ACUERDOS Y NECESIDADES

A MANO

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   Cuando arde el fuego…

   “Eso es, chúpalo así”, ronronea Larry, con una sonrisa pícara y hermosamente perversa, algo burlón del sonrojar emocionado del chico con el cual comparte aquella pieza, ambos venidos de fuera de la ciudad, cada uno a trabajar y probar suerte; “cúbrela de saliva para que no te moleste mucho cuando te la meta”. Nada más conocerle, Larry, quien en su tierra natal follaba a cada rato y sabía debía procurarse un culito caliente regular, supo que el guapo chico sería justo la zorrita que andaba buscando, en casa, al alcance de su miembro. Le llevó un rato convencerle de explorar y experimentar, conocía un poco ya de la naturaleza de algunos sumisos reprimidos que se creía heterosexuales. La necesidad que les empujaba y el cómo les hacía infelices el resto de sus vidas el habérselo negado. Así que le hacía un favor mientras le tenía expectante, caliente, listo a comérsela y luego gritando cuando se la clavaba hasta las metras; viéndole estremeciéndose, oyéndole reír y suplicarle que le machacara con todo, como cualquier puta barata. ¿Qué había sido muy insistente la primera vez que lo planteó, casi obligándole a responder, cayéndole encima besándole cuando el otro intentaba negarse?, es posible, pero los gritos emocionados mientras lo cabalgaba, los “rómpeme el culo, papi”, esos les salían del alma.

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   “Trágatelo, maricón”, le rugía ese carajo en el depósito del trabajo, un sitio que los tipos de la zona, gay y heterosexuales, conocían y a donde iban buscando a un tío que se las comiera o que les dejara llenarles el sudado y apretado agujero entre sus nalgas. Alguien que se los ordeñara apretándoselos, halándoselos, succionándoselos siempre. ¡Era tan rico usar el pito y soltar la leche! Y Vito era de los que no se pelaba una, aunque entrara sintiéndose incómodo, temiendo que alguien le viera y le reconociera, yéndole con el cuento a su mujer, a sus familiares o amigos y le supieran metido en eso. Cerrando los ojos se dejaba hacer, emocionado, no pudiendo ocultarlo en ese instante mientras esos carajos mecían sus caderas y se la metían hasta la garganta, ahogándole. Y era poco, porque ese vaivén, ese golpear de bolas contra su barbilla le hacían desear sentirlas contra sus nalgas, cuando, en cuatro, gritaba rojo de cara, al tipo que lo atendía (y siempre había uno dispuesto), que lo preñara. Era penoso, incómodo, ¿pero qué se hacía si lo necesitaba?

LA PRACTICA HACE AL MAESTRO…

Julio César.

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