DE AMOS Y ESCLAVOS… 42

DE AMOS Y ESCLAVOS                          … 41

hilo-dental-blanco

   -¿Le gusta, señor?

……

   Roberto no entendió claramente el error que había cometido entregándose así a esas necesidades profundas de someterse a otra voluntad, a otro hombre, a hombres blancos… (para complacer al chico), ni la traición que este le había hecho, hasta mucho rato después de haber sido empujado y reteniendo dolorosamente por un brazo, por el Ruso en aquel cuarto extraño. Uno de tortura sexual. Tortura sexual, la idea le llenó el cerebro, así como las palabras del otro, que ahora cobraban un significado siniestro… Le tendía “todo el fin de semana”.

   -¿Qué es todo esto?, ¿qué haces? –jadea inquieto, alarmado, pero todavía controlado. No podía suponer que, efectivamente, fueran a someterle a algún tratamiento especial como no fuera hacerle mamar güevo o cogerlo; por mucho que todavía la erizaba la idea, por dejarse hacer, por hacerlo… y disfrutarlo tanto. Pero esto…

   -Tu amo quiere que comiences tu entrenamiento. Hank es duro, especialmente con los negros… -informa cantarín aquel sujeto, con ese tono de ruso malo de película barata.- Pero no tiene paciencia para domar. Le gusta cogerte, verte ansiosos por su verga, pero le molesta enseñarte tu lugar. Aquí lo aprenderás. –informa mientras le empuja, literalmente, hacia el centro del cuarto, hacia el “trono” y la columna frente al mismo.

   -No, esto no me gusta. –ruge Roberto, intentando frenarle, ofrecer resistencia, pero lanza un grito cuando la presión sobre su brazo, doblado a sus espaladas, se incrementa.- ¡Déjame, hijo de perra! –grita, pero no puede evitar ser deslizado, ni que una mano caiga en su nuca y le obliga a caer sobre la columna, de un lado de su tope, golpeándole.- ¡Hijo de puta! –chilla alarmado de verdad. Eso ya no era sexo, era… otra cosa. Una que le asustaba.

   -Aprenderás tu lugar, negrrrrrito… -parece arrastrarlas silabas, al emocionarse, rugiéndole al oído, teniéndole casi doblado sobre la columna, arreciando la torsión sobre su brazo, haciéndole gritar, estando algo paralizado por la sorpresa (y el miedo), así como por el golpe en la frente.

   Con habilidad, ese hombre, después de un último tirón sobre el brazo, que le hace gritar otra vez, baja el mentón, con fuerza, contra la espalda de Roberto, reteniéndole allí. Soltándole y, aprovechando que el alivio toma desprevenido al hombre negro, le lleva las manos a los grilletes de cuero sobre la columna, y casi sin que el otro sepa cómo o a qué horas, le ata por las muñecas, manos separadas, apenas con movimiento al estar muy cerca de la columna. Es cuando el agarre del cuero sobre su piel le hiere, que parece notarlo, ojos muy abiertos, boca igual, dando tirones frenéticos, lastimándose, no queriendo entender que un sujeto le había llevado a ese cuarto teniéndole desnudo, y le había atado, e inutilizado para defenderse de cualquier cosa, de una columna.

   -¡Suéltame! –grita furioso, aterrado, mirándole a un lado.- Suéltame o… -le muestra los dientes con una mueca e intenta patearle. El Ruso, sonriendo, lo esquiva.

   -El caballo de trote necesita ser domado para que sirva de yegua a los calientes potrillos en la feria… -le canturrea, con una sonrisa de genuina felicidad, y Roberto se eriza, frío de miedo, el güevo reducido a su mínima expresión: ¡estaba en manos de un loco! Recuerda la película Hostel y casi se orina encima.

   -Suéltame. ¡Suéltame! –grita otra vez, cara congestionada.

   -El caballo de trote… -canturrea el Ruso, medio acercándosele y echándose atrás cuando Roberto le lanza otra patada.

   -Maldito enfermo… -ruge el hombre negro, abriendo y cerrando las manos con fuerza, intentando hinchar sus muñecas y liberarse del cuero que le lastima; hala y empuja pero nada que se libera.

   Y mientras hace eso, no le quita el ojo de encima al enorme y calvo sujeto, el cual sonríe y sigue canturreando aquello de domar al caballo de trote para que sea yegua de feria, viéndole llegarse al armario, helándose. Repara en látigos, correas y bastones. La visión de esos instrumentos le hiela el corazón.

   -Oye, no, yo no me apunté para esto. –intenta razonar y rugir, el otro no le mira, sigue revisando los instrumentos de azotar.

   -Te entregaste a tu amo, Hank; y Hank quiere esto, por lo tanto te debes someter.

   -¡No!, ¡a esto no! –ruge cada vez más furioso, por el miedo, respirando pesadamente cuando le ve volver, tomando por la enorme hebilla una correa larga, negra, delgada, enrollándola en su mano.- No, no, eso no. Yo no… juego así.

   -Te comprometiste. –le recuerda acercándosele.

   -¡No para esto! Mira, déjame ir, ¿si? Es ilegal hacer esto en contra de mi voluntad. –intenta razonar, desesperándole cuando le ve sonreír.- Irás a la cárcel. –amenaza.

   -No, porque te gustará y no dirás nada. Aún no me crees, ni imaginas qué es lo que en verdad quiere Hank de ti, pero ocurrirá esto: terminarás rogándome que te azote más, que no te suelte nunca.  Sonreirás en éxtasis mientras te azote. –le asegura, todavía enrollando la correa de cuero, y aún así dejando más de medio metro libre.

   -No, no… -no puede apartar los ojos de esa correa.- ¡Auxilio! ¡Ayúdeme alguien! –ruge, furioso por ceder al miedo, pero no puede evitarlo.

   -Grita todo lo que quieras, negrrrrrito, ¿piensas que eres el primero de tu raza que es sometido en este lugar? –se burla.- Afuera esperan verte salir llorando, sumiso, de rodillas, rogando ansiosamente por una buena verga blanca. –tensa la correa, entre lo enrollado en su mano derecha y la otra en la punta libre, tensándola con un siniestro sonido.- Debes pagar tus palabras, las que me has proferido, a mí, a tu superior, a un hombre blanco… Diez correazos creo que serán suficiente para comenzar.

   -No, basta, ¡esto es una locura! –grita alterado, aquello no podía estar ocurriendo en serio, ¿verdad? Fuera del alcance de sus patadas, el Ruso alza la mano con la correa y esta cae sobre sus nalgas redondas, plenas, cruzándolas. No muy fuerte, todo sea dicho.- ¡Ahhh! –grita más sorprendido que adolorido. Pero si aún más asustado. Aquello iba en serio.-  ¡Maldito hijo de puta! –grita, y el siguiente correazo sobre su trasero sí que es más fuerte.- Ahhh, no, no, detente, maldito loco. –su siguiente grito si es de dolor, tanto que se contorsiona e intenta librar sus manos. La fuerza de los correazos se incrementaba con cada cosa que decía. Lo entiende, azote tras azote, cuatro, cinco; ahora jadea, transpira, le mira… pero calla.

   Llega otro correazo, más suave, y otro, y otro, leves. Y apretando los dientes, Roberto los aguanta, encogiéndose cuando le llegan. Serían diez, así que…

   -Olvidé decírtelo, debes contar los correazos en voz alta y darme las gracias por corregirte y ayudarte a ser un negrito bueno y obediente. Los diez son así, contados por ti.

   -¿Qué? ¡Vete a la mierda! –estalla, y el correazo que llega es fuerte.- Ayyy, maldito loco. –el siguiente le arde como fuego.- No, no, basta. –ruge algo histérico, y el correazo le aterriza en la baja espalda, sobre sus nalgas. Duro. Y grita de dolor. Lo que le gana otro. Y otro. Le ruge que se detenga, que eso no puede ser, pero los correazos siguen llegando. Cae otro y se tensa, cara bañada en sudor, ojos llenos de rabia, miedo, y llanto. Los cierra.- Uno… gracias por corregirme, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente. –grazna, y cae otro, menos fuerte.- Dos… gracias por corregirme, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente. –repite lloroso, humillado. Roto.

   -¿Te gusta esto, negrito? –le pregunta el otro, sonriendo, algo jadeante. Esperando.

   -Mucho, señor. –croa, tensándose y pujando ante el impacto en su firme trasero.- Tres… gracias, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente.

   -Oh, sí, lo serás. –se burla el Ruso.- Vamos, dime cuánto te gusta esto…-y el correazo cae.

   Iniciaba así, Roberto, su camino a la esclavitud sexual.

……

   En la oficina de la directiva de la línea de taxis, Yamal Cova espera sintiéndose intranquilo, casi molesto. También furiosamente excitado. Le gustó vergajear a Quintín Requena, pero sabe que no es la razón de ese mal humor, de su desazón. De su rabia, coño. Lo que en verdad quiere es llegarse hasta la casota del puto ese de Bartolomé Santoro y gritarle que era un maldito imbécil. Y obligarle a chuparle el güevo, ponerlo en cuatro en la entrada de su quinta y metérsela toda por el culo hasta hacerle gritar y suplicar por más. Se deja caer sobre el sofá algo raido, cuyos muelles chillan en protesta bajo su peso.

   Mira hacia la puerta, ¿se habría escapado el pendejo ese? Contiene una sonrisa, quiere verse severo, molesto, pero no puede evitarlo. Escucha pasos quedos que se acercan. Eso le llena de satisfacción. Había quebrantado la voluntad del maricón ese. La puerta se abre, y mira, pero nada que pasa. El otro no entra.

   -Amigo… -le oye, plañidero.- Esto no está bien.

   -Termina de entrar, puto del carajo. –es la severa respuesta.

   Y, tragando en seco, rojo de vergüenza y humillación, deseando encontrarse lejos, muy lejos de allí, Quintín Requena abre más la puerta y entra, su cuerpo algo bajo, fornido, va desnudo a excepción de la pantaleta que le había entregado, y que sabía que la secretaria putona guardaba en sus gavetas, de un encuentro furtivo de una tarde lluviosa. Fuera de la pantaleta, Quintín tan sólo lleva sus zapatos de goma.

   -Esto no está bien… -repite, sin mirarle.

   -¿En serio? ¿Y es por eso que ya la tienes duras dentro de la pantaleta? Si hasta parece que la mojaste un poco. –se burla cruel, necesitado de degradarle, de controlarle, de decidirle de una vez a someterse. Y era cierto, Quintín enrojece mucho; ya totalmente empalmado dentro de la pantaleta, el güevo le pulsaba.- Ven de una vez, puto de mierda. –ruge caliente, abriendo las piernas.- Ven, huele… y traga como el mamagüevo que se muere por emerger de tu falsa fachada de macho y que sé que vive en ti.

CONTINÚA…

Julio César.

2 comentarios to “DE AMOS Y ESCLAVOS… 42”

  1. Alejandro Subelli Says:

    Me gustaría que uses otros terminos también para por ejemplo la verga y la llames pija asi atraes mas publico también. Puede ser poronga o chota también.
    Que le diga negro chupapijas o mas variantes de humillación racial. Como pintarlo un dia de blanco. O que de tanta leche quede blanca su cara, obligarlo a no bañarse y que tenga mucho olor a culo. Recordar la historica supremacía blanca europea sobre su color y justificarla. Solo ideas.
    Por lo demas, excelente!

    • jcqt1213 Says:

      Épale, lo siento, uso las palabras que manejo corrientemente, ni te imaginas todo lo que me costó incluir lo de “follar”, pero lo tendré en cuenta. Aunque sabía de pija, poronga y chota sí no conocía esos nombres. Y no te creas, me le limitado bastante con lo de los insultos raciales, como venezolano me dan cierta vergüenza, y he borrado algunas cosas. Bien, tal vez coloque más claramente aquello de que es ficción y fantasía. Gracias por el comentario, me agradó.

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