LOS MEJORADOS JARED Y JENSEN… 5

LOS MEJORADOS JARED Y JENSEN                         … 4

De Sonia.

jared-y-jensen-separados

   ¡Ni me mires!

   Ilusamente, en cuanto corre como el viento alejándose de los otros dos, Jensen pensó en regresar a su pieza y esconderse bajo la cama. Si se quedaba lo suficientemente quieto ni las sondas de los satélites podrían detectar rastros de vida allí. A veces él mismo pensaba que ni vivo estaba. Tragando en seco, ve sobre su hombro sin detenerse un segundo hasta que lo nota, parando bruscamente. Mira su saco, ¡no lleva el gafete! Boquea, todo ojos, y casi grita de frustración, sintiéndose asfixiado, la adrenalina corriendo a mares por sus venas. Sabrían quién era, con esa información llegarían a su pieza (vuelve la mirada, tal vez ya estarían en camino), y a su trabajo. Se lleva una mano a la boca y casi se muerde, de frustración, tenía que recoger algo vital en la pieza; muchas de sus cosas tenían valor monetario (bueno, no tantas), otras afectivas, pero esas pastillas…

   No, no puede regresar. Allí le buscarían, tal vez ya estarían montándole una celada. Corre hacia la entrada de las residencias, notando la mirada confusa de Jim Beaver, quien le pregunta alguna cosa, tal vez si ocurre algo, pero no se detiene. Dentro de la oscura recepción siente algo de alivio. Ya no estaba a la vista. Pero no se detiene, en lugar de bajar un nivel, hacia su piso, desciende a saltos hacia el sótano tres. Recorriéndolo con seguridad, lo conoce bien; se detiene junto a una de las columnas más apartadas de ese estacionamiento casi desierto y levanta, con esfuerzo, la pesada reja que cubre una boca de drenaje, bajando con cuidado y asegurándose de colocar la rejilla justo en su sitio. Tenía estudiada esa ruta de escape hace años, y había elegido, por si tenía que huir a la carrera, ese drenaje en articular, que no llevaba nada, aunque olía feo, a podredumbre vieja, a descomposición. A tristeza. Sí, eso, se dijo mordiéndose el labio inferior, sintiéndose infinitamente triste, reparando en la irónica sincronía. Su vida se iba por ese drenaje. Tenía que abandonar su cuarto, su trabajo, el nombre de Jensen Ackles. Y semi doblado, se detiene bruscamente. ¡Debía avisarle a todos! Irían por ellos si lograban encontrarles. Los había puesto a todos en peligro. Otra vez. La culpa es una carga tan pesada que parece encorvarse un poco más. Saca el móvil e intenta llamar, enviar mensajes. Nada sale. ¿Sería por el techo de concreto?

   O tal vez ya interferían, le dice una parte de su cabeza, una voz fea, derrotista, burlona, su cerebro inundándose de pensamientos oscuros, llenándole de pánico. Lo atraparán y lo encerrarán, por infractor, dentro de una celda pequeña, en algún lugar apartado y solitario. Y su mente se perdería. Enloquecería. Finalmente lo perdería todo, como siempre temió su madre.

   Recuerda que tenía seis años de edad, en Iowa (donde escuchaba fascinado a su abuelo contar de la guerra que los había sacado de Texas), cuando todo comenzó. Veía luces brillantes, alegres, alrededor de arboles y flores; de los animales también, aunque en estos variaban de tonalidad, las rojizas iban emparejadas a animales peligroso. Las personas también las mostraban, a veces. Y sonriendo, las señalaba, pensando que todos las veían igual, no notando las miradas preocupadas de Donna y Alan Ackles. Todos decían que era un niño rápido, pero la verdad es que a veces le parecía que escuchaba lo que otros apenas pensaban, adelantándoseles. Pero fue en la escuela donde todo estalló, sus maestros notaron que su inteligencia era notable, especialmente en materias que no eran fáciles, ni del manejo de críos, como química, física y matemáticas.

   Jensen nunca olvidaría, porque no olvidaba casi nada, esa tarde, sentado al lado del escritorio de la señorita Alba, una mujer grande y mayor, aunque le parecía hermosa, preguntándose si había hecho algo mal, esperando la llegada de sus padres. Estos entraron con reticencias, y la maestra no tardó en ponerlo en palabras, ese dulce y pecoso niño era un humano nuevo, un mejorado. Escuchó las palabras sin comprender, pero dolido al reparar en el llanto de su madre, la angustia de su papá. Eso le lastimó; de alguna manera, por algo que hizo, sus padres sufrían. La señorita Alba, a quien su madre llamaba Jessica, roja de cara, decía lamentar comunicarles que lo había reportado al director y se le hizo una prueba, debió ser aquella donde escupió sobre una paleta, riendo avergonzado de hacer eso frente a la maestra.

