RELATOS CONEXOS… 13

RELATOS CONEXOS                         … 12

UN  LARGO  VERANO… 6

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   Al parecer, le cuenta Antonio a su hombre, Sergio consideraba que esa parcela, con cableado, vías de penetración cercanas, y con agua, era buena para levantar una Granja de Truchas, con algo de financiamiento. Para el joven fue toda una sorpresa, porque él, coincidencialmente, se dedicó al estudio de proyectos semejantes en la universidad de Los Andes (y a Roberto le dio suspicacias); y visitó muchas de esas granjas. Había que trabajar bastante para sacar adelante semejante proyecto, pero a él no le asustaba la idea. No tenía plata, pero Sergio, quien decía que una granja tal traería beneficios a la zona, y ganancias, conocía gente, la Compañía Devlin, que podía financiarlo… por una participación en el negocio. Antonio se mordió los labios ante la oferta, sintiéndose algo alarmado, estaba solo, y en tierra hostil. No lo querían allí, y sólo había regresado para ver, tal vez por última vez, dónde estuvo su vida, su gente (y para ver, de lejos, a Roberto, cosa que no le contó en esos momentos).

   En realidad había venido a despedirse del pasado, y reencontrarse con Roberto le había molestado (aunque deseaba verle, tampoco le contaría eso). Siempre se había sentido débil ante él, y en cierta forma, a cierto nivel, deseaba verlo, finalmente, para despedirse, para decirle, sin decirlo, que le deseaba que le fuera bien. Que fuera feliz. Por eso le dolió llegar y encontrar que no podían llevarse bien, sino que pelearan como antes. Le pareció que era dueño de nada. Pero el ofrecimiento de ese tal Sergio, le regresó el alma al cuerpo, y le dio esperanzas. Era un trabajo, una obra que podía darle sentido a su vida. Y seguiría allí, enfrentando a todos en un pueblo que lo hizo sufrir mucho cuando era un muchacho. Y estaba Roberto. Quería demostrarle que él podía triunfar. Y sin darse cuenta, ya había aceptado el ofrecimiento; y tal como lo pensó mientras hablaba con Sergio (al menos esa parte), se lo contó al otro, entre bostezos. Entre sus brazos.

   Ahora Roberto cavilaba sobre eso. Una Granja de Truchas. Sonríe divertido, sonaba a idiotez, pero el ofrecimiento estaba hecho, y entendió que Antonio ya había aceptado en su mente. Y que iba a dedicarle sus fuerzas, sus ganas, su juventud y vida a edificar y alimentar el complejo, los tanques y los estúpidos peces. Medio vuelve el rostro y mira la nuca y cabello del amante, ¡ahora eran amantes!, sintiéndose embriagadamente abrumado. No se iba a casar con Isabela, aunque de ser necesario lo hubiera hecho, pero Antonio… No, no se arriesgaría a ofenderlo, a lastimarle. Ahora Antonio era importante en su vida, y era una incógnita también. No sabía cómo reaccionaría ante ciertos estímulos (una boda para esconder vainas, por ejemplo). La vida sería dura, mucho. Y no podía engañarse, tenía miedo. Mucho miedo… Prácticamente estaba renunciando a todo lo que poseía, incluido su padre, por lo que ahora sentía; estaba dejando lo que tenía por algo bueno que, tal vez, llegara luego. Pero comprendía que lo vivido con Antonio no era una idiotez que pasaría mañana, o si tiraban otra vez. Eso había resistido y sobrevivido años. Y para defenderlo, dejaría su buena vida por lo que el futuro les trajera. En cierta forma subconsciente, muy a la venezolana, el joven esperaba que el tiempo lo curara todo, que la gente se acostumbrara a la idea de ellos dos, juntos, igual Gregorio, y que un día lo buscara. Sabía que su madre lo perdonaría en seguida. Gregorio llevaría más tiempo; pero esperaría por su padre, toda la vida si era necesario… Al lado de Antonio. Sonríe cerrando los ojos, intensificando así el tacto del otro cuerpo, estaba perdido de marica.

