CAZADA

EN LA DEFENSA DE SU MARIDO

una-mujer-tomada

   Buscando algo para pasar el rato…

   Casada y aburrida de su casa a los treinta y dos años, de dos hijos quejosos y de un marido que vive trabajando, Marta comienza un trabajo llevada por una amiga, a quien antes sabía agria como vinagre y que ahora vivía sonriente y satisfecha: limpieza de casas de hombres solteros vistiendo ropas ligeras. La idea le asustó un tanto, y le emocionó mucho. Ir con trajes de doncellas francesas a casa de solteros de cierta edad y posición social. Bien, era un empleo bien remunerado, algo qué hacer, ¿qué importaba que se le vieran las pantaletas un poco cuando se inclinara? El tipo resultó un agradable profesor de sicología, de barba algo cana, gentil y galante, que hablaba de poesía. Atractivo, seductor, la hizo disfrutar del coqueteo, incluida aquella copa de vino tinto, sentados en el sofá de la sala, al final de la jornada…

   Que debió estar aliñada, porque nada más beberla se sintió algo mareada, su cuerpo ardía y quería esas manos maduras que recorrían sus muslos, metiéndose en el corto traje manoseándole duramente sus senos, atrapándole los pezones y pellizcándolos de una manera que casi era dolorosa pero que a ella la tenían gimiendo y toda mojada. No recuerda mucho más después de eso, sólo que al despertar estaba desnuda sobre una cama ajena, perdida y asustada, y en un aparato enorme de televisión se repetía una y otra vez, a todo volumen, una escena que la dejó con la boca abierta. Estaba ese hombre, sentado con ella al sofá, descubriendo sus tetas mientras le muerde el cuello, con un erecto miembro fuera del pantalón, uno que ella sobaba y masturbaba con dicha; gemidos y placer que se incrementó cuando este chupó de sus muy erectos pezones.

   Marta, parpadeando, se miraba gritando de lujuria, riendo, sin soltar ni por un segundo ese miembro. Oye un “quieres mamarlo, ¿verdad, puta?”. Su sorpresa no tuvo límites al escucharse gemir que sí, que quería tragárselo hasta los pelos. Y lo hizo, en ese sofá. Su boca cubrió con esfuerzo todo el grueso tolete, moviéndose experta y gozosa a sus propios ojos, mientras unos dedos iban a sus piernas abiertas, y apartando un tanto la pantaleta, dos dedos la trabajaban. Luego aparecía en esa cama, pecho y rostro sobre la cama, su trasero alzado, totalmente desnuda, mientras la enculaban duro y sin piedad, (eso explicaba ese dolorcito en el trasero), mientras ella sollozaba de gusto. Luego su coño fue penetrado mientras gritaba que se lo metiera todo, que le diera duro, que era una puta barata a quien su marido no satisfacía.

    Aterrada sintió que se moría de vergüenza y miedo, pero le alcanzó la vista para notar el tatuaje en su barriga, que le costaría explicarle a su marido, y para darse cuenta de que aquello estaba editado y que seguramente decía lo que ese tipo quería. Tipo que entra sonriendo, vistiendo una bata.

   -¡Me violó! –grita con rabia, asustada.

   -Suerte con eso, si quiere le doy una copia del video para que sustente la denuncia. –es la irónica respuesta.- No, perra, allí se ve que lo gozabas, que viniste a limpiar mi casa en pantaleta buscando que te reventaran el culo. Tu marido, sus hermanos, tus hermanos y amigos así lo verán. –eso la horrorizó.- Ahora, volvamos al juego.

   La mujer no pudo hacer nada más. Ese hombre quería otra vez, y desnuda en cuatro patas en su cama fue humillada y usada, un pulsante y caliente miembro recorriendo las paredes sensibles de su recto, mientras una mano jugaba con sus erectos pezones y la otra bajaba y le acariciaba y penetraba el coño con tres dedos, lo que ya le había provocado dos orgasmos.

   Ahora, de tarde en tarde, prestada, debe salir a limpiarles la casa a los amigos de ese carajo, y los clientes sabían lo que querían. Eso la tiene en perenne angustia y miedo, aunque no se notaba en sus maneras satisfechas y rostro sereno, porque en cuanto ese tipo la llama el coño se le moja en reflejo, pero  al ritmo que iban las cosas, esto tenía que suceder. Grita y se estremece mientras ese hombre bajo ella, tocándola y pellizcándola, la folla duro mientras la llama puta barata, y que más tarde le bañaría las tetas y la cara con una meada.

   ¡Había llegado al apartamento secreto de su suegro!

Julio César.

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