EL PEPAZO… 32

EL PEPAZO                         … 31

De K.

sexy-man

   Nacido para ser adorado…

……

   -No, doctor, yo no… -todavía jadea el joven, torturado entre dos sensaciones. Es un machito, carajo, y está bien, lo habían cogido, ¿pero mamar un güevo? Y sin embargo, aferrándolo todavía con el puño, y mientras más le acerca, lenta e inexorablemente, este llenándole con su calor y aroma, más ganas tenía de… ¡Era culpa de su culo! Le latía de forma extraña, y estaba seguro de que si se metiera un dedo, el esfínter se le cerraría con fuerza alrededor de él, como las paredes de su recto, halándoselo. Esa sensación le provocaba un reflejo gemelo, quería…

   -Te vas a gustar. Una bonita boca como la tuya debe verse aún más increíble abriéndose, tragándose y rodeando con las mejillas un falo masculino, uno como el mío, grueso, nervudo, caliente. Que está así desde que te vi, muchacho cachondo. Eres todo un calienta braguetas, compadezco a los hombres que deban trabajar contigo, anhelando, soñando a lo mejor sin saberlo en tomarte a la fuerza, llevarte a una cama y amarte hasta quedar saciados. –le dice con voz ronca, cargada de una sensualidad que erizaba totalmente al joven fornido, quien está a centímetros del glande liso, rojizo y húmedo que descansa en el velludo abdomen.- Vamos, pruébalo…

   Todavía resistiéndose, más por orgullo, por la necesidad de aferrarse a su masculinidad, Jacinto sigue acercándose, jadeando, bañándolo con su aliento, viéndolo pulsar al recibirlo. El olor era… Los rojizos y lisos labios pegan del glande y el otro lanza un jadeo contenido, expectante, de quien sabe que va a gozar bastante. Al fortachón, ese roce le electriza. Quería sólo tocar e intentar alejarse, pero escucharle, verle estremecerse, saber que era por él, así como los espasmos violentos que sufría su culo en esos momentos, le obliga a seguir, a recorrer cada pedazo de la lisa cabeza con sus labios, entreabriéndolos, bañándolo de aliento, llenándose con esos jugos espesos, medio escupiendo un poco, de manera automática, regando la saliva.

   -Oh, Dios, muchacho, trágatelo ya. –casi implora, y ordena, el abogado.

   Los labios sea abren y cierran, sobre la tersa piel de la cabeza del tolete, y ambos se estremecen visiblemente. Esos labios se abren más, atrapando pedazos del glande, presionándolo, chupándolo. Es el gran error que comete Jacinto, porque el espeso líquido, mezclado con su saliva, llega a su lengua, activándole cada papila gustativa. Abre muchos los ojos, de sorpresa, al sentir la fiesta de sabores que hay en su boca. Ya no piensa, la abre más, y con la punta de la lengua recorren lentamente el rugoso cuello y la cabeza, recogiendo todo lo que hay, lanzando un gemido nada masculino al paladear y tragar, y lo hace mientras el abogado le mira, respiración agitada, sonriendo y acariciándole la cabeza con los dedos que tiene entre sus cabellos.

   -Vamos, bebé grandote, trágate tu tetero de güevo. Se ve que te gusta el sabor.

   No sabe si es por esas palabras que le erizan, o por el sabor sobre su lengua, o por lo… sucio y prohibido que era todo aquello (¡sí me viera mi papá!, no podía dejar de pensar), Jacinto no duda más, separa las mandíbulas y cubre un buen pedazo de verga, que le roza y golpea la lengua, la cual sale disparada a lamerla, recorrerla, acariciarla, haciendo gemir al abogado. Era difícil, nunca lo había hecho, tenía el güevo de ese carao en su boca, eso no debía estarlo haciendo y… Baja otro poco, dejando salir un escandaloso “aggg”, cubriendo más de la mitad, apretándolo con sus labios, mejillas y lengua, mientras succiona, maravillándose de notar como endurece todavía más (como si la boca de un tío fuera su lugar), pulsando, caliente, botando jugos, unos que traga con nada masculina ansiedad. La mano tras su nuca quiere que baje totalmente (como le gusta a todo hombre que se lo mamen), pero le cuesta, tose, boquea, la frente se le arruga, la cara se le pone roja, pero sigue sorbiendo. Cuando la mano aligera la presión, el forzudo muchacho sube, apretando, chupando, dejándolo brillante de saliva. Y hacerlo, la sensación, así como los jugos (y los olores del macho), le obligan a bajar otra vez. Ahora sube y baja, la mano del carajo soltándole.

   El joven cierra los ojos y se pierde en lo que siente y quiere, bajar y subir la boca, recorriendo con los labios y la lengua el nervudo tronco donde las venas laten de emoción mientras el carajo jadea y gime, explayándose más, cabeza hacia atrás, piernas muy abiertas. Jacinto no sabría explicarlo, pero al meterse ese tolete en la boca, cubriendo más y más, sentía que su culo era igualmente estimulado, de una manera que le tenía frenético y casi a punto de bailotear, así que va y viene sin detenerse, mamando un güevo como se debía, dejando escapar unos gemidos nada varoniles, y mucha saliva espesa. El carajo vuelve a atraparle la nuca, suavemente, y comienza a subir y bajar sus caderas, ¡cogiéndole la boca!

   -Oh, sí, chupa, chúpala como el becerrito que eres. –le ruge ronco, mirada turbia, caliente.- Si, cúbrela toda, lame cada vena. –le urgía, embistiéndole la boca con fuerza, llevándosela hasta la garganta, dejándole empalado, los labios sobre el pubis, ahogándole.- ¡No! –ruge de pronto, alejándole. Casi tuvo que empujarle por la frente para que Jacinto dejara de mamarle el güevo. Este se ve confuso.

   -¿Qué… qué pasa? –se ve avergonzado, y frustrado, su culo parecía a punto de estallar en llamas.

   -Vaya que te gustó tener el güevo de un hombre en la boca, ¿eh? ¿Seguro que no lo habías hecho antes? Fue intensa. Todo hombre sueña con mamadas así. –se burla un poco de su aire ofendido ahora.

   -¡Claro que no! –es tajante, la respiración pesada.- ¿Por qué me…? –no puede terminar.

   -¿Por qué no te dejé sacarme la leche con tus buenas mamadas? Porque quiero que el primer lechazo que salga de mí lo sientas en tu apretado culito. –le dice tan pancho, mirándole a los ojos, acercando el rostro, casi besándole, preguntándose por primera vez en su vida a qué sabrían sus propios jugos.- Vamos, quítate ese traje para mí y muéstrame ese culo que se adivina de infarto.

CONTINÚA … 33

Julio César.

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