EL PEPAZO… 35

EL PEPAZO                         … 34

De K.

serio-sexy-man

   Dispuesto a todo…

……

   Casi cree sentir que el tipo ríe, contra su culo, pero este no se detiene, sigue enrollando la lengua y empujándosela, muy adentro en su tembloroso agujero, que se abre, los labios del esfínter parecen masajeársela mientras la siente. Y una lengua en el culo era algo que, le avergüenza, de haber sabido que se sentía así hace rato habría querido experimentarlo. El abogado, aferrándole con los dedos, bucea entre sus nalgas, su rostro sube y baja ahora, frotándole el sensible anillo con nariz, labios y barbilla. Sopla suavemente y le maravilla ver ese culo titilar.

   -Ahhh… -es todo lo que  parece poder exclamar, o hacer, Jacinto. Si alguien le estuviera viendo desde el techo, como una cámara oculta puesta allí por una esposa que desconfía de las niñeras junto a su apuesto, masculino y recio marido, abrían visto su cabello cayéndole en la frente y los ojos, su frente fruncida sabroso, sus mejillas rojas, los labios húmedos levemente abiertos en una sonrisa, gimiendo; la viva cara del placer y la urgencia. Su culo necesita más, y mientras sigue azotándole con la lengua, el hombre le mete un dedo con insoportable lentitud.- Ohhh… -goza cada centímetro que le penetra, pero… Baja su culo, tomándolo todo.

   -Estás muy caliente, ¿verdad, pequeño? –la voz burlona, ronca y viril le eriza. Y cruzan una mirada.- Muéstrame cuánto lo quieres. –le pide, metiéndole un segundo dedo dentro del redondo agujero, cuyos labios parecen abrazarlos con fuerza, cerrándose de una manera hambrienta y erótica sobre ellos. El joven culo de un musculoso tipo que no sólo acepta que lo penetren dedos masculinos, sino que los abraza de una manera decididamente urgida, quemándolos, apretándolos.

   Y si esa cámara estuviera allí, se habría visto al joven volver el rostro al frente, más rojo de vergüenza, lanzando un casi frustrado gemido. Su cuerpo sólido y musculoso se agita, va y viene; su culo sube y baja, apretando siempre, sobre esos dedos masculinos que penetran su entrada hasta hace poco secreta. Y grita, porque sus entrañas estallan en candela. Los atrapa y suelta con más rapidez, los labios de su culo bajando cuando sale de los dedos, entrando cuando los cubre otra vez, bajo la fascinada mirada de Andrades, cuya verga estaba creando un pozo de líquidos espesos sobre la alfombra. Y los agita en el interior del joven, tijerea en esas entrañas, los flexiona y le roza, goteándole más el tolete, que se estremece, al oírle gemir roncamente, de puro placer, mientras arquea la espalda, que enrojece también.

   Un tercer dedo se mete, y Jacinto así lanza una risotada, ahora si se sentía mejor. Y su joven cuerpo brilla de transpiración, dorado, liso, mientras sube y baja con mayor rapidez sobre esos tres dedos largos, velludos y gruesos. Jadea, se calienta más y más mientras se empala. Su culo es una ventosa caliente y húmeda. Cree escuchar un pop, cuando el otro los saca, soltando la tirita.

   -¿Realmente quieres esto? –pregunta el hombre.

   Con su culo abandonado, Jacinto baja el pie, volviéndose a mirar al hombre, casi parece una virgen ruborosa; el carajo, de pie y sin quitarle los ojos de encima sale de la bata. Es delgado pero fuerte, correoso, velludo. Los ojos del joven bajan a ese tolete tieso, goteante.

   -Si…

   Ese hombre va junto a él, alzando las manos y atrapándole el rostro, besándole, mientras se dirigen vivienda adentro; cruzan un alfombrado pasillo, con las paredes cubiertas de retratos familiares. Se besan cuando el abogado empuja una puerta y entran en un dormitorio amplio, con toda una pared ocupada por el cabezal labrado de una cama inmensa, que atornilla con gabinetes a los lados. Al frente hay equipos de sonido y video. El ambiente está algo frío. El piso, cubierto por una gruesa alfombra marrón, combina un tanto con el cubrecama.

   Pero ninguno de esos detalles le importa a la pareja mientras se besan, lengüeteados y chupados, metiéndose manos por todos lados. El abogado le arroja de espaldas sobre  la cama, cayéndole encima, sus pieles rozándose, sus torsos, las manos, las lenguas. El tolete del hombre choca y se frota del que está cubierto por la tanga. La calentura es tal que ese sujeto va a cogérselo en su cama matrimonial. La que comparte con su mujer. Y la idea es tan perversa que no puede contener las ganas. Se pone de piel, quitándole las medias, Jacinto sonriendo y jadeando, sintiéndolo casi como una caricia. Luego le obliga a volverse. El joven, mentón en el colchón, parpadea al sentir las recias manos atrapar las tiritas de su hilo dental por las caderas, halando del mismo, el hombre disfrutando como va apartándose y levantándose de entre sus nalgas, enrollándose en sus muslos. Esta caricia, le parece al forzudo joven, era aun más intensa que la de las medias.

   Temblando de lujuria, totalmente perdida toda cordura, Andrades le saca la prenda de los pies, alzándola, mirándola fascinado, tan pequeña, ¿cómo cubría tanto? La lleva a su rostro, olfateándola, y la verga le tiembla, mojándolo todo. Cierra los ojos, aspirando más, llenándose los pulmones con aquel olor a sexualidad masculina joven.

   -Ábrete para mí, bebezote. –le ordena, ronco, preguntándose cómo haría para robarle esa tanga y guardarla como trofeo.

   Y mirándole sobre un hombro, respirando pesadamente, Jacinto separa sus recias piernas, sus nalgas se abren, y ese culito rojizo titila salvajemente. Cuando Andrades se acerca, montando una rodilla en el colchón, entre sus piernas abiertas… ese agujero se abre como una boquita hambrienta de güevo. De macho.

CONTINÚA…

Julio César.

Una respuesta to “EL PEPAZO… 35”

  1. jrvaquero00 Says:

    Amigo nos dejas a la espera de seguir con la historia …. cuentanos como al fin lo someten

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