BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 7

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 6

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Y por un segundo, Felipe Mijares se inquieta. No por entrar y “obligar” a la mujer a responderles, lo han hecho antes, aunque no buscaran respuestas a nada. Por el placer de intimidar, asustar… lastimar. Un poco. O mucho, según el caso. Pero le preocupa que fuera allí, en casa. Había una vena cruel en Salvador Mastrangioli que pocos podían notar de entrada. Y aunque en el pueblo había un chico peor (alguien que realmente le asustaba), no podía bajar la guardia con este. Lo habían hablado una vez, nunca en Río Grande. No con alguien que pudiera señalarles, directa o indirectamente.

   -Amigo… -comienza, y el estallido de risa del otro, le calma, un tanto.

   -¿Te lo creíste? Mira que estás hecho todo un maricón. –le resta importancia.- Aquí ya nada queda por hacer, no creo que a Tomasa, su marido, le cuente dónde guarda las drogas. Vete, nos vemos luego, donde Trino, dile que consiga cervezas.

   -Okay. –compone una sonrisa; si, nada ha pasado. Es lo que prefieren creer. Pero lo había visto en los ojos de Salvy, ese brillo salvaje que una vez les metió en problemas en Aramina.- Tú.. Tú, ¿qué harás? –le incomoda la mirada que recibe.

   -Aprovecharé lo más posible esta visita. ¿Qué mejor que otra chupadita? Debo dejarla… -rueda losa ojos con una sonrisa.- …Saboreando el encuentro. ¿Te vas o te quedas a mirar?

   -No comiences, ¿si? –le detiene en seco, odiándole por jugar así con él.

   Sube las escaleras y se aleja, seguido por su risa. Okay, se acercó sigiloso porque sabía lo perro que era el catire, lo ladino, y le vio, de culo sobre esa cama, aquella tía tragándoselo todo, haciéndole gemir. Se quedó, miró y… se la cascó. Sin entender del todo el cómo o por quién, aunque la mujer estaba caliente. ¡Y le gustaban las mujeres, carajo! Era Salvy quien les confundía…

……

   Cursando su último año de bachillerato en una apartada institución de un pueblito pequeño y olvidado de los llanos orientales, que respondía al sonoro nombre de Aramina, una joven, animosa y bonita muchacha llamada Elena Yorca había salido, junto a varios amigos, a un azaroso, largo, accidentado y divertido viaje para Caracas, en una excursión educativa, para conocer la casa natal del Libertador. Lo que fue memorable y determinante en su vida. Caracas le había parecido increíble, maravillosa, su corazón de pueblerina se había sentido excitado. Margarita, la isla, era una perla, pero Caracas, tan grande y bulliciosa… . Allí, allí iría a vivir en cuanto pudiera sacudirse el polvo de Aramina de sus zapatos, se dijo. Pero esa no fue la parte maravillosa. En el recorrido, juntándose con otros grupos de estudiantes, no sabiendo nadie responder preguntas básicas sobre la vida de Simón Bolívar (excepto un colombianito de un colegio aragüeño), la chica se había tropezado con un mocetón ancho de hombros, de mirada brillante y pícara, quien pareció no poder apartar los ojos de ella, Raúl Lezama. Casi le dolió algo en el pecho al conocerle, al reconocer en sus pupilas el interés, el saber que en algún momento ese viaje terminaría…

   Pero estuvo de suerte, este, venciendo su timidez (luego le diría que temió que una chica tan bonita lo mandara de paseo), se le acercó y hablaron. Así supo que vivía no muy lejos, apenas a unos nueve kilómetros por una carretera secundaría, en Río Grande. El destino, eso fue lo que se dijo ilusionada, soñando como la chiquilla que era. Desde ese momento no se despegaron, y antes de subir cada uno a su autobús, este había reunido el valor suficiente para besarla, muy osado teniendo en cuenta que acababan de conocerse, pero el roce de sus labios casi le encrespó el castaño cabello. Mientras el resto de sus compañeros atormentaban al chofer, en el viaje de regreso, con sus gritos, risas y cantos, ella, recostada la cabeza de una ventanilla, sonreía dulcemente. O de manera estúpida, según Ligia Corrales, su mejor amiga. No podía dejar de sentir ese beso ligero contra sus labios. Tan sólo deseaba estará solas, abrazarse y gritar como una loca, repitiendo muy en alto el nombre de Raúl.

   Se las arreglaron para continuar en comunicación, aunque su padre se opuso rotundamente. A nadie le agradaba mucho el pueblo de Río Grande, ni su gente. Aunque próspero, bueno para negociar, algo molestaba a muchos sobre este. Tal vez su accidentada historia tuviera mucho que ver. El pueblo, conservando el nombre, se había movido tres veces de ubicación, sin que se hablara mucho del por qué. A pesar de la oposición de su padre, y terminando un curso como auxiliar de contabilidad, en cuanto Raúl se presentó para pedir su mano, aceptó. Juntos, casados, se instalaron en el lugar… y a ella le inquietó en cuanto llegó a instalarse definitivamente. Había un cierto olor sulfuroso que…

   El trabajo de este, como mecánico de mantenimiento en la estación local de la Petrolera Nacional, les dio suficiente para vivir bien, ahorrar y tener carro. Prosperaban, pero Elena no era feliz. Quería que se fueran, y eso causó la primera gran crisis del matrimonio, y separación; él… bien, ambos actuaron mal. Cuando ya estaba por irse, supo que estaba embarazada. A pesar de eso, con su hermoso bebé en brazos, Leonardo Antonio Lezama Yorca, pensó en hacerlo, irse al diablo, posponiéndolo hasta que este estuviera algo más crecidito. No contaba con su familia, estos parecían haberla apartado desde que marchara a Río Grande. Esperaba el momento propicio para regresar, pero se embarazó otra vez, de Mayra,  y Raúl, más asentado, la llevó a esa bonita casa de dos pisos, en una respetable calle, discreta pero floreciente, lo justo para levantar bien a una familia. Era un sueño, se dijo, y aceptó quedarse con su marido y sus hijos. Más tarde llegaría el tercero, el último, Tristán. Todo fue dicha desde ese entonces, aunque debiera ir hasta Aramina para ver a su familia, estos, desde la llegada de los niños, se acercaban unas horas, pero nunca se quedaban demasiado, lo que finalmente fue alejándoles a todos. Para Elena su vida eran sus amados hijos, su marido y su casa… hasta la desgracia.

   Saliendo esa mañana para un análisis médico, saber por qué vivía desalentada, sin ánimos a pesar de su vida dichosa, la llamada de Raúl al teléfono de la clínica la desconcertó. Como, y también por un buen rato, la pregunta que le hizo, una que su mente se negaba a asimilar.

   -Elena… ¿Leo…? ¿Leonardo está contigo? –fue la pregunta cargada de miedo.

   Y su vida estalló. El muchacho, su hermoso hijo mayor había salido por un mandando, a una bodega a escasas ocho casas de distancia, en una calle tranquila llena de gente que le vio crecer, y había desaparecido. No estaba, no le encontraban. Raúl salió, preocupado al pasar el tiempo del almuerzo, y no le ubicó. Nadie supo nada. Y se le buscó. La idea de que estuviera perdido, luego que alguien le hubiera secuestrado, fue imposible de asimilar para una mujer que se derrumbó en llanto, gritando y exigiendo que le llevaran a su niño. Por un tiempo, como en dos existencias, Elena coexistía con la pesadilla. En un momento dado parecía la de siempre, preparaba la comida y luego le decía a una llorosa Mayra que fuera por Leo, que era la hora de comer. Otras veces, plenamente consciente, gritaba y le reclamaba a todos que no hicieron nada por encontrar a su niño, que dejaron que se lo arrebataran. Luego comenzó a asechar gente, acusándolas de rapto. A Raúl le acusó desde el principio, las peleas terminaban en gritos, yéndosele encima, queriendo agredirle, lastimarle, hacerle sufrir porque por su culpa ella vivía aquella agonía de la que estaba segura moriría, cada noche se lo parecía, cuando cerraba los ojos respirando febrilmente, llamando a Leonardo, mirando a la noche, la luna, y rogándole a Dios que la perdonara si algo malo había hecho (creía saber qué), y que se lo devolviera como estuviera, que ella se encargaría de cuidarle, protegerle y curarle. De amarle.

   Los desvaríos llegaron luego, despertando en medio de la noche, agitada, asustada por algo que no entendía hasta que salía de la cama y comprobaba que el bebé estaba bien, Mayra también, que Leo… La cama vacía era regresarla al infierno. Cubriéndose la boca con la mano para no comenzar a gritar en medio de la noche, recorrió esa primera vez cada ventana de  la casa, comenzando por la de su cuarto, convencía que había sido él, su voz, asustada, demandante, la que había penetrado en el sueño y le había despertado. Desde ese instante, regularmente se asomaba a las ventanas, buscándole en las calles vacías de un pueblo tranquilo, que en verdad le era hostil. Las alucinaciones llegaron con el pasar de las interminables y horribles semanas que se transformaron en meses de agonía, cada día robándole un poco más la calma, las esperanzas (ya no buscaban con tanto rigor, no sabían dónde). Meses más tarde ocurrió; salía del mercado a donde se obligaba a ir para intentar despertar de la pesadilla, retomar su vida y la rutina, evadiendo las miradas, cargadas de piedad algunas, pocas, de malicia la gran mayoría. O eso le parecía. Ya sabía que algunos comentaban que para que un niño desapareciera así sólo cabía que llevara una vida tan horrible en su hogar, sufriendo tales abusos, que escapara deliberadamente. Si estuviera muerto, o algo malo le hubiera pasado, ya habría aparecido el cuerpo.

   Cargaba una bolsa de mercado, a la salida del establecimiento, cuando le vio al final de la calle, un chico delgado alejándose, de espaldas. Y el corazón le latió con fuerza. Por Dios, era él. Su Leo. Erizada, la garganta seca, no pudo llamarle en un primer momento, luego lo hizo, pero este parecía no escucharle y continuaba alejándose (saliendo de su vida, eso fe lo que pensó presa del pánico).

   -¡Leo! –grito en la entrada del local, ganándose miradas extrañadas de los pocos presentes, que conocían el nombre de su muchacho.

   Pero el chico, notó horrorizada, no se detenía. Ni volvía la mirada. Dejando caer las cosas corrió tras él, llamándole, cruzando imprudentemente la calle, medio gritando de sorpresa y disgusto al ser interrumpida, medio cayendo sobre la capota de un Volkswagen que casi la arrolla. El asustado hombre le gritaba que tuviera cuidado, pero ella, con rostro trastornado parecía no mirarle, ojos fijos en aquel muchacho que se alejaba y ya casi llegaba al final de la calle.

   -¡Leonardo! –gritó otra vez, desesperada. Si cruzaba lo perdería. La idea la atenazó, dejándola sin respiración, pero finalmente se alejó del pequeño vehículo y de la gente que la miraba.

   Corrió y corrió, gritando un no, al verle cruzar. Y por un segundo infinitesimal casi le vio el rostro, y tenía que ser ya que quedó lateralizado a su perspectiva, sin embargo, de alguna manera no pudo. Pero era él, ¿verdad?, su muchacho. Sin aliento llegó al cruce, lo bordeó… y no le vio en ninguna parte de la corta calle desierta. Tembló, los ojos se le llenaron de lágrimas, lo había dejado ir. Otra vez. Gritó su nombre una y otra vez, de manera desgarrada, recorriendo la calle, asomándose a las barandas, buscando en jardines y porches. Siempre llamándole. Aún intentó seguir, hacia otras calles, prácticamente forcejeando con la gente que llegó e intentó retenerla para que se calmara. Nadie había visto al muchacho, y cuando Raúl llegó, y le echaron el cuento, todo se redujo a sus nervios.

   Lloró, mucho, amargamente, aclarando que le había visto. Nadie le creyó. Y con los días se pregunto si no lo habría imaginado. Pero no lo creía, porque no fue la única vez. Los meses, lentamente, se volvieron un año, dos, y debió lidiar con las crisis de Mayra, y una tarde, saliendo del correo, después de hablar con aquella gente que fingía nada recordaban, que la trataban cálidamente, ocurrió. Revisaba los remitentes de algunos sobres cuando…

   Ojos en el sobre, en su visión periférica, esa donde todo parece desenfocado, reparó en el chico de pie sobre la grama, manos en los bolsillos, a unos cuantos pasos a su derecha, quieto, el corto y castaño cabello brillando al sol. Sin moverse, temblando, lo supo. Leo. La mirada se le nubló, el corazón latió con esfuerzo. Allí estaba, pero en cuanto alzara la vista… Tuvo que hacerlo y ya no había nadie. Ansiosamente recorrió los alrededores con la mirada, pero no estaba. Y se mordió el labio inferior para no llamarle a gritos y rogarle que apareciera, que volviera, para pedirle que la perdonara por haberse descuidado. Pero no lo hizo, no armó un escándalo, parpadeando, apartando una lágrima caliente, se alejo del correo. Todavía disculpándose con el hijo extraviado.

   Dos años más tarde, en una misa de difuntos un día sábado, sentada con otros feligreses en los bancos de la iglesia, de rodillas, manos entrelazadas y mirada baja después de comulgar, humilde, pidiéndole perdón a Dios por juzgarlo y condenarlo, acusándole de no ayudarla, escuchaba a lo lejos un perezoso trinar de aves, la brisa cálida movía las ramas de las acacias y el sonido era grato. Por el portal abierto veía a algunos chiquillos correr y jugar, pateando un balón, a pesar de que el cura les corría a la hora de las misas. Y le vio, a la distancia, en uno de los bancos alejados, erguido, mirando hacia el templo. El corazón le bombeó con fuerza. Era mucha distancia, no podía reparar en sus facciones, en las líneas de su rostro, pero en su corazón sabía que era Leonardo. No te he olvidado, pequeño mío, pensó, con fuerza, arrugando los labios en un puchero. Todavía te espero, ¿o has venido a buscarme? Tristán y Mayra ya están grandes, podemos irnos.

CONTINÚA … 8

Julio César.

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