   -Jensen es un mejorado… tipo beta. –informó, más incómoda, ya que se esperaba que ella los incentivara a reportar y presentar al chico frente a las autoridades para que recibiera una educación especial.- No lo he hecho aún…

   Esa misma tarde dejaron el pueblo, aunque no lo entendió, ni los gritos de su madre, que no dejaría que un gobierno fascista se llevara a su niño para criarlo como un animal de granja, como un fenómeno de feria, experimentando con él. Con el tiempo, escuchó más cosas, especialmente sobre la condición beta. Y no le gustó para nada. En ese entonces su padre le dijo, muy serio, que no podía contarle aquello a nadie, o llegarían y se lo llevarían lejos. Eso le hizo llorar de miedo, y sólo en brazos de Alan, que le acunó con fuerza, se sintió a salvo. Pero no pudo desprenderse de la sensación de que toda la paz que vivían había terminado por su culpa.

   Volviendo sobre el pasado de la familia, Alan les llevó a él, a su madre (embarazada de su hermana menor), y a Josh, su hermano mayor, a Nuevo México, a una de las partes buenas, la cual era tierra de “hombres libres”, desde la guerra a inicios de los ochenta. Ahora debía volver a escapar, como ocurrió en otras ocasiones. Por eso el drenaje, siempre tenía lista una salida en los lugares donde se asentaba.

   Respira afanosamente, asintiéndose cercado, que todo era inútil, pero más adelante el drenaje se ensancha y sube, lo que le permite enderezarse. Ve la luz al final del túnel. Escaparía. Si, se alejaría lo más posible del chico esbelto y alto, de suave cabello castaño que le miraba con un brillo de admiración y casi ternura en los ojos. Se estremece, luchando contra las simpatías que despertaba instintivamente el otro con su cara franca. Ese chico era el más acabado producto de un sistema cuartelario y controlador. Jared era peligroso, por muchos motivos. Jared… el nombre le producía… Lo aparta, decidido, móvil en mano, debía advertirles todos.

……

   Angustiado por perder de vista Jensen, por perderle justo cuando le encontraba y todo su ser respondía con fuerza y ganas a tal evento, Jared entra en el edificio oscuro. Encontrando el rastro de olor del rubio, baja las escaleras un nivel y se congela. Hay una leve fragancia en el aire, pero en el piso es aún mayor. Duda, y eso le molesta y atormenta, porque sabe, que por razones que no entiende, el hermoso y adorable rubio pecoso estaba intentando alejarse. Casi ruge frustrado entrando al piso, siguiendo su esencia. ¿Por qué lo hacía cuando ya podían estar en la base, en su cuarto, sentados ambos en su cama, costado contra costado, manos atadas, contándose sus vidas? Un pensamiento le estremece, lo increíblemente sexy que debía ser mirarse a sí mismo en las pupilas del rubio. La necesidad de alcanzarle, de verle y olerle en persona era tan grande que le cuesta controlarse. Cruza frente a las puertas, de una en especial, se detiene al dar dos pasos más allá y regresa. Traga en seco y llama, con el puño, con fuerza. Nada. Llama otra vez.

   -¡Jensen, abre! –suplica y ordena, con el corazón cabalgándole en el pecho por culpa de una sospecha.- ¡Jensen!

   Al rugido sigue la patada que prácticamente desprende la puerta de la cerradura y bisagras, arrojándola dentro. Penetra y lo primero que percibe es el olor, todo allí gritaba Jensen, cosa que le marea por un segundo. Luego se congela y oprímelos labios en un puchero. No estaba allí. El otro se había ido. Una tonada le indica que tiene una llamada y un mensaje.

   -¿Si, Sandy? –mira el mensaje mientras habla, pelando los ojos, era una ficha de trabajo de Jensen, y ver su hermoso rostro, aún en la mezquina fotografía, le emociona.

   -¿Ya estás en su pieza, verdad? Esto es lo que tengo hasta ahora, le estamos ubicando satelitalmente, bloqueamos su señal, no vayas a llamarle para que no… -la corta y llama, las torres militares eran más poderosas. Sabe que ella, esté donde está, está maldiciéndole, pero no importa. Oye los timbrazos.

   -¿Si? –es la cautelosa respuesta, y todo él se eriza y llena de calor. Dios, tiene que encontrarle y tocarle, o enloquecerá, se dice. Va a contestar, pero el otro le interrumpe.- Eres tú, ¿verdad, maldito fenómeno de circo? ¡Déjame en paz! –la amargura y el resentimiento del rubio le golpean dejándole sin aliento.

CONTINÚA … 6

Julio César (no es mía).

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