BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 8

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 7

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Puede hacerlo, pensó la mujer en aquel banco, sin apartar los ojos del niño a la distancia, podría irse con él y no cometer una irresponsabilidad para con su familia; Mayra y Tristán ya no eran unos bebés, estarían bien. Tal vez se los llevarían de Río Grande, lo que sería maravilloso. En cuanto a Raúl… él había dejado que su niño se perdiera, en primer lugar. Le debía más a Leonardo. Los ojos, fijos y abiertos un poco más de lo normal, se le iban cansando, pero no podía apartar la mirada. Iría y…

   -De pie. –dijo el cura, sobresaltándola, todos levantándose, los bancos crujiendo, también una que otra rodilla de los presentes.

   Perdiendo la concentración por un segundo, mirando al altar, comprendió su error demasiado tarde, cerrando los ojos con desaliento. Lentamente volvió la mirada hacia esa tarde de sábado que caía. No había rastros de su muchacho. Y oprimió los labios para no llamarle, para no llorar. No quería atraer la atención, que alguien supiera que Leonardo, a veces, se le aparecía. No fue la última vez, en todos esos años, que el muchacho parecía buscarla, algo que nadie sabía. A veces, en la casa, una vez que todos subían a sus habitaciones por la noche, cuando todo estaba en silencio y la vivienda parecía más grande de lo que era, con un vaso de vino en la mano (costumbre que lograba que Raúl alzara una ceja), se preguntaba si no estaría volviéndose loca. Mirando por la ventana hacia el oscuro patio, más de una vez se preguntó si todo aquello sería real, su vida ordinaria, común y corriente, pero también esa donde al volverse veía a su muchachito perdido, no muy lejos, aunque nunca al alcance de sus manos. Tal vez (gustaba de imaginar de manera oscura), se había derrumbado con la noticia al primer momento, su mente había volado en pedazos y estaba encerrada en Aullare, el viejo y feo manicomio de la zona. Tal vez había pasado todos esos años encerrada, apartada, delirando que vivía una vida. Años más tarde, discutiendo en aquella misma cocina con Mayra, ya una mujer decidida a vivir su vida, llegada en una fea camioneta con otros chicos, pidiendo una herencia para irse de gira por el mundo con un grupo teatral, esta le cuestionaría el por qué nunca se fue de Río Grande. Y no pudo contestarle, no era que no supiera qué decir, no supo cómo expresar el: ¿cómo irme si mi muchacho todavía estaba allí?

   El silencio se hace opresivo al callar la voz mortecina, cargada de un viejo dolor que era casi difícil distinguirlo por lo usual; pero que se detectaba a pesar de todo en el tono monocorde de la muchacha cuando narra la historia de su hermanito desaparecido, lo que sabe y recuerda de cuando tenía ocho años de edad, ignorando lo que en verdad su madre pasó durante todo ese tiempo. O tal vez sólo lo detectaba, ese viejo dolor, el guapo chico que conducía la vieja camioneta van, a baja velocidad, escuchando a su ¿amiga?, ¿Mayra era sólo una amiga?

   -Fue horrible, Clem, mamá estaba enloquecida y… -lágrimas caliente ruedan por las mejillas de una bonita muchacha de dieciocho años, la cual mira por la ventanilla, pero cerrando los ojos finalmente, no soportando el paisaje engañosamente hermoso.- Papá partía temprano, todos los días, buscando a Leo, preguntando… En su camioneta salió del pueblo, a Aramina, hacia Las Luisas, a Quebrada Seca… A todas partes fue, preguntando si habían visto al niño sonriente y bonito de la fotografía que llevaba. –traga, con un puchero.- Era tan lindo, Clem, creo que como tú… -le duele mucho decirlo aunque medio ríe.- Yo, a los ocho años, quería parecerme a él.

   Se hace el silencio, pero el joven, con los vellos de la nuca erizados por el relato, por lo no contado por la chica, comprende la pesadilla: un niño bonito que sale por un mandado y es abordado por un  monstro, un desconocido o un “amigo” de la casa, que tal vez le había visto muchas veces, obsesionándose con la dulzura de su inocencia y… Pero era lo que no contaba ella lo que le preocupaba más, lo que debió sentir al pensar que la desaparición se debía a que no había querido hacer el mandado y su hermano ocupó su lugar.

   -No fue tu culpa, no realmente, ¿lo sabes, verdad? –estaciona alejados del pueblo, la mira y la cuestiona. La ve tensarse, contener un jadeo, abrazándose.- May… -calla cuando esta se le arroja buscando cobijo, consuelo. Y la envuelve en sus brazos, fuerte, acunándola, sintiéndola temblar, el rostro contra su cuello.

   -¿Cómo pudieron quedarse aquí después de eso, Clem? –le oye, sofocada por la postura.- La policía buscó, preguntó e investigó, nadie de afuera estuvo por aquí. Uno de ellos, alguien del pueblo se lo llevó. Alguien que seguía, y tal vez sigue aquí, agazapado en las sombras. Y ahora hay otro niño perdido. Tal vez fue alguien que me saludaba cada día, con una sonrisa amistosa… ocultando que era un monstruo. ¿Cómo pudieron quedarse en el pueblo donde vive el monstruo? –reclama otra vez.

   Hay un breve silencio mientras el joven mira por el parabrisas la solitaria y recta carretera frente a ellos; los arboles que la noche anterior parecieran amenazantes, altos, nudosos, con muchas ramas llenas de follaje que se encontraban unas con otras, entrelazándose, aún en sus copas, uniéndose entre sí, bordeando sobre el asfalto, creando un túnel vegetal tupido. Una boca de lobo, pensó esa primera vez, en medio de la oscuridad; un dulce coño, agregó Jairo viéndolo al asomar el rostro entre los dos asientos. Pero ahora, a la luz del día, con el sol radiante, el cielo tan azul, las ramas verdes, así como la grama y el monte cubierto de florecitas amarillas donde cientos de mariposas parecían danzar, al joven le parece que ese pueblo no era tan feo como Mayra pensaba. Seguramente la tragedia vivida por su familia condicionaba su visión del mismo.

   -Imagino que… -habla finalmente, encogiéndose de hombros, no queriendo alterarla.- …No desearon cortar el vínculo. O no pudieron. Tal vez, de alguna forma, se aferraron a una idea. Que… apareciera, de un modo u otro. Vivo o muerto. E irse era impensable. Debe ser lo que llaman cerrar el capítulo. Cuando una persona muere… -y le cuesta decirlo, notando su tensión.- …Es un final, se llora, se grita, hay duelo, pero termina, acabó. Una desaparición no. Nunca se sabe, no hay seguridad. –sin apartarse de sus brazos, donde se sentía bien, Mayra alza el rostro, mirándole, confundida. No era algo que gustara de pensar, esas ideas llegaban, la atacaban, invadían y deprimían. Siempre procuraba evitarlas.

   -¿Aferrándose a la idea de que esté vivo?

   -No encontraron un cuerpo, May, no es tan descabellado desde el punto de vista de una madre y un padre. Esto les causó dolor, mucho, tú misma dices que tu mamá andaba como loca; la desaparición, la incertidumbre, el miedo a que… le hubieran hecho daño, lastimado y asesinado. Pero… -vuelve a encogerse de hombros, mirándola afable.- Tal vez, por mucho dolor que sintieran, es posible que se dijeran “está bien, nos lo quitaron, alguien se lo llevó, pero que esté bien, donde sea que esté, que sea feliz, o no muy infeliz al menos”. Sólo les quedaban esas migajas de esperanzas, y el pueblo era el centro de todo. Tal vez esperan por una respuesta. Un final.

   Ceño fruncido, limpiándose las lagrimas, muy cerca de él, de su grato calor, de su aroma, la joven asiente.

   -Claro, puede ser… ¿no? –y la idea la abruma. ¿Dio por muerto a Leonardo nada más pasar los días? Se estremece desagradablemente y vuelve a apoyar la mejilla en el pecho del muchacho.- ¿Cuándo te volviste tan sabio? –le agrada sentirle medio reír.

   -Mientras tú te hacías aún más hermosa. –responde con voz ronca, queda. Y callan, como siempre en ese punto, aunque Clemente desea preguntarle muchas cosas, o robarle otro beso. El momento se prestaba, pero de alguna manera, después de la historia, de la noticia de la desaparición de ese niño de siete años de su cama, no parecía apropiado… Los buenos siempre perdían increíbles oportunidades que más tarde lamentaban amargamente.

   Y si, cerrando los ojos, aspirando ruidosamente para serenarse, cuando Mayra le abraza con más fuerza, necesitando mas consuelo, soñaba con eso, con un dulce beso. Era una pena que el joven fuera tan caballero.

   -¿Volvemos? –le pregunta sobre el cabello, notándola reacia.

   -No, todavía no. –la oye tomar aire.- Si mamá resuelve todo, tal vez podamos irnos esta tarde.

……

   La escuela va quedando sola, se habían suspendido las clases de la tarde. Al saberse la noticia de la desaparición de Antonio Liscano, muchas madres se acercaron a recoger a sus niños, otros prefirieron dejarles en casa, bajo sus miradas. Dos de los maestros cuidaban la gran entrada, viendo salir a los chicos, recomendando que continuaran juntos a aquellos que iban en una misma dirección, y a los que nadie se había acercado a buscar. Había cierto miedo en el aire, algo no expresado, la pérdida de un niño en circunstancias misteriosas siempre era alarmante. Una patrulla policial se encontraba cerca, el jefe la había dejado para cuidar, y brindar algo de consuelo.

   El enrome edificio, sólido y bien conservado aunque ya había cumplido cuarenta años y las últimas reparaciones habían sido exhaustivas, se levantaba al final de aquella calle ciega, con el liceo del otro lado, construcción con la cual compartía muchos detalles. Cada uno era de tres plantas, con un patio cerrado cada uno, que servía también de auditorio abierto, y un gran patio que también compartían, separados por la tela metálica de cuadritos en rombos. El preescolar daba al frente, de cara al jardín con un pequeño parque infantil, visible desde el exterior pero fieramente cubierto de cualquier intrusión por un alto muro con secciones enrejadas. Una majestuosa escalera de piedra, ancha y solida subía al segundo y tercer nivel, y al lado de esta, de frente al patio interno con su asta para la bandera y el canto del himno nacional, se encontraba la Dirección, la Subdirección y Personal.

   -¡Digo que no debieron suspender las clases de la tarde! –se oye una impaciente voz saliendo de la recepción de la Dirección, proveniente del padre Vicente, el enorme y algo rollizo sacerdote de cara enrojecida, cabellos canos, mostrándose inflexible como siempre, piensa Sergio Miranda, el director del colegio, ya exasperado. Y aburrido.

   -Un niño desapareció. –le replica, acongojada y asustada, Adelaida, la mujer de Sergio, una maestra que va alejándose ya de los cuarenta, ajada, de mejillas ahuecadas, con profundas líneas alrededor de su boca y ojos. El vivo cuadro del martirio, pensaba siempre su marido con un deje de disgusto. Era una mujer piadosa, religiosa, y eso afectaba su vestir algo anticuado y su descuido a la hora de arreglarse. Parecía más vieja de lo que era.

   -¡Suspender las clases no hará que aparezca! –insiste el hombre de Dios, con esa tenacidad que, gustaba de contar, le hacía cumplir con la voluntad del Señor. Con su necedad habitual, pensaba Sergio.- Río Grande debe continuar normalmente su existencia mientras este desagradable asunto se resuelve.

   -No es un asunto, padre, se trata de un niño desaparecido. –tercia al fin el hombre cincuentón, bien conservado (gustaba de montar bicicleta y hacer flexionas), impaciente como siempre.

   -¡Sergio! –gimotea Adelaida, molestándole. Siempre se ponía de parte del sacerdote, aunque interiormente no le agradaran sus salidas. No era de extrañar en una de las beatas de la iglesia, pensó con resentimiento hacia su mujer.

   -Los niños y el pueblo necesitan de tranquilidad y estabilidad, profesor Miranda, no de gente alarmada que… -regaña el sacerdote, señalándole con un dedo. Le silencia alzando las manos, evidentemente fastidiado. El sacerdote lo sabe, y se irrita.

   -Un niño ha desaparecido, tal vez escapó, pero tal vez alguien le tiene y le está haciendo daño…

   -Sergio… -lloriquea Adelaida, aterrada ante la idea.

   -…O ya está muerto, arrojado en una cañada… Dios no lo permita en su infinito amor… -sigue y se ataja, con poca sinceridad, en eso último.- Pero esto no es normal. Es algo feo. Los padres tienen todo el derecho del mundo a sentirse intranquilos y alarmados. Las clases se suspendieron y punto. Mañana estaremos aquí, y con los niños que venga, daremos clases.

   -Debe avisarle a los padres para que los envíen. –se altera el hombre, parpadeando, como afligido.- Usted debe…

   -Cada padre hará lo que crea mejor, señor cura. Si mi niña no estuviera… enferma, tal vez tampoco la dejaría ir por ahí sola. Dios no la guardó cuando… -traga en seco, dejándolo así.- Ni estaba con ese niño cuando algún monstruo se lo llevó,  así que cada quien debe velar por los suyos. –lanza con un enojo que quiso controlar, provocándole un sobresalto a Adelaida, que se lleva una mano al delgado y ajado cuello.

   -¡Profesor Miranda! –jadea el cura, alzando las desordenadas cejas blanquecinas.- Blasfema. El accidente de su hija se debió a descuido. –acusa, palabras que alteran más a la mujer, que cierra los ojos. Sergio boquea mirándole, conmocionado, se le acerca, retador.

   -Otra palabra, padre… y olvidaré que lleva una sotana.

CONTINÚA … 9

Julio César.

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