DE AMOS Y ESCLAVOS… 41

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 40

sexy-black-man-thong

Así lo quieren los blancos los chicos blancos.

……

   Esas palabras erizan a Gregory, su boca de labios amoratados y gruesos deformados en una gran “o” mientras el tolete duro y pulsante de otro hombre se abre camino en su vida. ¿Cogerle?, ¡ni de vaina!, se dice, pero temblando. La verdad es que fuera del temor inicial, de la repulsa por el atentado a su hombría y el asco a una vaina por donde otro tipo meaba, le tiene confuso el sentir ese güevo sobre su lengua, quemándola, latiendo, soltando una que otra gota ardiente de licor. No era tan malo. Pero, y sorbe, necesita tragar toda su espesa saliva, sacarse eso de la boca y decirle que vaya a lavarse ese culo, que el suyo no iba a tocarlo.

   Los gruesos labios masculinos, vírgenes de mamar güevo hasta ese momento, van retirándose, decididos, apretando traidoramente sobre la punta, sorbiendo más de esos jugos, listo a sacárselo, pero una blanca mano va tras su nuca y le retiene. No con dureza pero si con firmeza, como si debiera hacer eso. Sus miradas se encuentran. Y aflojando deja que esa mano le guie, chupando otra vez, sintiéndose temblar, arder y erizarse al sometérsele en ese instante. Pero, bueno, ya estaba manado güevo, ¿no? ¿Por qué no terminar? Eso sí, nada de esperma, nada de tocar su culo.

   Ignora que aquel hombre más bajito, delgado, de barba y bigotillo como si fuera el primer intento en su vida por tenerlos, y con el aniñado rostro de gato alegre aunque un tanto melancólico sabía de sexo. En el colegio se acostó con una buena cantidad de chicas y su esposa era prácticamente una modelo. Otros hombres, al verles juntos, se preguntaban qué había visto una mujer como esa en un tipo como él; la respuesta es que Esteban sabía cosas del sexo. Por ejemplo, que a las mujeres les gustaba follar, pero especialmente ser complacidas, alcanzar uno, dos o varios orgasmos… mientras hacía lo que el hombre quería. Y esa regla la aplicaba a todo, no era un sujeto mala gente o manipulador, pero entendió que también valía con la familia, amistades y vecinos. Y ahora lo probaría con aquel tío negro grandote, joven y musculoso, de cuerpo de infarto, con una buena verga, metido en una tanga que se perdía en su culo. Un culo que había saboreado, al que le había metido dedos y lengua y al que ahora quería llenar con su güevo duro y pulsante, metérselo hasta el fondo para que se lo ordeñara, sacándole hasta la última gota de leche caliente. Y que se corriera mientras lo hacía. Sólo eso.

   Aunque estaba mamándole el güevo, porque lo hacía, atrapándoselo con sus gruesos labios, masajeándoselo con las mejillas (había caído fácil en la rutina exacta, debía existir algo como un instinto reflejo para mamar güevos en la especie humana), y le pegaba la lengua con fuerza a la cara posterior de su miembro, Esteban aún siente su resistencia. Gregory se rebelaba contra aquello que estaba sucediéndole, la pérdida de control y poder, de lo que entendía como su hombría. Comprende que debía ser difícil para un carajo cualquiera, encontrarse de pronto con que no sólo tiene el tolete de otro tío en su boca, sino que lo chupa, que sus labios van y vienen succionándolo; pero no estaba, en esos momentos (soñando como estaba, con romperle el culo con su manduco), como para preocuparse de las inquietudes del enorme y guapo moreno.

   Gregory necesitaba, por su bien en este punto, para descubrir algo más de sí mismo, sentirse dominado. Y Esteban estaba dispuesto a ayudarle, a controlarle, para que se sintiera tomado, usado y llevado a los extremos en la búsqueda del placer (el de ambos). Y eso comenzaba por…

   -Si, así; Dios, comes mi güevo con unas ganas que me enloquecen. –le dice, sonriéndole, mirándole con un guiño agradecido y lujurioso.- Sabía que podrías chico grande y hermoso, que así como tienes ese cuerpo de infarto también sabrías usarlo. –esas palabras parecen recompensadas por succionada más intensas a su miembro. Llevándole el tolete a la garganta, la gruesa nariz contra un lado de su pubis, siente como es ordeñado. Gregory caía fácilmente en el papel.

   Cuando un semi asfixiado hombre intenta alejarse, le retiene con la mano. Gregory le mira, entre furioso y excitado, y alza una mano para alejarle. Con la que tiene libre, Esteban le da una palmada y se la aleja. Era la otra directiva del control, después de halagar y hacerle sentir bien, venía la exigencia del macho, y comprobar si se sometía.

   -Ah, ah, nada de manos a menos que quieras acariciarme las bolas. Sólo sigue mamando. –puntualiza, viendo ese brillo de lujuria ardiendo en las pupilas marrones. Sonríe y comienza nuevamente a cogerle la boca, retirando buena parte de su tolete, soltándole al tiempo que le deja respirar, y vuelve a clavárselo. Adentro y afuera, ese nervudo güevo alimenta esa boca golosa de donde mana saliva, gorgojeos y chupadas, sin que Gregory intente alejarse o alzar otra vez una mano.

   Bien, eso llevaría al morenazo a disfrutar aún más de lo que llegaría, para cuando, sintiéndose sobrepasado y totalmente dominando, la verga en su culo le hiciera estallar en llamas de ganas. Debía guiarle lentamente, de tal manera que, aunque no le quedaran opciones reales, el otro piense que lo hace por su cuenta, para facilitarse un poco la vida mientras lo cogían, aunque fuera realmente para someterse. Gregory no debía tener miedo a responder, ni resquemores, ni sentirse totalmente obligado, aunque lo fuera, sólo así se convertiría en un buen mamagüevo, como hizo con su mujer, una mamagüevo de película. Así como hizo con ella, dándole por coño y culo aunque al principio le asustaba y disgustaba por lo “extraño” del conducto, haría con este tipo grande y bonito, musculoso y viril. Convertiría su culo en un siempre mojado, urgido y hambriento coño para los tiesos y duros güevos masculinos.

   De alguna manera, tal vez porque nació para dominar pero su propio buen temperamento lo impidió, Esteban estaba convencido de que la vida del otro daría un vuelco, como ahora, cuando los gruesos labios caían nuevamente hasta sobre el último palmo de su güevo y lo ordeña golosamente con la garganta, dejando escapar sonidos hambrientos. Cuando se la clave por el culo, que lo hará, hará desaparecer, como ocurre con los labios, hasta el último centímetro de su tolete blanco rojizo dentro del redondo culo rodeado de las negras nalgas. Y una vez que lo hiciera, que le hiciera sentirlo en toda su extensión, llenándole, lastimándole y estimulándole, cuando sus entrañas se adaptaran, apretaran y halaran cada pulsante pedazo venoso, la vida de Gregory cambiaría para siempre. Puede que no volviera jamás a acercarse a otro güevo, que se sumergiera en gráciles o exuberantes mujeres para olvidar, pero a algún nivel subconsciente, primitivo y profundo, no lo lograría; recordaría una y otra vez este momento como uno de los más significativos de su vida.

   -¿Listo para esto? –le mira fijamente, desde arriba, sonriendo tenuemente, deteniendo sus caderas.

   Todavía recostado, con una negra mejilla abultada por el güevo en su boca, Gregory le corresponde a la mirada, entre asustado y confuso. Curioso… ¿o caliente?

……

   Un iracundo Yamal Cova espera en la sede vacía de la línea de taxi, sintiéndose todavía más insatisfecho que cuando saliera de su casa. Camina de un lado a otro, tensándose al escuchar una puerta abriéndose, volviéndose y encarando al ceñudo, y molesto, Quintín Requena, el socio de trabajo.

   -Al fin, coño. –se queja.

   -¿Se puede saber qué te pasa? No puedes llamarme así a mi casa, y exigirme… venir porque estás maluco. –se defiende el otro, alterado, sintiendo el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.- Estaba en la cama, con mi mujer, viendo televisión cuando… -el tono se vuelve más llanero al atragantarse.

   -¿…Cuando te recordé cómo te gustaba chupar mi güevo y sentirlo latiéndote bien clavado en tu culo? ¿En cómo me lo pedías? –brama exasperado, impaciente con todos esos maricones que querían tratos especiales. Recordar a Bartolomé Santoro, terminándole, le escocía en la piel.

   -¡Hijo de puta! –jadea el otro, alterado, rabioso pero también temeroso de ese secreto. De las cosas que hizo. De… enrojece más. Pero se tensa cuando  Yamal da dos pasos hacia él.

   -¿Lo ves, maricón? Estás recordando la emoción que sentiste al tener mi güevo llenándote el culo, y sabes que es cierto lo que te digo, que te gusta, y como te gusta tienes que venir por más.

   -Yo no… -se atraganta otra vez, cerrando los ojos, temblando por emociones encontradas.- Pana, yo nunca había hecho algo así. Jamás. Te lo juro por mis hijos. No sé qué me pasó esa tarde, pero… -abre los ojos, casi suplicante.- No quiero hacerlo. No quiero ser un puto.

   -¿En serio, maricón? –le reta, furioso pero divertido, con una vena cruel latiéndole en el güevo, uno que abulta feamente bajo el jeans, atrapando la mirada del otro, y un jadeo de sorpresa que contiene.- ¿No lo quieres, llanero? –le atrapa una mano, lucha con sus resistencia, que parece más simbólica que otra cosa, y la lleva a su barra dura, larga y gruesa que alza la áspera tela.- ¿Seguro que no quieres esto, pelado y goteando en tu mano? –le reta mirándole a los ojos, notando como los dedos del otro se cierran automáticamente, apretando.- ¿Seguro que no lo quieres en la boca mojándote la lengua? ¿Seguro que no quieres lloriquear de pasión y gritar mi nombre, pidiéndoteme que te rompa el culo, cuando te lo tenga bien clavado y te corras sobre él montado?

   -Cova… -nuevamente suplica.

   -Quiero culo, marico. Quiero tu culo. Quiero cogerte bien cogido por ese culo gordo y peludo. –le puntualiza, acercando un tanto el rostro, bañándole con su aliento y algo de saliva.

   -Cova… -grazna nuevamente, con voz aguda y respiración dificultosa… sin haberle soltado ni una vez la verga.

   -Voy para la oficina y te espero en el sofá. Revisé las gavetas de la puta que tenemos por secretaria y encontré esto. –alza una mano, de un dedo cuelga una pantaletica roja estampada.- Póntela, y no lleves nada más. –le ordena.

……

   Rojo de humillación en la negréz de su piel, Roberto siguió al enorme hombre blanco y calvo por los corredores de la casa, recibiendo miradas. No era para menos, alto, grande, fuerte, musculoso, oscuro… lisa la piel depilada y totalmente desnudo. No, desnudo totalmente no. Era lo que más excitaba a quienes le miraban, especialmente a los hombres más jóvenes y calentorros, la correa de perro, roja, alrededor de su cuello, de la cual colgaba una cadena que el Ruso halaba. Así como les calentaba su mirar al suelo, manos a las espaldas, como el otro le ordenó, como debía ser cuando caminara al lado de un hombre de verdad.

   Preguntándose qué les esperaría, y por qué dejaba que aquello ocurriera, no puede evitar el calor y cosquilleo que le produce en la piel las palmas de las manos que azotaban su duro trasero negro al pasar. El hombre se detiene frente a una puerta sólida, pintada de negro, mirándole con un gesto torvo, y su corazón comienza a martillar feamente. Sabe que sea lo que fuera que hubiera detrás de esa pesada madera,  sería algo que se escapaba de su acostumbrada manera de ser. Incluso lo practicado hasta ahora, dejarse someter por un chiquillo blanco, quien, armado de una buena verga pálida le había sometido a sus deseos.

   La puerta se abre, hay un chirriar feo de goznes, e intuye que es un efecto buscado. Y funcionaba, el sonido le erizó la piel.

   -Pasa, negrito marico. –le cuesta pronunciar al otro con su acento eslavo.

   Dubitativo, porque el otro le cedía el paso, Roberto se asoma y su barbilla casi pega del suelo mientras los ojos prácticamente se salen de las órbitas al reparar el aquel cuarto circular, todas las paredes cubiertas de cortinas rojas sangrantes, con una tenue luz mortecina brillando en la parte más alejada. Hay varias jaulas para perros, bajitas, y jaulas altas donde apenas cabría un tipo de pie. De una placa metálica, como camilla de hospital, pero de metal, cuelgan esposas unidas por cadenas a la mesa. Un potro, una silla como de ginecólogo, estantes con fuetes, látigos, mascaras, capuchas y muchas otras cosas se dejan ver. Una enorme y cómoda silla para un señor descansa frente a una columna donde se ataría a alguien que quedaría semi reclinado, ofreciendo su espalda al castigo.

   -Pero, ¿qué coño…? –comienza alarmado, dando un paso atrás.- ¡Hey! –ruge cuando una mano fuerte se cierra como un cepo alrededor de su muñeca derecha, doblándole el brazo y llevándoselo a la espalda, su cuello siendo rodeado por el otro brazo del tipo calvo.

   -Bienvenido a tu entrenamiento, negrito maricón. –le gruñe gozoso el Ruso al oído, reteniéndole aunque se revuelve.- La vamos a pasar muy bien… Al menos yo lo haré.

CONTINÚA … 42

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: