BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 4

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 3

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Qué importaba que lo dejara así… El cuerpo maldito ya no estaba donde lo había sepultado. El miedo al admitirlo le hiere la piel, los ojos, la cabeza. No estaba, ¿alguien lo había movido? ¿Se lo habían llevado? ¿Por qué? ¿O acaso…? Se apresura más, creyéndose en peligro, mirando en todas direcciones, completamente dominado por una imagen de pesadilla, un cuerpo apareciendo frente a él, cortándole la retirada, cubierto de barro y tierra, ojos llenos de rabia. Casi jadea al correr febril, bajando de la ceiba, rumbo a la vieja propiedad, al pueblo.

   Aunque no todo eran imaginaciones suyas. En cuanto desaparece, el hombre se acerca al borde de la hondonada, del lado contrario de la ceiba, mirando al fondo. Estudiándola. Luego el camino por donde el otro se había alejado. Lo que acaba de ver le preocupa, lo que ponía en peligro al delgado chico en fuga… ya que este sí era un monstruo en toda la regla.

……

   Dentro de la cocina de los Lezama, amplia, bien iluminada, con un lavaplatos de dos enormes piletas llenas de platos y utensilios de cocina, Elena y su marido hablan, y no disimulan en ese momento la horrible impresión causada por el regreso de Mayra, con sus amigos. Con un trapo en las manos, el culo pegado a las hornillas de la cocina, Raúl clava los ojos en su mujer, quien tensa, mirando por la ventana, refriega con algo de agresividad una sartén especialmente manchada.

    -¿No vamos a decir algo?  –exige saber después de un rato, quiere explotar pero no sabe cómo.- Llega a casa después de años de ausencia, vestida como una hippie de los sesenta, en una camioneta inmunda y acompañada de unos chicos desagradables. ¡Tenemos que decirle algo!, fijarle límites. ¡No podemos dejar que haga lo que quiera! Menos esto. –ruge.

   -¿Debemos, imponernos?, ¿qué vamos a decirle ahora que tiene dieciocho años de edad y ante la ley es una adulta?  –responde ella con dureza, sin mirarle, casi exasperada.- No pudimos impedirle hacer lo que quería cuando tenía catorce, ¡tú dejaste que se fuera a hacer su vida!, ¿qué podemos hacer ahora? –culpa, feo.

   El hombre se congela por el golpe, alza los hombros pero no responde. La vieja disputa, el resentimiento de siempre. El día que falló. Esa maldición parecía perseguirle; y ahora, muchos años después, sabe que jamás será perdonado, que todo lo que ha hecho e intentado era un pálido paliativo para su realidad.

   -¡Basta! –tercia la voz de Mayra justo cuando abría la boca para recriminarle si era que su condena jamás terminaría. La pareja se vuelve hacia la puerta.- Los chicos van a escucharles. –parece ser su preocupación.- Sabía que lo tomarían así, desaprobándome, a mí, a mis amigos.

   -¿Qué carajo pensabas que podíamos decir cuando te aparecieras vestida así, en una camioneta con chicos? –se altera el hombre. Quiere decir mucho más, pero Elena, tomando un pañito de cocina después de enjuagar sus manos se vuelve, encarándola.

   -Ah, entiendo, te pones a la defensivas porque tus padres son completamente horribles e insensibles, y no entienden tu punto de vista, o no les parece bien por simple egoísmo y ganas de molestarte, a ti que todo lo haces perfecto aunque nadie quiera verlo así. No, Mayra, lo siento, no vamos a jugar a eso. –la voz es ecuánime, sensata. Y es ahora ella quien pega el trasero de lavaplatos.- En serio, ¿qué creíste que podíamos pensar de todo esto? –la reta, y la joven se tensa, sus labios se mueven sin emitir sonido.- Regresas a tu casa después de años para decirnos que quieres que te firmemos un papel para entrar en posesión de un dinero que papá te dejó, y que vas a usarlo para financiar tu grupo teatral, ¿y te parece que debemos aplaudirte, que no debemos preocuparnos el que actúes con tan poco tino y casi de manera irresponsable?

