RELATOS CONEXOS… 14

RELATOS CONEXOS                         … 13

OLFATEANDO  PROBLEMAS

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   Nunca se tiene suficiente…

……

   De tarde en tarde, del llamado ámbito académico, surgía un ser que fastidiaba a todo el mundo: un místico. Generalmente el sujeto en cuestión ignoraba que lo era, a pesar de sus creencias absurdas y maniáticas que lo llevaban a pelearse con media Galaxia, y en casos extremos los hacía terminar refunfuñando en voz alta por los rincones, como perros viejos y malhumorados. En su pequeña mente, la del místico, él o ella, siempre tenía la razón y el resto del Universo entero estaba dolorosa y estúpidamente equivocado. De tanto en tanto, uno de ellos se dirigía a la directiva de La Flota y gritaba que había descubierto una conspiración contra Los Mundos Humanos. Siempre eran súper conjuras. No cosas sencillas; no, eran planes siniestros de gente que quería controlar el Cosmos todo, planes del que sólo ellos se habían percatado. Cualquier almirante o general de La Flota podía contar cómo llegaban a sus puertas, hoscos y huraños, denunciando la conspiración y molestándose cuando alguien hacía preguntas desagradables como: ¿quién conspira y para qué? Eso siempre los alteraba, perdían la ecuanimidad y terminaban girando los ojos en sus órbitas y chillando algo en el estilo de: el cielo se está cayendo y nos va a dar en la cabeza. Algunos hasta traían una roca, sonriendo como… locos, como prueba.

   Lo curioso era que esos místicos generalmente gritaban, bañando de saliva al que estuviera cerca, que iban a investigar los hechos hasta las últimas consecuencias, pero después de un tiempo, tales individuos solían desaparecer, con todo y sus investigaciones (como también podía atestiguar cualquier almirante o general). Y no era porque cayeran en un agujero negro o una estrella de cualquier otra índole. Simplemente…. desaparecían de escena. Fue por ello que cuando Flatt Hublak, de Naejmis, hizo su aparición en Báluwa (mundo administrativo de La Flota), denunciando una antigua conspiración urdida en el viejo y detestado planeta Tierra, todos pusieron cara de circunstancia y giraron los ojos en sus órbitas con un ¡hummm!; excepto los más viejos que suspiraron elocuentemente con disgusto. ¡Otro místico!

   Lo que diferenciaba a Hublak del resto, era su procedencia. En Naejmis no creían en misticismos ni en la magia, su gente no era dada a eso. Y el hombre era un académico acreditado en su mundo natal y en todo el sector Panzhar (un lugar insufrible), por lo que no pudieron, simplemente, hablarle condescendientemente, recomendarle un tilo y mucho reposo. La gente de ese sector siempre era un problema, y los de ese planeta lo eran aún más.

   El hombre, un tipo enorme de más de dos metro veinte, de piel blanca como el papel, de cabellos iguales de blanco, ojos grises deslucidos que se asemejaban al frío acero de las antiguas construcciones, no era alguien a quien se pudiera ignorar fácilmente. Era saludable, atlético, inteligente y decididamente atractivo; aunque este efecto quedaba destruido en buena medida por el hecho de ser un naejmisno, un ser que creía que el resto de las razas humanas eran mierda, y de la que apestaba, sobre todo las del viejo sector de Áurea Boreal. El hombre era un bonito acabado de su mundo, que no temía al diseño genético. Igualmente un esclavo de su cultura: era un ser egoísta, racista, xenófobo, narcisista y perfeccionista. Su mundo era aislado, y sus habitantes odiaban la cercanía de otros seres, especialmente los de otras especias, las no humanas, a las que consideraban inferiores, genética y mentalmente hablando. Eran, en resumen, unas joyitas, y Flatt Hublak era un alfiler de diamante… enterrado en una nalga.

   Al iniciarse en los estudios de Psicología de Masas, cosa muy necesaria en el sector Panzhar (aunque jamás se admitiría), el hombre, no tan joven como su liso y limpio rostro mostraba (ya había utilizado el bracante, deteniendo el envejecimiento), había tropezado con líneas de conductas en sistemas completos que le hicieron intuir que la Historia del Hombre no era el simple fluir de la cuarta dimensión, de tiempo y espacio, sobre los grupos humanos. Estudiando largos periodos históricos, desde la llegada de los guklianos a La Tierra, y de aún antes, de cuando hubo la guerra entre La Tierra y Los Mundos Independientes, todo parecía señalar una manipulación de hechos, que terminaron en la creación de Las Repúblicas. Y eso ofendía y molestaba a Flatt Hublak, un hombre de Naejmis, un semidiós de perfección e inteligencia. No era posible que ellos, su mundo, el sector, y la humanidad toda, fueran simple piezas movidas por alguien, en la historia del tiempo.

