LOS CONTROLADORES… 35

LOS CONTROLADORES                         … 34

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   -Déjate… de vainas… -intenta Benito una sonrisa, todo nervioso, pero sin poder apartar la vista de ese tolete duro y rojizo, el cual ha visto antes, pero no como ahora. No deseando… tocarlo, para ver si era cierto que era real. ¿Cómo le creció tanto en tan poco tiempo?

   -Vamos, no seas tímido, primito. –invita el otro. Y sonríe.

   Tragando saliva, Benito siente que tiene que comprobar si… no podía ser un güevo falso o una extensión, lo sabe, y sin embargo necesita comprobarlo. Alarga una mano trémula y con la punta de los dedos toca esa lisa cabeza, frotando, provocándole un gruñido al joven gañan, que se estremece de lujuria, sintiéndose poderoso al recibir la caricia sobre su cetro de poder de parte de un sumiso. Nada más tocarle, sintiendo ese extraño calor, el otro joven, muy rojo de mejillas, lo frota, arriba y abajo, con la punta de sus dedos. Se sentía tan bien que…

   Baja la mano y cierra la palma y los dedos alrededor del cilíndrico tolete, que pulsa y quema contra su piel, casi dando un salto de placer y gusto. Dios, se sentía tan extraño tener el güevo de Jóvito atrapado así, subiendo y bajando el puño, masturbándole. Una vez, hace añales (dos), se habían medio tocado, pero no existía este aire de… lujuria. Aprieta con más fuerza y seguridad, deseando sentirlo, domarlo… ordeñarlo. La idea penetra su mente algo enfebrecida, inquietándole, pero a un tiempo excitándole también. Mirándole, echándose hacia atrás, contra la pared, dejándose masturbar, Jóvito sonríe.

   -Debiste verlo, primo, el coño le temblaba a ese carajo cuando le acercaba mi güevo, le latía con ganas, creo que se habría muerto si no se la meto. Y cuando se la metí, poquito a poco, chillaba y se revolcaba, gritando y pidiéndome que no me parara, que deseaba sentirse vivo. Vivía mientras su coño era abierto y llenado por la dura carne de un macho. –va contando, viéndole enrojecer y estremecerse más. Bastaría muy poco, lo sabe. Tan sólo montarle una mano sobre la nuca y halarle, llevarle hacia su glande rojizo y mojado, y ponerle a mamárselo. Y saber que puede, le calienta más. Pero no es lo que necesita en ese momento. Un coño, el coño de un chico, eso es lo que pide su verga. Sin embargo lleva la mano tras esa nuca, tensándole, mirándose a los ojos.

   -Jóvito… -muy rojo de cara, y asustado, Benito le mira. ¿Acaso quería que se la chupara? ¿Llenarse la boca con el duro y caliente güevo de su primo? Y si le mamaba, ¿no se convertiría en un marico?

   -Vamos, primo, enséñamelo… -pide, reteniéndole por la nuca, con fuerza de macho dominante, confundiendo al otro.

   -¿Qué? ¿Mi güe…?

   -No, la cueva de tu conejito. Enséñame tu huequito cerrado. –no ordena, pero tampoco pide, tan sólo expresa, asombrándole.

   -¿Quieres ver mi culo? ¿Para qué? –grazna, sorprendiéndole la pulsada poderosa del güevo del otro al decirlo, apretado en su puño, así como los espesos y abundantes líquidos pre eyaculares que mana.

   -Vamos, carajo, enséñamelo. –casi le gruñe, atrapándole los hombros, obligándole a moverse.

   Y se mueve, Benito nunca sabría explicarle a nadie cómo o por qué, pero lo hace. Soltando ese güevo caliente, y la maravillosa sensación que producía en su mano (o tal vez por eso mismo), se vuelve, arrodillado en la cama, dándole la espalda, temblando ante el brillo predador que aparece en los ojos de Jóvito a la vista de sus nalgas jóvenes.

   -Bonito culo. –se atraganta de ganas, el otro, el güevo pulsándole feo, alzando las manos y acariciando los duros glúteos sobre la tela.

   -Jóvito… no, no sé si… -Benito se asusta por el cariz que toma todo aquello, por esas manos incansables que subían, bajaban, acariciaban, apretaban.

   -Te va a gustare, a los putos siempre les gusta. –le ofrece.

   -¡No soy un puto! –brama indignado, mirándole sobre un hombro, muy quieto mientras esas manos halan su bóxer, descubriéndole las levemente velludas nalgas, unas que azota suavemente.- Jóvito… -inicia otra vez, con miedo y expectación.

   -Shhh, puto, deja que vea tu coño apretado. –es más autoritario, el güevo botándole jugos a mares, inclinándose tras ese trasero, separando los glúteos y jadeando contenido, casi desesperado de tantas ganas a la vista del agujero canela del muchacho, levemente peludo, tan pequeño y cerrado. Tan… apetitoso.- A los hombres nos gustan los coños… -expresa en voz alta la idea que cruza por su mente, mirada perdida en el capullo viril, deseando pasarle la lengua, clavársela. Los coños sabían ricos, esa idea también se le ocurre.

   -Primo, esto es una locura… -grazna Benito, mirándola salir de su bóxer, el tolete tieso saltando, golpeándole en el abdomen y rebotando, bajándole un poco más el suyo, justo por debajo de las bolas

   -Te gustará, a todo coño le gusta sentir un güevo llenándolo y colmándolo. –le asegura, arrodillándose también sobre la cama, a sus espaldas, rodeándole la cintura con sus brazos, atrayéndole, su verga tiesa y caliente, mojada, lateralizándose contra la raja entre las nalgas, comenzando un sube y baja, frotándosela contra la joven piel.

   -Jóvito… -todavía gimotea, asustado, el corazón latiéndole locamente, no sabiendo por qué no detiene toda aquella mierda. Estremecido por la fuerza de su agarre por la cintura (como lo hace un hombre, piensa extrañamente, estremeciéndose), este le echa un tanto las caderas hacia atrás, y ahora nota algo liso y caliente, húmedo, frotándose contra la entrada de su culo.- Primo… -todavía intenta, mirándole sobre un hombro, asustado y paralizado. Acercando el rostro, sonriéndole confiado, Jóvito parece saber lo que hace.

   -Créeme, primo, cuando te lo meta vas a gritar por más y más. Y voy a dártelo, lo clavaré en tu coñito caliente y dulce todo lo que quieras, abriéndolo a la vida, despertándolo a los sentidos. Necesito tu coñito apretado, pero también tú necesitas esto. –expone como si alguna lógica hubiera tras aquellas palabras. Le sonríe casi cariñoso.- Amarás sentir tu coñito bien trabajado.

   Incapaz de decir algo más, pero temblando visiblemente de temor e incertidumbre, Benito abre mucho los ojos y boca cuando, montándole la barbilla en un hombro, Jóvito empuja sus caderas hacia adelante, chocando el glande mojado y caliente de su agujero cerrado, forzándolo, obligándolo a abrirse, a dejarle pasar, empujándole los labios del esfínter hacia adentro. El chico se tensa, y grita, ¡era demasiado grueso!, pero Jóvito, siseándole, calmándole, continúa metiéndolo, forzando cada centímetro cubico de su impresionantemente duro güevo. Dentro del cuarto sólo se oyen los rugidos de tortura de Benito.

   -Coño, es muy grande, ¡duele mucho! –grita, imprudentemente en una casa donde viven, además del primo, sus tíos.

   -Relájate, ya entré. –respira pesadamente Jóvito, dientes apretados en una mueca depredadora, halándole más con los brazos sobre el abdomen, contra su güevo que va penetrándole mientras el otro sigue quejándose y gritando.- Oh, mierda, si… -gruñe pesado, contra su oído.- Se siente tan bien llenar tu coñito caliente, primo, me lo hala y aprieta tan sabroso. –los jóvenes labios casi tocan y rozan la oreja del chico tenso y de frente fruncida.- ¿Lo sientes, primo? ¿El cómo me lo halas y sobas? Para esto es que sirve un coño masculino, para esto lo tienen los chicos como tú, para que se los follen y den placer.

   -Coño… -brama Benito entre dientes.- ¡Sácalo!

   Jóvito no le escucha mientras sigue empujando más y más de su cilíndrico tolete dentro del culo virgen, notando cómo se cierra alrededor de su tranca, igual que las paredes del recto, aunque también parecía… dilatarse.

   -¿Lo sientes? ¿Siente mi güevo llenando tu coño caliente? –le pregunta al oído, ronco, metiéndoselo más y más.- Tienes un rico coñito entre tus nalgas, uno que llama a los machos.

   Benito no responde, dientes apretados, rostro perlado en sudor, padeciendo la penetrada de aquella mole que parece romperle. Se les escapa un gruñido cuando la pelvis de Jóvito se cierra contra  sus nalgas, casi aplastándoselas para metérsela más, dejándola allí, pulsante, ardiente, llena de sangre. Vuelve a gemir cuando el otro la retira unos cuantos centímetros, sintiendo toda esa agonía, y cuando vuelve. Sale y entra, lentamente, cogiéndole ya, y parpadeando asombrado, el joven deja escapar profundas bocanada de aire. Algo estaba cambiando, las paredes de sus entrañas se cerraban sobre la pieza para experimentarla, notándola latiéndole. Su esfínter se cerraba ferozmente contra la verga de Jóvito… para sentirla abriéndole, rozándole. Abre mucho la boca, confuso, sus entrañas sufriendo espasmos. Aquello se sentía realmente bien. Muy bien, a decir verdad, y la idea le sobrepasa. Mira al frente, no quiere pensar o decir nada, ni siquiera moverse, pero cuando los brazos de Jóvito se cierran más alrededor de su cuerpo, comenzando un saca y mete más rápido…

   -¡Ahhh…! -lanza un agudo gemido, de inconfundible sexualidad.

   Uno que hace sonreír de manera predadora a Jóvito. ¡Ya lo tenía donde lo quería!

   -Si, lo sabía, ahora eres mi puta. –le gruñe enfático al oído, incrementando las enculadas, haciéndole gritar entregadamente.

CONTINÚA…

Julio César.

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