   -¡Es mi vida, soy una adulta y puedo hacer lo que mejor me parezca! –lanza la joven, con desafío en sus ojos, uno que intimida un poco a Raúl, no así a Elena.- Son mis padres, es cierto, pero no vivo bajo su techo, sus reglas no son para mí. –eso lo dice con voz dura, mejillas rojas, tratan do de no mirar a Raúl, pero no evitándolo al final, casi doliéndole notar que lo lastima, pero no puede evitarlo. Vuelve los ojos a Elena, ella era la dura. Se miran durante un segundo, y le altera y molestar encontrar en sus ojos comprensión, frustración, amor y… ¿piedad?

   -No, tampoco vamos a jugar a que eres la niña boba que piensa que esto es una telenovela, diciendo majaderías, porque si pienso que no puedes actuar y razonar realmente como una adulta no tendrás ni mi respeto. Eres legalmente una adulta, una mujer ante las leyes, con cédula de identidad y derecho a tu opinión, a escoger y seguir tu camino para encontrar… no lo sé, la felicidad, tu lugar, pero… -da un paso hacia la joven.- Somos tus padres y no podemos dejar de angustiarnos, de preocuparnos. Lo hicimos cuando te caíste de la cuna a los nueve meses, por traviesa, tu papá corriendo para conseguir un corral alto, teniendo que darte vueltas una y otra vez aunque sabíamos que en ese corralito estabas segura. Porque tu visión, llorando desconsolada al pie de la cuna, caída, lastimada, fue demasiado horrible para nosotros. –su voz tiene un tinte de amargura vieja.

   -Mamá, por favor… -Mayra desvía la mirada, nunca se sentía segura cuando tomaban aquella ruta.

   -Lo sé, eres una mujer… -e incómoda, pensando en el guapo chicho, Clemente, se pregunta qué tan cierto será lo que dice en esos momentos.- Pero para tu papá y para mí sigues siendo la misma cosita que gorgojaba y sonreía y lloraba cuando no la cargábamos. Y el miedo de tu caída fue el mismo que sentí cuando te vi colgando de cabeza de una rama de la mata de mango con tus amigos, o cuando escapaste la primera vez para llegarte a la laguna. –toma aire.- ¿Cómo puedes imaginar que no vamos a preocuparnos por ti, por las cosas que haces, los pasos que das? Te fuiste… por todo aquello, y lo entendí. Lloré, mucho, los hijos duelen, pero lo entendí… -en el tono vibra una calidad dolorosa, de reclamo no expresado, de intenso dolor que afecta a Mayra y su padre.- Decías que regresarías al finalizar el bachillerato y no lo hiciste, porque ibas a estudiar Medicina, ser doctora, y un buen día lo dejas todo, te vas de casa de tu tía, no te inscribes en la UCV y actúas en ferias y calles, y ahora andas con un grupo de chicos en una camioneta, gustándote uno de ellos. –acusa levemente.- ¿Cómo podemos sentirnos?

   -¿Qué? ¿Te gusta uno de esos chicos? Por Dios, ¡dime que no sales con el de la gonorrea! –se alarma Raúl.

   -¡Papá! –exclama Mayra, roja de cara.

   -Raúl. -el seco estallido de la mujer le detiene. Madre e hija se enfrentan.- Después de tantos años regresas y es por dinero, para irte otra vez, a llevar una vida de gitana… Claro que estamos preocupados. –la joven se muerde el labio inferior, sintiéndose atrapada en la implacable lógica materna. Quiere rugir otra vez que es su vida y hace lo que quiere desde los trece años, pero…

   -No puedo quedarme aquí, mamá. Ni siquiera quería regresar.

   -Aquí naciste, tú y tus…

   -¡No! Odio este lugar de sombras y tristezas. –se ve afectada, su respiración agitada.- Cómo pudieron quedarse papá y tú, jamás lo entenderé. –les reprocha.- Debimos irnos todos hace mucho tiempo. Debieron hacerlo por Tristán y por mí, porque no estábamos a salvo. Pero no lo hicieron. –acusa, ahora si como una niña.

   -Mayra, en todas partes pasan cosas malas, lo importante es mantenerse como familia y…

   -¡No! –tajante interrumpe a su padre.- No, aquí es especial. Río Grande es un lugar maldito. –habla la antigua niña, vehemente.- Sólo quiero irme y no regresar jamás. –termina casi temblando, mirando de uno a la otra, ellos que intercambian una mirada.- Si desean continuar aquí, bien por ustedes. Yo también me preocuparé, y me asustaré, por ustedes, pero es su decisión. Yo sólo quiero largarme, ojalá pudiera salir hoy mismo.

