BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 9

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 8

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   -Lamento que se sientas lastimado, hijo mío. Comparto su pena, su dolor… -le encara el anciano, sin retroceder.- Pero también hay que pensar en los demás. El miedo está ahí, cerca de nosotros, siempre, y no es bueno abrirle las puertas. Río Grande debe continuar como cada día; mientras se busca al niño, no debemos permitirnos envenenar nuestros corazones con la desesperanza, la desconfianza…

   -No le importa el chico, ¿verdad? Tan sólo desea que todo continúe como si nada. Debe estar tan molesto con Antonio por perderse… -acusa con cansancio y desprecio. Generalmente se controlaba, podía frenar esas ideas, lo que pensaba, pero no ahora. El padre Vicente alza las cejas, sorprendido por las palabras, por el tono, pero no retrocede.

   -Sergio… -es todo lo que atina a gemir una llorosa Adelaida, y el hombre la mira con dureza. No, ya no siente nada por ella, ni siquiera piedad.

   -No imagina el peso que cargamos la gente de fe, luchando contra el oscurantismo de las ideas, de las pasiones humanas. Las bajas pasiones… -continúa, luego se altera cuando el otro le da la espalda y se aleja.- Profesor Miranda, espere, debemos hablar.

   -Déjele ir, padre. –le ataja Adelaida cuando parece que va a seguirle fuera de la Dirección.- Las cosas que dijo… -este se vuelve y la mira, algo impaciente, pero ceño fruncido en interés.

   -Lo sé, hija mía, fui duro, pero tu marido no entiende las complicaciones… -mira hacia la puerta.- Adela, el maligno siempre está presto a caer sobre la gente, cuando tienen miedo, cuando dejan que la sospecha, la rabia, el odio les envenene. Hemos pasado por eso muchas veces… Recuerda lo ocurrido cuando lo del niño Lezama. –asiente al verla parpadear.- Ese hombre fue golpeado salvajemente, simplemente por estar acamando a las orillas de la laguna, sin poder explicar quién era o qué hacía. Un pobre enfermo mental, un hombre con la mente de niño, que fue agredido porque era un extraño que estaba por allí cuando un jovencito del pueblo desapareció. Y era inocente, como se supo luego por la policía de Aramina, que informó que lo tenía en una celda, por vagancia, cuando todo eso ocurría. Cuando la gente se deja dominar por el miedo, cosas terribles ocurren. –le recuerda.

   La mujer oye y asiente, recordaba también todo aquello, algo de lo que muy pocos se enteraron, y que todavía le pesaba en la conciencia como hija de Dios. Una llaga en la memoria del pueblo, aunque el sacerdote hablara como si no estuviera al tanto de todo. De lo muy grave que fue la golpiza dada por los buenos vecinos de Río Grande. El antiguo jefe de la policía, Salazar, no detuvo a nadie… Y el entierro fue casi secreto. Una lápida sin nombre. La gente se había dejado dominar por el miedo. Si, no era bueno que ocurriera, se dice aturdida todavía.

   Claro, no podía saber lo poco sincero que era el hombre. Las preocupaciones del sacerdote eran otras, unas que tenían que ver con la ley de mayorazgo, pero no era necesario que esa mujer lo supiera, se dice el canoso y algo cansado hombre. Nadie comprendía el peso de la fe. No era fácil su tarea en un lugar como Río Grande.

……

   Alejándose de la entrada, tomando hacia el área de preescolar para poder fumar en paz, con manos temblorosas de rabia, Sergio Miranda mira hacia la calle, sintiéndose profundamente resentido y molesto, odiando al mundo en general, pero especialmente al padre Vicente, a Río Grande y a Adelaida, esa mujer que lo estafó. La mano que lleva el cigarro a su boca, como la que acerca el encendedor, le tiemblan por las emociones, todas amargas. Mordiéndolo, lo enciende y aspira con necesidad, llenándose los pulmones con ese acre humo que tiene el poder de sosegarle por un segundo. El accidente… su nena bella. No quiere pensar, erizado, sintiéndose rabioso y culpable; pero la recuerda, caída a la pata de la maldita mata de mangos que…

   -No se ha ido el cura, ¿eh? –oye una suave y modulada voz a sus espaldas, sobre saltándole.

   Se vuelve y encuentra a Lidia Soto, la bonita enfermera de la escuela. Una mujer notable, de piel clara, nunca parecía broncearse a pesar del sol de por esos lados, de cabello oscuro, largo, casi… lujurioso, como sus ojos negros y brillantes de malicia, o sus labios llenos, tanto como sus senos que abultaban de una manera que inquietaba a las maestras, a las mamás de los chicos y a algunos de esos chicos, por otras razones, que no podían dejar de notar todo ese atractivo sexual que iba envuelto en un traje de enfermera de blusa algo abierta y falda no muy larga (parecía actriz de alguna producción barata). Mirarla le eriza, y da otra furiosa calada al cigarrillo.

   -¿Cómo lo sabes?

