BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 6

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 5

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Por un segundo el joven queda desconcertado, mirando fijamente el rostro de la anciana, con extraños recuerdos intentando penetrar su mente, y algo frío deslizándose por su columna.

   -¿Cómo dice? –sonríe, pero esta falla, curioso. Recordaba esos años de terrores nocturnos, cuando estaba realmente convencido que debajo de su cama habitaba algo oscuro, cruel y malvado; una cosa que se ocultaba en la luz, de todas las miradas, para atormentarle cuando estaba solo, temblando, sabiendo que si gritaba, aún llorando, su papá no acudiría nuevamente. Si, la mujer…

   -¿No me recuerdas a mí o no recuerdas aquello? Debe ser a mí, no olvidarías algo que te obligaba a pedirle ayuda cada noche al buen Dios. –se interesa la anciana, los ojos se veían deforme, grandes tras los cristales. Astutos. Y eso le molesta.

   -¿Importaría? ¿Una cosa o la otra? –reta, aunque le sabe mal hablarle así a una señora. Era un joven bien portado y educado. La ve echar la cabeza hacia atrás y lanzar una risa lenta, prolongada, algo asmática. Totalmente desagradable.

   -Eres digno hijo de tu padre. Él siempre creyó que todo aquello era una tontería, lo sabes, ¿verdad? Berrinches de un niño asustadizo. –le estudia y el joven se incomoda, sabe perfectamente lo que su padre pensaba, y eso todavía le avergonzaba.

   -Era un chico tonto… -traga, costándole decirlo.- …Que temía a la oscuridad. –la sonrisa de la mujer, mostrando una dentadura postiza algo amarillenta, era alarmante.

   -Oh, no, nunca es tonto temer a la oscuridad, mi joven amigo. Hasta la traición a Cristo, que terminó con su muerte, se planeó y se puso en práctica de noche. Es sabio temerle a las sombras. –aconseja, y esas palabra producen pequeños escalofríos en los brazos del joven, quien desea que se vaya.- Tu papá nunca creyó nada de lo que decías, es un hombre rudo, y los hombres rudos ni bailan ni lloran… -enumera, ¿burlándose de él o de su padre?- Tu madre… ella insistió en que fuera y mirara. –el joven parpadea, fascinado, ¿acaso esa anciana estaba intentando decirle…?

   -¿Mi madre si me creía? –intenta una burla, pero el corazón le late con violencia dentro del pecho. Nunca hablaban de aquellos días, y lo agradecía. Sin embargo, ahora…

   -Tuvo que hacerlo; por pura casualidad, en unos de tus ataques de miedo, después de confortante, mientras se alejaba, con el rabillo del ojo ella… -se pasa la punta de la lengua por los labios.- …Alcanzó a ver algo. Lo mismo que encontré y…

   -¡Basta! –ruge erizado de pies a cabeza, ofendido por las palabras de aquella anciana que jugaba con sus temores infantiles.- ¡No se burle de mí! –grazna. La mueca de exasperación de la anciana le irrita.

   -Eras más listo entonces, Vicente. –le desconcierta, y cuando va a abrir la boca, le interrumpe.- Si, sé quién eres, te lo dije, no todos los días se encuentra en el cuarto de un niño lo que encontré en el tuyo. Ahora no lo eres tanto, ser listo. No razonas como antes.

   -Ahora soy un adulto. –se defiende flojamente.

   -Dime, caballerito, después de que estuve allí… ¿esa cosa volvió a asomar sus ojos? –la pregunta casi golpea al joven Vicente, quien boquea. Podría responderle que no, por supuesto que no, porque nunca hubo nada, pero… recordaba. Cosas. Dios, ¿las imaginó todas? Como fuera…

   -No, nunca más algo me molestó. –admite, porque era un chico claro, directo y franco.- Quiere el libro, ¿eh? –lo mira con aprensión, lo necesitaba aún, pero desea aún más que se vaya y lo deje solo.

   -Así es. Por un rato. –miente con un inocente parpadear de ojos alarmante.- Podrías dar unas vuelta por la plaza, hace un día bello… a pesar del niño desaparecido al que todos buscan. De hecho pensé que estarías afuera, ahora que esa chica ha regresado, tu vecinita, a la que se le perdió el hermanito hace tantos años, Mayra, ¿la recuerdas? –de haber estado buscando crear sensación habría quedado completamente satisfecha, la boca del joven cae y sus ojos se abren mucho.

   -¿Mayra? ¿Mayra Lezama está aquí? –pregunta con ansiedad, y por un momento vuelve a ser un chiquillo. Tiene trabajo que hacer, los muchachos contaban con él, pero Mayra… Mira hacia la entrada de la biblioteca, luego a la mujer.- Bien, señora, creo que le debo una, el libro es suyo. –admite abiertamente, recogiendo sus cuadernos a toda prisa y metiéndolos en un morral.

   -Estamos a mano. –concede la otra, parpadeando más. Casi canturrea al verle dar pasos en dirección a la entrada.- ¡Salúdamela! –las palabras le detienen, volviéndose, mirándola fijamente.

   -Señora, esa cosa… ¿acaso…? –no puede preguntarlo. No se anima, se siente idiota, estúpido. También inquieto.

   -¿Si era real? ¿A dónde fue? –las preguntas las hace ella, certera.- ¿Fue por otro niño asustado?

   Con un profundo estremecimiento, sospechando que aquella anciana disfrutaba cada palabra, Vicente oprime los labios y se vuelve… Pero no se aleja. Todavía había algo que… Por un segundo la sospecha, la alarma y una inquietud nueva bullen en su pecho. La mira, otra vez, y sus labios se mueven, pero ningún sonido escapa de ellos.

   -Lo sé, es tan extraño, ¿verdad? –la mujer parece leer su mente.- El día que Mayra Lezama regresa al pueblo que abandonó al no poder soportar lo de su hermano Leonardo, otro chico desaparece. Curioso, muy curioso. Tal vez… -sonríe casi con picardía, viéndose realmente repugnante.- …Necesite del fuerte hombro de su viejo y guapo amigo. –y ríe.

   Mirándola con disgusto, Vicente aprieta los labios y sale, sin dejar de pensar en todo ello. Si, era muy raro que lo de ese niño ocurriera justamente ahora. Pero la idea de ver a la chica que ama desde los nueve años de edad, pesa más en su mente, relegando todo lo demás. Nuevamente se eriza, la sangre corre con fuerza por sus venas enrojeciendo sus mejillas, por razones que nada tienen que ver con feos recuerdos o siniestras ancianas. No se vuelve mientras cruza la puerta, pero está seguro de que la tal Aminta Santos continúa mirándole.

   Y si, le mira alejarse, sonriendo… expresión que desaparece en cuanto el joven sale y toma el libro de cuero, haciendo una mueca. ¡Estaba caliente! Traga en seco, parpadeando otra vez, de confusión, volviendo los ojos hacia el camino seguido por Vicente. Pobre niño, se dice casi sintiendo pena, mientras deja escapar su risita fea y lenta. Animándose lo lleva a su busto prominente, atenazándolo con las dos manos.

   -Me lo llevo. No sabes qué fue de él después de que me fui y lo dejé en la mesa. –anuncia en voz alta, mientras Josefina Gómez, la bibliotecaria de turno, asiente.

……

   Rato después, bastante rato después, y cuando una casi dormida Tomasa está boca abajo en la revuelta cama, goteando curiosos efluvios por varios lugares, Salvador Mastrangioli, de pie, un cigarrillo en los labios (los encontró en una gaveta, el marido de la mujer y él compartían varios gustos), vistiendo únicamente su pantalón y zapatos, la mira.

   -Voy a mear. –le anuncia.

   Ella, ojos cerrados después de todo lo vivido, gruñe algo. Eso le hace sonreír, creído, mientras sale. La mujer intenta abrir los ojos, pero estaba tan cansada… de tantas cosas. incluso de aquella manera de responder cuando el insolente jovencito la buscaba. Halagada al principio por el interés del guapo chico, pronto entendió lo demandante que era. Y sus gustos… Ojos cerrados todavía chasca la lengua, encontrando su sabor. Y recuerda o sueña cuando era una chiquilla de doce años, y todos decían que era muy hermosa, y los muchachos la miraban ávidos, y ya las otras jovencitas y las maduritas la odiaban cordialmente, a veces, porque otras eran unas verdaderas perras. Que bella era a los quince, mil veces cortejada, regularmente por viejos de treinta años o más. Siempre riéndose de todos, sabiendo lo que buscaban. Cuidándose. Hasta que en aquellas fiestas patronales se había entregado a un gañan pilluelo, ayudante de camionero, que pasó por ahí y que le hablo de aventuras, del camino, de la vida de los errantes y los gitanos.

   Su padre y unos amigos los descubrieron en un estacionamiento cercano a la plaza, desnudos, follando, y la paliza que recibió fue de pronóstico. El chico, desnudo, había corrido y escapado. O eso imagina, nunca más le vio. Pero desde ese momento, comenzando por su disgustado padre, todos la supusieron una puta, y muchos intentaron acercamientos groseros en tal dirección. Nadie quería nada serio con ella, los cuentos que habían corrido fueron horribles. Llorando mucho en esos días, descubrió qué tan cruel podían ser las personas, lo mucho que pueden herir, acosar y destruir con las lenguas, especialmente las llamadas amigas, esas que resentían su presencia. No podía salir de noche, ir a fiestas o hablar con un hombre sin que su padre preguntara qué buscaba la puta, ¿otro hombre? Cuando Beltrán apareció, siendo amable, vio el cielo abierto, a pesar de ser un hombre tan distinto del muchacho guapo, atrevido y osado a quien se entregó. No lo pensó mucho y se casó con él, todo era preferible a seguir bajo el techo de sus padres. Pronto le supo aburrido, rutinario, la quería para que atendiera la casa, hiciera mandados, las comidas y que le sirviera de desahogo de noche, cuando lo hacía rápido, terminaba con una gran sonrisa, se giraba y caía dormido dejándola frustrada.

   Si, la vida podía ser una mierda aunque nadie lo notara. Como la suya. Quien la viera con Salvy, la tacharía de zorra, incluso de ingrata, y no podría defenderse, ¿cómo explicar que a veces quería gritar y gritar para saber que sigue viva, que siente? ¿Cómo contar que desea sentir, que a veces se preguntaba si no estaría muerta? Algunos días, mirando la calle, sentía verdaderas ganas de echar a caminar, más y más, alejándose de lo que había sido su vida hasta ahora, del pueblo. ¿Acaso era cierto o sólo se engañaba cuando se veía como una gitana aventurera, deseando verlo todo, experimentar y conocer el mundo fuera de Río Grande, pero que estaba atrapada en la nada, viendo como el tiempo pasaba, los días se volvían semanas, estos meses y los años corrían, cambiándola y lentamente amargándola? Llevaba doce años casada con un hombre con el cual ni hijos cuajaba. Esas ideas la afligen mientras se va adormilando más y más.

   Por su parte, el nuevo joven gañan fuma y atraviesa el pasillo, sale al patio y recorre los alrededores con la mirada. Va a un lado de la casa, al estacionamiento del camión. Vuelve a recorrer, furtivamente los alrededores, y aparta unas cajas de madera que parecen particularmente pesadas. Lo están, pero no tanto, era un efecto buscado. Se agacha y toma una disimulada argolla metálica casi perdida en la herrumbre del piso, y el polvo, halando de ella. Una trampilla de madera se alza, mostrando un oscuro hueco en el piso. Su corazón late emocionado. Busca en un mesón y en un cajón encuentra una linterna. La enciende, alumbra y encuentra la escalera de madera. Aspira furiosamente del cigarro y baja, los músculos de su espalda destacándose.

   Si la encontraba, estaba hecho. Esa misma tarde se largaría de ese pueblo de mierda, se dice sonriendo. Es un sótano inmundo, con suelo de tierra, del cual sale un olor capaz de matar de un golpe a cualquier alérgico. Recorre el lugar con el escaso halo de luz, abre cajones y puertas de viejos gabinetes, los mueve para ver qué hay detrás o debajo. Hay muchos cachivaches, enseres viejos y mohosos que hacían peor el olor. También un buen escondite. Busca un rato y pareciera no reparar en la luz de la entrada menguando, en alguien bajando a sus espaldas, silente.

   -Te tardaste lo tuyo, ¿alguna mala chorreada? –pregunta burlón, sin volverse.

   -No sé de qué hablas, acabo de llegar. –informa un joven alto, algo obeso, rostro malintencionado. El cabello, negro y leonino, hace juego con una barba descuidada.

   -Llegaste hace rato, y viste lo que hacía con la tipa esa. –le aclara, sonriendo echón, volviéndose e iluminándole la cara, haciéndole parpadear.- Te quedaste a mirar, ¿verdad? Dime, ¿te la cascaste viéndola tragarse mi miembro? ¿En qué pensabas?

   -Yo no… -se acalora y arruga la cara molesto.- Aparta esa luz. Eres un cerdo, las cosas a las que obligas a las mujeres… -la risa del otro le interrumpe.

   -¡Eres un maricón mentiroso, Felipe! Te encantaría que te dieran una, pero ninguna quiere. –le aclara, acercándosele.- Hueles a chivo, a sudor y bolas. A culo. Si te bañaras…

   -Eres un sucio. –le corta, resentido, hombros caídos, dominado por la personalidad del otro, aunque era algo más bajo y menos acuerpado. La luz de la entrada les ilumina.

   -¿Qué quieres que te diga? Les encanta esto. –procazmente se lleva una mano al entrepiernas y aprieta el bulto que destaca al usar un jeans muy ajustado. Sonríe al verle turbarse, mirando.- Si te portas bien, y un día estoy lo suficientemente borracho, tal vez tengas tu oportunidad. Aunque hay fila.

   -Idiota. –suena molesto, ofuscado, recorre el lugar con la mirada, distingue poco.- ¿Encontraste algo?

   -Nada. Si el pendejo ese oculta la maleta, no es aquí. –bota aire, exasperado por primera vez.- No lo entiendo, no ha movido la cocaína, debió llegar hace días, tiene que tenerla oculta en algún lugar, esperando a que le eche mano…

   -Que le echemos manos. –corrige Felipe, inquieto al verle sonreír casi en una mueca.

   -Claro, a que le echemos manos, socio y amigo. –le palmotea un hombro.- ¿Crees que la puta sepa dónde la oculta? Tal vez podríamos sacárselo, obligarla. –propone ominoso, casi amenazante.

CONTINÚA … 7

Julio César.

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