   -Señor Devlin… -saluda sonriente, y terriblemente irónico, Sergio, en short jeans y camiseta, dejando al descubierto sus tetillas. Algo nervioso ante el otro hombre (de cuya sagacidad y maldad, había oído mucho), uno de los mayores señores del Sindicato, alguien que asustaba, o eso decían, al Gran Jefe, y tan sólo unos años mayor que él, aunque no le era posible saber cuántos en esa cara morena e intemporal.

   -No me digas así. Ese nombre me molesta. -dice el otro, volviéndose a mirarle, con una voz gruesa, profunda y oscura en sus tonos, una voz que habría sido perfecta para interpretar a Lord Wader en La Guerra de las Galaxias. Había tanta fuerza interna en ella, a pesar de lo reposado, que un leve escalofrío recorrió la espalda del otro.- ¿No podrías… vestirte? Pareces un prostituto barato. -critica leve, notando una chispa atrevida en sus ojos.- Y no me importan tus creencias sobre mi doble moralidad, Sergio. -y vuelve la mirada hacia los cultivos. Notaba algo… inquietante en la forma que el viento azota los maizales, produciendo un sonido rozante, como de rezos lejanos. Una multitud de almas perdidas clamando piedad al final de los tiempos.

   Sergio calla, estudiando a ese otro hombre que está de pie, en el pequeño camino de tierra, entre dos grandes sembradíos, en tierras de los Noriega. Era alto, sólido, musculoso y… había un aire de astucia e inteligencia en él que casi podía palparse. Viéndolo así, quieto, sereno (a pesar de que sabía lo que sucedía en un viejo y destartalado gallinero más allá; algo provocado por él), el joven se pregunta en qué piensa. Su trabajo, por el que ganaba una gran cantidad de dinero en forma de salario y bonos, era ir de estado en estado, creando cooperativas, pequeños negocios y medianas industrias. Llevaba en la creación de las fulanas Granjas de Truchas (algo que le parecía idiota a pesar de lo mucho que intentaba que le interesara), unos ocho meses. Y siempre había tenido éxito.

   Claro que, buena parte de ello, se debía a la información que tenía sobre la gente a la que vería, con los dramas y pasiones humanas ajenas a él, presentes en todos, y que usaba para su beneficio. Ese hombre, de alguna manera, sabía del chico pobre y desarraigado que estudio lejos, no tanto por generosidad del señor de la hacienda como por la necesidad de alejarle de su hijo. Antonio, un chico sin sueños ni hogar. Despreciado. Montar la granja le daría la oportunidad, la excusa, para quedarse y luchar por todo lo que quería… Y fuera de respeto, de quedarse como dueño de la pequeña propiedad, ese algo que en verdad ansiaba era al señorito de la hacienda, el cual se moría de ganas por estar a su lado sin atreverse a dar el paso. No hasta que, celoso de la llegada de otro, pierde los estribos y va a reclamar su lugar. Y ocurrió tal cual. Bien, se manipulaba mucho, pero no iba a quejarse, porque fuera de lo que ganaba ya, ese hombre le daba la posibilidad de contar con una o dos acciones dentro de cada negocio. Dinero para el futuro. Era generoso, mucho.

   -Todo salió bien. -grazna finalmente, algo incómodo ya, sabiendo que era inútil decirlo. Con ese hombre, todo salía como él decía.

   -Lo sé. -dice mirándole, divertido de su nerviosismo.- Es bueno que esos dos tengan algo que hacer, algo sólido, mientras viven su amor. Trabajar duro, con sus manos, de sol a sol, desafiando a todos, es el marco que necesitan para justificarse ante Araure. -suena increíblemente burlón.

   -¿Va a dejar que sigan juntos? Creí que sólo le interesaba Antonio Pavón. -el otro calla.

   -Si. Los dejaremos vivir su pasión loca. Como dice la canción: Vivir los nuestro. -canturrea.- Dejaremos que el amor triunfe, por ahora. -y sonríe leve, ensanchando sus labios gruesos.

   -Alfonso… -grazna Sergio, mirándolo intensamente, acercándosele, subyugado a su pesar, por la poderosa personalidad del otro.- ¿Para qué hace todo esto? Son negocios… extraños.

   -Lo sé. -repite, mirándolo burlón, fijándose en las tetillas erectas bajo la camiseta, admitiendo para sí, sin mayores consecuencias, que era un tipo bonito; ¡bien por él!- Sé que dentro del Grupo hay quienes se dedican al narcotráfico, a la trata de blancas, al chantaje, al robo… y a otras formas de delitos que ni te imaginas… Y no los censuro. Soy parte de todo eso también. -encoge sus recios hombros, sin problemas morales, sin remordimientos por todo lo que han hecho él y el resto.- Pero esto… -calla, extendiendo la mano y señalando los sembradíos.

   -¿Es porque es más noble ayudar a la gente que comienza? -intenta adivinarlo. El otro ríe realmente divertido.

   -No, claro que no. Esos muchachos harán un gran trabajo, se partirán el lomo, se sancocharan el culo… y no sólo en el sexo, sino trabajando. Y al final, dentro de un tiempo, todo esto será mío. La Granja de Truchas… y estas tierras. -lo dice con simpleza.- Como ocurrirá con todos los otros tratos que has hecho. Dejaré que suden, que suban, y luego se los quitaré todo.

   -¿Por qué…? -parece verdaderamente impresionado, mirando a ese hombre alto, fuerte e inteligente con una luz nueva. Si, era malvado, aunque ya lo sabía.

   -Monopolio. -es simple.- Hablamos de alimentos… de comida. Eso nunca pasa de moda. A la gente le da hambre a cada rato. Siempre necesitarán qué llevarse a la boca, y si eres bueno y si tienes mucho, ni un gobierno inepto, autoritario y despótico puede quitártelo. -mira hacia los maizales.- Dentro de los regímenes siempre hay quien se da cuenta de que todos los demás son ineptos, pero que el que cultiva y produce alimentos a pesar de todo, debe dejársele hacer, pagándole lo que tiene a precio de oro, para que no venga la hambruna. No hay cambios sociales con hambre total, la gente aguanta hasta un punto, luego enloquece, como las ratas, y atacan a sus opresores. Hoy invaden tierras, arruinándolas para que luego vengan otros a engordarlas. Pero son hombres inútiles, fracasarán y venderán. Y venderán otra vez, hasta que lleguen a alguien como yo. Pueden pasar años, el hambre atormentar a toda una generación, el pago a la estupidez, pero al final hay que entenderse con el proveedor. No, con gente como yo, tienen que pactar en algún momento. Y tú les vendes lo que deben comer, fijando tus precios. Siempre ha sido así. Yo pude haber intentado hacer todo esto por mí mismo, pero es mucho trabajo. Es mejor que lo hagan otros… y luego les doy el zarpazo.

   -Es algo cruel… -acusa, pero no puede reprimir una sonrisa de fascinación.

   -Ah, no, no te preocupes tanto por esa gente a la que has… ayudado. Esos dos, por ejemplo, encontrarán algo más qué hacer. No morirán de hambre; porque, aunque son jóvenes, se ve que tienen ganas de echarle bolas a las cosas. La gente así nunca se hunde, Sergio. Siempre flotan. Se hunden, se arrechan. Lloran o gritan. Pero se levantan. Y comienzan de nuevo, y luchan otra vez, y se esfuerzan, y tienen sus cosas nuevamente. A un hombre, o una mujer así, no se le vence nunca. Son los parásitos que quieren vivir sin hacer nada los que siempre chapalean entra la mierda y la cloaca de aguas negras. Están condenados por lo que son, a ser una carga para todo el mundo. Son sólo basura. -mira nuevamente los sembradíos, con una gran sonrisa en sus labios.- Sí, todo esto me encanta. Cómo voy a disfrutarlo cuando sea mío… -piensa que ya debe abandonar Araure.

   Pasaría, rasante, por Cantaura, donde una india, amiga suya, le habló de Gregorio, el amante, y de su hijo. Y de los temores del hombre sobre el hijo. También debía encontrarse con la Araña, para almorzar. Sonríe cruel al pensar en su sociedad con la Araña, de quien sabía que andaba moviendo sus hilos en jugadas extrañas, y peligrosas. El resto de los socios parecían no haber advertido nada, pero uno nunca podía estar seguro de eso, no con esa gente. La Araña, si se equivocaba, podía ponerlos a todos en evidencia frente al régimen, y el mundo. Gente como ellos, sería odiada en seguida. No sabía a ciencia cierta a qué jugaba la Araña, pero sabía que sería algo delicado. La Araña era de cuidado, y su ejército de fanáticos incondicionales aumentaba día a día.

   Ignorante de todo lo que se mueve a su alrededor (la eterna lucha del más vivo e inmoral, contra el hombre decente), Roberto continúa acostado, desnudo, sobre esos sacos que ahora le parecían suaves y acogedores, sintiendo la tibia brisa de la tarde que entra por la ventana. Va sintiendo algo de sueño, fue una cogida dura y poderosa que lo agotó. A su lado, Antonio duerme, gruñe en sueños y rueda hacia él. La cabeza del joven cae en su hombro, casi entre su cuello, donde resuella, tibio, en paz, con una sonrisa saciada y feliz en sus labios, montándosele casi sobre un costado. Roberto, estremeciéndose dulcemente, piensa que su novio pesaba. ¡Como pesábamos los hombres, Dios!, se dijo.

   Siente como Antonio se acomoda, comodinamente, montando una pierna entre las suyas, y cruzando un brazo sobre su pecho. Y Roberto tiene que cerrar los ojos, gozando ese cuerpo fuerte y cálido, así como la presión del tolete del otro, más caliente aún, contra su cadera, aplastado, y del muslo en su entrepierna, estimulándole el güevo. Pero va adormilándose, disfrutando lo sabrosito de tener al otro así, contra él; sin rollos o temores, feliz de tener a su lado a un carajo buena gente y correcto como él. Todos hablarían de ellos, pero no importaba mucho. Nada debían. Nada temerían.

   La historia de Roberto y Antonio podía escribirse en un cuaderno limpio, sin manchas de tinta, sin sombras. A nadie habían dañado jamás, a nadie lastimaron; y eso era lo único que, al final, contaba. Al despertar lo invitaría a la quebrada, se ducharían… y tendrían más sexo rico y caliente. Sabía que Antonio era un poco volado y voluntarios (como cuando aceptó el negocio de las truchas), pero ahora debería controlarse un poco más; porque ahora Antonio tenía un marido al que tendría que respetar… Tendría que respetar a su hombre. Sonríe turbado, feliz: ¡sí lo viera su papá!

                                                  ………………..

                                     OLFATEANDO  PROBLEMAS

la-lengua-en-la-axila-masculina

   Nunca se tiene suficiente…

……

   De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos los hacía terminar refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran supe conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, plan del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.

   Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias, pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico!

   Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismos ni en la magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo natal y en todo el sector Panzhar (un lugar insufrible), por lo que no pudieron, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un tilo y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran aún más.

   El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido en buena medida por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobre todo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo, que no temía al diseño genético. Igualmente era esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, xenófobo, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, especialmente los de otras especias, las no humanas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas, y Flatt Hublak era un alfiler de diamante… enterrado en una nalga.

CONTINÚA … 14

Julio César.

NOTA: Hace años, después de terminar Luchas Internas, ya avanzado Relatos Conexos, tuve la idea de escribir ficción, sobre el espacio. La conspiración de la cual habla el desagradable personaje que aquí aparece era el centro de la gran historia, que serviría de puente hasta la continuación de Luchas… Todo paralizado cuando entendí que jamás me publicarían. Fue divertido escribir este cuento.

2 comentarios to “RELATOS CONEXOS… 13”

  1. marcos Says:

    Hola JC, cómo has estado? Ha pasado tanto tiempo que no te lo pregunto, me centré mucho en los fics jejejeje estoy enamorado de mis chicos de relatos conexos, me provocan tanto!!!
    Y que vas a hacerles… Vas a hacer que mis chicos sufran… No porfavor… No lo hagas… Deberias darle un poco más de sexo y placer a ellos dos…
    Y nada, suerte! Actualiza pronto!!! La nena de papá también!!!

    • jcqt1213 Says:

      Gracias, amigo, por el comentario. Este relato si es mío. No, la historia de Roberto y Antonio termina en esos campos, luchando por levantar un negocio, sus vidas y ser aceptados. Imagina que cada tarde, después de mucho trabajo, sudorosos y cansados se encuentran en la orilla de la quebrada y se dedican a amarse, antes de ir, manos tomadas, a la casa, cenar, hablar y caer en la cama. Los relatos conexos son cortos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: