo bien pintado de las rejas de las casas, en las calles estrechas pero bien pavimentadas… Un pueblo bonito… muy distinto a todos los que han visto desde que llegaron a los llanos orientales. Nada de resequedad, campos quemados, ganado flaco muriendo de sed, casas ruinosas. Ese pueblo era distinto.

   ¿Por qué Mayra lo odiaría tanto que intentó convencerles de no acompañarla? ¿Dónde estaría, por cierto? Quiere disculparse por el cuento de Jairo, sabe que aunque intentó parecer serena ante sus padres, no desaprobando a uno de sus amigos frente a ellos, lo de la gonorrea debió molestarla. No la encuentra. Ve a sus amigas hablar algo con Tristán, seguramente preguntándole qué hacía la gente joven ahí para divertirse. Reían de las cosas que este contestaba. Estaban jugando con el joven adolecente calentorro que no podía apartar los ojos de los senos de la morena alta y esbelta. Se aparta, mirando los jardines laterales, con sus bonitos rosales silvestres…

   -¿No vamos a decir algo? –la voz de Raúl, molesta, flota desde una ventana.- Llega a casa después de años de ausencia, vestida como una hippie de los sesenta, en una camioneta inmunda y acompañada de unos chicos desagradables. ¡Tenemos que decirle algo!, fijarle límites. ¡No podemos dejar que haga lo que quiera! Menos esto. –ruge, y el joven reconoce por fin al padre. Va a retirarse, no quiere escuchar más.

   -¿Debemos, imponernos?, ¿qué vamos a decirle ahora que tiene dieciocho años de edad y ante la ley es una adulta? –brama impaciente, y dura, Elena.- No pudimos impedirle hacer lo que quería cuando tenía catorce, ¡tú dejaste que se fuera a hacer su vida!, ¿qué podemos hacer ahora? –culpa, y feo.

   -¡Basta! –tercia la voz de Mayra.

   Rojo de cara, entendiendo que escuchó demasiado, Clemente se aleja a paso vivo, pobre Mayra; cruza la esquina y choca de frente con Jairo, quien se baña de algo claro que tomaba de un vaso plástico desechable.

   -Cuidado, idiota, mira lo que hiciste. –brama este, molesto. El olor intenso llena el aire. Clemente le mira con la boca abierta, apartándose el cabello de los ojos.

   -¡Anís! ¿Estás bebiendo anís a las ocho y media de la mañana en casa de los padres de Mayra? –se escandaliza.

   -No es anís, anís, es guarapita. –se defiende, como si eso hiciera alguna diferencia, viéndose molesto mientras revisa la reguera en su franela.

   -¿Acaso eres idiota? No puedes hacerlo aquí. -¿Qué tan irresponsable podía ser el otro? ¿No entiende que de notarlo eso sólo agregaría otro problema a la muchacha?- Ve y bota toda esa mierda que… -la acción le toma tan de sorpresa que calla. Una mano de Jairo cae sobre su pecho con un golpe de palma abierta y le empuja con fuerza contra la pared de la casa, la cual golpea con la espalda.- ¡Hey!

   -No me molestes, amiguito, ni me digas qué hacer. Nunca. Y menos ahora, mira que no ando de humor. Este pueblo de mierda, este viaje de mierda me tiene arrecho, lo hice para meterme con Andrea y Reyna en la colchoneta, pero las putas no me dejan. ¡Y ahora botas mi guarapita! –casi ruge, pero entre dientes, conteniéndose, lanzándole el aliento aliñado de alcohol al rostro.- Tienes suerte de tener una cara tan bonita o te daría un buen coñazo. –amenaza, confundiéndole como siempre con uno de esos comentarios. Luego sonríe torvo, los ojos brillantes, todavía reteniéndole, muy cerca los dos, alza un pulgar casi frente al rostro del otro, tocándole el labio inferior.- ¿No quieres chupar? Se me mojó… el dedo con la guarapita, es de la buena.

   -¡Suéltame, coño! -rojo de cara, Clemente le empuja violento, alejándolo, apartándose a buen paso, seguido por la risita desagradable del otro.

   -Okay, entiendo, parece que tampoco tú estás de humor por ahora; cuando quieras chupar algo… -sigue molestando, pero una vez a solas, Jairo pone mala cara, tocándose el pecho. Un día obligaría al idiota ese a abrir esa boquita que todas las chicas soñaban con besar y se la llenaría con su…

   No, no tiene cabeza para eso, no ahora. Mirando en todas direcciones, halando la fea franela, la acerca a sus labios y chupa de la humedad. Su madre decía que tenía un problema… pero ¿qué iba a saber la perra esa?

……

   Sudoroso, apartándose las cálidas gotas de la cara ya que insistían en entrar en sus ojos, así como el negro cabello desgreñado y algo largo, y la tierra, el joven se detiene un momento, para tomar aire y gemir agónicamente.

   -¡Aggg! –ruge con fuerza a la nada. Impotente. No, miedo, esa era la emoción principal que le dominaba en esos momentos.

   Desde el amanecer, antes de que clareara incluso, había dejado su camastro. Sin enjuagar su boca o tomar un café o un vaso de cualquier cosa, había echado mano a una pala e se había internado en los montes que daban al patio de la ruinosa propiedad, en los límites externos del pueblo. Se desplazó a paso rápido, algo vacilante, tropezando. Todavía dominado por el influjo de la noche anterior. Le despertó la certeza, en medio de la oscuridad, de que le miraban desde la alta y estrecha ventana, tan angosta y pequeña que no deberían entrar ni los miedos, y sin embargo lo hacían. La tormenta le había desvelado después. Siempre le asustaba la lluvia. Como muchas otras cosas, comenzando por esos parajes por donde se internó. Sumado a su miedo, el peligro de caminar sobre la tierra roja y negriza, pantanosa por la lluvia, dificultó su paso. Y tropezó dos veces, manchándose la vieja franela y el pantalón de tela suave, remendado y roto, manchado de grasa vieja. No le importó, pronto estaría más sucio. Lo sabía.

   Las bajas ramas cubiertas de lluvia le mojaron brazos, torso y piernas, y mientras más se internó por el ascendente y umbrío paraje, encontró menos arbustos ya que la sombra de los grandes árboles retardaba su crecimiento. Conocía el lugar pero eso no le brindaba ningún consuelo o paz; se agitó a cada sombra, a cada sonido de la naturaleza, uno que pronto cesó. Se sintió asechado. O lo era, nunca estaba seguro.  A unos cercanos setecientos metros estaba su destino, subiendo siempre, siguiendo la perpendicular del camino que llevaba a Las Torres. Otro lugar que no le gustaba. En un punto dado se detuvo, tragando en seco, el temor y la conciencia mordiéndole los huesos, al pie de una enorme y muy enramada ceiba, de grueso tronco. Un árbol feo de por sí, se dijo, pero que de alguna manera le sirvió en su momento. Subió, y desde su pata enraizada miró la hondonada que bajaba del otro lado, cubierta de musgo muy verde, pero dejando notar también los contrastes rojos y negros de la tierra, con ramas secas reuniéndose al final de la misma. Eso atrajo su mirada, y sin apartar los ojos, rodando otra vez, de culo, bajó. Estaba muy cerca de la propiedad. Debió hacer aquello más allá del Paseo de los Indios, pero no se atrevió. No de noche…

   En cuanto llegó comenzó a cavar, justo en el centro de la hondonada, el corazón martillándole feo en el pecho. Cavó y cavó una estrecha pero honda zanja. Y lanzó el primer bramido frustrado, comenzando a excavar un poco más a la izquierda. Los dientes apretados, aún más asustado. Sabía que no había sido allí. Y media hora después, empapado de sudor, comenzó a la derecha. Consciente de que no era en lugar. Sin embargo continuó cavando, lanzando jadeos animales, su muy delgado cuerpo estremeciéndose con el esfuerzo, pero especialmente el pavor.

   Entre huecos y huecos, ya los bordes de la circular excavación le llegan casi a la cintura. No, no estaba, se dijo deteniéndose, jadeando, hombros caídos, sintiéndose de pronto abrumado. Un ruido por encima de la hondonada le hace pegar un brusco bote, erizándole de pies a cabeza. Lo recorre todo con la aterrorizada mirada, una mueca en su cara que parecía una sonrisa congelada. Nada como no fuera la imponente e inquietante ceiba. “Si muriera aquí, sólo, en medio de la nada, sería fácil orientarse para encontrarme”, la idea, caliente, taladra su cerebro. Eso le hizo buscar con mayor atención, conteniendo el aliento para escuchar mejor. No se veía ni oía nada ni a nadie, pero eso no significaba nada, ¿verdad? No allí, tan cerca del Paseo de los Indios.

   De pronto lo oye, ¡no lo imagina!, era el roce contra una rama. Un cuerpo. Una presencia, se dice ardiéndole la garganta. Las viejas botas resbalan un poco y cae sentado nuevamente de culo dentro de su propia excavación. No estaba solo. Pero eso ya lo sabía. Desde la noche anterior. Le miraban, ¿pero quién? Los dientes casi le castañean al tiempo que los ojos se le llenan de lágrimas, de terror puro, recordando a su vieja y sentenciosa abuela, una mujer dura que le miraba con prevención:

   -Dios conoce tus pecados, muchacho. Y no le gustan. –siempre le repetía aquello. Y la odió, mucho, por ello. Aunque no tanto como le tuvo miedo. La vieja sabía cosas que no deseaba se supieran.

   Jadeando toma la pala y la arroja fuera del hueco, después de todo no había caso continuar. E intenta salir, pero la tierra mojada se vuelve nada, pantano, cuando pisa, así que le lleva un rato trepar. Toda una eternidad de miedo, imaginando mil cosas. Las botas enredándose en ramas que no le dejarían salir y que lloviera y se ahogaría allí, gritando por ayuda, llorando. Sabiendo que se lo merecía. “Dios conoce tus pecados, muchacho”. O unas manos emergiendo del pantano para impedirle salir. O… Hay un ruido leve, quieto, de alguien o algo que se mueve con cautela. O cazándole. Eso le alarma otra vez. Parecía que alguien había pisado alguna rama seca. ¿O lo imaginaba? ¿Ocurrió? No lo sabe, pero ya no oye, internamente grita y grita, pataleando y saliendo casi gateando de la fosa. Tomando la pala, casi corriendo hacia la ceiba, se detiene bruscamente. Se vuelve, a la hondonada y el hecho en sí de la excavación. ¡Debió cubrirla! Traga en seco, empapado en sudor y pánico. A la mierda, se dice apretando los dientes, terminando de subir.

   Qué importaba que lo dejara así… El cuerpo maldito ya no estaba donde lo había sepultado.

CONTINÚA … 4

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: