EL PEPAZO… 19

EL PEPAZO                         … 18

De K.

sexy-thong

   Sabía, no lo que quería, sino lo que le urgía…

……

   -Doc… doctor… -grazna rojo de cara, aterrorizado por las poderosas sensaciones que le recorren… arrancando de su culo, uno que casi es tocado por aquellos dedos masculinos.

   -Eh, si, lo siento. –Gabriel parece despertar del encanto que sufre, mirando ese trasero que sube y baja, correspondiendo al tacto. Le cuesta un mundo apartar la mano. La siente vacía.- Pero debes relajarte. –regresa a sus hombros, y dice algunas otra cosas con voz ronca, algo inconexo, pero ya Jacinto no le escucha.

   Su culo late y palpita con fuerza, y por más que lo intenta no puede tensar ni cerrar sus nalgas. Era perfectamente visible la tira rosa de aquella tanga cubriéndole la raja, y apenas la entrada de su agujero, el cual parece abrirse y cerrarse desesperado. Y eso, que el médico lo notara, le tensaba los hombros y el cuello todavía más.

   -Tranquilo… -la voz de Gabriel casi sobre su oído, le sobresalta y marea. El calor del fornido cuerpo le llega en sensuales ráfagas.- Es perfectamente normal que este contacto produzca una intensa erección.

   -¿Cómo? No… no estoy empalmado. –se le escapa sin abrir los ojos.

   -Hablaba de mí. –le oye, voz ronca, pegándole la pelvis del trasero de manera sutil, sin dejar de masajearle… Teniendo el güevo bien duro bajo el mono azul.

   Joder, piensa Jacinto abriendo los ojos, sin mirarle, alzando las caderas y empujando el culo de manera instintiva hacia ese miembro poderoso, refregándose de manera intensa. Dios, ¿qué hace?, se pregunta pero no puede detenerse; la circunferencia de su trasero va y viene, buscando esa pelvis, esa mole dura de carne que se adivina caliente. Y Gabriel queda momentáneamente paralizado, sus manos en los hombros del paciente, quieto. Ese culo agitándose contra su güevo.

   -Jacinto, ¿hay algo que me quieras decir… o pedir? –pregunta con voz pesada, su recio tórax subiendo y bajando con esfuerzo, dejándose caer un poco, pegando inequívocamente su pelvis contra ese culo, presionándole contra la camilla, erizándose cuando el otro gimotea.

   -No, por Dios; le juro que no soy gay. –casi grita, rojo de cara, la respiración afectada, estremeciéndose al experimentar la mejor sensación de su vida, el peso de ese hombre contra su cuerpo, la forma de un güevo tieso contra sus nalgas.

   -¿Seguro? –pregunta Gabriel, juguetón, comenzando un sube y baja de sus caderas, refregándole la dura verga del trasero.- Porque yo si soy gay, muy activo y amante de los culos apretaditos. Los chupo y los lleno de güevo. ¿No te lo dijo tu cuñado? Lo de que soy gay, no lo otro. Eso no lo sabe.

   -¡Ahhh…! Si, no, deja, no hagas eso. –casi suplica, aterrorizado y caliente, alzando con esfuerzo su culo, exponiéndolo para sentir un mayor contacto. Erizándose por la confesión.- Esto no me gusta. –le mira sobre un hombro, mejillas rojas, ojos brillantes, desamparado y caliente.

   -A mí sí. –le responde, apoyado las fuertes manos a los lados de la camilla es intensificando el vaivén de sus caderas, extrañándose porque… parecía que, de alguna manera, esas nalgas se separaban y dejaban que la mole erecta que era su verga bajo el mono, verticalizada hacia arriba, hacia su ombligo, cupiera perfecta, rozándose contra esa raja apenas cubierta y que ardía.- Dios, esa tanga hace que se te vea un culo enorme, excitante y enloquecedor. Creo que esto te gusta. –le sonríe, creído de sí, guapo y masculino, dejándose caer totalmente sobre la recia y desnuda espalda del muchacho, quien lanza un bufido por el peso y queda presionado contra la camilla.

   -Gabriel… -quiere defenderse, escapar, pero todo su ser es recorrido por oleadas de intensa lujuria; sentir al macho sobre sí era… era como lo lógico, lo esperado. Casi grita cuando los labios del otro van a su cuello, rozándole, susurrándole, ronco y erótico.

   -Si quieres dime señor doctor. –juega y le mordisquea una oreja, incapaz de contenerse ante el joven y expuesto machito confuso, llevando las manos a su torso, que está despegado de la camilla, y cubriendo con las palmas abiertas sus pectorales, apretándolos, haciéndole gemir. Pero también él lo hace, esas nalgas parecían la perfecta vaina para su verga erecta y verticalizada entre ellas, el más leve movimiento producía un roce y unas apretadas increíble.- Oh, Dios, tu culo es… -y frota restregando la pelvis de él, arriba y abajo, casi mordiéndole el cuello.

   Y al escucharlo, sin que actúe su voluntad, Jacinto arquea la baja espalda, alzando su trasero, atrapando mejor aquella verga que se estremecía en aquella cárcel de joven carne dura. Casi ronronea cuando Gabriel se medio alza un poco, acomoda mejor su verga y apuntando con el glande bajo sus ropas, empuja y golpea contra su entrada. Y lo siente, que su culo se abre a lo que quiere el macho. Se le abre caliente, vicioso, hambriento.

   -Doc… hummm… Doctor, siento su güevo sobre mí, ¿no podría… no podría retirarlo? –pide, pero su culo, subiendo y refregándose del macho parecía desmentirle.

   -¿Por qué no hacemos esto?, lo saco y te lo enseño… Y si te gusta te lo quedas y lo usas. –le susurra al oído, presionándole más, Jacinto nota que mete nuevamente las manos entre los dos, y manipula algo.

   ¡Se estaba sacando el güevo!

CONTINÚA … 20

Julio César.

4 comentarios to “EL PEPAZO… 19”

  1. jrvaquero00 Says:

    Se lo van a ensartar …. al fin ……. 😲😲😲

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