   -Estás siendo irracional, cariño. –insiste su madre, va a agregar algo más pero unos pasos a la carrera la interrumpen. Y tensan. Agitado, mostrando por primera vez señales de animación, Tristán entra, se detiene y les mira, teatral, sin captar que algo ocurre.

   -¡Se perdió un niño! –exclama triunfal.

   -¿Qué? –Elena, naturalmente la madre, se altera. Raúl le lanza una mirada a Mayra, quien palidece, respirando pesadamente.

   -Es un niño de la escuela. Dicen que entraron a su casa y durmieron a todos y se lo llevaron. En un saco. –repite el joven, casi divertido, el deformado cuento.

   Todo el horror de un niño extraviado, especialmente en semejantes condiciones (aunque los padres dudan un tanto de los detalles), se deja sentir en esa cocina. ¡Un niño extraviado! ¡En el pueblo! Antes de que puedan preguntar quién, Mayra habla.

   -Tengo que irme. –grazna, ronca y rota, y Elena, después de mirar a Raúl, deja caer los hombros.

   -Firmaremos los papeles, y si te los notarían esta tarde, será todo.

   -¿Hablan del dinero del abuelo? –los ojos de Tristán se iluminan, sacando sus cuentas.

   -Gracias, mamá, papá. –la voz de Mayra es apagada. Sus ojos miran por la ventana, una mañana clara, soledad, hermosa. La trampa del maldito pueblo.

   ¡Maldito sea Río Grande!

   Con pasos lentos, acalambrados, deja la cocina mientras Tristán responde lo poco que sabe a Raúl; sin escuchar nada más se medio vuelve y ve a su madre caer en una de las sillas de la pequeña mesa, y a su padre alzando una mano, para tocarla en el hombro, dudando, apartándola. Cada uno atrapado en su propio drama. Por un segundo se había sentido casi bien hablando, escuchándoles decir cuánto la amaban, dejando saber cómo se sentía sobre ese lugar. Por un segundo casi estuvo cerca de ellos, otra vez, se dice cruzando el comedor y la sala, necesitaba salir al exterior. Fue duro reclamarles el no haberse ido, seguramente así se los pareció a ellos, pero por el momento que vivían silenció algo que lleva años preguntándose, ¿por qué jamás tuvieron el valor de separarse si ya no podían seguir juntos? Le pareció cruel, ahora…

   Un chillido se le escapa cuando, al abrir la puerta de la calle y salir, choca de alguien, el cual le atrapa los hombros con las manos para estabilizarla.

   -Clemente… -jadea, notándose en su cara un dolor antiguo, muy vivo.- Un niño…

   -Si, escuche cuando se lo contaban a tu hermano. ¿Estás bien? –se ve preocupado, mucho, y con los pulgares le frota sobre el vestido, calmándola un poco. Pero con una sonrisa que parece llanto, ella niega.

   -Tenemos que irnos. Ahora. –se le escapa. Le sorprende, y mucho.

   -Creí que esperarías por la firma y…

   -Mis padres van a firmar, pero… no quiero esperar. –le atrapa la franela y hala un poco.- Vámonos, ahora. –calla el “antes de que sea tarde y algo pase”. Pero se le nota, todo ese miedo, esa angustia profunda.

   -¿Qué te pasa realmente, May? –usa ese diminutivo de cuando están solos, y hay tanto interés y ternura en su mirada que la joven tiembla, visiblemente, casi al borde del llano. Eso le gana un fuerte y cobijador abrazo. Y contra su hombro, sintiéndose protegida, deja escapar una larga bocanada de aire.

   -No soy la primera, Clem… -era el diminutivo que ella usaba.- Soy el “segundo hijo”, tuve un hermano mayor, Leo. Se llamaba Leonardo, y un día, cuando tenía nueve años, y yo ocho, salió y nunca volvió. Él también desapareció. Salió por esta puerta y nunca mas volvimos a tener noticias suyas, ni un zapato tirado, un cuerpo en una cañada, el rumor de un niño en la carretera… Tan sólo desapareció. –confiesa y tiembla todavía más, notando la tensión de él.

   -May… -exclama en un jadeo de sorpresa, simpatías y confortación, pero ella niega con la cabeza, casi ahogando una risa de llanto, tan fuerte que se separa y la mira, sin soltarla.

   -Tú no entiendes, el había ido a la bodega de la esquina por un refresco, para almorzar, mamá no estaba. Era yo quien debía ir, pero protesté y me quejé tanto que él fue. Salió y no volvió. –traga llorando.- Pero era yo quien debí ir. Él tomó mi lugar y este maldito pueblo…

   La sorpresa del joven es enorme, en su joven vida, dos años más que ella, nunca había sufrido nada parecido, ni concebía que alguien pudiera. A Mayra le había sido arrebatado un hermano, su hermano mayor cuando tan sólo era una niña de ocho años, y ella pensaba…

   -Vamos. –la toma de una mano y la arrastra a la vieja van.

……

   Nada más retirarse su padre de la escuela, ignorando si iría o no a la calle de la lavandería, Timoteo Zabala inició algo que lo llevaría, con sus amigos, muy cerca de la destrucción. Comenzando por escaparse de clases, abandonando el liceo, a solas, aunque el gordo Rubén y el negro Cruz, extrañados, le vieron alejarse sin sus útiles escolares. El muchacho no pudo quitarse una idea de la cabeza: el pequeño Antonio Liscano, un crío grande para su edad, tal vez entró al patio de la bruja a buscar el balón por el cual fue retador el día anterior, teniendo que soportar las presiones y burla del resto al negarse. No sería el primero que se veía forzado a hacer algo que no quería. También él lo había sido, aquella vez de los cigarrillos, por culpa de su hermano.

   Arruga la cara, siempre le pasaba al recordar las náuseas y el malestar de ese día. No entendía cómo a alguien podría gustarle fumar (él nunca lo haría, efectivamente). Aquello fue desagradable, aunque casi inofensivo, a pesar de las nauseas; lo de retar a Liscano a entrar en ese patio…

   No le lleva mucho tiempo llegar, allí estaba la pared con el cartel anunciando el regocijo por la reciente visita Papal. Posa los ojos sobre la faz del pontífice que recibiera un disparo en la plaza de San Pedro, a manos de un turco, apenas cuatros años antes, motivo por el cual le admiraba más allá de su significado espiritual, que siendo sinceros no era mucho para un chico de doce años a quien su madre obligaba a ir a misa. Se vuelve hacia la casona abandonada, de aire triste tras la alta cerca de maderas. El municipio siempre se opuso a aquello, pero, y él lo atribuía a que era una vieja bruja loca y los vecinos a que se volvía excéntrica con los años, Soledad Contreras se había salido con la suya. ¿Estaría Liscano allí, dentro de la propiedad, herido, oculto o preparando una broma? No lo cree, era un chico alto, pero tan sólo un niño, casi un bebé. Erizado, estremeciéndose a pesar de estar bajo un intenso cielo azul despejado donde el sol brillaba con toda su fuerza achicharrante a pesar de ser temprano, se encamina hacia la verja, buscando sus huecos. Uno a uno los va recorriendo, buscando en la alta grama, en los matorrales, el jardín escapado de control, ¿desde cuándo nadie se ocupaba de él? ¿Por qué nadie notaba que algo ocurría allí? Alguien…

   Se congela, parpadeando, acercándose más a la verja, como si deseara traspasarla. En el suelo, cerca del porche de la vieja casa solitaria, estaba el remendado balón de futbol. Allí, como si tal cosa, cuando el día anterior no aparecía por ningún lado. Lo habían arrojado en ese lugar, a propósito, pensó… como parte de una trampa. Con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho, alza la mirada, la cual se le empaña de pura impresión. En una de las ventanas del piso inferior, supone que la sala, cerca del porche y no tan lejos del balón, tras la cortina corrida, estaba la alta y voluminosa figura de la mujer… con una más baja y delgada a su lado.

   La de un niño… tal vez demasiado alto para su edad. ¡Le había atrapado la bruja!

CONTINÚA … 5

Julio César.

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