EL PEPAZO… 30

EL PEPAZO                         … 29

De K.

sexy-hot

   Los hombres le miraban con maldad…

   No es que la cara de Jacinto se pusiera más roja, era que su respiración se hizo pesada a sus propios oídos mientras tenía que luchar para apartar los ojos de los muslos fornidos, peludos, de ese pedazo de pelvis no cubierta, más clara por la línea del bronceado, también velluda, sin nada más. Era sentirle tan pegado, notar su peso, su calor, el aroma a colonia, cigarrillos y otra cosa que imagina… (traga en seco), es el olor a macho.

   -Pensé… pensé… que saldría. –intenta volver al trabajo, sintiéndose caliente, extrañamente consciente de su piel, de sus tetillas contrala camiseta y la camisa, la verga contra la tanga, esa tira sobre su agujero, tesándose suavemente provocándole un roce extraño al menor movimiento. Tenía la entrada del culo sensible de sólo estar junto a ese carajo. Dios, ¿qué diablos…?

   -No, ya no. Por eso me disculpo, por no avisarte. Así que… debo ocuparme de ti. –le dice volviendo el rostro, hablándole prácticamente a la cara, bañándole un tanto con el aliento, envolviéndole con esa mirada austera, casi severa. Firme.- Cuéntame sobre ti, chico bonito.

   Enrojeciendo hasta la raíz del cabello, Jacinto intenta una sonrisa chula, aligerar el ambiente. Escapar de esa atmósfera que le envuelve.

   -¿Chico lindo?, ay, papá, eso suena… -intenta la burla, pero calla cuando el otro, sin apartar los ojos de los suyos levanta una mano y con un dedo se frota un pómulo, pensativo, produciendo movimiento, y los traidores ojos del chico bajan a ese faldón de la bata que cubre una silueta extrañamente consistente, y la más expuesta piel de esa pelvis.

   -¿Qué puedo decirte? –comenta el otro, ojos en los suyos, luego bajándolos, elocuentemente evaluándole.- Soy un hombre. Y uno casado. Pero puedo apreciar la… belleza de un bonito cuerpo joven. Y el tuyo lo es. Debes estar acostumbrado a que te vean con maldad, ¿verdad? Unos con envidia, otros con deseo de llevarte a sus camas y arrancarte las ropas.

   -¡Doctor Andrades! –jadea, con ese algo caliente en sus entrañas, sintiendo que su culo se abre y se cierra con avidez.

   -Cuéntame, chico bonito, quiero conocer tu historia… -insiste con voz monocorde, baja, ronca, los ojos fijos en su boca, por lo que no puede hacer otra cosa que tragar en seco.

   Y cuenta, que nació en Caracas, en La Pastora, el tercero de cuatro hijos, tres hembras, siendo el favorito de su mamá. Que le gustaba ejercitarse, que practicó algo de modelaje pero, enrojece “muchos maricos”, pero la verdad era que parrandeaba y era desordenado, incapaz de cumplir rutinas, fuera de estudios o dietas. Fue al cuartel, aprendió algunas cosas, no le gustaba que le mandaran y se fue. Alguien le habló de trabajar como escolta, y sonrió al contarlo, imaginando el otro la cantidad de sexo que debió tener al comenzar con las clientas, sus hijas y las amigas. No equivocándose. Que se casó, saliendo del liceo al preñar a la novia, y que por eso necesitaba el dinero del modelaje, pero no funcionó. Tiene un hijo, su ex se casó con otro, el cual parece un buen tipo. “O eso dice ella”, todavía gruñó al verse desplazado. Que tiene un apartamento chico, muchas deudas, y una vida como la de tantos, termina encogiéndose de hombros, algo ceñudo. Hasta que se metiera la vaina esa por el culo, piensa, pero esa parte no la cuenta.

   -No entiendo a esa mujer, tu ex, que tonta… dejar escapar a un chico guapo como tú. –comenta el otro después de un silencio, sin dejar de mirarle, viéndole enrojecer y medio reír como tonto, apurado, embarazado… y halagado. No se engaña. Y sospecha bien por qué una mujer dejaría a un muchacho así, todo pinta y pura perdida, pero no lo dirá.

   -Don, no comience con… -intenta llevarle al terreno del “viejo marica”, pero este hace una mueca con los labios, displicente.

   -Me gusta lo lindo, ya te lo dije. Y se nota que te cuidas… quítate el saco. –pide. El otro duda.- Oh, vamos, no es nada extraño, tan sólo quiero comprobar si te ves tan bien como te imagino… o te imaginaría cualquiera en la calle. –agrega sin sentir ninguna vergüenza. Este ríe más, más rojo, despegando la espalda del mueble, sin levantarse, ni apartarse, nada de eso escapa a su atención, se despoja el saco. La camisa apenas le contiene, sorprendiéndole realmente… y haciendo que su verga se movilice lentamente bajo el faldón de la bata, creciendo deslizando la tela, cosa que el otro nota, parpadeando.- Si, eres como imaginaba, todo bien constituido… -continúa, agarrándole con dedos de acero el bíceps izquierdo, apretándolo. Jacinto, respirando pensadamente, flexiona el brazo, la bola de músculos parece a punto de reventar la tela.

   El joven tiembla por esos ojos intensos y profundos clavados en los suyos, por la respiración pesada del otro, por los dedos que le palpan y aprietan el bíceps, con evidente admiración, cosa que le producía una cosquilla de felicidad; pero era su cercanía, su aroma masculino, su presencia… Y baja la mirada, el faldón de la bata se alza como una tienda de campaña… Una verga que respondía a su presencia. Y la idea le hace temblar.

   -Lo tienes hinchadito, duro… -le oye decir, voz ronca, sensual, los dedos acariciándole sobre la camisa, desde el bíceps al hombros.- Pero parece que lo tienes todo así… -agrega separando una de las manos que cae sobre su torso, sobre la camisa, los dedos encontrando aquel pezón largo que destacaba contra la tela. Y Jacinto casi contiene un jadeo, esos dos dedos apretando le alteran.- Estás tan hinchadito y duro… como yo. Mira, muchacho bonito… -y sin soltarle la tetilla, sin alejarse, aparta el faldón de la bata dejándole sin aliento.

CONTINÚA … 31

Julio César.

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