LA NENA DE PAPA… 21

LA NENA DE PAPA                         … 20

De Arthur, no el seductor.

las-prendas-calientes-del-nene

   La oferta que no se puede rechazar…

……

   -¡También quiero mamar un güevo! –grita a todo pulmón, casi llorando de pasión. Los presentes aplaudiéndole. Todos excepto Mark, que le mira casi con disgusto.

   -Bien, toma lo que quieres, lo que secretamente deseas. –le dice el actor, follándole sin detenerse, como un pistón, halándole hacia atrás, doblándole por la cintura.

   Y sin pensarlo, separando más sus labios color rosa, rodea con ellos el güevo que pasa por la reja metálica, succionándolo con fuerza, apretándolo con labios, lengua y mejillas.

   -Si. Comete mi verga, sé que la quieres, perra… -le decía Mark, mirándole torvo, meciendo sus caderas, cogiéndole la boca.

   En su cama, de lado, sintiéndose culpable, casi muerto de vergüenza, Brandon, como en trance, sube y baja sus caderas, tomando de la cama el consolador…

   Gimotea, muerto de vergüenza de verse y comportarse tan puta, frente a todos sus conocidos de la escuela, la pista de carreras y la pensión. Casi lloriquea mientras aplauden, llamándola la reina de las putas, y cosas más sonoras que erizan su piel. Cada palabra parece llegarle cuando el actor le mete el güevo hasta las entrañas, dándole justo en la próstata (como ocurría cuando Cole le daba duro aquella vez sobre su cama matrimonial), aplastándole las firmes y turgentes nalgas que se notan al tener la faldita arriba, con el hilo de la tanga a un lado del sabroso miembro, y Mark se la clava hasta los pelos castaños por la boca, llegándole a la garganta, cogiéndole, haciéndole babear de gusto pero también de esfuerzo. Todos le dicen nena, puta, maricona, y lágrimas ruedan de sus ojos, chorreando el delineador, su boca embarrada como de payaso, dejaba manchas rojizas sobre el falo de su amigo.

   Gimotea y se estremece, arrojado contra la tela, contra el tolete de su amigo, que le ruge que nunca le imaginó tremendo marica, que era una vergüenza, que ahora sería la puta de todos en la pensión, gritando otro que también de la escuela, y un tercero que reinaría con el culo en los vestuarios del equipo de pista. Y cada palabra le atormentaba, porque se sentía más y más caliente, sin necesidad de que ese actor, al tiempo que le refregaba las ardientes paredes del recto con su güevo, le pellizcara las erectas tetillas, que picaban con ganas de ser lamidas o mordidas, o que una de esas manotas bajara, metiéndose por debajo de la falda, dentro de la tanga, y jugara con su pequeño pene.

   Sobre su cama, incapaz de contenerse, volviéndose boca arriba, afincando los pies en el colchón, el joven toma el consolador llevando la punta roja a su raja interglútea. Sin desear pensar en nada se frota la raja, sobre el hilo de la tanga, con la punta del juguete erótico, tan fálico. Y casi contiene un jadeo por las sensaciones que le recorrían. Meciendo las caderas levemente, aparta la tira y frota la entrada de su agujero con la roma cabeza de goma, cerrando los ojos, boca abierta, los labios suavemente coloreados. Temblaba e imaginando…

   -¿Te gusta comer mi verga, puta? –le preguntaba Mark contra aquella cerca, pero ya no estaba del otro lado, estaba justo frente a él, que seguía doblado por la cintura, mamando y siendo cogido duramente por el actor Channing Tatum, vestido de policía, el quepis calado hasta las cejas, sonriendo.

   -Claro que quiere güevo. –decía este, sacándosela, lentamente para que se la apretara sabroso mientras se retiraba.- Todo tuyo, amigo. Sacia a la perra. –se lo ofrece.

   Ardiendo de vergüenza por aquella fantasía, Brandon jadea sobre su nueva cama, caliente, quemándose dentro de la corta camiseta, las largas medias y la tanga, empujando sin meter el glande de goma en su redondo culo urgido.

   -Por favor, cógeme, cógeme… -en su imaginación, Brandon vestido de nena, de Brenda, le suplicaba a Mark, quien meneaba la cabeza con disgusto y desprecio.

   -Puta. –casi le escupió al rostro la palabra, aferrándole un hombro, aplastándole de frente contra la tela metálica, bajándole un poco el hilo dental y metiéndole su ensalivado tolete dentro del agujero ya abierto.- Esto es lo que mereces por zorra.

   -¡Ahhh! –gritaba incapaz de contenerse ante el salvaje asalto sexual de su mejor amigo, alzando el rojizo rostro, boca muy abierta, ojos cerrados, escuchando la pitas y aplausos que aprueban que sea una perra tan caliente.- Si, si, cógeme, cógeme… -gritaba.

   Y sobre su cama, Brenda gime, tensándose, revolviéndose, cuando el glande de goma forza su esfínter, separándole los labios y entrando. Se estaba metiendo, por voluntad propia, un objeto claramente fálico por el culo; la idea era aterradora, pero no podía detenerse. Apretó los dientes al sentir la roma cabeza entrando, aplastando los labios de su “coño”, metiéndolos mientras empuja y empuja lentamente.

