AMA DE CASA… 5

AMA DE CASA                         … 4

Por Leroy G.

sexy-man

   Todos quieren su parte…

……

   ¡Qué rico era tomar leche!, se le ocurre, desconcertándose, parpadeando. Mirando hacia abajo. Nuevamente estaba erecto. ¡Maldita sea! Piensa en otra cosa, en cualquier cosa…

   Mortificado va a su cuarto y se cambia, no tan duro ya, pero si molesta para vestirse, y el cómo se ve al espejo. Normalmente le gustaría, no está erecto pero se le notaba bastante, y sabía que las mujeres miraban, maduras y jovencitas… aunque también los tipos, esos que seguramente se sacaban la leche cascándoselas pensando en un carajo como él, que… Cierra los ojos, no quiere pensar en eso. Va a la cocina y come, bastante, más por acabar con el hambre que por disfrutarlo.

   Frente a la puerta de su apartamento duda, abre la puerta, mira el solitario pasillo y enrojece violentamente recordando esa… ¿fantasía?, le cuesta usar la palabra. Sale casi a la carrera, apresurándose más cuando oye otra puerta abrirse y una pareja reír de algo mientras salen a comenzar el día de trabajo. Casi salta por las escaleras y no respira tranquilo hasta que se encuentra una calle más allá. Detenido en seco frente a un supermercado. Entra, joven y guapo en su jeans algo ajustado, la camiseta roja que destaca su figura, la chaqueta negra que ni de lejos puede confundirse con piel o que fuera de las buenas. Casi en trance, sintiendo la garganta seca, mira la nevera de los lácteos. ¡Toda esa leche! Saca un cartón, lo abre sin pagarlo, y bebé, con ansiedad, sintiéndola fría y buena, aunque no tanta como la del apartamento. Bebe y bebe, una gota rueda por su barbilla. La consume frenético, sediento.

   Y el güevo le late con violencia dentro del jeans, visible, evidente, con ganas…

   -Hey, no puede hacer eso. –le reprende una voz masculina, una que le eriza al pillarle en eso.

   -Voy a comprarla. –responde a la defensiva, su pecho subiendo y bajando, el otro mirándole extrañado, un tipo joven, casi un chico de mejillas algo granosas, alto y delgado. Que le nota el bulto entre las piernas.

   -Se ve que te gusta la leche, ¿eh? Te emociona beberla. –bromea con esa mala intensión de tantos que quieren ser graciosos y hacen chistes de doble sentido.

   -No es asunto tuyo. –replica a la defensiva, cachetes rojos de rabia y vergüenza, comenzando a alejarse para pagar e irse al coño, deteniéndose y tomando otro cartón. Sin mirar al chico.

   -Oye, sé donde puedes conseguirla más fresca y todavía tibia. –le oye, antes de echarse a reír.

   Gregorio no se reconoce a sí mismo, ¿por qué no regresaba y le derribaba de un coñazo? No era hombre que soportara mariqueras de… La palabra le turba. Llega a la caja y paga, evitando la mirada extrañada y algo censuradora de la señora, por abrir los productos antes de cancelarlos, y sale. Fuera se termina el cartón de leche fría y una sensación de paz le domina… hasta que se acaba. Carga con la otra y se aleja rumbo al trabajo, decidido a perderse en la nada. “Oye, sé donde puedes conseguirla más fresca y todavía tibia”, la frase le irrita, mucho, casi hasta hacerle apretar los puños y rechinar los dientes, porque no puede dejar de darle vueltas.

   -Buenos días. –saluda en automático, mal encarado cuando entra al taller y encontrando al jefe, Morales, quien alza una ceja.

   -¿Una mala noche con tu novia? ¿O no estaba? Necesitas alivio, hijo, déjame llamarte a Maikel… Ese chico… -bromea, pero calla cando el otro le lanza una fea mirada y se aleja. Vaya, si que andaba de malas, pero eso podría mejorarlo si se dejaba dar una mamada, ¿no? Una, tempranito en la mañana, era la solución a todos los pesares. Sonríe volviendo la vista al motor recién instalado en aquel Corsa, su bigotillo y barba le dan un aire de granuja. Aunque lo mejor era dar esa misma mamada por las mañanas, termina reconociendo para sí.

   Furioso por las palabras del otro, las del chico del marcado, a quien debió golpear, se dice ahora, Gregorio deja todas sus cosas en el vestuario, lugar que evita como diablo a la cruz. Oye las risas de los maricones, sus juegos, los “¿te gusta que te toquen el culo, eh?”, los “voy a preñarte putica”. ¡Eran insoportables!, se dice casi deseando gritar frustrado. Aunque no era por ellos, o el jefe o el chico del mercado, debe reconocer. Estaba tenso. Eran esos sueños, las súbitas ganas de… Abre el morral y ve el cartón de leche. Se eriza por las ganas que siente de tomarla. Y lucha para no recordar que probó su propio semen. Colorado de cara, sintiéndose algo inquieto bajo las ropas se cambia a toda máquina, dándoles la espalda a los otros, que guardan silencio. Siente sobre su nuca, espalda, muslos y trasero bajo el bóxer, las miradas de los maricones esos, todos en sus tanguitas de putas.

   Con la braga puesta, algo abultándole levemente entre las piernas, disimulándolo con el cartón de leche que lleva en la mano, sale. Hay susurros, deteniéndose, oyen que le llaman güevón y echón, pero qué cuerpo. Las risas, y lo que quisieran hacerle si le encontraban desmayado de ebrio, le eriza la piel de repulsa y disgusto. Fue a la fea y vieja nevera, guardando el cartón de leche, quedándose mirándola por un segundo. Finalmente parpadea y se aleja. Se sumerge en el trabajo, pero sólo puede recordar la calentura de la noche pasada, la masturbada, todo lo que mamó de aquel güevo en su mente, lo mucho que le gustó, la corrida formidable que tuvo… probando de su propia esperma…

   Maldiciendo ente dientes golpea un mesón con una llave, furioso. La enerva recordar todo aquello, que no entiende, pero también saber que… que… ¡lo imaginó y continuó haciéndose la paja! Bufa.

   -¿Todo bien, muchacho? –le pregunta a sus espaldas, Morales, ceñudo, limpiándose las manos en un pañito mugroso manchado de grasa. Toma aire, impaciente.

   -Todo bien.

   Intenta concentrarse en lo que hace, más tarde almuerza algo apartado del resto, casi triturando los alimentos, con rabia. Se sentía frustrado y agotado. Deseaba llegar a su piso y tener una buena noche de sueño. Termina y se recuesta de una pared, sentado, amodorrado, la noche no había sido buena. Lucha contra el deseo… Bufando otra vez, lo manda todo al carajo, va a la nevera, toma el cartón de leche, mejillas algo rojas, y va hacia el vertedero del taller, el largo depósito lleno de chatarras, piezas y basura que Morales se negaba a botar. Necesita… espacio y tiempo para tomar su leche, se dice, sintiéndose culpable por alguna razón. Abre la pequeña puerta, el corazón agitado porque va a beber el frío líquido cuando…

   -Eso es, maricón, trágatelo como si fueras a morirte de hambre si no lo haces. –esas palabras le impactan, porque le recordaban un tanto el sueño. Pero sabe que no van dirigidas a él, la voz era la de Sherry (así se hacía llamar el mariconcito ese pequeño, que se pintaba los parpados y un lunar junto a la boca, era el más amanerado y marica de todos), pero allí estaba, hablándole torcido a alguien. Alguien que, por los desesperados sonidos, le estaba dando unas mamadas intensas y ruidosas.

   La idea le repugna, pero con curiosidad se acerca al final del pasillo, asomándose. Y parpadea. Si, allí estaba el bichito ese, sonriendo malicioso, espalda apoyada de una pared de chatarra compacta, el mono abierto hasta la cintura, su delgado torso apenas cubierto por una camiseta que lleva alzada, dejando ver un aro en su ombligo, nada de pelos, los contornos delgados, casi de tira en su cintura, de la tanga que seguramente usa, amarilla chillona, seguramente de un calzoncillo barato, y el güevo cobrizo erecto, brillante de saliva cuando aparece y desaparece de una boca golosa que lo mama. Y quien le chupa el tolete, de rodillas, respirando pesadamente, es el jefe. ¡El viejo marica!, se dice Gregorio, impresionado por el contraste, el hombre maduro, mundano, grande y fuerte, de rodillas, con cara de gloria, mamándole el güevo a un chico más bajo, delgado y amanerado.

   -Me encanta cuando te pones así, maricón, tan sumiso y entregado queriéndole sacarle el jugo a mi verga erecta. No puedes ver una afuera de los pantalones, ¿verdad?, sin desear caerle encima y cometerla. –se la saca de la boca, sonriendo cuando el hombre, labios rojos, ojos brillantes, barbilla manchada de saliva y jugos de macho, intenta todavía atrapar con los labios el glande que se escapa de su alcance cuando Sherry se lo agarra con una mano y lo agita, dándole en la cara, duro, mojándole, los paff, paff, llenando el cuarto.

   A Gregorio se le seca la boca, quiere irse, en verdad, pero mira, la frente arrugada de desaprobación.

   -Dámela, déjame chuparla. Quiero tragarme tu leche. –jadea suplicante el carajo, y las palabras descontrolan a Gregorio, quien se siente casi culpable de llevar aquel envase en sus manos.- ¡Aggg! –exclama ahogado de gusto, casi blanqueando los ojos en una sucia expresión de placer, cuando el muchacho se le empuja por la boca, garganta abajo.

   -Cómo te gusta la leche, becerro. –ríe el carajito, y a Gregorio todo le da vueltas.- Anda, chúpalo, sáciate de güevo, trágatelo y ordéñamelo con tu garganta… Me pregunto cuántos machos has mamado durante tu vida, cuántos litros de esperma no te habrás saboreado. ¿Cómo hacías en el cuartel? ¿Te cogían entre todos en las barracas? –esas preguntas, ese tono mórbido, el cada vez más intenso sonido de chupadas, también de gemidos de gozos saliendo de la boca de Morales, al que le chorrea algo de saliva por la mandíbula, tienen a Gregorio trastornado.

   Jadeando se aleja, sin hacer ruido. Escapando de allí. Rojo de rabia y sorpresa… increíblemente duro dentro de la braga. El güevo le palpita de ganas y no lo entiende, en serio. Tal vez era por el sexo, se dice agitado, dirigiéndose a los baños, para esconderse en uno de los privados, aunque era otro lugar en ese inmundo taller que evitaba. Necesitaba… esconderse por un rato. Entra y revisa el gris lugar, los orinales manchados de amarillo y marrón, las divisiones de los inodoros corroídos. Hay un ligero olor a amoniaco, que tan bien podía ser del desinfectante que de la orina rancia. Entra en uno y cierra de un portazo. Odia ese lugar.

   Intenta no mirar las pinturas en paredes y puerta, güevos goteando algo que iban a una lengua o un culo peludo, notas de citas, otras de fantasías. Incluso uno que otro chistoso había perforado las divisiones. Sabe, o sospecha, lo que muchos de esos maricones hacen allí. Y ahora no cree poder con más. Aferrando el pote de leche, no quiere mirar las imágenes. Oye la puerta abrirse, y ni se mueve. Intenta serenarse. Cierra los ojos, intentando alejar las imágenes de la mamada, del goce de Sherry mientras le daban aquella.

   -Hey, ¿estás ahí? –la voz, que viene de al lado, le sobresalta. Ábrelos ojos y casi grita y pega un brinco sobre la tapa del inodoro.

   Por el agujero toscamente perforado en el metal se asoma un güevo negro, erecto, rugoso, cabezón, que se agita levemente en la nada. Esperando por una mano amiga… o una boca golosa que quisiera darla una buena mamada.

CONTINÚA…

Julio César.

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