   -Sólo él te altera tanto con sus necedades. –se le acerca, como si tal cosa, quitándole el cigarrillo de los dedos, llevando a sus labios intensamente rojos, sin dejar de mirarle divertida, cerrándolos sobre el filtro de manera inequívocamente sensual, dándole una calada. Al hombre se le pasa el disgusto como por arte de magia. ¡Esa si era una mujer!, se dice con la simpleza del hombre que no está conforme con la suya.- ¿Por qué le dejas dar las clases de catecismo? ¿No hay monjas silenciosas que se encarguen de eso?

   -Le gusta ocuparse en persona. Siente que si no predica él, los Testigos de Jehová terminarán dominando el mundo. –responde alzando la mano, recuperando el cigarrillo manchado de pintura labial, estremeciéndose al cerrar los ojos sobre esa marca.

   -Sí, hay algo raro en ese hombre. –comenta ella, mirando hacia el parque. El buen humor vuelve a Sergio, clavándole los ojos en el escote.

   -¿Inmune a las bellas sirenas? –la reta. Ella ríe y es un sonido alegre, alto, tan desprovisto de problemas y preocupaciones que el hombre se siente mejor, y casi la envidia. Algunas palomas emprenden el vuelo al escucharla.

   -Ni loca lo intentaría. No quiero que me expulsen del pueblo al grito de “fuera Ramera de Babilonia”.

   -Y es muy capaz de hacerlo, es un viejo… -farfulla, resentido otra vez. Amargado, pero calla cuando ella, aprovechando que aleja el cigarrillo, le cubre la boca con la suya.

   Todo deja de tener sentido para ese hombre casado ya casi veinte años con una mujer pacata y reservada. Allí donde todo era vergonzoso para Adelaida, en Lidia era sensualidad, osadía, atrevimiento. Mientras le rodea el cuello con una manita, acercándole, besándole, recorriéndole los labios con su lengua, una que pronto deja entrar, la otra mano de la joven enfermera baja y le atrapa lenta y deliberadamente en el entrepiernas, apretando con sus uñas rojas. Todo le provoca escalofríos, y un jadeo que se pierde cuando sus bocas se tranzan en lucha.

   Sus lenguas se encuentran, los sonidos son chupados, y dejando de tocarle allí donde su miembro cobra fuerza y ganas, la joven, abrazándose más a él, pega una de sus caderas. El tibio y perfumado cuerpo le hace perder toda cordura. La besa en ese pasillo del colegio, con su esposa y el maldito cura a tan sólo una esquina de pasillo, mientras baja las manos sobre esa espalda, hacia el firme trasero donde clava los dedos.

   -Entremos en el tercer nivel. –le susurra ella, labios húmedos, al oído en un momento que dejan de besarse.

   Esa mujer le hacía perder todo sentido y mesura. Era un mujerón ardiente, desinhibida, que quería con él. Entre besos, casi cayendo al ir de lado o de adelante atrás, penetran en uno de los amplios salones con sus pupitres bajos, la mesa cubierta con colores y carpetas, donde ella apoya el trasero, mientras Sergio le separa las piernas y la besa. Es casi insoportable la erótica sensación de apoyar su entrepiernas, todo excitado como está, de la mujer, que sigue besándole. Aún no lo entendía, Lidia, joven y caliente, se acostaba con él, y no le pedía dinero, tardes libres o que le comprara algo, incluso el que la llevara a cenar. No le reclamaba por tiempo o derechos, aunque ya llevaban casi ocho meses en esos encuentros furtivos de media tarde, o en su pieza en el Centro. Parecía contenta únicamente con tenerle, tocarle… y montarle. Porque a Lidia Soto le encantaba arrojarle de espalda sobre la superficie que fuera, desnuda de manera impresionante, montársele a hojarascas sobre la pelvis, comenzando a subir y bajar entre gritos roncos de placer que muchas veces le hacían imposible contenerse demasiado tiempo. La visión de la bonita mujer, contorsionándose, sus senos redondos, firmes, de claros pezones marrones, largos, saltando en su torso mientras subía y bajaba su sexo caliente y húmedo sobre su miembro, tomando lo que quería, le hacía pensar en amazonas cabalgando, o tomando al macho que necesitaban por un rato y luego matarle.

   Todo en ella era un enigma, ¿qué buscaba una mujer así en un pueblo como ese? ¿Por qué de enfermera escolar y no de clínicas, atendiendo gente con dinero a la cual hechizar? ¿Se encontraba con alguien más cuando dejaba de verla? Y siempre paraba en este punto, porque aunque la mujer nada le pedía o exigía, le provocaba algo de celos imaginar siquiera que ella pudiera… repartir con otros, esa misma amistad. Le cuesta separarse de su boca, pero lo hace respirando pesadamente, la garganta seca, mirándole el torso, bajando la cremallera del uniforme, dejando al descubierto el pequeño sostén rojo, de encajes, sobre los senos que parecían algo hinchados, los pezones duros. Era una vista increíble, pero la baja más, a las piernas abiertas, a la pequeña pantaleta roja, estremeciéndose de pies a cabeza, sabiendo que tal prenda sería pequeña por delante y por detrás. Algo que Adelaida se mataría antes de usar, de manera difícil. Posiblemente con un cuchillo para mantequilla. Llamando a Dios en todo momento.