   En su mente hay un caos, mientras se empuja medio tolete de goma puede verse de espaldas contra la alambrada, los dedos de sus manos aferrándose a los rombos de la tela metálica, las piernas sobre el torso de Mark, mirándole de frente, las manos de este bajo sus nalgas mientras subía y bajaba su pelvis, metiéndole hondo y sacándole casi hasta el glande la verga del culo, al tiempo que él gritaba y jadeaba, de felicidad, de lujuria y pasión, brillando su faz con una fina capa de sudor, toda la tela agitándose y tintineando mientras la gente que estaba del otro lado ahora les rodeaban, le miraban ser cogido profundamente, mientras Mark le llamaba puto, puto marica. Y le cogía con fuerza al tiempo que él prácticamente lloriqueaba, más caliente que nunca antes en su vida. Sobre su cama, metiéndose centímetro a centímetro el consolador que Cole le regalara para que satisficiera su naturaleza ardiente de nena joven y saludable (lo recuerda bien), Brandon… es decir, Brenda se tensa, sintiendo el avance del rugoso juguete contra las paredes de su recto, fricción que le excita de una manera alarmante.

   -¿Te gusta, puta, te gusta esto? –le rugía Mark, con una mueca de burlón desprecio, clavándole los dedos en las lisas y turgentes nalgas, cepillándole frenéticamente la pepa del culo con sus embestidas, metiéndosela hasta hacerle casi caer sobre sus pelos púbicos, la joven verga dura y pulsante llenándole el hambriento agujero.

   Y la idea era tan sucia, tan caliente, que tiene que meterse más y más del consolador, hasta notar, no sin sorpresa al parpadear, que ya lo tiene todo clavado. Es cuando se detiene y duda, tragando en seco, mirándose al espejo a pesar de la poca luz de la pieza. En su imaginación, atrapada en lo que queda de la película de Channing Tatum, se ve rodeándole el cuello a su mejor amigo, acercando su boca de labios pintarrajeados, entreabiertos y ávidos, notando el disgusto en la mirada del otro, que sigue embistiéndole el culo, pero separa también sus labios tersos y rojizos, esperándole, aceptándole cuando le besa, sus lenguas encontrándose, todos gritando, muchos diciéndole que se apurara que también querían gozar de la puta.

   Esa idea le hace gritar en la cama, o tal vez sea porque oprime el pequeño botón en la base del juguete y el consolador comienza a vibrar en sus entrañas, contra su recto, la roma punta agitándose contra su próstata, una que ni sabía que buscaba. Y grita más porque todo parece girar a su alrededor, la oleada de placer que le recorre, la lujuria intensa que siente, casi le marea. El vibrador, ese consolador que su papi le había comprado para saciar su ardiente coño estaba matándole de placer, tanto que gritó imprudentemente, ronco, jadeando, arqueando la espalda, tensando sus muslos y nalgas, cosa que como sabía todo aquel que había disfrutado ya de los placeres de un ano ocupado, intensifica la presión, el roce, las vibraciones del increíble juguete.

   Cierra los ojos, babeando, una lagrima de placer escando de uno de sus ojos, chorreando un poco aquel maquillaje. Cole, le había comprado del que se corría para verle la facha de puta deseosa al ser follada. El vibrador hace su trabajo mientras se mira en aquel paraje, vestido de porrista, maquillada, gritando y casi sollozando de placer, abrazándose a su amigo Mark, este reteniéndole por las nalgas, aplastándole contra la tela metálica, sacándole y metiéndole la verga del culo, mientras se besaban de manera intensa. Y todos aplaudían, gritaban que ya querían cogerse a la puta. Y cuando las bocas se separan un poco, al muchacho todavía le toca ver que en la carretera cercana varios carajos han detenido sus autos y le señalan, todos tocándose y apretando sus toletes inflamados, todos bajando, todos deseándole…

   La idea le hace gritar otra vez, desesperado, sobre la cama, y aferrando la base del consolador lo saca y lo mete, recorriéndose las paredes excitadas del recto, chillando más y más. Ignora que gimotea en voz alta.

   -Ahhh… ahhh… si, papi, cógeme así. Hummm… -y se tensa, despegando la espalda de la cama, metiéndose hondo el vibrador, ahora si lagrimeando sus dos ojos.- Cógeme, Mark, cógeme duro. Lléname el culo con tu verga, por favor. –deja salir de su boca imprudentemente.

   Lo hace mientras en su mente, Mark ruge y le aplasta contra la tela, teniéndole bien clavado, su barra quemando como fuego, sacudiéndose y vomitando su carga de esperma caliente (la siente como sintió la de Cole días atrás, pero no quiere pensaren él en esos momentos). Y mientras Mark se corría, llenándole el culo con sus espermatozoides, echando la cabeza hacia atrás, gimoteando femeninamente como una putica barata de película porno vieja, también lo hace él, corriéndose dentro de la pantaleta… en sus sueños y en la vida real, sobre su cama, con el vibrador en su culo.

   La alzada a las cumbres de semejante placer, toda la tensión vivida, hacer aquello tan extraño le agota de tal manera que aunque todavía no termina de acompasar su respiración, o de su tanga manar la esperma, o sacarse el consolador, ya va quedándose dormido.

   Despierta avanzada la noche, avergonzado, limpiando y recogiéndolo todo. Al otro día saca la ropa de cama, encontrando en las gavetas otras de colores melocotón, naranja y cosas así. Todo lo que mojó de leche tiene que lavarlo. Mira la hora, eran la nueve de la mañana de un día sábado, el cuarto del lavado debía estar despejado, la mayoría dormía hasta tarde después de noches de fiesta. Tomando su ropa más seria, un jeans y una franela, sale cargando con todo lo embarrado de esperma. El pasillo está despejado y baja al cuarto de lavado, llenando la lavadora. No deseando pensar en nada de lo ocurrido la noche anterior. Su tensión nerviosa explica que prácticamente pegue un bote y lance un grito al escuchar las palabras:

   -Dime la verdad, ¿anoche realmente gritabas “cógeme, Mark, cógeme duro. Lléname el culo con tu verga, por favor”, con voz de puta barata? –pregunta el joven a sus espaldas.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

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