BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 5

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 4

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Su joven corazón late con fuerza, el ojo muy abierto, enfriándose aún más su cuerpo a pesar del sol al tiempo que se aparta. Su mente racional, de doce años, lucha contra la idea en sí, que aquella mujer era una bruja. Cierra los ojos por un segundo y vuelve a mirar por la abertura. Aunque no quiere, sabe que al mirar esa ventana estará abierta, que Liscano, ese niño demasiado grande para su edad gritará pidiéndole ayuda y que no sabrá qué hacer. No quiere enfrentar el momento pero tampoco puede apartarse. Mira y mira, pero sólo encuentra la figura ominosa de la mujer, tras la cortina, dentro de la casa. Sin rastro de la otra sombra. Febrilmente, las manos contra la madera, se afana en buscarle, en otras ventanas, en el patio, preguntándose si el chico habría escapado. Desea llamarle, pero la voz no le sale. Mira la figura en la ventana, quieta, una mano levemente alzada, apartando uno poco las cortinas, ¿mirándole?, pero no le importa. Intenta fijar la mirada en el balón de futbol para… No estaba. Eso le produce un violento escalofrío por la columna vertebral.

    Cruzando tras el callejón de los depósitos donde se guardan mercancía para el mercado popular en la plaza, motivo de frecuentes disgusto para el cura del pueblo, el camión cargado con bombonas de gas domestico parece llevar cierta prisa, desplazándose a buena velocidad por la calle curiosamente desierta. El conductor, un hombre cincuentón de cara redonda y vientre parecido, parece molesto. Problemas en su casa, su mujer se acicalaba demasiado, y mientras más lo hacía más interesada parecía en sus horas de salida y llegadas a la casa. No quería ser mal pensado, pero… Y para colmo estaba el problema del Paisa, el socio que  no daba señales de vida… Oprimiendo los labios pisa un poco más el acelerador, casi llegando a la calle de la lavandería del chino “lalón”, como le llamaban todos. Que no era realmente chino, pero si muy poco honesto. El enorme, pesado y mortal vehículo farfulla como un animal exigido al máximo al girar en la curva, un letrerito atrás, casi sobre el escape, se agita. Ominoso. Una calavera cruzada con dos huesos, pero no era una bandera pirata. Era la señal internacional de peligro (era un camión de gas), pero también podría ser de muerte. Arrojado contra alguien…

   En la calle de la lavandería, paralizado frente a una verja, buscando frenéticamente algo con un ojo pegado a una abertura, el mundo de un chico de doce años pierde todo sentido; todo lo que está del otro lado se disuelve, la grama desordenada, la casa abandonada, la figura siniestra en la ventana. La abertura, a escasos centímetros de su propio ojo, es ocupada por una imagen de pesadillas, una pupila legañosa, lo blanco casi amarillento, con trazas rojas por los vasos prominentes; un iris salvajemente amarillento (como el de un gato), le mira directamente. Sucede tan de repente, es tan extraño, tan apartado de todo lo que sabe que tan sólo su boca se abre y se queda quieto. Hasta que estalla una risita cascada, sucia.

   -No es bueno espiar, pequeño niño, ¿por qué no entras y hablamos? –invita, tono ronco, entre risitas, unas que son amenazante aunque las palabras intentaran ser tranquilizantes.

   Timoteo lanza un jadeo y casi cae de culo, bajando de la acera, para escuchar al segundo siguiente un violento traqueteo, algo arrojándosele, y un prolongado bocinazo. Un enorme camión de gas estaba casi encima de su persona. Casi no tiene tiempo de subir otra vez a la acera cuando, desviándose un poco, el vehículo evita aplastarle de pura suerte. Mientras el hombre le grita un insulto por andar de idiota en la calle, y que fuera a la escuela, producto del miedo que le provocó aquel muchacho que bajó de la acera a la calle cuando pasaba, y al cual casi aplasta, Timoteo no está mejor. El miedo real a la muerte que le envuelve, lo cerca que estuvo, es tan intenso en su pecho que teme que su corazón estalle. Un miedo parecido al sentido poco antes. Y la risita siniestra, burlona, regresa del otro lado de la empalizada.

   -Ten cuidado, pequeño niño, no vayas a terminar como tu dulce amiguito. –y ríe aún más, cuando un jadeante, erizado y aterrorizado Timoteo echa a correr alejándose de la verja. Sin mirar, si podía cruzar. Su mente se niega a responder en esos momentos.

   El miedo, la adrenalina, el peligro vivido le hace llorar, corre sin detenerse ni mirar atrás, un enorme puchero en su cara. Algo que le avergonzaría luego y de lo que jamás le hablaría a nadie mientras viviera.

……

   Mientras el horror de la desaparición de un niño se extendía lentamente por el pueblo, arrancando desde las casas vecinas donde residía el chico, un pueblo que ha padecido de casos parecidos de vez en cuando, no terminando nada bien muchas veces, se iniciaban también mil conjeturas. Desde fugas de un niño tonto a escapando de unos padres abusadores (cosa que todos decían no creer, aunque lo repetían como una lejana posibilidad, sabiendo exactamente qué tipo de daño hacían). Igualmente, los pocos que la ven, se comenta la aparición de la mujer diminuta, poco más de medio y metro de altura, algo obesa, viéndose gruesa, no como una nevera pero si una lavadora, de largo y grueso cabello blanco de una tonalidad sucia, no de algodón, que cae a los lados de su rostro y su espalda. Su cara redonda es muy poco atractiva con sus muchas arrugas y manchas en la frente, los profundos surcos que bajan de su nariz gruesa, algo caída, a unos labios levemente gordos, quedando completo el cuadro por unos ojos que se ven enormes, con gestos de pescado en pecera al nadar tras unos enormes anteojos de carey, antiguos, con mucho, mucho aumento. Había días cuando era fácil creerla una anciana decrepita, con más de ochenta años, según quienes la conocían; otros se veía francamente vieja y acabada. La pequeña figura de duende, de la cual mucha gente se aparta al divisarla llegar, va cubierta por un vestido estampado, que llega a sus tobillos, manga largas, con un viejo chal en sus hombros. Sea a donde sea que vaya la mujer, parece llevar prisa mientras cruza la acera de la calle Bermúdez, que la acerca al corazón del pueblo, el llamado Centro Cívico.

   Nota las miradas, el apartar de algunos, los niños señalándola (es otra de las llamadas brujas del pueblo, lo sabe y sonríe), los perros que parecen mirarla con recelo. Lo ve todo y nada, como también escucha. Lo del niño desaparecido de su cama. Otro niño perdido, ¿cuándo pasó la última vez?, todos se dedican a recordar. Ella sabía exactamente cuándo fue, y cuál, pero no se detiene a comentarlo. Ni siquiera cuando escucha que el jefe Zabala espera que llegue gente de la capital del estado, de la Policía Científica, para ayudar en la búsqueda, lo que siempre era incómodo. En Río Grande no gustaban de los extraños… y eso que había muchos. Los llegados hace tiempo, atraídos por lo que la tierra ofrecía. Y gente más nueva, como las dos llamativas jóvenes que ve caminando lentamente en la plaza, una negra delgada, curvilínea y alta, hija o nieta de trinitarios (la cataloga), peligrosamente bonita, y su amiga, mas bajita, rostro anodino, cabello negro y liso, algo ensortijado, con lentes pequeños sobre sus ojos, ofreciendo un aire intelectual.

   Mientras sigue su camino, la mujer clava la mirada en las chicas, las recién llegadas. En la joven de los lentes, y sonríe con cierto sarcasmo. ¡Cuánto odiaba y adoraba a su amiga morena! Se pregunta a causa de quién… abre mucho los ojos tras los cristales. ¡Mayra Lezama había regresado a casa! Justo a tiempo. ¿Sería eso lo que puso todo en marcha?

   -El jefe Zabala encabeza la búsqueda, ya no es por los patios, van a llamar a las casas. –comenta una mujer a otra, en una esquina.- Me da tanto sentimiento, y miedo, pobre niño. Y pobrecita de su mamá, aunque si lo hubiera cuidado mejor…

   -¿Crees que le encuentren? Viene gente de la capital. –comenta su acompañante.

   Para lo que servirá, pobre chico. El pecado de los padres… comienza a decirse la extraña anciana, continuando su camino. Oyendo todavía.

   -Mira, la vieja Aminta Santos, pensé que… -inicia una, muy bajito, furtiva.

   No, aún no he muerto, piensa la anciana bajita, sonriendo desdeñosa. Para desesperación de muchos. Oh, sí, todo comenzaba, la gente llegaba, los grupos se formaban, la historia sería otra, cambiaría… para continuar exactamente igual. Mira uno de los postales conmemorando la reciente visita papal y sonríe torva. Río Grande exigía el precio a lo entregado.

……

   La historia era tan corriente como vulgar, un joven que no llegaba a los veintidós años, apuesto, engreído y creído de sí, salta la verga del patio y se dirige hacia la puerta de la cocina de aquella casa que no era la suya, sonriendo echón, notando la mirada anhelante de la mujer que le espera, algo llenita de mejillas, buenas tetas para sus mal llevados treinta y tanto, cara algo pintarrajeada en un intento de verse bonita para él, el atractivo y exitoso muchacho que coqueteaba con todas y ninguna en el mercado, pero que terminaba mirándola a ella, una mujer corriente, en una casa más corriente aún y con un marido tan corriente que, como en el viejo chiste de la televisión, daba toques.

   Salvador, Salvy, Mastrangioli la mira con picardía y algo de condescendencia. La mujer era un vehículo, algo quería de ella, pero también servía para “descargar tensiones”.

   -Hola, bonita, ¿ya se fue tu marido? –le pregunta deteniéndose frente a ella, viéndola enrojecer, algo avergonzada, culpable y excitada.

   -Salvy, no creo que… Hummm… -toda duda, oposición o disculpa que quisiera inventarse a sí misma es silenciada con un beso algo demandante del alto joven.

   Mientras le atrapa el rostro, encontrando desagradable, como siempre, la laca en el cabello, este le mete la lengua, aleteándola sobre la suya, sintiéndola temblar. Tomasa era una mujer apasionada que se contenía o a la cual el marido no encendía. Él sí, se dice, empujándola, haciéndola conectar, de espalda, contra la pared, metiendo procaz una de sus piernas entre las de ella, aplastándola, casi alzándola, haciéndola consciente de su masculinidad calentándose y endureciendo al reaccionare a la caricia.

   Y es todo lo que Tomasa de Beltrán puede pensar, todo gira mientras ese muchacho alto y guapo la besa, mordisqueándole el labio inferior, soltándole el rostro, llevando una mano a su baja espalda, reteniéndola, la otra subiendo y atrapando uno de sus senos, mientras empuja la pierna entre las suyas, casi teniéndola montada sobre ella, la falda cubriéndola, haciéndola consiente de la dureza de su miembro, siempre así a esa edad. Y se agita, siente que su propio sexo responde a ese joven.

   Hay cosas que esa pobre mujer nunca entenderá cabalmente; el por qué ese chico la buscaba a ella, para comenzar. Se lo preguntaba para escucharle decir que la encontraba sensual y hermosa, cosa que le producía una alegría patética, casi haciéndole olvidar que engañaba a su marido en su propia casa. Tampoco entendía como en un momento dado se besaban en el patio y cuando se paraba a tomar aire, para respirar apenas, ya estaban en su dormitorio, el matrimonial, algo que siempre la avergonzaba un poco pero que a él parecía encantarle. Luego no podía detenerle o decir algo viéndole despojarse de las ropas, el esbelto y firme cuerpo exhibido sin ninguna vergüenza o complejo, viéndole caer de culo, desnudo, sobre la cama, del lado donde dormía su marido.

   Sabía lo que le esperaba, y la avergonzaba y enloquecía. Se acerca y tomándola de la cintura, Salvador la hace caer a su lado, aún vestida, desabotonando su blusa, metiéndole una mano dentro del sostén, acariciándole los duros pechos, el erecto pezón del que se antojara, haciéndola gemir mientras le alzaba la falda, riéndose como siempre, predador, al verla con sus coquetas pantaletas de fantasía, unas que no usaba con su marido. Y todo se volvía nebuloso para Tomasa; de espaldas sobre la cama, gemía mientras sus tetas eran expuestas, mordidas y chupadas golosamente, el muchacho parecía un lactante, al tiempo que una mano de este la acariciaba sobre la pantaletas, suavemente, desequilibrándola más, antes de que los dedos se hundan, con todo y tela, entre los labios de su vagina, con fuerza, buscándole el clítoris, presionándolo una y otra vez haciéndola delirar.

   El chico no era tímido, gustaba de cosas que la avergonzaban un poco, por pacata. Como cuando besando, bajaba por su cuerpo, despojándola de la ropa interior, pegando su boca sin recato de su vagina, mirándola con esos ojos verdosos de gato, chupando y moviendo su lengua, haciéndola gritar imprudentemente, y cuando más mareada, excitada y perdida estaba, le atrapaba la nuca, obligándola a despegar la espalda de la cama, inclinándola, dirigiéndola a su entrepiernas, al sentarse sobre la almohada de su marido, obligándola a tragarlo, a repartir besitos y lamidas en la punta de su miembro, bajando…

   -Ahhh, si… -grazna, apretando los dientes, atrapándole la nuca, no molestándole ya, en esos momentos, la laca, empujándola, obligándola a separar las mandíbulas, de frente a su miembro, y tragarlo. La oye boquear, ahogada, succionando, y es todo lo que le importa. La lleva hasta el final, sonriendo y cerrando los ojos con el joven y atractivo rostro en éxtasis al notar los labios de la mujer contra su pubis, el aliento caliente y afanoso de esta bañándole los pelos.

   Si, para eso, para sentir y recibir una de esas, se metería en la cama de cualquiera, se dice, aligerando la presión, ella subiendo rápidamente, para poder respirar, apretándole con los labios, tocándole con la lengua. No la deja apartarse totalmente; aferrando el cabello en un puño, sin lastimar, la lleva arriba y abajo, mientras de su boca escapan jadeos. La primera, como siempre, será en su cara, o tal vez sobre sus tetas, luego… Bien, la mañana era larga y el marido estaba trabajando, y esa idea le resultaba tan perversa como excitante al apuesto muchacho.

   La mujer, mientras subía y bajaba su boca de labios muy pintados de rojo, dejando machada la dura carne joven, ignora que es observada desde la ventana de su dormitorio, el que compartía con su marido. ¡Alguien era testigo de su adulterio! Una figura quieta, totalmente inerte los observa fijamente. La mirada de Salvy cae en la nuca de Tomasa cuando abre los ojos, ronroneando, diciéndole qué tanto bajar y cuánto tomar, que ella podía; pero, por un segundo, se congela y alza la vista hacia esa ventana. El mirón sabe que su presencia es conocida… Y no hace nada. No se aparta. Ni el joven en la cama dice o hace mas, tan sólo sonríe torvo, atrapándola la nuca a la mujer con sus manos, y comienza a subir y bajar sus caderas con rapidez, atragantándola… Los ojos clavados en el mirón en un insolente desafío, uno de ¿quieres también, cabrón?

……

   -¿Está ocupado? –la voz de Aminta Santos se eleva con cierta sorpresa, casi cubierta por la barra de la biblioteca. ¿El Códice de la Colonia?, pero quién…

   En la espaciosa sala hay silencio, paz… y ausencia de personas. La diminuta mujer mira, confusa, a la delgada y algo avinagrada mujer que se encarga de cubrir la recepción en esos momentos, la conoce, como a todos, Josefina Gómez, la cual muestra deferencia aunque la mira desde su altura hacia abajo.

   -Cierto joven parece estar haciendo unas consultas. –hay una insinuación en el tono, sus ojos, tras unos anteojos también de pasta, se desvían un tanto, y Aminta repara en una figura apartada, silente, concentrado en lo que lee de un grueso y enorme volumen de cuero.

   -¿Otro cazador de tesoros? –suspira la mujer, sin humor, reconociendo también al chico.- Gracias. –se despide de la mujer, sin verla, encaminándose hacia el joven, sonriendo de manera burlona. Miren que se ha puesto guapillo, se dice, pero no era eso lo que le divertía. Si, la concordancia del universo parecía estar en marcha. Pobre Río Grande.

   El joven, poco más de los veinte, es delgado, pero en sus hombros se veía la reciedumbre y fortaleza de su padre, el cabello negro, lustroso, era algo abundante, cayendo en su frente y orejas, casi cubriéndolas, empatándose con un intento de barba y bigote, recortados, que le hacía verse interesante. Su rostro alargado, cobrizo claro, con los ojos castaños y los labios delgados aunque rojizos, era armonioso. Junto a él se detiene, pequeña, expectante. Le lleva a este un rato notarla.

   -¿Si? –el joven, parpadeando, se sorprende al ver la figurita, y cierra el libro así como el cuaderno donde apuntaba cosas, de manera algo furtivo.

   -Hola, querido, necesito un favor. Ese libro.

   -Lo estoy… usando. ¿Es muy necesario…? –se ve incómodo, lo que hace le parece vital, pero el negarle a una venerable anciana era duro. Y más a esta que le mira fijamente, ojos deformados tras unos gruesos cristales. Carajo, ¿por qué le miraba así?

   -No me recuerdas, ¿verdad?

   -¿Nos conocemos? –pregunta después de forzar su mente, tensándose cuando la anciana, echándose hacia adelante, acercándosele, le sonríe; porque no parece un gesto amistoso.

   -Soy la señora a quien tu madre llevó una tarde a tu casa, a tu cuarto, cuando estabas convencido de que un ser horrible vivía bajo tu cama y terminaría arrastrándote al infierno…

CONTINÚA … 6

Julio César.

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