   El académico estaba consciente, en su fuero interno, que llevaba años de retraso en su trabajo debido a sus complejos y limitaciones (abandonar su mundo), cosa que lo amargaba, porque sabía que esa investigación era importante; había que denunciar la conspiración (el cielo se cae, se cae). Hace mucho tiempo que debió llegar a Alexentra, el mundo universitario, por los datos que ahora recababa con paciencia, lucidez e inteligencia. Pero pensar en abandonar su Naejmis natal, hermoso y perfecto, de orden y privacidad, tomando una nave crucero atetada de otros seres, y, peor, viajar hasta Alexentra, casi en los límites mismos del Sistema Solar, fue algo que le costó demasiado vencer. Odiaba ese mundo y su gente; y al ir reuniendo los datos, comenzó a temerles también.

   Alexentra era una creación casi totalmente terrestre, como lo era El Arca; ¡y sabía el Cosmos qué tramaban cuando lo hicieron!

   El mundo universitario no estaba tan mal. Era un entorno de cristal y cromo, pulcro y ordenado, dedicado todo él a las ciencias, artes e investigaciones. Lo humanista, lo científico y lo militar estaba por doquier, y al alcance de todos. El hombre comía en su pequeña habitación, algo tan chico que al principio le costó respirar, y de ahí iba al edificio Hipatia, donde estudiaba todo lo necesario, en el sótano dos, dentro del frío y solitario salón. Le alegraba y aliviaba no tener que toparse con nadie. Llegaba a la hora que quería y tomaba un letrel, una especie de lapicero de punta roma y cristalina, que al ser colocada sobre cualquier sección de la pared, podía acercar o alejar las terminales de cualquier información procesada y archivada dentro de La Flota, La Federación o de cualquier mundo humano. Luego sólo debía llegar a su pequeño escritorio, tomar asiento y con el letrel vaciar los millones y millones de datos que pudiera necesitar. Le gustaba un rincón apartado en lo más profundo del sótano, cercano a una pared curva. Obviamente, era un antisocial, en el término clínico de la palabra.

   Allí se enfrascaba horas y horas, relacionando datos, fechas y nombres. Concentrado como está en una relación causa efecto, poco visible, pero muy evidente a una mente como la suya, el hombre percibe algo, a nivel subconsciente: ¡no estaba solo! Su rostro cuadrado, fuerte, de pómulos altos y mejillas delgadas, atractivo sin dudas, se eleva un momento y repara en un silencioso tipo que revisa algo en una pared no tan lejana, no tanto como a él le hubiera gustado. Los labios del académico se cierran con disgusto, en una fina y blanca línea de malestar. ¡Qué sujeto!, y estremeciéndose, piensa que seres así deberían ser ahogarlos al nacer. O mejor, no dejarlos llegar al alumbramiento. Y pensar en ese tipo naciendo de una mujer, bañado en sangre y placenta, casi le enferma de asco.

   El intruso era un joven, porque él sí lo era cronológicamente, algo realmente notable. No llegaba al metro setenta, un enano, prácticamente, y desesperantemente delgado. Su tórax era estrecho, y su panza se veía plana con tendencia a hundirse bajo la suave tela azul del blusón que lleva. Una prenda que le quedaba mal, cortado a nivel de los hombros, y muy abierto de mangas, de donde colgaban unos brazos flacos, de manos grandes y dedos largos y nerviosos, algo coloreados de pecas marrones claras. Su pantalón gris, sin costuras, delataba unas piernas rectas, y Hublak se preguntó sí serían palillos. Lo más notable (u horrible, según Hublak, era su cabeza), era su cabello ensortijado, y largo, de un rojizo anaranjado bien feo. Casi parecía alzado en un afro, pero no simétrico, era como si hubiera dormido de lado y allí esa parte se hubiera achatado y la otra no. Y parecía como si se rascara con los dedos, alzando lomas. Se veía desaseado. El rostro era delgado, afilado, de ojos marrones, llenos de malicia y mala fe; era algo que se notaba a leguas. Y el rostro estaba coloreado con muchas pecas. Hublak nunca había visto a un ser tan horrible en toda la Galaxia.