   A la mujer le hace sonreír la simpleza del hombre, de los hombrees en general, parecían caer en trance rindiendo culto al sexo todavía cubierto de la mujer, anticipándose a… Pero ronronea cuando este vuelve a besarla, llevando una mano a su entrepiernas, rozando la suave tela con sus dedos gruesos, frotando su entrada. Sus lenguas se atan, ardiendo ambos, cuando esos dedos empujan lentamente, la tela, deseando penetrar en el templo anhelado. Y ella sabía las cosas que ese hombre, algo maduro ya, podía hacer con sus dedos, o con su boca, con esa lengua que…

   -¡Sergio! ¡Sergio! –el grito casi les hace pegar un bote, y en el caso del hombre, por poco, un jadeo. Miran hacia la entrada del salón de preescolar… que habían dejado abierta.

   Adelaida le llamaba, buscándole seguramente por la entrada del colegio. Cerca.

   -¡Mierda! –brama él, hirviendo de ganas y rabia.

   -Ahhh… -jadea ella desilusionada, había esperado por uno rapidito y sucio de palabras. Todavía le retiene con sus manitas de uñas rojas.- ¿Puedes visitarme esta noche?

   -No lo sé, yo… -era difícil, con la desaparición de ese niño, un alumno del colegio, aún tenía muchas cosas que hacer. Pero lo nota en la mirada de la mujer, si le decía que no, si le daba esa seguridad, algo más dispondría.- Lo intentaré. –hablan los celos.

   -Avísame. –le compromete todavía. Hay un rápido beso y le ve salir, acomodándose las opas, y la posición del miembro erecto dentro del pantalón.

   Suspirando cansina, acomodándose la blusa blanca, recordando con añoranza esos dedos contra su pantaleta, va saliendo del salón y se detiene en seco. El color escapa de su rostro y por un momento, por primera vez en toda su joven y atrevida vida, se queda paralizada. Meciéndose levemente en uno de los columpios, uno de los niños mira hacia la entrada del salón, abarcándola en esos momentos a ella. ¿Habría visto u oído…?, le inquieta la duda. Tomando aire, resuelta, entra en el parquecito.

   -Cariño, ¿qué haces aquí? Todo te andan buscando, ¿eres Antonio, verdad? –le sonríe, preocupada y amistosa, pero este nada responde. Tan solo la mira, y por un segundo la mujer se pregunta si no la estaría juzgando.- Vamos con el director, cielo; tienes a todos locos en el pueblo buscándote. Tu mamá andaba desesperada. –le cuenta, tendiendo la mano, una que este toma, sorprendiéndola por lo fría que está. Mucho.

   El chico baja del columpio, y a la profesional de la salud le parece que es alto para su edad. Llevándole, sonriéndole de vez en cuando, intenta saber qué le ocurrió, por qué salió de su cuarto, dónde había estado, pero el niño, serio, tan sólo la mira y calla. Doblan el pasillo y ya desde ahí se oyen las secas palabras que Sergio y su mujer intercambian en la Dirección.

   -No debes hablarle así, él se preocupa mucho por este pueblo. Por todos. Su trabajo es preservar las almas, que la gente no se pierda. –jadea ella.

   -Es un viejo hipócrita que quiere aparentar que todo está bien; como todos en el Centro Cívico, sólo se preocupan por ellos.

   -Por la ciudad. –corrige ella, algo exasperada.

   -Dirás las cuatro casas muertas del pueblo este. –rectifica él, con veneno.

   Y algo acalorada oyéndoles, mirando al chico como para indicarle que entienda que hay  problemas de “gente grande”, Lidia entiende un poco más al hombre. Su única hija, su niña, había caído en un estúpido accidente, y no encontró consuelo en las palabras de su mujer, en aquello de los designios de un Dios que a veces dejaba que cosas así pasaran para aprobar a la gente. Momento cuando llegó el padre Vicente con su contundente:

   -No es culpa de Dios. Si la hubieran cuidado mejor, no habría pasado esto.

   La pareja va a discutir, cuando ella tose intencionadamente en la entrada del ante despacho.

   -Disculpen… -los ve, uno frente a la otra, alterados.- Creo que encontré a Antonio, el niño extraviado. –anuncia toda contenta. Los otros la miran, luego al chico.

   -¿Y este quién es? –se extraña Sergio, quien conoce, de vista, a casi todos los niños en edad escolar de Río Grande. Va a agregar algo más cuando Adelaida deja escapar un grito de aterrada sorpresa, llevándose una mano a la boca, retrocediendo, la mirada del niño clavada en ella.- ¿Qué te pasa ahora? –trona impaciente.

   -Es… ese niño es… Dios mío, no puede ser. –grazna erizada, los ojos llenos de humedad, señalándole con un dedo tembloroso.- Es imposible…

   -Adelaida –suena exasperado Sergio, mientras Lidia mira al niño con un recelo nuevo.

   -Es… Leonardo Lezama, el hijo de Elena y Raúl Lezama… ¡El niño que desapareció hace diez años!

CONTINÚA…

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: