EL TERRIBLE RICARDITO, MI AMIGO

TIEMPO LIBRE… SIN INTERNET

reencuentro

   ¿No sería bonito un lugar donde todos nos encontremos?

   Hace poco falleció la mamá de un amigo, una señora, toda una dama, una mujer trabajadora, laboriosa, inocentona y buena gente. En su mesa siempre hubo un espacio para mí, y para el resto de los amigos de sus hijos. Ha sido triste. Pero lo traigo a colación por dos cosas, una de ella es porque era la mamá de este amigo… de quien una vez escribí pero nunca lo publique aquí. Lo otro… lo dejo para el final, un corolario para estos tiempos de irresponsabilidad y decadencia.

   Es un tanto personal, así que lean sólo si lo desean:

……

   Comienzo un espacio más personal. Para sorpresa mía, reunido con amigos que saben de mis entradas, me han acusado de no ser lo suficientemente personal ya que la finalidad de un blog es hablar de uno en buena medida. La verdad es que la cosa me sorprendió, ¿más personal de lo que soy? Todo, todo lo que escribo está untado de personalismo; me parecía increíble que me acusaran de eso. Al parecer, según Carmencita, escribo sobre muchas cosas desde un punto de vista muy individual y externo, muchas veces ‘satanizando’ mi parecer (qué frase), pero no de mí. Pensando en eso decidí que debía ser más detallista sobre mis cosas (y mientras lo escribo no puedo dejar de sentirme tonto y de preguntarme a quién coño le interesa lo que pueda decir al respecto), pero lo haré, en cierta forma como un homenaje a todos los que conozco. Familia, amigos y enemigos. Seguro que al final todos los del grupo ‘amigos’, terminan en el otro. Iba a comenzar hablando de mis primeros años, pero prefiero dejarme ver un poco a través de los ojos de un gran amigo, Ricardo (los que conocen, saben quién es, lo nombré en una de mis primeras entradas, de cuando fuimos al cine un grupo de amigos a ver a los vaqueros maricones, Brokeback Mountain).

   Nací hace cuarenta años y pico de años (y eso me recuerda una cita de un libro de historia escolar, “Hace casi quinientos años Colon descubrió América”, siempre pensé, ¿casi?, qué científico) en la vecina población mirandina de Guarenas, en un amplio apartamento de la conocida urbanización Menca de Leoni. Siempre me gustó ese nombre, Menca de Leoni, sonaba a nobleza, y me dolió y arreché cuando lo cambiaron. Mi niñez fue feliz; dos cosas que pronto noté era el amor de mis padres, mezclado con la severidad de mi madre, y la mano presta a aplicar disciplina (por instigaciones de ella), de papá. No creían en aquello de que correazos o nalgadas cuando lo merecían traumaran a nadie.

   Era ella quien dirigía la casa y el destino familiar, y con algo de tiranía. Papá, aunque nos zurrara, era del tipo sentimental, de esos padres que resienten que sus hijos le griten, por ejemplo, que no lo quieren. Imaginarán que en cuento lo descubrimos, nos aprovechamos. Bien, a mamá nunca le gustó Guarenas, ni Menca de Leoni. Con voz seca le decía a papá que debíamos irnos de ahí porque se estaba levantaba una generación de malandros y delincuentes, y que si no partíamos, eso nos afectaría a nosotros, sus bebitos. O terminábamos como azotes de barrio o de víctimas. Ni que decir que desde ese momento el objetivo en la vida de mi padre era ver para dónde, y cuándo, nos mudábamos.

   Tardamos un poco en largarnos, pero como ella trabajaba medio tiempo en la población de Guatire, cargaba con nosotros cada día, eso hizo la elección muy lógica. Creo que eso la tranquilizaba un poco, vigilarnos. Fuimos a la escuela primaria en ese pueblo (mi padre es oriundo de allí; ahí tengo tíos y primos en cantidades industriales), localidad que a ella le gustaba más. Recuerdo con agrado el colegio donde estudié mi primaria, el Grupo Escolar Elías Calixto Pompa. Pasé grandes momentos allí; para mí no fue nunca un trauma ir a la escuela. Me gustó aprender a leer, y leer de todo, y oír de Historia y Geografía. No lloré el primer día y todo lo miré con sorpresa; y en preescolar conocí a mi mejor amigo de todo el mundo aunque en ese entonces no pudiera entenderlo así; el primero… que no fue Ricardo sino Rafael.

   Era Rafael, y es, un carajo de buena cabeza para los estudios, pero nunca lo vio importante así que jamás se aplicó. Nos caímos bien desde el primer momento y andábamos para arriba y para abajo siempre, tanto que, al correr del tiempo, la gente llegó a creer que éramos familia (porque también es de apellido Tejada), aunque no podíamos ser más distintos. De hecho el muy bicho dice todavía que somos primos. Rafael era el más reilón del salón, de todo sacaba una frase que provocaba la carcajada cómplice; era ocurrente y con mucha chispa. Y a través de él, conocí a Ricardo. Este era un muchacho grande para su edad, que hablaba alto, con un tono de voz extraño que más tarde supe era llanero; que hacía reír cuando hablaba en clases, por el sólo tono, no porque buscara hacerlo. Ahora que lo pienso no sé cómo eso no lo acoquinaba, pero no lo hacía. Jamás se acomplejó de decir ‘deo’ por dedo y cosas así. Eso lo contaba años después, entre carcajadas, de cuando yo le explicaba qué era un hiato, dos vocales fuertes que se separaban, y él puso cara de entender, “ah, como en deo”; y yo le repliqué “no, deo no existe, es dedo”. Muchas veces, en la escuela, más bien lo regañaron porque a un comentario suyo que arrancaba risas, él lo incrementaba con algo más. Tan es así que la idea de una Tierra que se desplazaba en el espacio le confundía.

   Nunca me gustó mucho mi apariencia. El cabello no rojo sino de un feo naranja, algo ensortijado, me ganó desde el principio de mi vida escolar el mote de “cerro prendido”. Mi cara era pecosa. Era flaco y con tendencia a jorobarme un poco, las maestras vivían gritándome “enderézate, Quevedo”. Yo admiraba el corpachón de Ricardo, aún cuando niño nadie podía meterse con él sin que se le fuera encima como un toro; uno podía reírse abiertamente con él, no de él, eso lo hacían a sus espaldas. Rafael era de un color moreno claro, de cabello chicharrón cortico, de sonrisa contagiosa y dientes muy blancos, y por alguna razón la gente reparaba ya en él. Tenía una malicia que hablaba de alguien que sabía lo que quería y que sabía cómo hacer para obtenerlo. Fue el primero de nosotros que perdió la virginidad, era el que más novias tenía. Era el que más bailaba en las fiestas. Comparándome con ellos, me sentía inadecuado. Pero me buscaban, eran mis amigos. Con el tiempo supe que tenía facilidad para eso, para hacer amistades. Rafael y Ricardo (es difícil hablar de uno sin nombrar al otro), jamás me pidieron nada, tal vez un borrador para eliminar algo, o un sacapuntas, jamás aparecieron una tarde en mi casa buscando algo; ni de niños y menos de adultos. Éramos amigos por el simple placer de serlo.

   Un detalle: Alicia, ¿la recuerdan?, y Ricardo nunca se llevaron bien. Ella es una antigua amiga que luego fue pareja, y más tarde, después de botarme, siguió como amiga. Pues bien, ellos nunca se tragaron. Recuerdo que en una fiesta hace algunos años años, medio borracho (es cuando más alto se le oía), Ricardo gritó que la fiesta estaba completa porque habían llegado Brad Pitt y Angelina Jolie. Éramos Alicia y yo, que entrabamos. A mí me hizo gracia, como a todo el mundo (insinuaba que nos creíamos una vaina), pero a ella no. Siempre fue así. Ricardo era del tipo de persona que te preguntaba, en un ascensor lleno de extraños, “¿se te curó la alergia esa que te salió en las bolas?, ¿qué era, algo venéreo?”. Lógicamente a muchos molesta, o incomodaba, ese proceder, pero así era Ricardito el terrible, tal y como los demás también teníamos nuestras manías. Aunque rúscano, recuerdo que cuando fuimos esa primera vez a ver Brokeback Mountain (y qué de chistes hacía sobre que temía que le gustara estar en la montaña; cómo nos reíamos de la idea de los vaqueros maricones), me sorprendió con un comentario más tarde. Había salido yo esa primera vez molesto, no sé por qué, pero así fue, estaba insatisfecho. De hecho comenté que me parecía absurda la encamada de esos dos, qué de dónde salió ese deseo de pronto. Ricardo fue quien me preguntó si no había notado las miradas de uno, u otro, cuando veía partir al contrario; o cómo se buscaban en la soledad, mirando más allá. Él se dio cuenta antes que yo. Es que me pasó algo rarísimo esa vez ().

   Como dije, era alto en aquella época, y eso era bueno para él. Peleaba mucho en el colegio, creo que cada mediodía terminaba con la camisa rota y llena de mugre. Muchos, al menos una primera vez, se metían con él por sus orejas grandes, por su voz patosa, por su paso como arrebatado, por los pantalones todo remendados y cortos de ruedos, y porque era el hijo de una de las señoras que lavaban los baños de la escuela. Como niños, reíamos un poco con todo, con los ataques y con su defensa; siempre estuvimos de su parte, pero en verdad siempre pensé que era un poco alocado y salvaje. Una tarde que mamá tardaba en recogernos a mi hermano Miguel y a mí, Rafael, Ricardo y yo nos columpiábamos en el pequeño parque frente al colegio. Era un lugar ideal, bajo las sombras de acacias enormes, con brisa, con la Iglesia a un lado (lo que lo hacía un lugar seguro, al menos en ese entonces). Allí, al vaivén de columpio hablamos muchas cosas. Y muchas cosas también las hablé con otros.

   Rafael, que era más salido que yo, le reclamó esa vez que peleara tanto, diciéndole que no le parara a la gente cuando se metieran con su mamá. Fue la primera vez que vi una mirada de rabia dolorosa en mi vida, no tendría yo diez años, pero me impresionó. Gritó que no, que su mamá trabajaba mucho para mandarlos a la escuela, que era la primera que despertaba cuando todavía era de noche a hacer comida, que llegaba a limpiar todo el día en el colegio y luego debía ir a lavar o planchar ajeno, que no era su culpa no tener un papá. Dijo algo horrible, que durante mucho tiempo deseé no haber escuchado, que esos pantalones que le quedaban cortos de ruedo se los habían regalado a su mamá en una casa donde trabajaba. No sé si todos pasamos por lo mismo cuando somos niños, pero yo me alegré de no ser Ricardo, y de que mi papá estuviera allí y, que junto a mamá, sí pudiera protegerme, cuidarme y darme lo que necesitaba.

   Los tres comenzamos el bachillerato, pero Ricardo se retiró después del primer año. A los trece años comenzó a trabajar como ayudante en un camión de carga. Más tarde me fui para Caracas, al terminar la universidad, mudado, pero siempre regresaba a Guatire; allí estaban mis amigos de los primeros años, también mis padres y abuelos. Rafael se casó a los 17 años, para divorciarse seis meses más tarde. Luego se casó otra vez, pero no duró tampoco, aunque tiene, que yo sepa, seis muchachos a estas alturas. Ricardo se rejuntó varias veces, como yo, y que se sepa no tuvo hijos, como yo; pero era un tipo de leyenda en sus parrandas. Tampoco amarraron los años su lengua.

   El no casarme, y el gustarme tanto la vida de soltero provocó, una noche mientras tomábamos caña, que Rafael me preguntara por qué no me casaba o por qué no duraba viviendo con alguien, preguntándome sí es que era marico. Cómo me reí, y Ricardo, tan borracho como nosotros, le preguntó a Rafael que qué quería conmigo; dijo algo como: “No vayas a echarle los perros delante de mí”. Y que él siempre había sospechado que entre nosotros algo había pasado o pasaba. Más tarde, Rafael y yo, abordamos nuevamente el tema (ya lo contaré, los que convienen saben más que yo, los demás no me leen, no hay peligro); pero esta es la historia de Ricardo.

   Mientras yo me alejaba, estudiaba y sin darme cuenta ya tenía una pata en la universidad, Rafael y Ricardo se hicieron más amigos, amigos de parrandas y borracheras. Siempre les gustó la caña, como a todos. En el segundo año de bachillerato, Rafael, un grupito y yo, tomábamos guarapita hecha con anís y jugo de naranja o limón, casi todas las tardes. A escondidas. Dios, qué que borracheras agarré. En un viaje posterior a Guatire, los encontré como los mejores amigos (de hecho cada uno se llevaba mejor conmigo que entre ellos, pero era gente que compartía historia). Cada diciembre bajaba a Guatire, a visitar a todo el mundo, son las fechas propicias para hacerlo; aunque tengo amigos y los quiero, no los buscó a cada rato. A Ricardo lo veía más; con Rafael, en promedio, hablo dos o tres veces al año por teléfono, y lo veo igual número de veces… A menos que alguien del grupo tenga un problema. Y en verdad sentía aprecio por ellos. Al morir la abuelita de Rafael lo acompañé toda esa noche. Y verlo llorar por la viejita me pegó fuerte. De carácter alegre y hasta algo displicente, uno no lo imagina de entrada tan sensible. Ni sabía yo qué tanto me pegaría verlo así de mal.

   Pues bien, en esas bajadas encontraba yo a Ricardo y Rafael, de vacaciones desde el quince de diciembre, tomando caña desde ese día en la tarde hasta el siete de enero, de forma ininterrumpida, día cuando debían comenzar a trabajar nuevamente. A pesar de gustarme beber y todo eso, yo me preguntaba ¿cómo aguantan? ¿De qué tanto hablan? Salir con ellos era tomar camino a Perdición, deteniéndonos en alguna parada para vomitar u orinar. Con los años cada quien tomó su rumbo definitivo, pero la amistad estaba presente. Cuando a otro amigo, Manuelito, le dio por construir su casa, allí los encontré el día que hubo que vaciar la platabanda. Dios, ¡cómo trabajamos y cómo sudamos ese día! Desde las diez de la mañana protestábamos porque no nos daban ni una cervecita. Y aquí aclaro que cuando se hace un trabajo duro, pesado y penoso, una cervecita fría mejora todo. Bien, cuando terminamos nos quedamos un buen grupo hablando tonterías, porque el día había sido largo y pesado pero habíamos cumplido con el trabajo, la platabanda había quedado bien; almorzamos una sopa llena de carnes, y por fin aparecieron las cervezas, luego un whisky barato y después el ron; en fin, la jornada estuvo buena. Rafael, y no fue el único, hablaba como si nada y de repente cayó de culo, borracho totalmente. Ricardo no podía ni caminar, el aguardiente le afectaba de forma extraña, y montado en su jeep se fue hacia atrás y nos costó sacarlo de una zanja. Casi se queda dormido tras el volante y decidí irme con él para acompañarlo.

   ¿Qué hablamos, qué camino tomamos, cuánto tardamos?, no lo recuerdo. Nada. Sí recuerdo, que echando el cuento luego, dije que Ricardo era un demente, qué cómo manejaba estando así, y todo el mundo me respondió que más loco era yo que me fui con él. Ah, qué cuentos de borrachos salió de todo aquello. Uno de los panas, Armando, se fue rodando por unas escaleras y otro llegó sin zapatos a su casa. Por su parte, Ricardo ha chocado diversos carros como diez veces, hasta el sol de hoy nunca he entendido cómo no terminaban de quitarle la licencia para siempre. Era un peligro al volante; uno preguntaba ¿y Ricardo que tengo tiempo sin verlo?, “¿No supiste?, ya chocó el Dodge, la electricidad va a quitar el poste del alumbrado que está cerca de su casa”. Todos bebíamos, y bebemos bastante, pero los años nos han restado facultades para recuperarnos como antes. A veces lo pienso antes de emborracharme así, pero él no. Le gustaba demasiado la caña.

   Ahora un cuento particular del cual no fui testigo por estar lejos de Guatire por esa época. Mi abuela vive (o vivía, ya murió, cáncer), cerca de donde lo hace la señora Úrsula, mamá de Ricardo… a donde el muy vago había regresado después de tantos años. ¿Pueden creer que una vez se fue a vivir con una muchacha a la que sacó de casa de sus padres, se la llevó a casa de doña Úrsula y se fue con otra dejándole a la joven allí? Pero creo que así les gusta vivir, juntos y revueltos. De hecho, mi amigo y dos hermanas con maridos e hijos, compartían espacio en esa vivienda. Nunca he entendido cómo pueden.

   Pues bien, después de uno de sus choques frecuente (quedándose sin carro), Ricardo, con la mochila donde llevaba la comida al hombro, tomó una mañana un autobús para Petare, rumbo al taller donde trabajaba para ese momento. Al parecer el vehiculo fue obligado a parar antes de llegar al túnel, y a punta de pistolas robaron carteras, celulares y equipajes, llevándose también el vehículo. Esa gente, robada, quedó en la vía y debían esperar ayuda. El caso fue que el jefe de Ricardo intentó ubicarlo y nadie contestaba el celular robado, por eso llamó a la familia preguntándoles qué pasaba con Ricardo que no había llegado. La familia se inquietó, respondiendo que ya había salido como todos los días. La mamá y las hermanas comenzaron a llamar al celular, hasta que una voz grosera les preguntó que qué coño querían. Ellas preguntaron que quién era, que por qué tenía el móvil de Ricardo y todo eso. ¿Saben que les contestó el malandro? Que los estaban robando a todo.

   Ellas gritaron asustadas, luego contaron que el carajo se reía, diciendo que sí, que estaban robando y estaban arrechos, que ya habían matado a dos (qué gente, ¿no?, son hasta chuscos). Esas mujeres gritaban y lloraban que no lo mataran. El tipo les respondió que creía que a ese ya lo habían raspado, y cortó la comunicación. Pues, me cuenta una de mis tías, ¡se armó aquel escándalo en la barriada!, que de la casa partían tales gritos que la gente se llegó hasta allá a ver qué pasaba. Y al oír el cuento todo el mundo se alarmó igual.

   Llamando y llamando se comunicaron otra vez, y el tipo les dijo que iban a matar a todos, que ya estaban cansados. Y se reía. Y aquí cometieron un desliz llevadas por la angustia. Llorando, una de las hermanas, Rossmary, le dijo que no le hicieran nada, que ellas pagarían un rescate para que lo dejaran libre (luego les dije que ahora los malandros debían estar calculando cómo hacer para practicar el nuevo negocio); el carajo pareció hablar con alguien y dijo que querían cinco millones de bolívares (de los viejos, cuando el bolívar valía algo). Claro que la familia no los tenía a mano, y ocurrió una de esas cosas extrañas que hablan de la solidaridad de la gente. Todos los presentes comenzaron a sacar cuentas para ver cómo reunían el dinero para pagar el rescate “del loco ese”.

   ¿Qué pasaba, mientras tanto, con Ricardo, sin dinero y sin comida?, decidió no llegarse al trabajo sino que se regresó en otro autobús. Y justo cuando llegaba a su casa, que ya parecía verbena por el gentío alarmado, escuchó a las hermanas llorando. Al parecer habían intentado llamar nuevamente a los malandros, pero tenían rato sin comunicarse y temieron lo peor. ¿Pueden imaginar la escena?: Ricardo apareciendo en medio de los reunidos y preguntando quién se había muerto que estaban todos allí. Mi señora abuela dice que fue cierto, que lo preguntó. Eso fue la locura, la gente lloraba, gritaba, lo palmoteaban y cada quien echó su cuento. ¿Saben qué dijo cuando oyó lo del rescate?: “¿Pidieron sólo cinco millones?, huy, qué poquito”. Les juro que contándolo así no resulta tan divertido como sonó cuando Rafael y él, me relataron todo, entre carcajadas.

   Como las cosas están duras, Ricardo no logró comprarse otro carrito y un día apareció en una moto. Le formé tremendo lío, que cómo se le ocurría a él comprar una moto cuando ni caminar podía al emborracharse, lo que es casi siempre; y me replicó con esa frasecita de la canción de Juan Luís Guerra, que tanto molesta cuando la usa: “Tranquilo, Bobby, tranquilo”. Hace poco salió a parrandear dos días y regresó a las seis de la mañana, borracho, con un sobrino; mientras este bajaba, se cayó con todo y máquina. Pero no se quedó quieto, dejó al sobrino y salió nuevamente, a comprarse unas arepas porque había amanecido con hambre. Me cuentan que al estacionarse, dos carajos en una moto lo encañonaron gritándole que se bajara porque se iban a llevar la motocicleta. Ricardo, borracho, con su vozarrón se negó e intentó irse, le dieron un tiro en una pierna y cayó.

   Esos hijos de puta podían haberse llevado la moto entonces, pero ya no era suficiente. Le dieron tres balazos y lo dejaron para que se muriera. Así me lo contaron un tres de enero por la tarde, mientras estaba yo acostado en la cama de mi mamá con la pierna inmovilizada por culpa de un accidente idiota. Y les juro que lloré, y no fue de rabia como suele pasarme, fue de lástima por mí y por mi amigo, por Ricardito el terrible. Aún ahora no me gusta pensar en eso, porque me parece verlo grandote, algo calvo ya, panzón, todavía con su vozarrón; lo imagino intentando alejarse en su moto y lo veo caer, los veo acercársele, lo imagino, tal vez, asustado. Maldita sea.

……

   La señora Úrsula acaba de partir, una mujer como millones en este país, que trabajando duro en las obligaciones más humildes levantó a sus hijos decentemente, queriendo que estudiaran y se superaran para que llevaran una vida más fácil que la suya. No esperaba una beca, una bolsa de comida, una limosna, tenía familia, una que se buscó y era su obligación,  su derecho, hacer por ellos lo mejor. Rossmary estudió y terminó como técnico dental, hábil y trabajadora, sus hijas y su mamá siempre fueron lo primero. Y mientras cuidaba de su progenitora, a quien una afección cardiaca la mantenía casi recluida, una de sus niñas se hacía bioanalista, la otra profesora de inglés, y esta anda pensando en irse, en Panamá o Costa Rica, asentarse en otro lado y entonces mandar a buscar por ellas y llevárselas. En la Venezuela pobre, en el estudio y la preparación estaba la clave de la superación económica y social, estudiar garantizaba un mejor modo de vida. Tan sólo para los vagos, los flojos, la vida fue, es y será dura, sin esperanzas, es la maldición que cargan, ser ellos, aunque viven quejándose de que el mundo les debe todo.

   Pobre Rossmary e Isaura, cuánto deben estar extrañando a la señora Úrsula, como yo a papá, y todos todavía recordamos, ellas más que yo, imagino, con cariño a Ricardo. Un día, es la ley de la vida, no quedará ninguno de nosotros y esos nombres se irán olvidando, como los nuestros, pero todavía no.

¿VENEZOLANOS FALTOS DE CONSTANCIA?

Julio César.

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