   Con un verdadero esfuerzo de voluntad, molesto consigo mismo al perder tiempo con tan sólo pensar en lo desagradable que era ese carajo, el académico intenta volver a su trabajo. Los datos estaban dispersos, pero él podía verlos. La Tierra era la clave. Todo había comenzado ahí. No sólo el origen de la raza, que era cierto, sino lo que vino luego. Hubo una manipulación grosera y feroz de los eventos que terminaron creando el llamado Nuevo Orden, impuesto por los militares y los republicanos. Cifras y noticias que habían sobrevivido milagrosamente los siglos desde que el hombre miró y salió del planeta madre (como en el pasado se habían conservado documentos religiosos desde los primeros siglos históricos, en vasijas y piedras preservando así el conocimiento), delataban la manipulación. Allí estaba, líderes delirantes y dementes habían querido coronarse emperadores en países poco desarrollados económica y socialmente, y esos dementes habían sido protegidos por intereses económicos y países superiores, mientras explotaban sus recursos. Los protegían para robarlos, creyendo que los usaban (era donde entraba la Gran Manipulación, se usó a unos y otros). Pero los déspotas iban armándose. Hidrocarburos y narcóticos ofrecían dinero y poder, para armas y mercenarios. Eso desembocó en nuevos caos, guerras y genocidio. Los grandes intereses, políticos y mediáticos, que apoyaban la subida de los dementes, luego lloraban para que los “tiranos” fueran derrocados y detenidos, y enviaban a la muerte a jóvenes menos privilegiados de sus propios países (no ellos, no sus hijos), que eran capturado, torturados y asesinados, o declarados desaparecidos; y eso, cuando los veteranos que regresaban, amargados y enfermos, no se convertían ellos mismos en parte del drama que arrasó con ese sistema, volviéndose delincuentes, gente tan llena de odios que se les hacía imposible poder reinsertarse en la sociedad.

   Ese resentimiento, el saberse traicionados por políticos, hombres de negocios y lobbys mediáticos, terminó por desencadenar Las Guerras de los Veteranos, en momentos cuando el mundo todo era sacudido por secuestros, asesinatos en masas y terrorismo. Los países estaban aterrados, el caos, las neurosis y la angustia de gente que vivía ocultándose tras rejas, armándose para luchar por sus vidas, se convirtieron en la pólvora que haría estallar todo. Ese mundo vio con alivio y gratitud, aunque con algo de inquietud, la llega del Nuevo Orden y las llamadas Máximas, con las que se conduciría la nueva sociedad. Eso les había salvado, pero debieron entregar parte de sus derechos, muchos de los cuales, realmente, no habían sabido defender, honrar o utilizar, pero los cedieron, por “seguridad”. Pero a los ojos de Hublak, acostumbrado a ver los hilos sociales que llevaban a guerras y sistemas, había notas falsas en todo ese concierto.

   ¡Hubo una conjura contra la humanidad!

   Déspotas, políticos, medios de comunicación, conglomerados corporativos y gente en general, habían sido empujados hacia una línea de acción que no les dejó otra alternativa, otra opción, que esa secuencia de hechos en particular: la subida de locos delirantes al poder, el ataque del terror, las guerras con sus veteranos llenos de amargura, el caos general y la llegada del Nuevo Orden. Una y otra vez, acciones que pudieron minimizar, anular o torcer ese camino de violencia, fueron abortadas. Los sensatos fueron acallados, hombre lúcidos e inteligentes que alertaban sobre lo que pasaba, fueron injuriados, odiados, juzgados y encarcelados, para acallarles; y las masas populares de naciones de un mundo que se llamaba libre, lloraban por el ataque a los tiranos y aplaudían a los regímenes criminales que fusilaban y encarcelaban ciudadanos indefensos ante su poder. Campañas de miles y miles de ciudadanos, que intentaban detener una acción determinada, acababan en nada, burlados, sin éxito; y eso contra toda posibilidad matemática o lógica. Pequeños países sitiados por delincuentes y aventureros, gritaban al mundo “no se metan, déjenos en paz, queremos tiranía y caos”. La misma demencia de los déspotas, excediéndose y regodeándose en sus vicios y crímenes con sus camarillas, parecían ser exacerbados por otros, hasta que terminaban con la paciencia de todo el mundo, los que finalmente llegaban a sus puertas y arrasaron con todos ellos, sus allegados y familiares (los cuales también se beneficiaban del pillaje, tortura y crímenes).

   La misma cadena de absurdos llevó a la guerra de La Tierra, y el Sistema Solar, contra Los Mundos Independientes (antes de la llegada de los guklianos a la vida de los hombres). Guerra que terminó, asombrosamente y contra todo pronóstico, con un triunfo, a la larga, del viejo planeta madre; quien impuso sobre la centena de otros planetas, la forma de gobierno terrestre, el de La República.

   Nada de eso podía ser casual. Había un patrón demasiado claro. Y ahora, él iría con el Comodoro del Espacio y tendría que oírlo. El mundo académico de Naejmis, también enviaba delegados para reforzar su presentación antes los líderes de La Flota. No podrían echarle a un lado como a un simple charlatán. Tal vez no creerían nada (con sus mentes obtusas de militares, era muy posible), pero él, y el resto de los académicos, los forzarían a investigar. El peligro terrestre era demasiado obvio, al menos ante sus ojos. De alguna manera, La Tierra estaba forzando los acontecimientos de toda la Galaxia, y lo hacía desde tanto tiempo atrás que era… extraño. Sólo una logia, la existencia de un grupo, podía explicarlo.

   Su rostro se tensa al llegar a este punto de sus pensamientos, notándose aún más fuerte, viril y decidido; todo un macho, pensaba el ser de cabellos naranja que se le acercaba, con un oscuro sentimiento de envidia ante el bello semidiós. Maldito sujeto, piensa resentido (y eso que no puede ni imaginar el asco y repulsa que Hublak le tiene), mientras se le acerca, con paso algo torpe, como quien camina por el pasillo de un autobús en marcha lenta (Alexentra tiene una gravedad algo baja). Y aunque le disgusta, el chico de cabellos naranja, lo mira con interés. Su cercanía es presentida, con espanto, por el otro, quien eleva la vista con un gesto de sorpresa escandalizada, como si hubiera atrapado al flaco tipo llevando el miembro fuera del pantalón, balanceándolo al caminar. Al académico, realmente lo tomó por sorpresa, tal vez porque nadie se le había acercado mucho desde que desembarcó en el pequeño planeta.

   -Lo siento, amiguito (así le dijo y Hublak lo odió más), necesito unos apuntes y creo que están allí, sobre tu cabeza. -dice el sujeto, con voz chillona, fea, como si fuera un joven que estaba cambiando la voz y soltara cacareos de vez en cuando. Horrible voz, como tenía que ser para armonizar como todo lo demás, piensa molesto Hublak.

   -Puedes obtener cualquier información, desde cualquier pared, a menos que sean… -comienza a gritarle, mirándolo con un asomo de histeria real, y con una profunda mirada de asco, al tener a ese carajo casi sobre él.

   El joven de cabellos anaranjados capta la molestia y desprecio del otro, y eso despierta un gusanillo perverso en él, alzando el brazo casi sobre el rostro del bello hombre de las estrellas (maldito idiota, pensaba el cabeza de zanahoria). Hublak, mira aterrado como esa axila se abre frente a él, con una repugnancia tan grande que siente que va a caer enfermo; oleadas de asco lo recorren de pies a cabeza. Esa axila es estrecha, como flaco es todo en ese sujeto, floreado de pelos anaranjados oscuros, largos y rizados (podía tejerse un moño con ellos), que parecían pegados unos a otros, apelmazados como por un desodorante. Pero era horrible: olía fuerte a sudor (a uno que aflora y se seca, y vuelve a mojarse), al desaseo más profundo, y (para colmo y lo peor) a un vago aroma dulzón como a flores (el desodorante).

   La peste que mana de ese sobaco, capaz de competir con cualquier gas pimienta, es acre, amargo y horriblemente picante. La cara de Hublak, quien imprudentemente tenía la boca algo abierta (con sus labios delgados y viriles, y su nariz recta y lisa, reconoce, con envidia el chico de cabello naranja), sintió que la garganta se le cerró, produciéndosele un nudo de nauseas en el gaznate, y sus ojos, fríos y crueles, pero hermosos, se nublaron y le lagrimearon, obligándole a desviar un poco la cara.

   ¿Ah, sí? Ahora verás, pensó perversamente el joven, algo excitado por lo que hará… someter al semidiós.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: “El Nuevo Orden”, joder, no recordaba haber usado ese término. No me gusta, pero esto lo escribí hace ya bastante rato.

2 comentarios to “RELATOS CONEXOS… 14”

  1. marcos Says:

    Siento la extraña necesidad de preguntar antes de leer esta historia… Que pasó con el anterior???!!!!! Que pasó con mis chicos!!!! No puede ser… El final fue ese???? Necesito respuestas!!!!! Que me hiciste???!!!! Aaaaaahhhhh
    -se hace bolita y shora-

    • jcqt1213 Says:

      Eso era todo, amigo, Relatos Conexos es una novela sobre cuentos cortos, y en este, en especial, los muchachones calentorros no eran lo importante, para lo de conexos, sino el sujeto que aparece casi al final, ya mencionado por el hombre del avión en el primer cuento, faltando aún otra aparición. Esto era todo en lo tocante a Antonio y Roberto. El relato que comienza ahora, tiene que ver con una novela de ficción, pero también aparecen sujetos de otro relato que ya llevo por ahí, Los Controladores. Relatos Conexos era para eso, para ir presentándoles… cuando pensaba escribir varios libros. Pero la cosa no se dio.

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