AMA DE CASA… 4

AMA DE CASA                         … 3

Por Leroy G.

machote-velludo-en-tanga-caliente

   Todo un macho… en apuros.

……

   Sobre el colchón inflable su frente se arruga. No, no quiere eso, aunque traga en seco, de manera convulsas, sus manzana de Adán subiendo y bajando como si chupara, como la mano que tiene sobre su verga muy rojiza y erecta, la cual le baña los dedos con sus jugos espesos.

   Aunque lo odia, se siente abrasado por el calor de una lujuria enferma imaginándose de rodillas, desnudo su joven cuerpo musculoso y velludo, las manos a sus espaldas, su boca, de donde escapan ahogados sonidos de succión y saliva, cubriendo una y otra vez el extrañamente grueso güevo del joven vecino marica; bajito y flaquito pero con una tranca de las buenas. Lo chupa, succiona y lame. Van y vienen sobre la morena mole de carne sus labios rojizos por ente los castaños pelos de una sombra de barba y bigote de un día. Y estaba fuera de su apartamento, en el pasillo del edificio, ¡dándole una mamada al güevo de otro sujeto a la vista de cualquiera que pasara!

   -Oh, sí, bebé… -oye la riente voz maricona del vecino, que le embiste la boca con su tolete, llevándoselo a la garganta (y en la colchoneta, Gregorio casi cree atragantarse, prácticamente sintiéndola sobre la lengua).

   Se ve rodeándole el glande con los labios, las mejillas ahuecadas, succionando de manera intensa los jugos y todo lo que sale del güevo de un hombre, bañándole la lengua, haciéndosela estallar en llamas, tragándolo todo. Se ve cubriéndolo otra vez, pegando la nariz del pubis y los negros pelos rizados, su garganta incansable mientras lo ordeña, sabiendo que nunca antes había probado algo tan delicioso como la verga de un hombre. Eso se dice en aquella fantasía que le hace apretar los dientes en el cuarto, de rabia, frustración y vergüenza. Aunque no tanta cuando imagina que escucha como algunas puertas se abren y se oyen unas voces que se acercan, vecinos que van a sus asuntos y le descubrirán…

   Lanza un frustrado pero ronco bramido en aquel colchón inflable, alzando las caderas, masturbándose con mayor calentura. Aunque sigue mamándole el güevo a ese tipo, nota de reojo, muy rojo de cara, como otros hombres y mujeres les miran, sorprendidos, señalándole a él, gritando que ya le imaginaban tremendo marico; siendo burlones y degradantes… justamente como lo sería él mismo en iguales circunstancias. Pero ni eso le detiene, de rodillas, la saliva rodando por su barbilla, mojándole el cuello y el velludo torso mientras sigue ordeñando aquella polla gruesa como lo son todas en los sueños.

   -Eso es, tú sí que sabes cómo mamar un güevo. –ronronea el marica que le coge la boca, con una enorme sonrisa en su rostro.- Y te ves bien ahí, así, de rodillas con un tolete tieso entrando y saliendo del coño que tienes por boca, como una buena perra sumisa. –esas palabras despertaban ecos, risas y aplausos de los presentes, que los rodean y miran. Y desde su posición de perra sumisa, Gregorio ata sus ojos con los del marica ese.- Lámeme las bolas…

   En la colchoneta, aturdido, el joven aprieta los dientes, rebelde y molesto, pero se ve haciéndolo, retirando muy lentamente sus sensuales labios de la mole canela, dejándola brillante de saliva espesa, chupándola a cada centímetro. Queda afuera, bamboleándose en la nada, una gota de saliva y líquidos pre eyaculares colgando, una que atrapa acercando su lengua roja de tantas chupadas. Gota que parece encender nuevamente todas sus papilas gustativas, ganándole otra salva de aplausos de los presentes, algunos carajos tocándose sus bultos bajo las ropas, calientes por el espectáculo que les daba la perra sumisa.

   Si, era una perra caliente, le gritaba una jubilosa y liberadora voz en su cabeza, una que incluso parecía resonar en el vacio cuarto de aquel apartamento solitario, haciendo temblar las cerradas pupilas del joven y guapo muchacho, cuyo culo cae sobre el colchón de aire mientras sigue masturbándose. La idea, no sabe si suya, le calienta más, porque lame aquellas bolas ligeramente peludas con ganas, agitándolas, moviéndolas, alargando las pelotas dentro del saco, ganándose nuevos aplausos por su buena técnica. Las ensaliva, atrapa una en su boca, y sobre el colchón, rostro arrugado de repugnancia, aunque su garganta se agita, le parece casi sentirlo, ese testículo arrugado y velludo.

   -Sé lo que quieres. –regresa a ese pasillo, desnudo, enrojecido, erizado, mirando al macho, el marica ese, que le somete al embrujo de su verga. Este le sonríe.- Si, lo sé.

   -Todos lo sabemos. –tercia uno de los presentes, no sabe quién, puede ser cualquiera de aquellos hombres que van quedando al irse las mujeres, acariciando sobre sus ropas sus enormes penes erectos.

   -Tómalo. –le ordena el maricón ese.

   Y con un jadeo ahogado, botando vapor caliente como una cafetera, deja las peludas bolas y vuelve los ojos a ese glande brillante de nuevos líquidos que se muere por tomar. Lentamente, siendo aupado por los presentes, pegando la lengua casi entre las bolas, sube lamiendo, dando leves agitadas sobre la gran vena de aquella dura verga joven, subiendo para tragarla otra vez. Temblando de emoción, encontrándola enorme, demasiado gruesa, una real verga que entraría muy difícilmente dentro de su virgen agujero de amor, uno que titila entre sus nalgas muy abiertas. Esa idea le hace temblar, de miedo y emoción en ese pasillo, imaginando (dentro de su extraña fantasía), el momento cuando cayera en cuatro patas entre esos hombres presente, y aquella enorme y gruesa tranca, caliente y pulsante, robará su inocencia, tomara su cereza y lo estrenara como el coño de una puta que goteaba de emoción por los hombres.

   Sobre el colchón de aire, Gregorio aprieta los dientes y ojos con furia, de estos manan gruesas y ardientes lágrimas de horror y frustración, mientras sigue masturbándose, aparentemente incapaz de detenerse, percibiendo ese olor extraño a duraznos, su culo cerrándose bajo sus bolas… y abriéndose un tanto. Quería parar, pensar en su vida de siempre, en su familia, en Ligia, incluso en la iglesia, pero no podía. Sólo su miembro masturbado era real, sólo importan esas imágenes de él mamando güevo, siendo felicitado y alentado con los “así, sigue así, puta, muéstranos como ordeñas una verga”, con manos que hora lo tocaban, que recorrían y acariciaban sus hombros recios, su torso velludo y musculoso, sus tetillas erectas que eran apretadas. Las manos que recorrían sus duras nalgas, los dedos que violaban la santidad de su peluda raja y la entrada de su culo.

   Quiere evadirse de ese lugar, regresar a un puerto seguro, a su masculinidad, pero no puede. Lloraba abiertamente mientras se veía gimiendo, abarcando con su boca la totalidad del moreno miembro, caliente y pulsante sobre su lengua, atragantándose en su garganta, donde lo ordeña… mientras su culo recibía pellizcos y haladas, puntas de dedos que rastrillaban. Poniéndole caliente.

   -No te preocupes, mi perra… -la voz del marica, su hombre, le regresa a esa escena en aquel pasillo de su mente, sacándole el tolete de la boca, viéndole desde arriba, entregado, de rodillas, rojo de cara, labios y barbilla cubiertos de saliva, con esos hombres tocándole con codicia, porque sí, todos querían un pedazo del hermosos y velludo macho que ahora era una sumisa princesa.  Azotándole la nariz suavemente con la punta del impresionante tolete, le aclara.- Sé que puede parecer muy grande, pero te cabrá por el culo. Sé que puedes con esto y mucho más. Y cuando lo tengas clavado, abriéndote, llenándote, descubrirás el verdadero placer sexual, el bueno, el real, el total, ese para el que viniste a este mundo. Cuando comience a metértela, gritarás de emoción, cuando la tengas todas me rogarás que nunca te la saque del culo. –le promete, palabras extrañas que resuenan en su mente.

   Y, de rodillas, pecho subiendo y bajando con esfuerzo, le mira con amor, sabiendo que era cierto. Que podría con esa verga por su culo, que la domará, ordeñaría y exprimiría… y con la de todos en ese pasillo. Vergas que van apareciendo mientras uno a uno, todos esos hombres, las sacan de sus ropas, ofreciéndoselas para que las atienda. Y las disfrute.

   -Vamos, perra, chupa como las buenas putas, ya estás muy cerca, pronto tendrás la boca llena con mi esperma, la saborearás y la tragarás amando cada gota de ella. –le rugía, autoritario a pesar del, tono amanerado, el mariconcito ese, provocándole un estallido en las pupilas y un intensificar de las idas y venidas de sus labios sobre le morena mole de carne surcada de venas que atrapa otra vez.- Tragar leche es bueno, perra, beberla y sentirla sobre la lengua te enloquecerá. Mamarás todas estas mientras estreno tu culo, uno que todos disfrutaremos también. Ahhh, ¡tómatela toda, perra! –le grita y el primer trallazo caliente…

   Y se corre. En su colchón de aire, casi contra su voluntad, un Gregorio de ojos cerrados alza el culo, dobla los dedos de sus pies y se arquea mientras de su verga rojiza y dura escapan verdaderas erupciones de esperma que bañan su pecho y abdomen; goterones calientes, gelatinosos, olorosos. Todavía entre temblores, cae… Y piensa en el semen; su semen bañándole debía saber rico. Quiere probarlo, y casi mecánicamente se lleva la mano chorreada de jugos pre eyaculares con la que se masturbaba, a su torso, recogiendo un reguero, llevándose esos dedos a la boca, cerrándola hambrientamente sobre ellos, las gotas mojando su lengua, disparando algo en su mente, y chupa y lengüetea para recogerlo todo. Si, la leche era muy rica. Repite una y otra vez aquella acción, amodorrándose, desparramado sobre el colchón inflable, desnudo, joven y velludo, guapo, sumergiéndose en la inconsciencia, su verga aún morcillona, manando algo de esperma, los regueros visibles en su pecho y abdomen, donde lo recogió. Sus labios brillantes con el semen ingerido. Se siente cómodo, cobijado por una buena y grata temperatura. Y se duerme sonriendo.

   Hasta el otro día, cuando despierta sintiéndose levemente confuso, hambriento, recordando vagamente que no se duchó. Ni cenó como no fuera… Grita aterrorizado al recordarlo todo, quedando sentado de culo, incapaz de procesar las imágenes y recuerdos que su mente se empeña en traerle nuevamente al presente.

   -¡Oh, Dios! –grita llevándose las manos a la cabeza, notando algo raro en la derecha, los dedos… semen de cuando lo tomó de su abdomen y pecho.

   Lanzando otro grito la aleja. Siente nauseas, su lengua… Corre hacia el baño sufriendo arcadas, y cae de rodillas frente al inodoro, la boca llena de babas, pero no vomita, aunque en verdad lo quiere. Cae de culo al lado de la poceta, agotado, irritado. Asustado. Dios, ¡había probado su semen!, la idea era horrible, y le pareció que el pene se le encogió como avergonzado también de haber tomado parte en aquello. Si alguien se enterara… Esa era una de sus preocupaciones mayores. No, nadie lo sabría. Saldría como siempre y buscaría a Ligia, tendría bastante sexo con ella, o con cualquier fulana si esta no estaba de ánimos. Resolvería… esto.

   Toma una larga, larga, muy larga ducha, con bastantes gárgaras. Su pene seguía, gracias a Dios, blandito. Al menos esa urgencia del día anterior había terminado, se dijo con sombría satisfacción. Sale, envuelto en la toalla, rumbo a la cocina, montando el café y calentando un guiso de pollo con papas, estaba muerto de hambre. Mucho. Tomó una pieza fría y mordió, desagradable pero necesario. Regresa a la nevera, debía tener pan de sánguche en… Frunce el ceño al ver un cartón de medio litro de leche fría. ¿Todavía había envases de medio litro? ¿Y quién la llevó? Debió ser Ligia, a veces sufría de acidez estomacal. Bien, se encoge de hombros, tomando el envase, abriéndolo y tomando directamente. Aunque una idea le molestaba subconscientemente. Leche. Bebía leche. Deja de hacerlo y la mira, dentro del pote, tan blanca, y aquella era algo… gruesa, espesa, pero deliciosa, debe reconocer.

   La idea era molesta, tomar leche, pero vuelve a hacerlo, cerrando los ojos, oliéndola al beber; leche cremosita de delicioso sabor. Se sentía bien la leche sobre su lengua, piensa, sus papilas gustativas estaban de fiesta, e imagina que cantarían si fuera leche recién ordeñada, caliente. La idea le estremece y le parece que el sabor se hace mejor todavía. Se termina y casi gime con deseos de más; pega los labios y chupa de la triangular boquilla.

   ¡Qué rico era tomar leche!, se le ocurre, desconcertándose, parpadeando. Mirando hacia abajo. Nuevamente estaba erecto.

CONTINÚA … 5

Julio César.

2 comentarios to “AMA DE CASA… 4”

  1. marcos Says:

    Oh cielos… joder… esto se vuelve cada vez más intenso, actualizalo pronto!!!

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