EL PEPAZO… 33

EL PEPAZO                         … 32

De K.

el-chico-de-la-tanga-rosa

   La prenda perfecta para el macho de hoy…

……

   Rojo de cara, farfulla sin emitir sonidos, los labios enrojecidos por el roce contra la dura verga, la barbilla algo húmeda de saliva y de jugos del macho.

   -Doctor, yo… -el otro no quiere escucharle, ni puede contenerse, le había encantado la boca del chico, la manera mórbida y hambrienta de su lengua, así  que le silencia metiéndole la suya, recorriéndole todo, labios, dientes, encías, encontrando el sabor de su propio güevo, lo que hizo que este pulsara feo, botando más de esos jugos.

   -Vamos, bebé, enséñamelo… -le susurra, caliente, contra los labios, poniéndose de piel, la bata abierta, el velludo torso y abdomen expuesto, la verga mojada de saliva tiesa como una lanza de carne, alzando al forzudo joven.

   Confundido por todo lo ocurrido (mintiéndose, el culo, ese ardor, aquellas ganas que sentía, habían tomado el control), el joven comienza a aflojarse la corbata, mientras el otro le desata la correa y le abre los botones de la camisa, halándosela y sacándosela del pantalón, algo que, por alguna razón, le parece muy erótico. Apartada la corbata, Jacinto comienza a sacarse el saco, mientras el abogado maldice esa camiseta que cubre, a duras penas, ese poderoso y joven cuerpo hecho para ser tocado, lamido, adorado. Poseído. Le ayuda a salir del saco, con dificultad porque casi se le atasca en los hombros. La camisa parece a punto de estallar en sus bíceps, cuando la aparta, quedando el enrojecido chico, en camiseta, una muy abierta por los costados, apenas conteniendo aquel recio corpachón. El abogado casi se corre de pura emoción. Le quiere ya desnudo, pero no puede evitar alzar las manos y recorrer esos melones que tiene por pectorales, aquellas tetillas que levantaban la tela blanca, acariciándole, provocándole gemidos.

   -Dios, eres… perfecto. –brama el hombre realmente impresionado, él, que sabe disfrutar del momento pero sólo mira en otros un cuerpo para un rato, y una vez saciado “chao, amigo”, y a continuar con lo que llegara. Pero ese joven…

   Jacinto, rojo como un tomate, casi sonriendo tímido como una virgen debutante, deja que el hombre le saque la camiseta, alzando los poderosos brazos, exponiendo sus axilas grandes, tan escasamente velludas que parece depilado. Como el torso dorado, liso y musculoso que queda a la vista del abogado.

   Aunque lo que más quiere es tomar ya ese joven cuerpo de dios, el hombre extiende sus manos grandes y recorre los recios hombros, bajando por los brazos, palpando los duros bíceps, subiendo y atrapando esos pectorales redondos, duros como piedras, acariciando los pezones con sus pulgares, moviéndolos como limpia parabrisas sobre las erectas y sensibles tetillas, cosa que hace gemir al muchacho de una manera que le eriza. Y si, Jacinto siente que todo su cuerpo es una masa de lujuriosas y apasionadas sensaciones. Aunque no esperó aquello, tal vez porque ni el mismo Andrades era amante de ello. El hombre se inclina y le atrapa uno de los pezones, con aureola y toda, entre sus labios, cubriéndolo, mojándolo desaliva y aliento, azotándole con la lengua reptante, y succionando de una manera intensa.

   -Ahhh… -Jacinto echa la cabeza hacia atrás, no entendiendo como aquello, que no era la primera vez que se lo hacían (claro, chicas), podía resultar tan eróticamente estimulante. Tal vez era por los calambres en su culo, que parecían acompasados. Y el gemido se repite cuando su otro pezón recibe idéntica atención. Casi siente las piernas débiles.

   Apartándose a duras penas, labios húmedos de su propia saliva, casi sorprendido de lo rico que era chupar de esos jóvenes pezones masculinos, los cuales, con un aro, seguramente resultarían aún más sensibles, Andrades le mira, febril y ansioso.

   -Vamos, enséñame más, chico guapo. Quiero ver lo que ocultas. –le abre el botón del pantalón, bajando el cierre y dando dos pasos atrás dispuesto a disfrutar del espectáculo.

   -Doctor…

   -No, no seas tímido; con ese cuerpo no debes… -le urge.

   Rojo de vergüenza, sin poder apartar los ojos de la mirada de ese hombre, como no fuera para lanzar ojeadas inquietas sobre ese güevo que parecía más tieso y goteante ahora, el joven fortachón sale de sus zapatos, dudando un último segundo y dejando caer el pantalón. La vergüenza y excitación que siente ante su propio exhibicionismo, se ve recompensada por la mirada de absoluta lujuria del otro, quien con la boca y ojos muy abiertos, recorre su cuerpo una y otra vez, desde el rostro al cuello, el torso, los brazos, el abdomen, las piernas recias… la pelvis cubierta por la tanguita, de corte masculino a pesar de todo, color rosa. Está es mínima, putona, sensual, deformada por la erección tras ella, una que, aunque escandalosamente visible, es totalmente cubierta por esa tela que parece una capa de pintura sobre su piel. Una muy erótica.

   -Joder, tu cuerpo… Y esa mierdita rica que llevas… -le clava los ojos en la pelvis, y Jacinto traga, de pronto sediento, cuando el tolete del abogado sufre un temblor y una espesa gota de líquido cae sobre la alfombra.- Vuélvete… Enséñamelo todo, por favor…

   Con la respiración entrecortada, Jacinto patea y sale del pantalón, estaba allí, con medias (azules claras), la tanga rosa y nada más, mostrándose a un carajo que le había dicho que quería enterrarle aquel tolete grueso y nervudo por el culo. Más rojo de cachetes se vuelve…

   -Oh, mierda santa, muchacho… -le oye contener el aliento.- Voy a cogerte tanto, tanto, tanto que voy a preñarte…

CONTINÚA … 34

Julio César.

4 comentarios to “EL PEPAZO… 33”

  1. jrvaquero00 Says:

    Sipi que lo preñe …. 😈😈😈

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