RELATOS CONEXOS… 12

RELATOS CONEXOS                         … 11

UN  LARGO  VERANO… 5

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   Sin embargo, de alguna manera, todo eso pierde importancia, sus miedos, sus ambiciones, sus sueños de poseerlo todo. La idea del amor… ¿Acaso no se sentía vivo como nunca en mucho tiempo, en ese momento? ¿Se había sentido así antes? ¿Cuál era la alternativa?

   Mientras la boca de Roberto sube y baja, tragando cada trozo del enorme tolete, Antonio, jadeando, se moviliza, llevando su rostro al las caderas del otro; y mientras tiene el tolete clavado en la garganta, Roberto lo mira y entiende, tendiendo su cuerpo al lado del amante. Y Antonio, cerrando los ojos, atrapa el güevo con su boca cálida y hambrienta, comiéndoselo, saboreándolo al llevarlo a su garganta, con ahogados gemidos de placer; ¡coño, le gustaba tanto mamar eso! Los dos se dejan llevar, aflojándose y tensándose sobre los duros sacos, cada uno becerreando en el tolete del otro, en un increíble y llamativo sesenta y nueve, uno al lado del otro, que hace que Sergio, quien los espía, abra mucho los ojos.

   La boca de Roberto, jadeante, roja y ensalivada, deja el tolete que atrapa con una mano, sobándolo, mientras hunde el rostro bajo las bolas del joven, lamiendo la suave piel que lleva al culo, provocándole gemidos y estremecimientos al otro. El joven lame lentamente, mirando siempre el rojo botón, que parecía temblar de anticipación. Su cálida lengua cae sobre él, lamiéndolo y azotándolo con rapidez. Y siente a Antonio cimbrarse sobre el colchón de sacos.

   La boca de este también deja su güevo, y enfila hacia su culo cuando flexiona la rodilla izquierda para ayudarle. Cada uno bucea bajo las bolas del otro, sus lenguas lamen, azotan y medio penetran esos agujeros que tiemblan y echan candela. Roberto cierra los ojos y pega su boca allí, chupándolo y mamándolo, oyéndolo gemir y sintiéndole estremecerse. Abre los ojos y le mete la lengua al ver el capullo titilar, y siente como el orificio se estremece, derritiéndose en su boca, abriéndose. Con un gruñido rodó sobre Antonio, con la cara metida entre las piernas flexionadas de este; y su boca, totalmente enchufada a ese orificio, mamó y chupó con urgencias, perdido de lujuria. Y sin embargo le alcanzó algo de razón para sentir y gemir ahogado cuando la boca de Antonio también comienza a trabajarle el chiquito, ¡un sesenta y nueve de culos! Y, Dios, piensa el señorito de la hacienda, una lengua en el culo era… Pero Antonio no mamaba con mucha fuerza, ya que le aplastaba, ricamente, con su peso, y la vaina que le hacía con la lengua lo tenía mareado y tonto, en un mundo de deseos que lo tenían todo lelo y el hueco hecho una sopa. Lo que era lo que el señorito buscaba.

   Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Que el otro se interpusiera y se lo quitara. Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. El padre del muchacho había muerto hace dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. No, era más caliente, más excitante. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, empujándole un poco, para que no se parara. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.

   -Roberto… -hay cierta alarma, las miradas se cruzan.

   -Nunca te haré daño. –es la respuesta, seria, una promesa.

   Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe suave, sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies en el piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo ensalivado titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando.

   Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, así que lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va clavando su rojiza tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo mete todo, pegando fieramente el pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado. ¡Coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándosele de repente los celos que durante años le atormentaron, imaginándoselo tirando con muchos guapos carajos en Mérida. Al clavárselo todo, grita agudamente, como adolorido, pero es de placer, esas entrañas estaban dándole la masajeada de su vida. Y en eso le acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba deseos de más, más ganas de tirar así.

   El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad, a pesar de la reciente promesa. Es que no puede controlarse. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estarse quieto con ese tizón en su culo, arándolo, cepillándolo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento.

   Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.

   Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio está apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote blanco rojizo en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la cálida transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo, azotándole con las bolas. Cada golpe arrancándole un gemido al chico de aire medio indio.

   A Sergio le parece que ve algo particularmente notable. Esas cosas no le atraían, aunque el güevo le palpitaba dentro del short mientras va alejándose; pero le parece que esos dos cuerpos viriles y musculosos, de hombres jóvenes que jadeaban mientras el güevo de uno se metía con urgencia en el culo del otro, que parecía pedírselo con sus gemiditos agudos de doloroso placer, conformaban una escena digna de un cuadro al óleo. Se aleja para dejarlos terminar en paz, ya que él tiene otra reunión. Su misión en la zona estaba cumplida (y lo estuvo antes de la llegada de Roberto a esa propiedad, tomando, al fin, lo suyo; sólo que ahora se confirmaba). Sonríe con pesadumbre por Isabela, ¡tenía tan mal tino para los hombres…! Tal vez aceptara salir con él, que la mimaría y consolaría… por un tiempo.

   Dentro del gallinero, el clímax se acerca, mientras Roberto se monta las rodillas de Antonio en los hombros, tendiéndose un poco hacia él, subiéndole más el culo, que se agita recibiendo una y otra vez el duro manduco que lo penetra saciando sus ganas de güevo, pero despertando otras peores. La espalda de Roberto brilla y se contrae mientras las nalgas van y vienen empujando su tranca en esas ardientes entrañas, sacudiendo al otro sobre los sacos. Antonio cierra los ojos, bañado en sudor, gimiendo putonamente, arqueando el cuerpo, recorrido por oleadas intensas de placer. ¡Quiere ese güevo en su interior!, lo quiere hondo, cogiéndolo duro, y así se lo grita a Roberto, quien sonríe feliz, amándolo más en esos momentos.

   -¡Cógeme, cógeme así! –le grita, rojo y apasionado.

   -¿Lo quieres mucho, quiere mi güevo en tu culito caliente? –se burla, sonriendo al verle apretar los dientes.

   -Cógeme, maldito hijo de perra.

   -Si te pones tan cariñoso…

   Esa tranca enorme y caliente dentro de él, sobándolo y rozando todo, hace que Antonio chille, tensándose, cerrando violentamente su culo alrededor del tolete, mientras comienza a temblar todo. Roberto, fascinado, le oye gemir, le ve alzar el rostro, pegando la coronilla de la pared, mientras intenta agarrarse el güevo como para impedir la corrida, pero no pude, esta estalla en una erupción olorosa, bañándose el abdomen y el pecho. Se ve abundante y espeso, el fuerte aroma de la esperma fresca llena el lugar.

   Enloquecido de lujuria, Roberto se inclina hacia él, casi acostándosele encima, aplastando con la panza el güevo y el vientre enlechado del otro, encontrando eso rico, atrapándole la boca y lengüeteándolo. Antonio tiene que tragarse sus gemidos, cuando Roberto comienza a temblar, metiéndole el tolete hasta las entrañas, con las bolas pegadas totalmente a sus nalgas, y se corre, entre temblores y jadeos. Antonio lo besa lamiéndole la lengua, y chilla también al sentir el impacto de esos disparos calientes y enloquecedores, que cree que van a matarlo de gusto, gozando la corrida de leche de ese otro hombre, al que tanto había deseado, en su culo semivirgen.

   Jadean al mirarse, ojos turbios, rostros enrojecidos y bañados de sudor, rostros muy cercanos, y Roberto sonríe con afecto, embargado de algo que le eriza todo, ¡nunca le había visto tan hermoso! Antonio corresponde a la sonrisa, tal vez no sabiendo qué piensa, pero no importaba, no ahora ni por ahora, ya se enteraría, se dice bajando el rostro y besándole otra vez, entre respiraciones pesadas. Y era increíble. O se lo pareció hasta que los brazos del muchacho rodearon su cuello, atrapándole en ese beso. Entonces fue perfecto.

   La tarde comienza a cambiar ya, hacia las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, como decía su abuela, cuando preparaba café con leche y les daba con pan andino; a Roberto le gusta pensar en ella (flaca, alta y seria, pero amorosa en el fondo de su corazón), recostado entre los sacos de maíz, junto a su amante, tirados de cualquier manera, recordando, marginalmente, que por ahí debían haber muchos alacranes y ciempiés. Se siente dulcemente agotado, con las manos cruzadas tras la nuca. Totalmente desnudo, sintiendo la tibia brisa, aunque también una persistente visita de las fastidiosas moscas. Coño, si se iba a quedar ahí con Antonio, debían poner mosquiteros. Y sonríe sintiéndose idiota al pensar en quedarse con el otro, que está a su lado, pero recostado de medio lado, respirando calmadamente, adormilado. Vaya, su amorcito era de los que tiraba y se quedaba dormido, ¡que poco considerado! ¡Vivir juntos!, y la idea lo llena de dulces temores. Cierra los ojos recordando lo contado por el joven hace poco, lo propuesto por Sergio. Arruga un poco la frente, quién iba a pensar que el otro iba por negocios, y no por placer. Como él, por ejemplo.

   Claro, ninguno de los dos sabe, exactamente, para quién trabajaba el chico culón.

CONTINÚA … 13

Julio César.

2 comentarios to “RELATOS CONEXOS… 12”

  1. marcos Says:

    Oh cuelos joder!!! esto es.. Es.. Asombroso!!!! Please!!!! Actualizalo!!!! Actualizalo, que cap tan❤

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